viernes, 26 de septiembre de 2014

Cap.71. ELISA: Peligro.


Desconecté el móvil después de dejar a Chiara. Habíamos tomado algo en algunos de los bares de Chueca y nos habíamos despedido con un beso. Estaba intranquila con la idea de que la pasión entre nosotras cediera. Pensaba que eso era lo más fuerte que nos unía, a pesar de que Chiara intentaba demostrarme que no. Pero yo sentía una constante excitación a su lado, y me costaba disimular la premura de mi deseo. Por otro lado me enfadaba pensar que tal vez ella no sentía lo mismo y que su propuesta de conocernos más era una forma de evitar el sexo conmigo. Abrí la puerta de mi casa angustiada, cada vez más convencida de que la estaba perdiendo. Me topé con mi hermano que bajaba las escaleras al recibidor.
—Ciao —dijo apenas sin mirarme.
Yo subí hacia el salón sintiendo que la culpa comenzaba a hacer su papel, entonces escuché la voz de Nando.
—Por cierto, me encontré con Andrés por Chueca —dijo caminando hacia la puerta.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Por Chueca?
—Sí, ayer por la noche.
Respiré aliviada.
—Ya. Le tengo que llamar.
—Sí, será mejor que lo hagas.
No me gustó su comentario, ni el tono de su voz.
—Bueno, eso es cosa mía, ¿no? —respondí desde lo alto de la escalera.
—Claro.
Cerró la puerta tras él con un portazo. Me senté en el último escalón, agotada y triste. Mi hermano estaba enfadado conmigo, yo engañaba a mi novio y mi madre…
Antes de que pudiera completar ese pensamiento escuché la voz de mi padre detrás de mí.
—Eh, ¿qué haces allí sentada?
Me incorporé contenta de verle en casa. Últimamente viajaba mucho.
—Nada, estaba descansando ¡Qué ganas tenía de verte!
Me sorprendió mi propio entusiasmo. En casa somos poco dados a las demostraciones de afecto. Él sonrió asombrado.
—Bueno , tendré que irme más a menudo para que me recibas así.
Le rodeé con los brazos y sentí el aroma de su colonia y de la loción, que tanto me gustaban.
—¿Cómo te va todo? —me preguntó.
—Más o menos —contesté con sinceridad.
—¿Y eso? ¿No te gusta estar en Madrid?
—No, no es eso. ¿Y mamá? —pregunté entrando en el salón.
—Ni idea. Pensaba que vosotros lo sabríais, pero le he preguntado a Nando y dice que no tiene ni idea.
—¿La has llamado al móvil? —. Debían de ser las doce y media de la noche. Chiara y yo nos habíamos despedido temprano.
—Sí, pero lo tiene desconectado. ¿Sabes si había quedado con alguien? ¿Tal vez tenía entradas para el teatro? —. Me miró de un modo que me conmovió y me hizo odiarla. Adiviné que él estaba inquieto y fue su miedo el que me impulsó a tocar su hombro con cariño.
—Seguro que ha salido con Teresa, o con algún de sus amigas.
¿Tal vez él sospechaba algo? Yo había apartado de mi mente la imagen de mi madre desnuda con otro hombre, pero a pesar de todo era imposible olvidarlo.

—Por supuesto —añadió él dirigiéndose al mueble bar y sirviéndose una copa.
Miró su reloj de pulsera y desabrochó la correa para quitárselo.
—¿Cómo van las cosas por aquí? —preguntó dándole un sorbo a su bebida.
Me encogí de hombros.
—Sin novedad.
—¿Y Nando?
—Ni idea. Ya sabes que no hay manera de sacarle una palabra —mentí.
Asintió con la cabeza sosteniendo su copa con ambas manos frente a él. Se había sentado en la butaca de cuero blanca y miraba a través del cristal de su bebida como si intentara desentrañar algo.
—¿Sigue con esa chica?
A ciencia cierta me había sonrojado hasta las orejas, pero él no lo advirtió. Su mirada continuaba clavada en el líquido dorado de su wiskie.
—No lo sé —volví a mentir.
—Parece que tenemos un problema de comunicación en esta familia —bromeó.
—Siempre —añadí.
—Pues eso no está bien, ¿no te parece?
—No lo sé —medité imaginando cómo sería la otra posibilidad: Mamá, papá, soy lesbiana y quiero a la misma chica que mi hermano.
Contuve la sonrisa, cargada de amargura.
—Soy lesbiana —repetí en voz baja sin darme cuenta.
—¿Qué has dicho?
Apreté los dientes con fuerza como si con eso pudiera impedir que salieran las palabras que acababa de pronunciar.
—Nada —. Me dirigí hacia la cocina con paso inseguro.
—Elisa —me llamó él.
—Dime.
—¿Quieres contarme algo?
¿Había escuchado lo que acababa de decir?
—¿El qué? —pregunté sin mirarle.
Trasteé por la despensa fingiendo que buscaba algo de comer.
Él dio otro sorbo a su bebida y siguió mirando a través de la copa. Le vi sacar su móvil y marcar un número. Supuse que estaba llamando a mi madre, entonces escuchamos el sonido de la puerta de entrada y los pasos de ella subiendo las escaleras.
Se detuvo en la entrada del salón haciendo esfuerzos por parecer tranquila. Al menos yo lo advertí. Pero, ¿podía él darse cuenta de esos detalles?
—¿Qué  tal el teatro? —me adelanté a decir. No sabía por qué estaba haciendo eso. Mi padre me miró sorprendido.
—Fantástico —dijo ella mirándome sin pestañear.
—¿Estabas en el teatro? —preguntó mi padre sin apartar la vista de mí.
—Acabo de acordarme, papá —me excusé adelantándome a ella de nuevo —. Me han dicho que esta versión de Los miserables no es muy buena —continué dirigiéndome a ella.
Mi madre era rápida y dejó el bolso sobre la mesa mientras su cabeza trabajaba.
—No peor que cualquier otra. No te esperábamos hoy, no sabes cuánto siento no haber estado para recibirte —añadió caminando hacia él con dulzura,
Se sentó sobre sus rodillas y depositó un suave beso en su boca.
Yo aparté la mirada de ellos. En ese momento me sentía sucia y traidora.
—Me voy a mi cuarto —murmuré.
Escuché la voz susurrante de mi madre a mi espalda, la risa suave de mi padre y subí rápidamente hacia mi dormitorio.
Cerré la puerta con pestillo y conecté mi móvil. Entró una llamada perdida de Andrés y un mensaje de Chiara.
Me ha encantado salir hoy contigo y estoy deseando verte de nuevo.
No pude reprimir una sonrisa de alivio, a pesar de que mi estómago danzaba y bailaba al compás de mis emociones. Ella ocupaba el trono brillante del amor en mi corazón y en ese momento deseé que todo nos fuera bien.
Entró un mensaje. Esta vez de Andrés.
¿Dónde te metes? Me muero de ganas de verte. Estoy por tu zona. ¿Estás en casa?
Cansada, contesté.
Tenía que ganar tiempo para poder pensar con calma qué decirle y sin embargo sentía que estaba retrasándolo todo por miedo.
Puedo subir a verte. Si me invitas a tomar algo.
Son las doce y media ,añadí.
Pero en tu casa hay luz, contestó.
Me levanté de la cama y miré por la ventana. Al otro lado del muro, en la calle y bajo la luz de una triste farola advertí su figura.
¿Desde cuando estás ahí? Pregunté molesta.
Acabo de llegar. Iba para casa en coche y he visto las luces de tu casa.
Alzó un brazo para saludarme y entonces lo sentí. Eso: pena, compasión, cariño. Fue como salir de mí para poder, por una vez, ponerme en el lugar del otro. Una sensación de fragilidad acompañó esa experiencia. Mi cuerpo podía entender el del otro. Mi mente podía pensar como la del otro, mi corazón podía abrirse al del otro.
Me desplomé en la cama atenta a todas esas sensaciones de vulnerabilidad que estaba sintiendo. Mis pulmones se llenaban de un aire nuevo en el que incluían al mundo. Me pregunté si mi asma crónico, mis ataques de ansiedad, mi miedo, no habían sido la consecuencia de mi egoísmo.
Claro, sube, escribí.
Guardé el móvil en mi bolsillo y lo puse en modo silencio.
Bajé las escaleras con cautela para abrir la puerta de entrada. Las luces del salón continuaban encendidas, pero mis padres ya no estaban.
Pulsé el telefonillo y abrí la puerta de la casa.
Tarde unos segundo en darme cuenta de que Andrés venía acompañado. Entorné los ojos para acostumbrarme a la oscuridad del jardín hasta que las luces térmicas lo iluminaron todo.
—¿Lucía? —exclamé sorprendida.
Ella trotó hacia mí con una sonrisa radiante.
—¡Eli! —exclamó abriendo los brazos.
Me llevé un dedo a los labios mientras corría hacia ella.
—¡Lucí! —susurré.
Nos dimos un abrazo y ella me besó en la mejilla. Me agarré a su abrazo como si fuera un salvavidas. Y hundía mi cabeza en su pelo castaño. Nunca me había alegrado tanto de ver a alguien.
Tras ella, Andrés nos miraba sonriente.
—¿Por qué no me has dicho…? —comencé a decir—¿Pero no estabas en Grecia?
Lucía me agarró del brazo.
—Era un aburrimiento total. Si me quedo un día más me muero —rió haciéndole un gesto a Andrés para que nos siguiera.
Le obsequié con una mirada de gratitud, y él me guiñó un ojo.
—Quería darte una sorpresa —dijo deteniéndose —Venga, vamos a tomar algo los tres —me propuso.
—Yo os traigo luego a casa —añadió Andrés.
—Ok —accedí sin pensarlo. La compañía de Lucía era aire fresco para mí y realmente lo necesitaba.
Corrí hasta la puerta de entrada y descolgué mis llaves del colgador. Ni siquiera me había quitado los zapatos y la noche comenzaba a ser menos calurosa.
—Vamos —exclamé cogiéndoles a ambos del brazo — ¿Y tú lo sabías?
Andrés sonrió mientras asentía con la cabeza.
—No eres la única que sabe guardar un secreto —añadió sin malicia.
—Le pedí que no te dijera nada. Quería sorprenderte y proponerte algo.
—¿Proponerme? ¿El qué?
—Que nos vayamos los tres juntos a Ibiza unos días. Mi tía nos deja la casa.
El plan parecía perfecto, pero en él no estaba Chiara. Me pregunté si algún día escucharía esa misma propuesta en la que ella estuviera incluida.
—¿Y tengo que contestar ahora mismo? —pregunté, nerviosa.
—A ver, ¿qué te retiene aquí? —bromeó Lucía.
Instintivamente aparté la mirada de ella y ella reaccionó a mi gesto en un segundo adivinándolo todo. Apretó mi brazo ligeramente.
—Bueno, ¿y qué habéis estado haciendo por aquí? —preguntó mirándonos alternativamente a Andrés y a mí.
—No mucho —contestó Andrés—. Eli y yo a penas nos hemos visto.
—Sí, es cierto. Yo he estado intentado acostumbrarme a mi familia otra vez —me apresuré a decir.
—La familia puede ser una pesadez —gruñó Lucia con solidaridad.
—Sí —murmuré yo entrando en el asiento delantero del coche de Andrés.
—¿A dónde vamos? —preguntó Lucía.
—¿Os apetece un local con música? Igual llegamos a tiempo de ver terminar de tocar a unos colegas —propuso Andrés.
Me encogí de hombros y me dejé llevar por ellos. Aún estaba procesando mi cita con Chiara, la vuelta de Lucía y la invitación a Ibiza.
Aparcamos cerca de casa de Chiara y me sentí como si la estuviera traicionando al salir con otra gente la misma noche que habíamos estado juntas.
Lucía  bajó del coche conmigo mientras Andrés buscaba un sitio donde aparcar.
—Nos vemos en la entrada del bar —nos dijo.
—Eh ¿qué es lo que pasa? —me preguntó Lucía en cuanto estuvimos a solas —¿Seguís juntos?
—Creo que sí.
—¿Crees?
—Eso he dicho —eché un vistazo hacia atrás en dirección al portal de Chiara que iba quedando mas lejos.
—Eso no suena bien —observó frunciendo el entrecejo—¿La has visto?
—Sí. Esta tarde.
—¡Esta tarde!
—Acababa de llegar a casa cuando me llamó Andrés.
—¿Y él lo sabe?
—No.
—¿Se lo vas a contar?
—Pensaba hacerlo, pero no quiero joderle el verano.
—Es la excusa más pobre que he escuchado en toda mi vida.
—No es una excusa.
—Eli… —me reprendió con dulzura.
—¿Qué quieres que le diga? Sólo nos hemos visto una vez.
—¿Y qué tal te has sentido?
—Me gusta mucho —musité avergonzada.
—Pues eso es lo que le tienes que decir a Andrés.
—Ya lo sé.
—Pues adelante.
—Necesito mi tiempo —protesté ante su invasión.
—Por supuesto — se disculpó.
Habíamos llegado a la entrada del bar en el que se agrupaban unas pocas personas con aire de desgana. La música alcanzaba la calle, son un sonido parecido al de un pozo y de pronto el plan no me pareció tan bueno.
—¿Hay que pagar entrada? —preguntó Lucía a un portero que charlaba con otro tío.
Nos miró de arriba abajo y nos hizo un gesto para que entráramos.
—El concierto está acabando —murmuró volviendo a su conversación.
—Esperamos a un amigo —añadió Lucía mirando hacia el final de la calle.
Era el mismo local al que habíamos acudido Chiara y yo en nuestra primera cita con las chicas.
—No sé por qué os gusta tanto este sitio —observé cada vez más arrepentida de haber salido tan tarde.
—Bueno, era una excusa para estar juntos —me reprochó Lucía.
Andrés llegó jadeando después de una buena carrera.
—¿Entramos?
—Claro —dijo Lucía, empujándome suavemente hacia el interior del bar.
Sentí la mano caliente de Andrés sobre mi cintura y me volví para sonreírle. Él me besó en los labios. Yo miré a mi alrededor instintivamente. Estábamos tan cerca de casa de Chiara…
—Te he echado de menos —me susurró.
—Lo siento —dije con voz inaudible.
Bajamos las escaleras que llevaban a la sala donde un grupo de muchachos arremetían contra los instrumentos como si quisieran ganar algún tipo de batalla. Me alejé del escenario a toda prisa con la excusa de comprar bebidas para los tres.
Me apoyé en la misma barra en la que hab estado adcon Chiaran la que habla excusa de comprar bebidas para los tres.
emetsdres se llenaban de un arire nuevo en el que inía estado con Chiara hacía una eternidad.
Reparé en una chica que me observaba. Pedí las bebidas y esperé mientras dejaba vagar la mirada por las botellas de colores colocadas en baldas de cristal. Al segundo la chica estaba a mi lado. Era menuda, iba muy maquillada, casi parecía salir de un carnaval y llevaba un piercing en el labio.
—Hola —me saludó.
Su pelo teñido de rojo resplandeció cuando una de las luces móviles iluminó su cabeza. Apenas la miré, estaba segura de que me confundía con alguien.
—No me recuerdas ¿verdad?
—No. Lo siento —contesté sonriendo con compromiso.
—Yo sí me acuerdo de ti —dijo ella dando un sorbo a una cerveza—. Pero es que para mí fuiste lo peor.
Me quedé sorprendida por la facilidad con la que había expresado su antipatía hacia mí.
—¿Perdona? —dije extendiendo un billete de veinte al camarero que me servía las bebidas.
Andrés llegó sin aviso y me rodeó con sus brazos por detrás.
—Oye, que a mí el concierto me importa una full —me dijo al oído besándome en el cuello —. Yo lo que quiero es estar contigo.
La chica sonrió de medio lado y dio otro largo sorbo a su cerveza.
—Ya voy —protesté débilmente.
Le pasé una copa a Andrés mientras le hacía un gesto para que se la llevara a Lucía.
—Creía que estabas con Chiara. Os he visto esta tarde —murmuró la chica sin deja de sonreír.
El batería del grupo remató el tema con un redoble y la gente aulló al escenario. Las luces refulgieron sobre la desconocida.
Entonces la reconocí. Las luces parpadeantes, la oscuridad y mi facilidad para olvidarme de las caras habían hecho su trabajo. Además ella también había cambiado mucho.  En el colegio sólo era una chica menuda y risueña que trataba de ganar confianza pareciendo resuelta y autosuficiente. Pero la bronca de la fiesta de cumpleaños de Andrés volvió  a mi memoria con todo lujo de detalles y un escalofrío me recorrió el cuerpo.
Angie.




jueves, 18 de septiembre de 2014

Cap.70. ELISA: Un nuevo comienzo.


Salimos a la calle ya de noche. Era plenamente consciente de que después de nuestro último beso, Chiara había adquirido una rigidez repentina que me entristecía. Podía entender que sólo era una forma de frenar nuestras ganas de estar juntas, y que probablemente ella estaba haciendo el mismo esfuerzo que yo por intentar comenzar nuestra relación de nuevo, sin dejarnos llevar por el deseo, construyendo algo sólido que nos uniera. Me sorprendió  darme cuenta en ese mismo instante de lo poco que nos habíamos llegado a conocer. En realidad nuestra relación se había basado en una serie de idas y venidas cargadas de discusiones y ansiedad por estar juntas. Me pregunté si no sería yo la culpable de que nunca hubiéramos disfrutado de momentos de calma. Yo no había presenciado peleas en mi casa hasta ahora, pero reconocía en mí algo de la manipulación de mi madre. Su tozudez frente a sus deseos, su habilidad para tergiversar las cosas. Me disgustó enormemente sentir que me parecía a ella en todos los defectos que tanto odiaba.
—¿En qué estás pensando? —me preguntó Chiara interrumpiendo la oleada de reproches que me estaba dedicando en ese momento.
—En nada. Mil cosas —murmuré sin mirarla.
—No deben de ser muy buenas porque se te ha puesto una cara terrible —insistió con dulzura.
Rozó levemente mi mano sin dejar de caminar junto a mí, pero cuando me proponía machacarme ni siquiera su compañía lograba aliviarme.
—En este momento no tengo muy buena opinión de mí —confesé.
—Pues no hagas lo que sea que estés haciendo contigo, porque la culpa nunca es buena consejera.
Medité sobre lo que acababa de decir. Me fastidiaba no poder argumentar en contra de lo que escuchaba. Era más fácil volver a ponerme de malhumor culpabilizándome que intentar convertir lo pasado en algo sobre lo que construir una cosa mejor.
Forcé una sonrisa con el firme propósito de hacer lo posible por no volver a estropearlo todo.
—De acuerdo. Soy una persona estupenda —bromeé.
—Sí, lo eres, Eli —dijo ella, y esta vez cogió mi mano suavemente.
Le sonreí al tiempo que miraba a mi alrededor sin poder evitarlo.
—¿Prefieres que te suelte? —preguntó ella.
Asentí con la cabeza.
Ella abandonó mi mano sin un gesto de reproche.
—¿Ves? Soy horrible —repetí regresando a la baja opinión que tenía en ese momento sobre mí misma.
Chiara se detuvo y me cogió de las manos.
—Elisa, deja de repetir eso. Si tienes miedo lo entenderé, si tienes dudas lo entenderé. Yo también tengo miedo y dudo…
—¿Tú dudas? —pregunté inquieta por una posibilidad que no había contemplado.
—Como tú —sonrió—. Esto no ha empezado bien y sin embargo seguimos intentando estar juntas, pero no es  fácil. Lo sé y cuento con la posibilidad de que vuelvas a desaparecer. ¡Cómo no voy a estar asustada!
Me alivió escuchar que su miedo era a que yo la abandonara, no a que ella lo hiciera.
—No me iré —dije, dejándome llevar por el entusiasmo.
Apoyó un dedo en mis labios.
—Shh. No prometas cosas que no estés segura de que vas a poder cumplir. Vive el momento conmigo.
Me acerqué a ella para besarla, pero me detuve. La mirada socarrona de un camarero apoyado junto a la puerta de una cervecería me avergonzó.
Chiara se giró hacia él, luego volvió a mirarme y me besó largamente.
Me agarré a sus labios como si fueran agua para mi sed.
Se separó de mí y dijo:
—¿Ves? ¿no es tan difícil?
Disimulé mi respiración agitada y mi deseo de que volviera a besarme y evité mirar hacia el camarero.
—Qué valiente eres —murmuré avergonzada de mi propia reacción.
—No, Eli. No soy valiente, sencillamente estoy harta. Me he escondido toda la vida y aquí, en España, parece que la gente como yo puede mostrarse sin miedo.
—“La gente como tú” —repetí pensando en cómo sonaba esa definición.
—Sí. Lesbianas, bolleras … como sea que las llaméis.
—Suena tan mal.
Me dirigió una mirada de sorpresa.
—“Lesbiana” no es una fea palabra —dijo reanudando la marcha —, como no lo es alto, o bajo, o católico, o protestante. Todo depende de lo que asocies a la definición. Me gustan las mujeres, llámalo como quieras.
Nunca lo había dicho con tanta claridad. Le gustaban las mujeres. Sí, ella lo sabía. Lo había decidido, o qué sé yo. En cambio mi amor por ella no incluía la posibilidad de amar a las mujeres, sino a ella.
Fruncí el ceño con disgusto.
—A mí me gustas tú —dije sin poder evitar un gruñido.
Me miró directamente al advertir mi tono
—Y tú a mí. ¿He dicho lo contrario?
—No, pero cuando dices: “ me gustan las mujeres”,  me siento como si tuviera que competir con un millar de personas.
Se rió.
—Tantas como si me gustaran los hombres, ¿no crees?
Preferí no contestar y seguí caminando. Ella siempre tenía una respuesta sensata para tirar por tierra mis miedos, pero no lo lograba.
—Da igual si son hombres o mujeres, la cuestión es… —empecé a decir cuando ella me interrumpió aplaudiendo.
—¡Bravo! ¡Por fin te das cuenta!
Me detuve un segundo con el ceño fruncido.
—¿Estás intentado liarme?
—No, sólo te empujo a que llegues a tus propias conclusiones. “Da igual si son hombres o mujeres” —repitió
—Pues yo la única conclusión a la que he llegado es que te gustan las mujeres —repetí con tozudez.
—Sí, Elisa. Y a ti te gusta Andrés, y te gustó yo—me recordó.
—No es lo mismo —protesté sin encontrar un argumento que apoyara mi queja.
—¡Por supuesto que no es lo mismo! No es lo mismo amar a un hombre que a una mujer, pero en los dos casos es amor.
—No es eso lo que yo siento por Andrés —confesé con la sensación de que me iba empujando poco a poco hacia las cuerdas del ring.
Nos quedamos en silencio mientras bajábamos por un ancho boulevard. Sabía que Chiara esperaba a que le explicara lo que acababa de decir sobre Andrés, pero yo estaba enfadada por haberme dejado manipular.
—Eres una experta en argumentar, ¿verdad?
—¿Eso crees? ¿De verdad piensas que tengo algún interés en ganar una batalla dialéctica?
—No. No lo creo —admití—. Pero sabes que mi relación con Andrés es …un lío —logré decir—. Y te aprovechas de eso.
—No, Elisa. No me aprovecho de eso. “Sufro” por eso, porque desde que te conozco estoy esperando a que dejes de estar hecha un lío y desearía que ya lo hubieras resuelto.
—De algún modo no estoy tan confusa —confesé en voz baja—, porque sé que te quiero, que te deseo a ti, que no he sentido esto por nadie.
—Bueno. Dejémoslo estar. ¿Te parece? ¿Qué te apetece hacer? —preguntó zanjando el tema —¿Quieres que vayamos al cine?
—La verdad es que no llegamos a ninguna sesión y prefiero seguir charlando contigo.
—Estamos cerca de Chueca.
—¿Chueca?—Ahora yo trotaba detrás de ella que había acelerado el paso.
—Sí, estuvimos unos días antes de que …
—Ya, ya sé dónde está Chueca —le interrumpí impaciente recordando el video que había recibido de Chiara con otra chica.
—Entonces, ¿te apetece?
—No me importa.
—No es eso lo que te he preguntado. ¿Tienes algún problema en que vayamos a una zona de lesbianas? Tal vez allí me dejes cogerte de la mano sin asustarte —bromeó.
Mi reacción fue inmediata. Cogí su mano con fuerza y tiré de ella tomándole la delantera.
—Vamos al mundo de las bolleras. Si tengo que demostrarte que te quiero haciendo esas tonterías, lo haré.
—No son tonterías —respondió siguiéndome sin soltar mi mano—. A mí me da igual si la gente nos mira y allí te garantizo que nadie nos mirará. Bueno tal vez a ti sí, pero sólo por lo bonita que eres.
—Ya, una belleza — respondí con ironía.
—Intenta tratarte mejor —me aconsejó.
—Si hiciera eso, puede que no fuera a Chueca.
Se detuvo en seco.
—¿Por qué?
—¡Joder, Chiara! Porque aún recuerdo el video por el que nos peleamos y tú besabas a una chica en la plaza de Chueca. Además, ese es tu ambiente, ¿no? Donde puedes encontrar a otras chicas además de mí.
Lo había soltado todo sin respirar. Jadeé y me separé unos pasos.  
Ella estuvo unos segundos sin decir nada. Caminó hacia un banco del paseo y se sentó. Me acerqué  y me senté a su lado.
—Lo siento —dije mintiendo.
No, no lo sentía. Tenía miedo de disgustarla, pero todo lo que había dicho era cierto.
—No. Está bien. Esto forma parte de lo que intento hacer contigo.  Conocerte. Supongo que tienes razón. No he sido muy delicada proponiéndote ir a Chueca. Sólo trataba de encontrar un lugar en el que poder tocarte sin que dieras un respingo.
Extendí la mano hacia la suya y la apreté.
—Ten paciencia conmigo —rogué.
—Claro —respondió con melancolía.
—No te pongas triste, por favor.
Me acarició la mejilla.
—No. No me pongo triste —contestó forzando una sonrisa.
—¿Ves? Ahora me estás tocando y no estoy tensa.
—Sí, es cierto —asintió con la cabeza sin dejar de sonreír.
—¿Vamos?
—¿Estás segura? —preguntó.
—No, pero probemos. Creo que es la única manera —admití.
—Elisa, ¿alguna vez me perdonaras por aquel beso?
Aparté la mirada de ella. Cada vez que recordaba el video me entraban ganas de llorar.
—Supongo que se me irá pasando.
—¿Podrías creerme si te digo que no significó nada? —insistió.
—¿Me creerías tú si te digo que te amo más a ti que a Andrés? —respondí sabiendo que eran dos temas que no lográbamos zanjar.
Nos estábamos mirando sin ocultar nada y eso me gustó.  A pesar de la pena, las dudas y el miedo, estábamos allí, por una vez intentado ser honestas.
—¿Y qué harás con él? —preguntó mirando al suelo—Yo no tengo nada con aquella chica. Ni siquiera recuerdo su nombre —confesó.
—Supongo que tengo que hablar con él de todo esto.
Me devolvió una mirada incrédula.
—¿Harás eso?
—Sí.
—Bien. ¿Me lo contarás cuando lo hagas?
—Claro —prometí.
—Vamos —dijo levantándose del banco y esperando a que la siguiera.
—Vamos.
Nos hundimos en la noche y en las luces brillantes de los bares y la música que flotaba por las calles. Pensé en Andrés y en lo que tenía que decirle y sentí de nuevo esa cobardía que trataba de hacerme escapar de los conflictos. Miré a Chiara, erguida, ligera, amable y valiente. Cogí su mano y me dejé llevar por ella.