jueves, 19 de febrero de 2015

Despedida.¡Hasta pronto!

¡Hola a todas y a todos los que nos habéis seguido durante tanto tiempo! Como he recibido varios comentarios parecidos sobre el final, os contesto desde aquí para que todas lo podáis leer y no se me pase contestarle a nadie.
Sí, es un final abierto. ¡Claro que lo es! Un final en el que Elisa se cuestiona por primera vez y de manera sincera, la diferencia entre amar y que alguien te encienda, te guste, o te caliente. 
Lo hemos dejado abierto porque no perdemos la esperanza de seguir con ellas más adelante. Por eso no he querido cerrar la historia con un "Happy End" ni con un dramático final. 
!Ojalá en una temporada encontremos el aliciente y las fuerzas para retomarlo! Aún no tienen mucho por vivir…
Mil gracias a todas por estar ahí con vuestros buenos comentarios y vuestras críticas.  Todos nos han servido para aprender.
Un abrazo y hasta pronto.
Vic

CAP. 89. ELISA: A Elisa le gusta Chiara.

Escuché el taxi de Sara mucho antes de que ella subiera a nuestra habitación. Me asomé a la ventana. Llovía y un grupo de gente se agolpaba en la puerta del hotel con los paraguas abiertos. Sara pasó entre ellos, se detuvo un segundo y por un momento pensé que se marchaba de nuevo. Se arrimó a la marquesina de una parada de autobús y se sentó.
Todo eso me puso muy nerviosa. Ella estaba pensando, decidiendo, tal vez recordando, o quizá comparando. Estuve a punto de bajar a la calle, pero eso delataría el hecho absolutamente infantil de que había estado espiándola.
Usé toda mi voluntad para volver a mi cama y abrir un libro en el que no lograba concentrarme, pero lo hice porque tenía que volver a sentirme compacta y todo estaba logrando el efecto contrario. Entonces ella abrió la puerta.
Sonrió.
—¿Me esperas despierta?
Fingí que consultaba el reloj por primera vez.
—Sólo son las doce.
—Sí.
Se sacudió el pelo con las dos manos. Pequeñas gotas de agua brillante la rodearon.
Vino directamente a mí y  me dio un beso. Fue un beso como los de siempre. Suave, sencillo, sin ambicionar  nada más.
Se levantó y fue hacia el baño.
—¿Y qué tal ha ido? — le pregunté —¿cómo está la niña?
—Bien, bien. Creo que Gaia siempre se preocupa más de la cuenta. Rebecca está…
Me miró un segundo rápido en el que yo adiviné que acababa de decidir algo. Algo que me iba a ocultar.
—Los niños lo registran todo. Los cambios les afectan y Rebecca siempre ha sido muy sensible al cariño de Gaia.
—¿Y…?
—Celos —dijo simplemente—. Creo que es su manera de llamar la atención porque teme que Gaia ame a otra persona.
Asentí entendiendo que al fin y al cabo los adultos arrastramos sentimientos como ese.
—¿Y con Gaia? ¿cómo te ha ido?
—Bien. Como siempre.
Se había ido desnudando mientras se secaba con una toalla. De pronto me di cuenta.
—¿Por qué estás tan mojada? ¿no has venido en taxi?
—Anduve un rato. Necesitaba caminar —Me miró y sonrió— ¿y tú cómo sabes que he venido en taxi?
—Te vi desde la ventana —confesé sin vergüenza.
Se puso una camiseta y se tumbó a mi lado.
Suspiró profundamente y cerró los ojos.
—No me gusta Roma —dijo.
—A mí tampoco.
—¡Si no has salido del hotel!
—¿Para qué? Parece una ciudad destruida.
—Pero es monumental. Deberías de echarle un vistazo.
—Acabas de decir que a ti no te gusta.
—No me gusta porque la asocio a una parte de mi vida dolorosa.
Pensé en Chiara y en que yo también asociaba esa ciudad a ella, aunque nunca hubiéramos estado juntas, aunque en ese momento ni siquiera sabía dónde vivía. Me di cuenta de que sentía que me rondaba. Fue un pensamiento fugaz en el que no quise detenerme, como hacía siempre que Chiara aparecía en mi mente.
Sara se giró hacia mí y me acarició la mano.
—¿Cómo estás?
—Bien. Nerviosa, no sé. Me pregunto cómo estás tú.
—Contenta de que hayas venido.
—Uf, menos mal que lo dices. Prácticamente te obligué a aceptarme como compañera de viaje.
Me cogió de la barbilla y me besó. Yo cogí su cara con mis manos para que no se separara. Me rodeó con un brazo y me atrajo hacia su cuerpo. Me apoyé sobre ella y sentí su esqueleto, la protuberancia de los huesos de sus caderas, de su pubis, sus costillas. La abracé.
Rodamos hacia un lado y Sara acarició mi pecho sobre la tela de mi camisón. Nunca lo había hecho antes. Su mano era tan caliente que podía sentirla a través de la tela. Mis pezones se endurecieron y gemí. Apreté la boca para no volver a hacerlo. No quería vencerme tan rápido a ella, No quería que sintiera el poder que tenía sobre mí.
Apretó su pubis contra el mío y me susurró algo al oído.  A penas escuché lo que decía. El golpeteó de mi corazón era demasiado fuerte.
Hundí mi cara en su cuello y lo mordí con suavidad. Ella estiró el cuello para que lo volviera a hacer. El olor me detuvo. Era un olor nuevo en Sara y al mismo tiempo yo lo conocía.
—¿A qué hueles?
—Al perfume de Gaia, supongo. Ha cambiado a uno con el que prácticamente se ducha.
—¿Y por qué hueles como ella?
—La abracé cuando nos vimos. Luego, en el sofá del hospital se durmió sobre mi hombro. Estaba agotada. Supongo que quedó el olor en mí.
—¿Ese es su perfume?
—Ahora sí.
Yo conocía ese olor. Era el olor de Chiara. Mi corazón se detuvo al recordarla con una claridad tan diáfana que podría haber estado en ese mismo instante entre nosotras.
—Me da mal rollo —dije separándome.
—¿Un perfume?
—Un recuerdo.
Sara frunció el ceño, se pasó la mano por la frente y asinti—Claro —dijo sonriendo.y asintinte entre nosotras.
 el que practicamete se duche.
tillas. La abracriño de Gaia.
horaó.
—Claro —dijo sonriendo.
—¿Claro qué?
—Nada, pensaba que ocultar es un idiotez. Solo es producto del miedo.
—Ocultar ¿El qué?
Me estaba poniendo muy nerviosa.
—¿Recuerdas que te dije que Gaia estaba con alguien?
—Sí.
—Ok. ¿Estás preparada?
No hacia falta que me dijera nada más. De algún modo lo había sabido mucho antes de llegar a Roma. No me pregunten por qué. Una intuición. Un sueño, una premonición que me hacía entender que Chiara no se iría de mi vida tan fácilmente. Yo la llamaba cada día, de manera inconsciente. La atraería hacia mí, más y más cada vez que me negara a pensar en ella,  en aceptar nuestros recuerdos. Su energía, golpearía más fuerte mi puerta. Tal vez el viaje a Roma y mi insistencia en acompañar a Sara habían venido de un olfato que rastreaba a Chiara.
—Sé lo que vas a contarme —murmuré.
—¿Lo sabes? ¿Cómo lo sabes?
—Ni idea. Pero lo imaginé. En algún momento pensé que ella regresaría a Roma y cuando te encontré en Londres, imaginé que ella estaría con Gaia —yo iba descubriéndolo todo a medida que lo decía en voz alta. Era como escuchar hablar a otra persona.
—¿Por eso saliste conmigo? —preguntó Sara, perpleja.
—No. Para nada. Te quiero, Sara —me apresuré a decirle mientras cogía su mano.
—Pero, ¿cómo podías saber que Chiara estaba con Gaia?
—Ya te he dicho que no tengo ni idea. Cuando entraste en el dormitorio tenías una cara… era algo que no me querías contar. Y no era sobre ti y Gaia, era algo que no querías que yo supiera.
—¿Todo eso adivinaste?
—Parece que sí.
—Lo que parece es que tu conexión con Chiara es brutal.
Negué con la cabeza mientras sentía que traicionaba algo con ese gesto.
—¿Le has dicho a Gaia que estás conmigo? —pregunté temerosa.
—No.
—¿No?
—No. No hemos hablado de nosotras.
—Entonces, ¿cómo sabes que está con Chiara?
—Antes de ir al hospital pasé por su casa y me encontré con Chiara.
—¿Viven juntas?
—Más o menos.
Una punzada de dolor me encogió el pecho.
—¿Cómo estaba? —pregunté sin poder contenerme.
—Más mayor, supongo. Guapa, a la defensiva. Tú la conoces mejor que yo.
Me di cuenta de que Sara se iba alejando de mí a medida que avanzábamos en la conversación.
—¿Y tú? ¿cómo te sientes? —me preguntó.
No podía ser sincera. Ni debía hacerlo. Sabía que en cuanto abandonáramos Roma se me pasaría, sabía que tenía que poner de mi parte. Al menos eso me repetía. Así que decidí mentir.
—La verdad es que ya no me importa con quién esté.
Sara pasó una mano por mi pelo. Era un gesto maternal que solía agradarme, pero que esta vez no me gustó. Parecía que me estaba diciendo: Sé que mientes, pero fingiré que te creo.
—Creo que a Elisa le gusta Chiara —dijo, intentado bromear.
—No me gusta. No me importa con quién esté. Ya te lo he dicho.
—Claro.
—Es verdad —dije.
—De acuerdo.
—Pero no me crees.
—No soy yo la que tiene que creerse eso, sino tú.
—Vale.
Estaba enfadada por su actitud. Ella quería escarbar siempre más allá de donde era prudente. ¿Por qué no se conformaba con mi palabra? Sara leía en mis gestos como si pudiera descifrarlo todo sobre mí.
—Aún la quieres —dijo.
—No.
—De acuerdo.
La abracé y repetí:
—No, no la quiero.
—Bien. Vamos a dormir, ¿ te parece?
El momento de hacer el amor se escurría como la arena de un reloj. Pensé en intentarlo. Luego me di la vuelta y dejé que Sara me rodeara por detrás como solíamos hacer.
Sara se fue temprano al hospital. Mucho antes de que yo despertara. Me dejó una nota con la dirección por si quería pasar a recogerla a la hora de comer. Me sorprendió ese gesto. Era arriesgado ir allí y encontrarme con Gaia. Aunque no me conociera mi nombre tenía que resultarle familiar. No, no iría, no iba a complicar más las cosas.
Decidí llamarla y quedar en algún restaurante para comer juntas. Pregunté en recepción por un buen local. Algo no demasiado caro donde pudiéramos comer platos típicos de Roma.
Luego deambulé por las calles sin prestar atención a lo que me rodeaba. Sentía que mi cuerpo tiraba de mí, como un coche automático, una grabación futurista de una ruta, dictada a mi robot interno.
Chiara ocupaba mi cabeza. La veía,  la sentía, la olía, la añoraba. Pensé que cierto tipo de amor tenia el mismo efecto que una drogodependencia. La única manera de salir de él era a base de voluntad. Me detuve en una pequeña iglesia, arrinconada en un callejón. Sentí el impulso de entrar, sólo por alejarme del bullicio de las calles. Roma era una ciudad ruidosa, pero no alegre.
Yo estaba manteniendo una batalla dura contra el intento voraz de mi sentimentalismo por abrirse paso a través de mis emociones para desbordarme y sacar de mi lo más irreflexivo.  Conocía bien mis propias artimañas.
Escuché el móvil antes de cruzar la puerta de la iglesia y me apresuré a descolgar.
—¿Eh? ¿dónde andas?
LA voz de Lucía me sorprendió. Pero sobre todo me sorprendió darme cuenta de que su alegría era fingida.
—Lucí, ¿qué pasa?
La escuché llorar. Me aparté de la gente y me senté en un banco destartalado cubierto de excrementos de palomas.
—¿Qué pasa Lucía?
—No pasa nada. Perdona —dijo intentando serenarse— Es sólo que te echo de menos.
—No, no es eso. ¿Qué pasa con Andrés?
—No estamos bien. Se nos está yendo todo a la mierda Eli, y no puedo evitarlo.
—¿por qué dices eso? ¿Qué se está yendo a la mierda?
—recuerda ¿sabes? HA empezado a recordarte. Recuerda y siente lo que sentía. Lo sé. Es justo, sí, tiene que ser así. Estar con él de otro modo era una mentira, pero yo no sé que´puedo hacer.
—Para, Lucía. No entiendo nada. ¿qué es lo que recuerda?
—Se acuerda de ti. De cada omento. Es cómo si de pronto pudiera volver a la noche del accidente. Sabe quien soy, sabe que me quiere, pero está confuso y enfadado con todo.
—No sé qué decirte Lucía. Si le quieres, sigue a su lado.
—¿te ha llamado?
— ¿A mí? —pregunté perpleja. Lo último que esperaba era una llamada de Andrés— No. Claro que no.
—Ok.
—¿más tranquila?
—No. Sé que te llamará.
—No creo que lo haga. Andrés es orgulloso.
—Pero tú has sido… tú eres…
—Yo ya no soy nada, Lucía. Yo soy un recuerdo. Ya está, así que serénate. Es normal que esté enfadado. Le llevará un tiempo volver a colocarlo todo.
—Vale.
—Créeme.
—Te creo.
—¿tranquila?
—Sí. ¿Y tú? ¿Todo va bien?
—Estoy en Roma.
—Joder, perdona, Cuelgo, te va a costar un riñon.
—Te llamo desde skype esta noche ¿vale? —reí intentando parecer tranquila.
—Claro. Te dejo, perdona. Un beso, ¿En Roma? ¿estás con Chiara otra vez?
—No, no es Chiara.
—Nunca me llamas ya.
—Lucí…
—Vale, cuelgo. Pero llámame esta noche por favor.
—Claro.
Todo aquel jaleo con Lucía me alejó de mi un segundo. Imaginé a Andrés y me pareció que había pasado una eternidad desde que él y yo habíamos salido. Me costaba recordar lo que sentía por él, aunque el hecho de que Lucía estuviera con i ex novio no dejaba de causarme una sensaciñon molesta, como si hubiéramos dado paso a todo lo prohibido, lo que no debería de suceder, lo que no era buena idea, lo que no causaría problemas a todos.
Paseé hasta el restaurante que me habían recomendado y me detuve frente a un puesto de flores brillantes espolvoreadas recientemente con agua. Decidí comprar un par para Sara.
Me agaché sobre un grupo de ellas y aspiré su olor.
—Petunias —dijo alguien.
Cerré los ojos junto a la flor y dejé que mi corazón se abriera a esa voz tan familiar. No me levanté. Me quedé agachada junto a las flores. No hubiera podido ponerme en pie aunque lo hubiera intentado con todas mis fuerzas. No quise mirarla.
—¿Elisa? —dijo ella con un tartamudeo.
Cogí aire y alcé la cabeza. Chiara estaba de pie junto a un macizo de flores. Llevaba unos guantes de tela y unas tijeras de podar. Del bolsillo de su delantal gris asomaban tallos y hojas.
N pude evitar sonreír. Estaba tan contenta de verla.
—Chiara —respondí y logré ponerme en pie.
Ella dio un paso hacia mí al sentir mi tambaleo.
Luego se detuvo y retrocedió.
—¿Qué haces aquí? ¿cómo sabías…?
—No sabía nada. Solo me he parado a comprar unas flores —respondí.
—¿En Roma?
—He venido a pasar unos días.
—¿A Roma? — repitió.
—Sí, bueno. Mi madre quería ir a Milán y me pidió que pasaramos por Roma.
Improvisar se me daba bastante bien.
—Joder Chiara, como me alegor de verte — confesé.
—sí —dijo sin sonreír.
—Me has asustado, pero me alegro tanto de poder hablar un rato contigo.
—Bueno, ahora tengo trabajo —dijo señalando la tienda vacía— me esperan varios encargos y voy con retraso.
—Claro. Perdona. Yo solo quería dos flores de estas.
Chiara las cortó de un tajo las envolvió en un papel transparente y me las tendió con la diligencia de un autómata.
Pagué las flores y la miré.
—Bueno… me voy.
—Sí.
—¿Estás… bien?
—Sí, muy bien.
Su cara era un papel en blanco. No podía saber lo que estaba sintiendo y eso me puso muy triste.
—Me voy. Me alegro de haberte visto.
Chiara desapareció dentro de la tienda.
Yo caminé con prisa sin saber hacia donde iba. Anduve con las flores en la mano durante un largo rato y en algún momento las perdí, porque cuando llegué al hotel ya no las tenía conmigo.
Llamé a Sara para anular nuestra comida. Inventé una excusa.
El desayuno me había sentado mal, necesitaba dormir. Nos veríamos a la tarde.
Me metí en la cama y me abracé a la almohada con fuerza.
—No te muevas ni un centímetro —me dije—. No hagas nada, simplemente déjalo pasar.
Lloré un buen rato hasta que la presión del pecho cedió. Luego me quedé dormida.

Sara y yo volvimos a Londres y jamás le conté mi encuentro con Chiara. La magia que había propiciado nuestro encuentro se deshizo cuando a nuestro regreso a Londres, le diagnosticaron un nuevo cáncer a Sara.
Lucía y yo nos vimos en una cafetería y apenas logramos recuperar nuestra antigua complicidad. Andrés había regresado a España y nosotras nos sentíamos víctimas y culpables de todo lo que le había sucedido. A pesar de todo Luci estuvo a mi lado hasta que Sara falleció. Ella y yo vivimos tres años juntas en los que le di todo el amor que nunca me había atrevido a darle a nadie. Pensé que moriría con ella. Nunca había amado a nadie de ese modo. No era un amor voraz, ni apasionado, pero era un amor real y cada minuto de mi vida con ella fue sincero. Tenía veinticinco años, y unos meses antes de mi cumpleaños íbamos a enterrar a Sara.
Pensé en avisar a Gaia para el funeral. Ellas habían mantenido el contacto durante su enfermedad. Gaia había venido a Londres tres veces. Yo era la novia invisible de Sara y así le pedí que hablara de mí. Sin nombres, ni descripciones, sin lugar de origen o familia. Yo no deseaba ser alguien, hubiera dado cualquier cosa por ser un papel en blanco y en eso luchaba por convertirme. Por eso un día antes del entierro seguía sin contestar a las llamadas que Gaia hacía al móvil de Sara. No quería que ella viniera y por otro lado sabía que no era justo hacer algo así. Descubrí que Sara no tenía familia, no había nadie a quien avisar. Multitud de amigos y amigas habían ocupado ese vacío en su vida y ahora que se había marchado añoraba tener algo suyo, algo realmente suyo que no fuera un puñado de amigos. Creo que por eso respondí a la llamada de Gaia.
—¿Sara? —su voz era ronca, muy parecida a la de Sara y eso me impresionó.
—No. Soy una amiga suya —contesté.
—¿Puedo hablar con ella? ¿Está dormida?— titubeó— Soy Gaia.
—Sé quién eres —respondí. Dejé salir el aire antes de coger uno nuevo—. Sara murió ayer. 
Escuché un sollozo y algunos golpes torpes, como los que haría alguien que busca algo a oscuras.
—¿Hace dos días? —repitió con voz ahogada.
—El entierro es mañana —dije con toda la entereza que era capaz de tener—Yo, no sé si hay que avisar a alguien…
Me interrumpí para no llorar yo también.
—¿Alguien? Sí, su hermano… tiene un hermano, pero no se hablaban—logró decir—¿Por qué no me avisaron? —preguntó con un gemido.
—Ella no quería ver a nadie —expliqué suavizando la voz. Yo no deseaba herir a Gaia, sólo quería recuperar algo de Sara, desesperadamente— ¿cómo puedo localizar a su hermano?
Hubo un silencio, y el ruido del pañuelo de papel cerca del auricular. Esperé con respeto a que consiguiera tranquilizarse.
—Es que no sé cómo avisar a su familia —dije—. Necesito avisarla, ¿entiendes? Vendrán muchos amigos al entierro. Ella tenía mucha gente que la quería, pero nunca me hablaba de su familia. Yo no quiero molestar a nadie, pero está muerta. Ella ya no está y ellos deben saberlo.
Aparté el teléfono de mi cara para poder respirar. Miré a mi alrededor. La bata de Sara colgaba del perchero del dormitorio y las fotografías, las nuestras, las que apenas habíamos podido enmarcar durante su enfermedad aún parecían tan recientes.
—¿Hola?  —escuché.
—Sí, sí. Estoy aquí.
—¿Cómo te llamas?
—Lucía —dije sin pensarlo.
—Eres la novia de Sara, ¿verdad?
—Vivíamos juntas, sí. Supongo que eso es ser novias.
—Sara  era muy reservada, pero no podía evitar mencionarte.  Sé algo de ti y siento que estés pasando por esto. Ella te amaba mucho. Ella era especial ¿verdad?
Nos quedamos en silencio.
— Tenemos una hija en común, se llama Rebecca. Tiene seis años.
Un nuevo sollozo la interrumpió.
—Lo sé.
—Claro, qué boba soy.
—¿Podrías ayudarme a localizar a su hermano?
—Lo intentaré. Te lo prometo.
—¿Vendrás al funeral? —pregunté asustada con la idea de que Chiara la acompañara.
—Sí. Sacaré hoy mismo un billete.
—Si vienes sola puedes dormir aquí. La casa no es muy grande —le dije. De pronto Gaia era la referencia que yo estaba buscando para mantener viva a Sara un poco más.
—No quiero molestarte.
—No me molestas. Pero sólo cabe una persona— insistí.
—No pensaba ir con nadie. Necesito que alguien se quede con Rebecca y no sé a quién pedírselo. Tendré que hablar con ella y explicarle…
Su voz se quebró.
Pensé en Chiara ¿por qué no se lo pedía a ella?
—¿Vives sola? —pregunté— Sara me dijo que tenías pareja.
—Nos separamos hace un año —contestó.
—Lo siento.
—No. No importa. Así son las cosas.
—Tal vez deba de venir.
—¿Quién? ¿Rebecca?
—Sí.
—Es tan pequeña y adoraba a Sara —gimió—. He intentado prepararla para este momento, pero ahora me parece demasiado duro.
Hubo un silencio incómodo en el que tuve que vencer la curiosidad de preguntarle por qué se había separado. Era un situación extraña en la que yo luchaba por orientarme.
—Mándame un mensaje cuando sepas a qué hora llegas. Puedo ir a recogerte al aeropuerto.
—Gracias. Eres muy amable.
—No hay de qué.
Colgué sin decir nada más. Abrí las ventanas de la casa hasta que el frío se hizo insoportable. A las tres y media era de noche y sin Sara las noches eran tan negras como un pozo.
Abrí las cajas de cartón que había reunido y comencé a llenarlas de las cosas de Sara. No me detenía a mirarlas, ni me permití regodearme sentimentalmente en lo que había sido suyo. Acabé en tres horas. Luego recibí el mensaje de Gaia y salí a la calle a comprobar que nuestro coche tenía el depósito lleno. Llovía. Siempre llovía.
Regresé a casa y llamé a Lucía para que viniera a cenar.
Ella insistía en que viviéramos juntas. Yo me aferraba a la casa de Sara. En su testamento me la había dejado y en ese momento aún no entendía que las herencias pesan y nos atan a los muertos y no nos dejan avanzar. No. En ese momento yo aún negaba la muerte de Sara, aunque a ratos la certeza de que ya no estaba me golpeara con la fuerza de un buen boxeador.
—¿Y le has dicho que venga? — preguntó Lucía durante la cena.
—No podía impedírselo.
—¿Y Chiara? —preguntó con toda la prudencia que era capaz de imprimir a su voz.
—Creo que ya no están juntas.
—Vaya.
—Sí.
Lucía me cogió la mano y la apretó con delicadeza.
—Quiero que sepas que estoy aquí para lo que necesites.
—Lo sé —sonreí.
—No quiero que sigamos distantes.
—No lo estamos.
—Sí, y lo sabes.
—De acuerdo, pero lo resolveremos.
—Bien dicho —exclamó.
—¿Piensas en ella? —preguntó.
—Claro.
—Me refiero a Chiara.
Miré el plato vacío frente a mí.
—Siempre me gustó mucho, ¿sabes? Pero eso no era suficiente. Lo aprendí con Sara. Hay una gran diferencia entre que alguien te guste o que la quieras.
—¿No querías a Chiara?
—No lo sé, Luci. Ahora no sé qué pensar. Pero sé que quería a Sara aunque me gustara menos que Chiara, y eso me mantuvo a su lado.
—¿Qué harás ahora?
— Aún no lo he pensado.
—¿Has hablado con tus padres?
—Sí. Mamá sigue sin hablar conmigo y papá me preguntó si quería que viniera al funeral.
—¿Vendrá?
—No lo creo. Mamá se encargará de montarle un numerito si lo hace. Le dije que no se preocupara.
Acabamos de cenar en silencio. Luego vimos un capítulo de nuestra serie favorita. Lucía se quedó dormida en el sofá y yo no quise despertarla. La arropé con una gruesa manta y fui hasta mi dormitorio.
¿Había amado a Chiara? ¿Había amado a Sara?
A Elisa le gusta Chiara.
Eso hab deseaba amar, deseaba dar, deseaba recibir.ue habñia tenido, todo lo que habñiua maado me habñia abandonado, y ain Sara las nocía dicho Sara en el hotel, aquella noche en Londres y yo aún no entendía el significado de esas palabras. Todo lo que había tenido, todo lo que había amado se había alejado de mí, y aún así deseaba amar, deseaba dar, deseaba recibir. Miré las cajas de cartón cerradas y me dije que Sara no estaba, que ya no estaría nunca más. Sara no era las cosas que había guardado dentro de esa caja, ni la casa que me había dejado, ni el cuerpo que enterraríamos mañana. Sara no era nada de eso. Nada.
Le escribí una carta a Lucía pidiéndole que recogiera a Gaia. Anoté el número de vuelo y la terminal. Intenté decirle por qué iba a hacer lo que me disponía a hacer, pero no pude. Simplemente le pedí que me ayudara y no me preguntara nada más. Saqué un billete por internet, lo imprimí y metí unas pocas cosas en mi maleta.
Estuve sentada en la cama, hasta las cinco mientras hablaba con Sara. Le conté que la había amado mucho y que entendía lo que ella me había enseñado. Le confesé que ahora me sentía perdida y que necesitaba comprobar algo. Algo que ella había dicho una noche, en Roma, en aquél hotel. Deshice nuestra cama y eché las sábanas dentro de una de las cajas.
A las cinco de la mañana llame un taxi y salí de mi casa, del único hogar que había tenido en toda mi vida, si la palabra hogar aún significaba lo mismo para todo el mundo. Cogí el vuelo con tiempo de sobra y mientras esperaba a embarcar mandé un mensaje al grupo de amigos de Sara pidiéndoles disculpas por no estar en el entierro.
Llegué a mi destino temprano. Desde el avión el amanecer me pareció milagroso. Las nubes grises quedaban atrás, en Londres, donde a esas horas Lucía estaría leyendo mi nota. No me sentía culpable por lo que había hecho y sentía que Sara estaba conmigo.
El recepcionista del hotel me señaló en un mapa de la ciudad la ruta que debía de seguir. LA ciudad seguía tal y como la recordaba. El tiempo hacía su trabajo sobre las piedras, dejándolas desmoronarse y a nadie parecía importarle.
Doble por el callejón donde se escondía la pequeña iglesia y giré hacia el restaurante. Unos metros antes vi el estallido de flores. Reconocí las petunias y me detuve con el corazón en un puño.
A Elisa le gusta Chiara.
Eso había dicho Sara. Eso le había dicho yo a Lucía.
La vi a través de los cristales. La habría reconocido entre un millón de personas, entre todas las flores del mundo, en la más profunda oscuridad, en el mayor de los caos, a través de los años, mas allá de los kilómetros y la distancia que nos había separado y que tal vez nos separaría siempre.  Estuve unos minutos observándola, siguiendo sus movimientos entre las flores, admirando su pericia al organizar los ramos, reconociendo los cambios que los años iban produciendo en ella. Estuve allí muy cerca de ella. Mirándola.