sábado, 29 de noviembre de 2014

Cap. 80. ELISA: Espérame, por favor.



Desperté soñando con ella. La veía por las calles, pero no lograba alcanzarla. Me senté en la cama, cubierta de sudor. La ventana abierta apenas dejaba pasar una brizna de aire y el calor era insoportable.
Chiara. No podía sacármela de la cabeza y sin embargo estaba paralizada, incapaz de reaccionar al desastre que yo misma estaba causándonos.  La culpaba por haber enloquecido a mi hermano de ese modo, hasta hacerle una persona malvada capaz de traicionarme y de herir a Andrés. No quería pensar en las consecuencias que había tenido lo que había hecho mi hermano. No podía hacerlo, sólo podía intentar arreglarlo. Él era mi hermano y sentía su propia angustia rondando todas las habitaciones de nuestra casa, sus silencios largos cargados de miedo, su mirada esquiva cada vez que nos cruzábamos.
Chiara no te vayas. Aún no. Recé, presa de una mala premonición.
Estaba amaneciendo y me preparé para ir al hospital. Tenía que resolver lo que había hecho Nando. Jugaría limpio por una vez, lo resolvería todo y llegaría a tiempo de rescatar la relación con Chiara. No iba a ser fácil.
Desayuné sola, de camino al hospital. 
Cuando llegué Andrea salía del cuarto de Andrés. Me hizo un gesto para que la siguiera.
—Elisa, Andrés ha mejorado.
—¿Qué significa eso? —pregunté.
—Ayer por la noche, cuando te marchaste vino Lucía a verle, y aunque parezca increíble, Andrés la reconoció. No sabía quién era, pero recordó algo. La mente es caprichosa, ¿no? —añadió mirándome.
—Tal vez tenga sentido porque Lucía fue la última persona que estuvo con él.
—Por supuesto. Tarde o temprano te recordará a ti —se apresuró a decir ella ligeramente sonrojada.
—No me molesta, Andrea —sonreí sin entender—. No te apures. Lo importante es que recupere la memoria.
—Sé que acabará por recordarlo todo. Esto es una buena señal.
Asentí al tiempo que caminaba hacia el cuarto de Andrés.
Nos besamos en las mejillas, un ritual que habíamos establecido los dos con algo de pudor aún.
—Me ha dicho tu madre que recordaste a Luci.
—Sí —apartó la mirada de mí. Se le notaba incómodo.
—¿Y te alegras?
—En parte sí. Por otro lado, no.
—No entiendo.
—No me gustó lo que recordé —admitió incorporándose en la cama. Se apoyó sobre las almohadas dispuesto a confesarme algo que yo ya sabía.
—Creo que no te gustará —dijo.
—Adelante, seguro que puedo soportarlo.
—Sé que la besé —dijo—. Sólo eso. Recordé su cara y recordé que la había besado.
Asentó﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽o irritado.no  lo hace ¿no?do cierto, pero necesitaba resumirlo para llegar cuanto antes a lo que de verdad importaba.í.
—¿No te importa? Es tu mejor amiga, ¿no?
—Sí, por eso ya lo sabía.
—Vaya…
Nos quedamos un largo rato en silencio.
—¿Y qué más cosas sabes que no me has contado?
—Que esa noche estabas enfadado conmigo, por eso yo no estaba allí.
Lo que acababa de decir no era del todo cierto, pero necesitaba resumirlo para llegar cuanto antes a lo que de verdad importaba.
—¿Habíamos discutido?
—Sí. Algo así.
—¿Algo así? La gente discute o no  lo hace, ¿no? —preguntó irritado.
—No te enfades. Esto no es fácil para nadie —me defendí.
—No me has contado la verdad, ¿es eso?
—Te he contado lo que estaba pasando, no lo que iba a pasar.
—Parece un trabalenguas.
—Esa noche fue rara. Habíamos llegado de Londres hacia semanas y no nos habíamos visto.
—¿Por qué?
—Por mi culpa. Yo te esquivaba.
—No suena bien —dijo intentado sonreír.
—No, no suena bien. Tampoco lo estaba haciendo muy bien, que digamos —reconocí retorciéndome los dedos.
—Bueno, cuenta con la ventaja de que no recuerdo nada, así que no podrá hacerme mucho daño. Tienes miedo, ¿verdad?
—No es miedo. Es… culpa.
—No sirve de nada tener culpa. Nadie es culpable de las cosas. Suceden porque sí. Cada vez estoy más convencido de que la vida se comporta de manera aleatoria.
—Espero que tengas razón.
—¿Te siente culpable de lo que me ha pasado?
—En cierto modo, sí.
—No lo entiendo. Si no estabas allí, ¿qué culpa tienes?
—Tal vez por eso. Porque no estaba allí. Puede que las cosas hubieran sucedido de otro modo si no me hubiera marchado.
—Puede, pero eso es fabular. Fue un accidente de coche, y por lo que me han contado, había bebido demasiado.
—Tú no bebes, Andrés.
—Pues parece que esa noche, sí.
—Pues suma.
—No lo pillo.
—La gente bebe cuando se descontrola, o cuando siente que se quiere descontrolar.
—Sigo sin pillarlo.
—Nuestra relación no iba bien y tú te enteraste esa noche.
—No veo que eso fuera suficiente motivo para emborracharme. Se habla y listo, ¿no?
—Ojalá lo hubiera hecho antes.
—Ahora tienes la oportunidad.
Nos miramos un segundo y me pareció increíble lo que iba a hacer, pero lo hice.
—Estoy enamorada de otra persona.
—Ajá —dijo sin inmutarse.
—Sí.
—Bueno, pues ya está. No ha sido para tanto, ¿verdad?
—No —admití, sorprendida.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
—Era la segunda vez que rompíamos.
—Esto se pone interesante —bromeó—¡Y yo agobiándome por haber besado a tu amiga!
Intenté sonreír.
—¿Te puedo preguntar una cosa? —dijo.
—Claro.
—¿Por qué rompimos la primera vez?
—Por lo mismo.
—¿Y por qué volviste conmigo?
—Porque soy cobarde.
—A mí no me lo pareces.
—No me conoces.
—Creo que sí. Aunque no lo recuerde —su voz sonaba amistosa.
—Ya. No sé si te viene bien hablar de esto —le dije, arrepentida por estar aprovechando la situación.
—Me gustaría decirte que lo siento. Pareces una buena chica, y eres muy atractiva —respiró profundamente—, pero supongo que eso no hace que te quiera o que te añore, ni que finja enfado porque me pusiste los cuernos.
Agaché la cabeza al escuchar esa expresión. Nunca me había gustado y tampoco era propia de él.
—¿Y ahora estás con él?
—No. Y se trata de una chica.
Abrió los ojos ligeramente. Luego soltó una carcajada. Inmediatamente se disculpó.
—Perdona. No me estaba riendo de ti. Es que todo parece tan… no sé. Es como si me estuvieran contando un culebrón.
Yo no contesté. No esperaba esa reacción.
—No tengo nada contra las lesbianas —añadió apurado.
—No soy lesbiana —dije.
—Entonces no entiendo nada.
—Me enamoré de una chica. De esa chica en concreto, pero no me gustan las chicas en general.
—Ok, entiendo. ¿Y cómo crees que reaccionaría yo si recordara lo nuestro?
Era un pregunta inesperada que me obligó a pensar en él. Le miré y me di cuenta de que reconocerse es una tarea de dos personas, no de una sola. Ése no era Andrés. No al menos para mí. Necesitaba de su memoria para hacer lo que estaba haciendo, limpiamente.
—Supongo que me odiarías.
—¿Odiarte? ¡Ojalá pudiera recordarte!
—Lo harás. Estoy segura, y entonces me odiarás por esto.
—¿Qué estas haciendo?
La voz de Andrea sonó áspera. Miré hacia el pequeño recibidor y la vi de pie, mirándome. Me pregunté cuánto tiempo llevaba escuchándonos.
Dio unos pasos hacia mí con la marcialidad de un soldado. Me levanté de golpe.
Andrés nos miró, confuso.
—¿Qu a mentir.o sepa —volvgunt poddíino y recodo conmigoe guste lo que acaba de escuchar. cuanto antes a lo que de verdad importaba.é pasa ahora?
—No pasa nada, hijo. No te preocupes. Elisa ya se tiene que marchar.
—Estábamos hablando —protestó Andrés.
—No, me voy ya —me apresuré a contestar.
—¿Me estoy perdiendo algo importante? —preguntó mirando a su madre—Porque estaba siendo una conversación privada.
Su madre le miró sorprendida.
—Ahora necesitas que te protejan.
—No —dijo él con rotundidad—. Que haya perdido la memoria no quiere decir que sea tonto, o débil, o que no entienda la gravedad de las cosas que me cuentan.
Andrea ordenaba la colcha. Yo podía sentir la tensión de cada uno de sus movimientos y de pronto deseé que se enfrentara a mí.
—Tu madre no lo sabía —dije dirigiéndome a Andrés—. Es normal que no le guste lo que acaba de escuchar.
Andrea me miró de nuevo y apretó la mandíbula.
—Vete de aquí ahora mismo —murmuró.
—No quiero que se vaya —repitió Andrés—. No sé qué pasa, pero creo que está siendo sincera y necesito hablar con ella. ¿Nos puedes dejar acabar la conversación? —pidió.
—¿Por qué estás haciendo esto? —me preguntó Andrea.
Intenté sostener mis argumentos, que iba encontrando a medida que dejaba que ocurrieran las cosas.
—Porque creo que tiene que saber lo que iba a pasar. Además, ahora le dolerá menos.
—Lo que acabas de decir es horrible —gimió Andrea.
—No, no lo es. Tiene razón —dijo Andrés.
Caminé hacia la puerta bajo la mirada acusatoria de Andrea.
—Creo que es mejor que me marche —me despedí.
—Me gustaría que te quedaras —insistió Andrés, incorporándose en la cama.
—No creo que deba hacerlo —contesté.
—Ni se te ocurra —añadió Andrea.
—¡Por Dios! —exclamó Andrés dirigiéndose a su madre—¡Puedes dejarnos solos!
Andrea se quedó muy rígida un segundo y luego se precipitó hacia la puerta.
—Perdona, pero todo esto es una locura.
—Lo imagino.
—La verdad es que es muy raro estar aquí escuchando lo que me cuentas y sin poder reaccionar , pero te agradezco que hables conmigo, aunque no sea muy agradable que te digan que te iban a dejar.
—No sé qué mas contarte —añadí, nerviosa.
—Háblame de Lucía.
—¿Lucía?
—La besé. Eso lo recuerdo.
—Creo que lo hiciste porque estabas furioso conmigo.
—¿Y te molesta?
—No he pensado en eso —mentí.
—Entonces está claro que no te importa.
—En cierto modo, lo merezco.
—Pero es tu mejor amiga.
—Sí.
—Te quiere mucho. Ayer, cuando vino y recordé el beso, se puso fatal. No podía dejar de llorar.
—¿Te contó algo más? —pregunté, nerviosa.
—¿Hay algo más que deba saber? —preguntó, suspicaz.
—No, que yo sepa —volví a mentir
—¿Tuve yo la culpa del accidente?
Le miré con compasión. No había pensado en todas las preguntas que podría hacerse una persona que de pronto ha perdido su identidad y su vida.
—No. Sólo fue un accidente.
—Me gustaría volver a verla. Me siento responsable de lo que ha pasado. ¿Le dirás que venga a verme?
—Por supuesto.
La luz del sol caía sobre su rostro y Andrés cerró los ojos.
—Estoy muy cansado.
—No te preocupes. Ya me marcho.
—Lo siento, todo es demasiado… extraño.
—Descansa.
Me acerqué a su cama impulsivamente, para besarle y me detuve antes de hacerlo.
—¿Ibas a besarme? —preguntó él.
—Creo que sí —me excusé—. Es la costumbre.
—Bueno, no me importa que lo hagas —me pidió con timidez´ antes﷽﷽﷽rme? —pregutle bes hagas —pidi me detuveindetidad y su vida. te digan quye te iba a dejar.RECIENDOLE A CHIARA  
Me incliné sobre él y le besé en la mejilla.
Sonrió resignado.
—¿Volverás a visitarme? —preguntó.
—No sé si me dejarán.
—Inténtalo, ¿vale?
—Lo intentaré.
Abrí la puerta de la habitación sintiendo una mezcla confusa de emociones. Andrea hablaba en susurros con su marido. Caminé en dirección opuesta a ellos, escapando como una ladrona. Ni siquiera me despedí. No estaba segura de lo que acababa de hacer. Marqué el número de casa y avisé de que no iría a comer.


viernes, 21 de noviembre de 2014

Cap. 79. CHIARA: Adios, amor mío.


 En mi sueño buscaba a Eli. En la vida real había decidido dejar de esperarla. No fue una decisión fácil y sin embargo llego rápidamente.
Desperté sudando y con el corazón encogido. Después de la visita a casa de Elisa había regresado a la mía y me había echado un rato. Miré la hora. Casi las dos de la tarde. Escuché los pasos de mi compañera de piso y en cierto modo me alivió no estar sola. Por lo general no me gusta la compañía cuando estoy triste, pero esa mañana me alegró oír la música que salía de la radio; un objeto en desuso que mi extravagante compañera de piso se empeñaba en alabar a pesar de la mala conexión de la frecuencia.
Salí al comedor y escuché su voz tarareando descuidadamente por la cocina.
—Eh, estás aquí, Nunca nos vemos, eh.
Iba vestida con un kimono de seda corto y lucía un dragón en una de sus pantorrillas. Me fijé en él.
—¿Te gusta? Me lo hice hace unos días. Joder, no sabes que daño me hizo el menda ese.
—Está bonito —mentí.
—Ya, ya sé que no te gusta. No hace falta mucho para darse cuenta de que vas de otro rollo. La pregunta es, ¿ de qué rollo vas?
Me miró divertida apoyando la mano en la cintura mientras sujetaba una cuchara de madera de la que goteaba salsa de tomate.
—De ninguno —dije señalando el suelo.
—Vaya, soy un desastre —se agachó  y lo limpió con un papel de cocina.
Me miró un segundo y frunció el ceño con el aire de una profesora disgustada por el aspecto de su mejor alumno.
—Chica, ¿estás bien?
—Claro —cogí una manzana de un frutero del que salieron disparadas docenas de pequeñas mosquitas
—No sé qué pasa. Tenemos la casa llena de esos bichitos.
Levante las frutas hasta dar con un limón verde de moho.
—Qué asco —exclamó.
—De ahí vienen las mosquitas.
Tiré el limón a la basura y lavé la manzana en el fregadero.
—¿Te acabas de despertar? Me pareció escucharte salir de casa muy temprano.
—Salí  pronto y regresé de nuevo.
—¿Y qué planes tienes para hoy?
Me encogí de hombros.
—Ninguno en especial. Dormir, leer.
—Qué juerga ¿eh?
—Es lo que me apetece.
Se llevó la cuchara a la boca y probó una salsa que burbujeaba en una sartén.
—Pues hoy tenemos comida en casa. Si te apetece, ya sabes.
—Gracias, pero prefiero quedarme en mi cuarto —. Abrí la nevera en busca de algo indeterminado.
Escuchaba mi propia voz contestando preguntas y hablando de manera casual acerca de mis planes, en los que ya no entraría Elisa. Me detuve a mirar las baldas vacías y me di cuenta por primera vez de que no tenía ningún destino razonable a mano. Cerré la puerta del frigorífico y me entretuve un rato en cambiar los imanes de sitio.
—Oye, ya sé que no hablamos mucho, pero no hace falta ser un lince para darse cuenta de que estás más sola que la una. ¿Qué pasó con el chico con el que salías?
Sonreí.
—No funcionó —dije.
—A la mierda los tíos. Son todos unos cabrones. Lo mejor en pasar de ellos. Yo he decidido repartir mi corazón entre mis amigos y amigas, es lo mejor. Ellos no te fallan.
—Supongo —me apoyé en la encimera. Me sentía anestesiada, flotando más allá de mi misma mientras me observaba.
—Venga, anímate. Vendrá gente guay y te olvidarás por un rato de él.
—Ella —corregí.
—Vale, pues ella —respondió volviendo a remover la salsa—. Al final da un poco igual. En el amor todo se repite.
Esperé unos segundo a que reaccionara a mi confesión sobre mi homosexualidad, pero continuó añadiendo especias a la salsa que iba tomando una consistencia demasiado espesa para mi gusto.
—¿Sabes? Tengo dos amigas que están buscando pareja —dijo sin mirarme —. Una es super. Estudia violín y de verdad que tiene un don para escuchar. Nunca he entendido por qué no consigue tener una pareja estable. La otra está buenísima. Te juro que si me gustaran las chicas no dudaría en enrollarme con ella, porque tiene un polvazo.
No pude evitar soltar una carcajada.
—¿Ves? Te he hecho reír.
—¿No te importa que no te lo haya dicho?
—¿Por qué tenías que decirme que eras bollera? Yo no voy diciéndole a la gente que soy hetero.
—No creo que sea lo mismo.
—Ah, ¿no?
—Vamos, no te hagas la inocente. Sabes que la gente ae hagas la inocente. Sabes que la gente aún tiene prejuicios con esto.
—No creo que tanto como tú crees.
—Bueno, mi relación ha terminado por eso.
—Vaya, me parece raro. ¿Quién tenía prejuicios?¿Su familia?¿Sus amigas?
—Todos. En realidad ni siquiera estoy segura de que me quisiera de verdad. Tal vez fue eso.
—Eso es más grave —. Me tendió una rebanada de pan untada en algo rojizo. Me lo llevé a la boca e inmediatamente sentí que las fosas nasales se abrían de golpe.
—Joder, pica como un demonio —exclamé.
—¡Viva México! —rió relamiendo la cuchara antes de echarla en el fregadero.—¡Guau! Se me ha ido la mano con el picante —dio un sorbo a su cerveza y sonrió.
—Te las presentaré a las dos. Seguro que conectas , son dos tías muy auténticas.
—Oye, te lo agradezco de verdad. Pero no estoy buscando pareja.
—Claro, perdona. Soy tan bruta. Date tiempo, aún debe de estar todo muy reciente —me miró esperando una respuesta.
—En realidad nunca he conseguido estabilizar mi relación con ella. Puede que no hayamos tenido otra cosa que sexo —me atreví a decir.
—¿Y quién ha roto de las dos?
Ella llevaba la conversación con fluidez y tanta naturalidad que casi me avergoncé de no tener que fingir.
—Es complicado… —dije.
—¿Es complicado saber si has roto tú o ella?
—Ella aparece y desaparece y yo no lo aguanto más. Además tiene novio.
—Buf. Eso suena de pena. No es que te quiera hundir más, entiéndeme, pero cuando nadas entre dos ríos no te mojas en ninguno —sentenció desabrochándose el delantal.
Estaba delante de ella, confusa, de nuevo sola y sin dirección. Había vivido un amor caótico y doloroso que se resistía a intentar ser algo convencional.
—La verdad es que no sé lo que siento. Hace unas horas estaba desesperada por verla, ahora sólo estoy cansada.
Me pasó una mano por el hombro y me achuchó.
—Se te pasará, es cuestión de tiempo y por lo que me cuentas, mejor que hayáis roto. Ahora dime que comerás con nosotros.
—No creo que sea una buena compañía.
—Nadie te pide que seas la reina de la fiesta. Sólo es una comida.
—De acuerdo —dije.
Me di una ducha rápida y me cambié de vestido. Mis expectativas se reducían a intentar sobrevivir a ese día y sabía que sería de esa forma durante una temporada. Pensaría en Elisa, la añoraría, y me preguntaría una y otra vez si había sido mi culpa, pero un día dejaría de pensar en ella.
Dejé que mi pelo se secara al aire. La casa estaba fresca pero el calor de la calle se colaba por algunas de las ventanas que habíamos abierto para ventilar el olor a comida.
Los invitados fueron llegando y Bárbara los recibió con sus explosivos canapés picantes y un buen vaso de cerveza fría. Yo intentaba participar de las bromas y la conversaciones, pero me sentía como un fantasma entre ellos. La mitad de mí estaba ausente, la otra mitad  trataba de aferrarse a la vida que seguía su curso implacable. Ellos se dirigían a mí con cortesía, yo contestaba frases estereotipadas. Fumaron canutos y cantaron a coro una canción de la que apenas recordaban la letra. A las seis de la tarde continuaban echados en el sofá, discutiendo sobre las ventajas del anarquismo inteligente, (así habían bautizado su forma de vida, que yo imaginaba caóticas).
Entré en mi dormitorio y miré el móvil apagado sobre la mesa. Alargué el brazo para cogerlo. Una voz me detuvo.
—Déjalo. La vida está ahí afuera —. Me di la vuelta y vi a una chica delgada con un vestido blanco de tirantes y una mancha oscura en el cuello.
—¿Perdona? —pregunté un poco molesta por la intrusión.
—Me llamo Carol —dijo extendiendo la mano hacia mí—. Acabo de llegar y me han dicho que necesitabas refuerzos.
—No necesito refuerzos —contesté.
—Claro que no. Es una tontería. Disculpa —sonrió.
Tenía una boca amplia y carnosa. Me fijé en una mancha de color marrón oscuro en su cuello. LA tocó con la mano.
—No es un chupetón —rió—. Ni estoy enferma.
—No he dicho nada.
—Soy violinista —aclaró.
—Vaya, qué rápida ha sido Bárbara —murmuré.
—¿A qué te refieres?
—A nada. No importa.
—¿Eres italiana?
—Sí.
—Yo estuve un año en Florencia. Es una ciudad preciosa, pero carísima.
Había entrado en mi dormitorio con la cautela de un felino que rodea a su presa. Así lo sentí yo y me tensé.
—Oye, no quiero ser brusca y perdona si te parezco muy clara, pero acabo de terminar una relación y no estoy en mi mejor momento, ¿sabes?
—Imagino —dijo apresurándose a salir del dormitorio.
Llevaba un pequeño tatuaje en la espalda. Un conjunto de pequeñísimas estrellas más arriba del homóplato.
—Cuando uno está así es cuando más esfuerzos tiene que hacer por seguir fingiendo que le interesa la vida. A mí me funciona. Al principio parece que nunca vas a volver a conectar, y un día dejas de pensar en ella y descubres que ha pasado a formar parte del paisaje de fondo.
Me echó una última mirada antes de marcharse. Estaba nerviosa y jugaba con las pulseras de su muñeca haciéndolas girar. Me fijé en sus brazos, extremadamente delgados y en las gruesas venas que los recorrían, tan familiares para mí. Entonces lo dijo. Lo mismo que había dicho Elisa la primera vez que habíamos hablado.
—Sí, parezco la Novia Cadáver —sonrió y levantó los brazos como una marioneta.
Sonreí sin ganas. En cierto modo se parecía a Elisa. Los brazos y las piernas largos, los dedos aristocráticamente delgados, la piel pálida, el pelo rubio, los ojos azules. Si tenía alguna oportunidad, la había perdido al hacer ese comentario. Eso era peor que si ella hubiera sido totalmente nueva. Me di cuenta de lo mucho que añoraría a Eli. Un dolor profundo me recorrió el pecho.
—Bueno, te dejo en paz —dijo haciendo un gesto de despedida con la mano.
Me encerré en mi habitación y di riendo suelta a mi tristeza. No podía entender cómo había sucedido todo sin que lo viera venir.  Lloré en silencio, dejando salir toda mi pena y mi frustración. Hacia las siete de la tarde conecté el móvil y vi dos llamadas perdidas de Nando y un mensaje de Elisa.
Te quiero, decía.
Intenté aferrarme a esas dos palabras y esperé encontrar un atisbo de alegría al recibir el mensaje. Pero algo en mí estaba exhausto. Algo en mí ya no creía en nosotras. Algo en mí se hundía en el pesimismo y el olvido.
Salí de mi dormitorio a hurtadillas. Entré en el baño y me enjuagué la cara. Me miré en el espejo intentando adivinar qué mujer sería yo en un futuro. Vi una chica solitaria y aún enfadada con la vida. El tiempo en Roma me había reconciliado con mi familia y me había hecho sentir digna del amor. Me resistía a volver a mi antigua celda en la que tan solo había exiguas migajas de cariño. Añoraba a Elisa, la amaba, pero estaba harta.
Me recogí el pelo y me puse un poco de colorete para mejorar mi mal aspecto.
Al salir del baño me topé con Bárbara.
—Desapareciste.
—Estaba cansada.
—Tienes mala cara.
—No me encuentro muy bien.
—¿Vamos a dar un paseo? Tengo un dolor de cabeza del copón.
—¿Llamaste a tu amiga Carol por mí? —pregunté.
Pestañeó un segundo cómo si no entendiera a qué me refería.
—¿Carol?
—La violinista. Entró en mi dormitorio.
—¿Pasó algo? —preguntó curiosa.
—No.
—¿La llamaste por mí? —insistí un poco molesta.
—Qué va. Me dijo que igual venía a la comida pero apareció para el café. Estuvimos hablando y me preguntó por ti -le había hablado de que estaba alquilando una habitación-, y le conté que estabas en un momento malo, por lo de tu chica y eso, ¿Te molestó que se lo contara?
—Un poco.
—Lo siento. No pretendía hacer de alcahueta si es eso lo que piensas, pero ella se interesó por ti.
—Ok, no importa.
—¿Salimos entonces? Te recompensaré con un buen café. Conozco un sitio que dan los mejores capuccinos de Madrid.
Me dejé arrastrar por ella. Jamás se me había hecho un día tan largo.
El café estaba cercano a Gran Vía y habían abierto las puertas de acceso a la calle para conseguir un poco de ventilación. Enorme ventiladores de madera giraban sin éxito sobre las mesas donde la gente se saltaba la prohibición de fumar en los locales.
—No me gusta el humo.
—Venga, no seas intolerante. Está todo abierto —insistió Bárbara Elegimos una mesa cercana a la calle y yo abaniqué el aire a mi alrededor con la mano.
—¿Te pido un capuccino, entonces?
—Prefiero algo fresco. Una botella de agua mineral.
—Ok.
Bárbara caminó hacia la barra y yo desvié la mirada hacia la calle. A esas horas comenzaba a estar llena de gente. El tráfico rugía cerca de nosotros, una moto ruidosa dejó una estela de humos tóxico. Me tapé la boca con la mano. Alguien pasó un abanico cerca de mí.
—Gracias —dije girándome hacia el dueño del abanico.
Verónica me saludó llevándose un par de dedos a la frente, como un personaje sacado de una novela de Tom Sawyer.
—Cuánto tiempo…
—Sí —. Estaba muy guapa. Llevaba el pelo muy corto de color rubio platino y las puntas se tornaban azuladas progresivamente.
—Qué cambio —dije con timidez.
—Ah, esto —se llevó las manos al pelo—. Son modas. Un día me aburriré y lo teñiré de otro color. ¿Me puedo sentar?
—Estoy con una amiga —miré hacia la barra-. Bárbara me sonrió y me guiñó un ojo—. Claro, por qué no.
—La última vez que nos vimos escapaste de mí —me reprochó burlona.
—Estaba con alguien.
—¿Y ahora?
—También —señalé hacia la barra—. Es mi compañera de piso.
Verónica la saludó con una mano. Bárbara devolvió el saludo.
—¿Y cómo te va todo?
—He tenido tiempos mejores.
—Cualquiera lo diría, chica. Siempre que te veo estás jodida. Espero que no sea por la misma persona. Te mereces algo bueno.
Me gustó su naturalidad y su calidez.
—Me temo que sí, aunque esta vez no creo que tenga arreglo.
—Buf, han pasado casi dos años ¿no? Eso es mucho tiempo luchando por alguien. Tienes que quererla mucho.
—Sí.
—¿Y ahora?
—Ahora toca pasarlo mal, me temo.
—O no… —sugirió ella.
—¿Por qué todo el mundo se empeña en convencerme de que estar jodida porque pierdes a alguien a quien quieres no tiene que doler?
—Yo no he dicho eso. Sólo digo que el día tiene veinticuatro horas y que no tienes que estar jodida las doce. Date una tregua ,¿no?
—Eso estaba haciendo.
—Guay.
Bárbara se aceró a nosotras con un capuccino y una botella de agua.
—Hola —saludó mirándome interrogante.
—Bárbara esta es Verónica, una… amiga.
Se besaron en las mejillas y Bárbara le ofreció ir a la barra a pedirle algo.
—No, gracias. He quedado en otro bar con unos amigos. Sólo me detuve porque vi a Chiara. Hacía casi… ¿dos años? que no nos veíamos.
Me serví un poco de agua en el vaso y bebí atragantándome.
Verónica me golpeó la espalda con cariño.
—No te ahogues ahora que te he vuelto a encontrar —rió.
Bárbara abrió mucho los ojos al escuchar ese comentario y me sonrió con complicidad.
—Oye, ¿os apetece veniros a una reunión? Será algo tranquilo, y van artistas, músicos, pintores, bueno, gente de todo tipo. Alguna actriz, y actor —añadió dirigiéndose a Bárbara.
 Verónica tenía un radar para distinguir una hetero.
—Buf, yo estoy cansadísima —se excusó Bárbara.
—Hemos tenido una comida que se ha alargado mucho —expliqué.
—¿Por qué no vas tú? — me animó Bárbara
—No estoy de humor —dije.
—Nunca lo vas a estar. No, hasta que pase un tiempo. Venga, por nuestro reencuentro.
Sus ojos chispeaban alegres. Pasó su mano por mi hombro y me recorrió un escalofrío.
—No, de verdad.
—Ok. Pues me voy entonces, que llego tarde.
Verónica se levantó y anduvo dos pasos antes de que yo la siguiera.
—Espera —dije, luego titubeé un segundo antes de volverme hacia Bárbara y despedirme.
—Te veo mañana.
—Claro, tranquila —contestó ella.
Verónica pasó su brazo por mis hombros y me besó en la mejilla.
—Bien, buena chica. Lo pasarás bien y te distraerás un rato.
Le devolví el beso, más por gratitud que por deseo de besarla.
Ella alborotó mi pelo y me achuchó.
—Vamos, pequeña. ¡La vida está llena de sorpresas maravillosas!
Y lo estaba. Ya lo creo que sí.