jueves, 26 de junio de 2014

Cap. 61. ELISA: Recuerdos.


Andrés y yo comenzamos a quedar con más frecuencia. Nuestras citas eran semanales y rápidamente pasamos a vernos casi todos los días. Cuando Andrés no venía a casa, yo iba a la suya y dormíamos juntos. No habíamos hecho el amor y él había cambiado su premura hacia este tema, por una indiferencia que casi lograba estimular mi deseo hacia él. Lucía me despedía en la puerta con la misma severidad de un ama de llaves que no aprueba el comportamiento de su ama, y no desperdiciaba ocasión para intentar averiguar qué me proponía. Así hablaba de mi relación con Andrés, como si estuviera teñida de algún plan maquiavélico para lograr algo.
—¿Y qué crees que quiero obtener? —le dije un día, furiosa después de escuchar demasiadas indirectas sobre mi relación con él.
—No creo que lo sepas ni tú —contestó con una franqueza casi hiriente.
—No soy tonta ¿sabes? Así que deja de tratarme como si lo fuera.
Ese día salí pronto de casa y fui a la de Andrés. No soportaba más las miradas recriminatorias de Lucía, ni sus comentarios sarcásticos sobre mi sexualidad indecisa.
Andrés me abrió la puerta en calzoncillos y no pudo ocultar un gesto de sorpresa al verme.
—Elisa ¿qué pasa? ¿qué hora es?
Pasé sin darle tiempo a que me invitara a hacerlo. Era presa de un enfado que no podía controlar y que tampoco sabía gestionar sin echarle la culpa a alguien.
—Tenemos que hablar —le dije sin detenerme a pensar en lo que estaba diciendo.
—¿Ahora? ¿Un sábado a las nueve y media de la mañana?
—Sí, ahora.
—¿Puedo tomarme un café al menos?
—Te acompaño —dije dirigiéndome a la cocina.
Andrés enchufó la cafetera eléctrica que pegó un chispazo y se fundió de golpe.
—Vaya, cojonudo —murmuró.
—¿A dónde va nuestra relación? —pregunté exasperada.
—¿Perdona?
—¿Qué hacia dónde vamos?
Se sentó en un taburete frotándose los ojos y sacudiendo la cabeza.
—¿Has discutido con Lucía?
—Para nada.
—Yo creo que sí. Has entrado aquí como un coche de carreras y ni siquiera me has dado los buenos días. Estás furiosa por algo y sé que Lucía no entiende que hayamos vuelto a vernos.
—Estoy furiosa porque no entiendo cuál es el juego.
—¿Estamos jugando?
—No sé, dímelo tú.
—No, dímelo tú. Yo sólo te estoy siguiendo. Bueno, en realidad llevo toda la vida siguiéndote, si somos sinceros. Así que me harías un favor si tú nos dijeras hacia dónde va esto.
No había pensado que esa fuera la cuestión. Era más fácil dejarle al otro las riendas y protestar por la falta de rumbo.
—¿Es que no tienes ningún plan con nosotros?
—No. En absoluto —confesó sonriendo.
—Tú no eres así. Tú siempre has necesitado tenerlo todo atado y bien atado.
—¿Yo? ¿Qué yo? ¿El Andrés que conociste cuando eras una cría? ¿o el que te has perdido cuando lo dejamos?
—¿Tanto has cambiado?
—Tal vez. La verdad es que sólo me he dado cuenta de que hacer planes no sirve de nada porque la vida se encarga de romperlos, cambiarlos, o sorprenderte con otros. Además parece que la relación está funcionando bien así ¿no?
—¿Cómo? ¿sin sexo?
Abrió los ojos con un gesto exagerado.
—¿Tú hablando de sexo? Esto si que es una novedad.
—Vete a la mierda, Andrés.
—No, de verdad. Hablemos de sexo. Estoy deseando saber algo acerca de esto. Me tienes desconcertado, aunque creo que me voy acostumbrando.
—¿Qué vamos a hacer?
—Podemos hacer el amor. Es lo que hacen las parejas que se aman. Bueno, creo que eso tú ya lo sabes —añadió con dureza.
Ignoré su comentario.
—Nunca me tocas, ni parece que te interese intentarlo.
—Lo intenté durante dos años Elisa y sólo tuve rechazo. Creo que ya me has dejado claro que la iniciativa tiene que ser tuya.
—Bien, pues hagámoslo —dije levantándome del taburete.
—¿Que hagamos qué?
—Sexo.
Soltó una sonora carcajada que hizo que me sintiera ridícula e infantil.
—¿Ahora?
—¿Por qué no?
—¿Me deseas, ahora. Elisa?
Estaba sentado frente a mí. Era incluso más guapo que antes y parecía tan seguro de sí mismo que hacía que yo me sintiera a salvo. En cierto modo me gustaba cómo estaba madurando. Pensé que eso era suficiente para desearle, aunque no lo sintiera.
—Sí, te deseo —dije y mi voz sonó tan fría y formal como si acabara de cerrar un trato financiero.
—Tanto entusiasmo me pone como una moto —bromeó saliendo de la cocina.
—¿A dónde vas?
—A ducharme. Vamos a desayunar fuera, necesito un café.
Pasaron los minutos. El sonido del agua burbujeaba por las cañerías. Intenté imaginar cómo sería estar con él, desnuda, bajo la ducha.
Subí hasta su dormitorio y abrí la puerta con cuidado. Me acerqué hasta el baño y apoyé la mano en el pomo. Le deseaba, por supuesto que sí. Tal vez no era como había sido con Chiara, pero con él podía estar segura de que todo marcharía bien. Eso era más valioso que el deseo. El deseo me había llevado al sufrimiento, a la desesperación. El deseo no debería de existir y con ese pensamiento entré en le baño.
Me quite la ropa y me miré en el espejo turbio por el vapor del agua caliente. Corrí la mampara de la ducha y entré.
Andrés se quedó muy quieto. Yo dejé que el agua cayera por mi pelo y pasé mi mano por su brazo. En ese momento cerré los ojos y pensé en ella, en Chiara. Ni siquiera me di cuenta de que lo estaba haciendo. Cogí su mano y la llevé a mi mejilla pidiéndole que me acariciara. Él cerró el grifo de la ducha y me besó en la boca. Paso su brazo por mi cintura y lentamente me acercó hacia él. Entonces volé. Lo hice, sí, sé que lo hice.
Estaba con Chiara, y ella me abrazaba y me besaba, y yo sentía su piel cerca de la mía. Seguí mi vuelo y sentí su mano acariciando mis pechos, pellizcando levemente mis piel. Pasé la mano por su pelo y sentí el tacto suave de su melena castaña.
—Te quiero —susurré.
Sentí su mano en mi pubis y me abandoné a ella. Cuando regresé de mi vuelo estábamos Andrés y yo en la cama. Él se apoyaba sobre un costado y me acariciaba la mejilla con el dorso de su dedo.
—No has abierto los ojos ni un momento ¿Tan feo soy? —bromeó.
Traté de orientarme, había volado lejos, muy, muy lejos para poder tener sexo con Andrés.
—¿Así era con ella? —me preguntó sin atisbo de rencor.
—¿Cómo?
—Te he masturbado y no he intentado que follaramos.
—Lo sé. Estaba aquí ¿sabes? —me defendí, aunque no había ataque en su voz. Sólo curiosidad.
—De eso no estoy tan seguro. Me gustaría pensar que sí, pero, la verdad es que parecías estar en otro lugar.
—Pues estaba aquí contigo. Y sí, me lo he pasado muy bien.
—Perfecto.
Se dejó caer de espaldas sobre la cama. Era consciente de que él no había tenido un orgasmo, ni siquiera le había tocado.
—¿Vamos a por ese café? —dije.
—Yo necesitaría una tila —contestó riendo—y otra ducha de agua fría.
—Lo siento —. Pude oír lo tonta que sonaba.
—No pasa nada, boba ¿Sabes que te quiero? Eres deliciosa.
—Gracias.
—No me des las gracias, por favor. Me siento como si acabara de prestar un servicio y no como si hubiéramos estado juntos por fin.
—No del todo ¿verdad? —admití.
—No te sientas mal por mí.
—Es que es… tan…
—¿Qué es tan…?
—Tu pene —dije mirando hacia otro lado.
—Elisa…¿estás segura de que querías hacer el amor conmigo?
—Sí.
—Pues esto va en el lote —añadió apartando las sábanas.
—Lo sé. No soy estúpida.
— Y te tiene que gustar.
—Me gustará. Dame tiempo.
Los días no cambiaron después de eso. Seguimos durmiendo juntos y yo seguí inactiva y cariñosa. Andrés lo aceptó, como había aceptado lo de esa mañana. Tardé varias semanas en contarle a Lucía lo que había sucedido entre nosotros. Agrandé la historia, la adorné y me detuve en detalles que nunca habían existido. Cada nueva mentira sobre esa mañana fue creando otra realidad paralela a lo que yo sentía, una que no existía más que en mi cabeza y que peleaba cada día con la auténtica. Añoraba a Chiara. No. Era más que eso. La deseaba y a menudo me entretenía en recordar cada detalle de la única noche que habíamos hecho el amor y que ahora revivía con claridad. Me excitaba imaginando encuentros que nunca se habían dado entre nosotras. Me dije que se podía vivir así. Dos vidas. Casi todo el mundo las tenía. Mi madre la tenía. Tal vez hasta mi padre. No se puede tener todo, no es posible. Eso me repetí, hasta la noche que hablé con Nando. Fue una llamada inesperada  que me alarmó. 
—¿Qué pasa? ¿va todo bien? ¿pasa algo?
—No, va todo genial.
—Ah, ok ¿Entonces?
—Nada, solo quería saber qué tal vas por ahí. Mamá se queja de que nunca llamas.
—Mamá se quejaría de todo si pudiera.
—La verdad es que no sé qué te pasa con mamá. Antes no eras tan agria con ella.
—No nos entendemos.
—¿Cómo os vais a entender si nunca habláis?
—¿Me has llamado para hablar de esto?
—En realidad, no. Sólo quería saber si te llamó Chiara.
Mi corazón dio un vuelco. Podía esperar cualquier conversación con mi hermano excepto esa.
—¿Y por qué iba a llamarme Chiara? ¿De qué la conoces?
—Vino una noche a casa a traerte una mochila ¿recuerdas?
Por supuesto, pero yo estaba tan furiosa que ni siquiera había contado con que Nando estaba allí.
—Hemos perdido el contacto —expliqué.
—Sí, ya me contó. Pero le di tu teléfono.
—¿Quieres repetir eso?
—Que le di tu teléfono.
—No eso, no. ¿Qué quieres decir con que ya te contó? ¿Cuándo la has visto?
—Cuando estuvo en Madrid. Vino a casa preguntando por ti. Luego nos vimos unos días y no te vas a creer lo que pasó.
Yo había dejado de escucharle después de oír que Chiara había estado en Madrid.
—¿Cuándo has dicho que estuvo?
—No lo he dicho. Vino en semana Santa.
—¿Y por qué no me avisaste?
—Le di tu teléfono y dijo que te llamaría. Salimos un par de días juntos y la verdad es que me gustó mucho tu amiga.
—¿Qué has dicho?
—Que si te importa que lo intente con ella. Para eso te llamaba. Se volvió a Roma, pero le han dado una beca para estudiar en Madrid y regresara en un mes más o menos. Yo había pensado en ir un fin de semana  a Roma para verla. En plan sorpresa.
Cada palabra caía dentro de mí como piedras en un pozo oscuro. Escuchaba el estruendo del agua, de una manera lejana, pero las piedras no dejaban de caer. Caían y caían y el eco del pozo resonaba en mi cabeza.
—No puedes —dije. Solo eso.
—¿Por qué? —preguntó.
Quería decirle la verdad, pero no podía.
—Porque no.
—¿Estáis peleadas por algo?
—Sí.
—Ajá. Pero yo puedo salir con ella.
—No, no puedes. Ya te lo he dicho.
—Necesito un buen motivo. No dejas de repetir eso y no voy a pelearme contigo por una chorrada, pero he tenido el detalle de preguntártelo sólo porque parece que ella te aprecia mucho y porque estamos más vinculados a ella y a su familia de lo que tú creías.
Eso sí lo escuché. Lentamente salía de mi estupor para entrar en otro aún mayor.
—No sé de qué hablas.
—Su abuela estaba liada con la nuestra.
—No digas tonterías.
—Lo que tú digas, pero es verdad. Lo supe el día que tuvimos que ir a notario a arreglar lo de la herencia. Te avisamos, pero dijiste que pasabas de todo ese rollo y lo arreglamos mamá y yo con ella.
—¿Con quién?
—Con la abuela de Chiara. ¿Recuerdas que te comenté que mamá estaba super mosqueada porque la abuela le había dejado un montón de pasta a una amiga suya?
No, no lo recordaba en absoluto. Había desconectado totalmente de mi familia, de mi madre y de la muerte de mi abuela. Ahora me daba cuenta de lo estúpida e infantil que podía llegar a ser.
—Pues no era exactamente una amiga. La “abu” era bollera y la abuela de Chiara había sido su amante. Eso explica por qué mamá nunca quiso que la conociéramos. Ya sabes lo que piensa de todo eso.
—No, no lo sé. Nunca hemos hablado de “todo eso”.
—Hermanita, pues parece que no conoces a mamá. Ella es conservadora hasta la médula.
No pude evitar una sonora carcajada. Aún recordaba la figura desnuda de mi madre entrando en el dormitorio para arrojarse en brazos de otro hombre.
—Sí, tú ríete. No la conoces en absoluto. Ella no se salta ni una de las reglas de lo correcto. Y ser bollera no es correcto.
—No me tires de la lengua —murmuré.
—Piensa lo que quieras, pero la conozco muy bien.
—Ya.
—¿Qué vas a hacer?
—¿Con qué?
—Con lo mío con Chiara.
—¿Qué es lo tuyo con Chiara? No creo que porque hayas salido dos tardes con ella tengas algo con Chiara.
—Hay química, y hacía años que no sentía eso. Voy a por ella, te guste o no.
Quería gritarle. ¿Podía ser más ingenuo? Pero, ¿qué derecho tenía yo a decidir lo que Chiara quería hacer? Me detuve en ese pensamiento. No era posible que ella quisiera una relación con Nando. Ella siempre lo había tenido claro. No le gustaban los tíos. Intenté parecer serena cuando hice la pregunta.
—¿Y qué opina ella de esa química? ¿te ha dicho que le gustas?
—No, pero esas cosas se notan.
En ese momento sentí lástima por mi hermano. Estaba segura de que él interpretaba las cosas como lo hacen los enamorados, deformando la realidad a su conveniencia.
—Nando, Chiara es una tía complicada —empecé a decir—. La conozco bastante bien y no creo que te vaya bien con ella.
Ahora odiaba a Chiara por el posible daño que haría a Nando.
—Bueno, eso es suponer mucho ¿no crees? Además si estáis peleadas es normal que ella no te caiga bien. Bueno. Sólo quería comentártelo, no que me echaras un sermón. Hablamos.
—No es un sermón. No vayas a Roma sin avisarla. No creo que le siente bien. A Chiara no le gustan las sorpresas — me apresuré a decirle.
Sonó el clic del auricular al colgar. Comencé a marcar el teléfono de mi casa, pero me detuve. Aún estaba aturdida. ¿Nando y Chiara? ¿Mi abuela y la abuela de Chiara? Se lo había inventado. Sí, todo era una fantasía de mi hermano.
—¿Tu hermano y Chiara? Estáis todos locos… —dijo Lucía.
Me miraba desde la puerta de la cocina, con su eterna taza de té en la mano.
—¿Puedes dejar de escuchar mis conversaciones?
—Podría si esta casa no fuera pequeña como un dedal y el teléfono no estuviera en un pasillo de un metro cuadrado que da a todas las habitaciones de esta casa —añadió dándole un sorbo a su té.
Pasé junto a ella  sin hacerle caso, y me dirigí a la tetera. Necesitaba algo caliente que me quitara ese frío que se instalaba en mi cada vez que estaba asustada.
—¿Y qué vas a hacer? —preguntó Lucía sentándose junto a la mesa de la cocina. Parecía estar disfrutando de lo lindo.
—Para empezar, no voy a hablar de esto contigo.
—Ok. Perfecto. Ya lo harás cuando la cosa se ponga fea y me parece que ya se está poniendo.
—OH, cállate de una vez Lucía, pareces…
—¿Tu amiga?
Yo aún estaba demasiado sorprendida para discutir. Me quedé junto a la tetera. Respirando. Vi mi vida vacía con perfecta claridad: mentiras sobre Andrés y yo, mentiras sobre mi madre, mentiras sobre Chiara, mentiras sobre mi carrera. Una hormiga caminaba por la encimera, en círculos. Se escondió en un agujerito entre el embellecedor de la cocina y la pared.
Me serví el té y me encerré en mi dormitorio. Abrí la ventana a pesar del frío y la lluvia. Escuché el repiqueteo de las gotas sobre el asfalto. Eso era real, definido, agua cayendo, agua sonando, agua que moja, agua que enfría. Los brazos me quemaban como si estuvieran atravesados por alfileres. Mi cuerpo estaba dormido, pero aguanté. Nunca había pensado conscientemente “Chiara no volverá”. Tampoco había pensado que lo haría de ese modo. Sólo lo había apartado como una mancha molesta en una camisa que espera ser lavada un día de estos. Me sumergí en el calor del té hasta que el cuerpo fue pinchando menos y la sangre circuló otra vez.
Tenía que volver a Madrid. Tenía que impedir que Nando fuera a Roma. No había imaginado las implicaciones carnales del amor de mi hermano por una chica. No imaginaba nada sobre él.  Pero había conocido el amor de Chiara, y ella era fantástica, nada imaginable. Los celos por Chiara y la ternura por Nando luchaban por decidir qué puesto debían ocupar. Tal vez era mejor tratar de llamarla. Hablar con ella, advertirla de las intenciones de Nando, suplicarle que no le hiciera daño. Pero, ¿y si ella estaba interesada? Tal vez ya no era lesbiana. ¿Se podía cambiar en un año? ¿Podías desear lo que no había deseado en toda tu vida?
Yo había descubierto lo que era. Bollera, había dicho Nando. Sí, eso era yo. Eso que mi madre odiaba. Eso sobre lo que la gente hacía chistes o bromeaba. Aunque tenía mis dudas, pues después de Chiara no había vuelto a fijarme en ninguna otra chica. Yo había cambiado a Andrés por Chiara y ahora había vuelto a Andrés. Algo se rebeló contra mí misma. Honestidad. Eso fue. No podía seguir siendo deshonesta con todo el mundo. Arrojé la taza de té contra una de las paredes.
Lucía no tardó en llamar a la puerta.
—¿Estás bien?
—Sí, no pasa nada. Se me ha roto la taza — dije.
“Se me ha roto en corazón”, pensé y recogí uno a uno los pedazos de porcelana del suelo. Eso debía hacer. Pegar todos los pedazos y para eso necesitaba ser valiente.






mo estaba madurando. taba cra, en el tacto de su piel, en sus dedos suaves y susmaravullosperlos o cambiarlos o sorprederte co oñoscambiarlos o sorprederte co oblanco forrado de polipiel. Andr Bueno, creo que eso t romperlos o cambiarlos o sorprederte co o

jueves, 19 de junio de 2014

Cap. 60. CHIARA: Mentiras.


Mi abuela me despertó temprano. Me vestí al toda prisa y bajé al vestíbulo del hotel. Esa mañana había amanecido sorprendentemente fría. Como si anunciara lo que iba a pasar. Las temperaturas habían bajado al menos quince grados y yo tuve que regresar a mi habitación para cambiarme de ropa.
Cuando salía del cuarto entró un mensaje. Era Nando. No había tardado ni veinticuatro horas en llamar. Leí sus palabras con avidez, buscando noticias de Elisa.
“¿Llamaste a Elisa?” “Te apetece que comamos juntos? Yo acabo unas gestiones a las dos.”
Contesté a lo primero y me detuve a pensar en lo segundo. Me caía bien, pero no era tonta y me podía ver deslizándome por una fina superficie de hielo por la que podía resbalar en cualquier momento.
“Tengo que comer con mi abuela”, contesté. “Gracias”
Entró otro mensaje.
“¿Y un café?”
No me sorprendió su insistencia. Tenía la misma tenacidad que la que había empleado para conseguir un cuerpo exageradamente musculoso.
Resoplé y bajé a reunirme con mi abuela.
Guardé el móvil en el bolsillo de mi chaqueta para darme tiempo.
—¿Todo bien? —me preguntó.
—Sí, claro.
Cogimos un taxi hasta la calle Serrano y nos detuvimos en un antiguo edificio de construcción Franquista con un pequeño jardín delante.
—¿Quieres que suba o te espero tomando un café por aquí?
—Te ahorraré toda esta pesadez. No creo que me lleve más de una hora.
—¿Estarás bien?
—Por supuesto —sonrió.
Esperé a que entrara en el portal y escuché el sonido rígido de sus pasos subiendo las escaleras. Su voz resonó con mucho eco cuando el portero le preguntó a dónde iba. Luego el motor del ascensor se puso en marcha.
Miré a mi alrededor buscando algún bar donde poder tomar algo. Crucé.
Escuché el chirrido de los frenos del taxi a un metro de mi cuerpo, la voz del taxista gritándome, y de pronto Nando estaba allí, a mi lado.
Yo no había retrocedido ni un centímetro. Aún no entendía qué había pasado.
El taxista seguía hablándome a gritos desde la ventanilla del coche mientras una mujer alta y esbelta como un pura sangre intentaba calmarle. La reconocí como la madre de Elisa.
—¿Chiara? —Nando me sostenía de un brazo.
Le miré, aún confusa.
—No pasa nada . Estoy bien ¿Qué haces tú aquí? —pregunté.
—Eso mismo te iba preguntar yo.
Subimos a la acera de nuevo y cogí aire. La madre de Elisa caminó hacia nosotros y me miró.
Lo sabía. Supe que lo sabía. Era esa mirada severa, hostil, que conocía perfectamente.
—Mamá ¿te acuerdas de la amiga de Elisa?
—Perfectamente —dijo forzando una sonrisa sin moverse.
—Joder,  ¡qué susto nos has dado! ¿A dónde ibas?
—A tomarme un café —dije evitando la mirada de ella.
—Nosotros tenemos algo de prisa, Nando —apremió su madre dando unos pasos hacia el mismo portal donde se acababa de meter mi abuela.
—¿Estás hospedada por aquí? —preguntó Nando ignorando a su madre. Aún me sostenía del brazo.
—Más o menos —contesté intentado conectar algo que comenzaba a pegar chispazos en mi cabeza.
—¿Y tú? ¿A dónde vas? —pregunté con cautela.
—Tenemos hora con un notario. Un rollo de herencias. Si me esperas un rato podemos tomar algo juntos.
Mi cabeza trabajaba a toda velocidad. No era posible, no podía ser la misma persona. Me empecé a agobiar muchísimo. Sería imposible que no hiciera las mismas conexiones que yo acaba de hacer. En cuanto escuchara el apellido italiano de mi abuela, cuando viera su cara, cuando entendiera qué hacía yo allí. Joder, joder, joder. Este mundo, pequeño como una canica, que juega con nosotros.  
Sí, le esperaría.
No, no podía hacerlo, había quedado con mi abuela.
Improvisé.
—Es que estaba de paso por aquí, en realidad tengo que ir a otro sitio para hacer unos recados para…
—Tu abuela —acabó él la frase—. Me siento como el lobo feroz persiguiendo a Caperucita Roja.
Intenté sonreír.
—Nando —solicitó su madre con voz autoritaria.
—¿Entonces? Si me dices por dónde vas a estar te acompaño a hacer esos misterioso recados.
—Ok. Ponme un mensaje cuando salgas.
Me alejé a toda prisa de allí y marqué el número de teléfono de mi abuela. Esperé ansiosa que aún no lo hubiera apagado.
—¿Abuela?
—¿Pasa algo? ¿Estás bien?
—Sí, perdona, pero no me encuentro bien ¿Te importa que nos veamos en el hotel a mediodía? Algo del desayuno me ha dado dolor de estómago.
—¿Quieres que baje? Aún no ha llegado nadie.
—No, no te preocupes. Te espero en el hotel sobre las dos.
—Como quieras hija.
Colgué hecha un lío. Tenía que planear algo. Aún no podía creerme que  Raquel, aquella mujer difusa de la foto, fuera la abuela de Elisa. Tal vez no. Podía ser una coincidencia. Allí trabajaban varios abogados y probablemente todos llevaban gestiones similares. Caminé a toda prisa sin saber bien hacía dónde me dirigía. Tenía que hablar con Nando, sonsacárselo todo.
Fue una hora interminable hasta que me entró su mensaje.
“¿Por dónde andas?”
“Goya”, contesté.
“Hay un Starbucks en Conde de Peñalver” “¿Nos vemos allí?” “Tardo quince minutos”.
“Ok”
Marqué el número de mi abuela. Lo cogió a la segunda llamada.
—Estaba a punto de llamarte. Acabamos de terminar y estoy agotada. ¿Estás en el hotel? ¿Te encuentras mejor?
—Sí, mucho mejor. Abuela quiero hacer unos recados, comprar un libro que necesito. ¿Ha ido todo bien?
—Perfectamente —dijo sin más explicaciones.
—¿Estás bien?
—Sí, sólo cansada.
—¿Nos vemos más tarde? ¿Te importa?
—No, haz tus recados. Yo necesito echarme un rato.
Caminé por la calle Goya. Tenía los pies helados. Sólo había traído un par de sandalias. Eran poco más de las diez y media de la mañana y los termómetros marcaban trece grados. Pensé en mi conversación con Nando. Le preguntaría qué tal le había ido en el notario. Con poco que me contara sabría si habían estado con mi abuela.
Me detuve frente a una zapatería y entré. Salí con unas absurdas zapatillas de esparto con cuña. Sabía que eso me haría más alta que él. Nando no era muy alto, pero caminaba erguido como suele hacerlo la gente de corta estatura. Además no parecía que mi altura le impresionara.
Me pregunté si trataba de seducirle de algún modo y para qué. Necesitaba un aliado y él había aparecido con su brillante sonrisa y su evidente interés por mí. Parecía un buen chico, y  yo no había prometido nada, ni me había insinuado de ninguna manera, me repetí.  Ahora las piezas se habían movido de una manera inesperada y yo necesitaba encajarlas, tenerlas controladas, entender de qué iba todo esto,  y para eso necesitaba su ayuda.
Llegué al cruce de Goya con Conde de Peñalver y torcí a la derecha.
Nando estaba en la puerta del café.
—¿Has venido en cohete? —pregunté irónica
Se rió.
—Conozco esta ciudad mejor que tú. Seguramente tú has dado más vuelta. Venga vamos dentro, que estás helada ¿Has crecido en una hora? —preguntó abriéndome la puerta del local.
Señalé mis pies mientras entraba dentro del café.
—Estaban congelados y me he parado a comprarme algo más caliente.
—Bien hecho.
Nos sentamos en un largo sofá que aún conservaba el calor de los clientes anteriores.
—¿Qué te pido? — preguntó de pie frente a mí.
—Un capuccino.
—Claro, qué tonto. Un capuccino —repitió imitando un acento italiano excesivamente afectado.
Volvió con los cafés y unos azucarillos.
—Me gusta este sitio por esto —dijo palmeando el brazo del sofá—Es casero, ¿te gusta?
—Ahá —Asentí removiendo mi café.
—Así que eres la nieta de la amante de mi abuela…
Su voz sonó tan cordial y relajada que no entendí la frase.
—¿Qué?
Soltó una sonora carcajada.
—¡Por eso estabas tan asustada!
Me sentí una absoluta imbécil y eso me enfadó.
—No estaba asustada. No tengo nada de qué asustarme— mentí.
—Perdona, es que no deja de tener gracia, la verdad —dijo reprimiendo una sonrisa—. Venga, no te mosquees.
—Yo no le veo la gracia. Mi abuela ha sufrido mucho por todo esto.
—Lo supongo —afirmó con seriedad—. No me estaba burlando de tu abuela, pero reconoce que es una casualidad super rara ¿no?
—Sí.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Me di cuenta cuando te vi allí con tu madre y ni siquiera estaba segura. Era demasiado…
—Parece un culebrón —afirmó él—. Es increíble, la verdad. Cuando se lo cuente a Elisa va a flipar.
Elisa.
Joder.
Elisa.
¿Tiene que saberlo?
¿Es mejor o peor?
¿Qué hago?
—Creía que no os contabais nada.
—Pero esto tiene que saberlo, porque mi madre ha pasado un año super mosqueada con todo este rollo del testamento. ¿Sabes que tu abuela ha renunciado?
—¿Tú qué crees? —respondí irónica.
—Claro. Ha sido un gesto de la ostia. Mi madre no se lo podía creer. Nos ha tenido un año sin saber qué iba a hacer, y va y nos dice que no lo quiere. Era mucha pasta ¿sabes?
—Pues qué bien —contesté irritada. No quería seguir hablando del dinero. El dinero tenía esa extraña facultad de ensuciarlo todo.
—La verdad es que es una pasada. ¿Así que tu abuela y la mía eran bolleras? Flipante.
—¿Qué te parece tan flipante?pregunté con acritud.
—No sé. Todo. Que mi madre nunca nos lo contara. Que no nos dejara tener contacto con ella. La coincidencia.  ¿De verdad no te parece flipante?
—Supongo que sí —admití.
—A mí me da igual que fuera lesbi ¿sabes? —dijo con toda su absurda inocencia—Pero mi madre no quiere ni oír hablar del tema. Es como si las odiara.  A las lesbianas, me refiero.
Sentí mi estómago girando como una lavadora. Sí, sabía que había gente así. Eso quise decirle.
¿Y tú? ¿qué pensaras de tu hermana y de mí cuando lo sepas? Qué fácil no tener prejuicios cuando no te toca. ¿Hablarás conmigo cuando te diga que me gustan las tías? ¿Crees que porque me guste una chica no quiero tener un amigo? ¿Y tu hermana? ¿La seguirás llamando hermana? ¿Puedo decirte quién soy? ¿Puedo ser sincera contigo?
Me estaba mirando, con los ojos brillantes y la avidez que produce ver la belleza en los demás.
—Eres muy guapa.
Me levanté del asiento y corrí a los cuartos de baño.
Vomité.
Me senté un rato sobre el retrete y esperé.
Siempre he estado esperando.
Soy una experta en eso.
Puedo esperar hasta que no quede nada
Y aún entonces puedo seguir esperando.
pellido italiana de mi abuela, co feroz persiguiendo a Caperucita Roja.
lasotros.
lisa.ara el apellido italiana de mi abuela, c