jueves, 25 de diciembre de 2014

¡Hola a todas y a todos! Esta semana nos vamos de vacaciones de Navidad. Retomamos la semana que viene. ¡Felices fiestas y disfrutad mucho!

jueves, 18 de diciembre de 2014

CAP. 82. ELISA: Rompiendo el marco

No es real, me repetía. No puede haber acabado.
Pasaban los días y seguía sin saber de Chiara. Creo que estaba demasiado sorprendida para entender la gravedad del asunto. Los primeros días pensé que me llamaría. El quinto día algo oscuro y pesado cayó sobre mí. La ciudad parecía estar desierta. Mi familia eran fantasmas a los que podría haber atravesado perfectamente. Mi propia imagen en el espejo se me hacía intolerable. Si ella no me quería, yo no podía amarme. Una noche saqué la caja de pastillas azules que siempre llevaba conmigo. Podía ser fácil, pensé, y creo que me acerqué tanto a esa posibilidad que mis alarmas saltaron. Supongo que esa fue la clave, aunque tardé unos días en entenderlo.
Una mañana decidí visitar a Andrés. Sabía que me exponía a un mal encuentro con sus padres, pero en ese momento corría en cualquier dirección a la búsqueda de sosiego.
Recorrí el pasillo, atenta a la puerta de su habitación y me detuve un segundo antes de llamar.
Golpeé con los nudillos un par de veces, finalmente entré.
Lucía estaba sentada en la cama de Andrés y se inclinaba hacia él. Tardé un segundo en entender lo que estaba pasando. Andrés me miró con sorpresa. Lucía se giró hacia mí y se llevó una mano a la boca. Yo quise decir algo, pero no pude.
—Eh, has venido —logró decir Andrés.
—Y por lo que veo, en mal momento —contesté reconstruyendo la imagen de mi mejor amiga besando a mi ex.
—Hola Eli —masculló Lucía colorada hasta las orejas.
—No. No es mal momento sonrió Andrés. ¿Por qué habría de serlo?
Lucía recogió su rebeca y su bolso. Andrés la detuvo.
—¿A dónde vas?
—Os dejo solos —contestó ella caminando hacia la puerta.
Le cogí del brazo.
—No te vayas, Luci. No tienes por qué.
Me miró con ojos brillantes y aún sofocada por la vergüenza.
—Pero si me lo contáis, seguro que lo entiendo —dije, vencida por el cansancio.
Lucía lanzó una mirada suplicante a Andrés.
—La besé. Eso dijiste —empezó a decir él.
—Sí —contesté mirando a Luci— ¿Y?
—Pues he vuelto a hacerlo. Se lo pedí yo. Quería ver si sentía algo, si recordaba algo.
—Claro —asentí sin mirarlos —¿Y te ha funcionado? —pregunté con sarcasmo.
—¿Estás enfadada? —dijo incrédulo.
—Sorprendida —. Miré a Lucía.
—No ha pasado nada — se apresuró a decir ella.
—¿Te gusta Andrés, Lucí? —pregunté a bocajarro.
—Eh, espera un momento. Ibas a roper conmigo esa noche, ¿recuerdas? Eso me contaste. No quiero ser desagradable, pero creo que lo que yo haga con mi vida ya no es asunto tuyo — me interrumpió Andrés, molesto.
—Estaba hablando con mi mejor amiga —recalqué.
Lucía me miró un segundo, luego se sentó en una silla y dejó el bolso en el suelo.
—Supongo que sí, aunque no lo supe hasta que pasó lo del accidente.
—Vaya, qué fuerte, ¿no?
Nos quedamos callados un largo rato. De pronto me sentía una intrusa en la vida de todos y entonces me di cuenta de lo que tenía que hacer.
—Bien. Creo que me iré a dar un paseo. Es raro. Es extraño todo, pero tienes razón cuando dices que ya no es asunto mío. En realidad, ya nada es asunto mío.
Salí de la habitación sintiendo algo nuevo. Todo lo que yo había tratado de mantener en pie se caía, se derrumbaba y yo caía con todo. Una nueva rebeldía se apoderó de mí, pero ya no había lucha. Eso fue. De pronto no tenía nada por lo que luchar, nada que me asustara perder porque ya lo había perdido y aún así, deseaba seguir adelante.
Me llevé la mano al bolsillo y saqué la caja de pastillas. Las que me protegían del mundo, las que me adormecían cuando todo era demasiado doloroso. Toda mi vida cargando con ellas.
Al pasar frente a una de las papeleras metálicas dejé caer la caja.
Chiara se había marchado y no la culpaba por ello, yo misma no me soportaba. Andrés y Lucía se habían enamorado, o lo que fuera. Lo cierto es que al único al que le importaba eso era a mi orgullo.
Ciao, orgullo, susurré.
Salí del hospital y respiré profundamente. Marqué el teléfono de Chiara y le hablé a su buzón de voz.
—Hola, soy yo, Eli. Quería decirte que no te culpo por haberte marchado, en realidad yo nunca estuve al cien por cien, y ahora me gustaría estar contigo, pero sé que es tarde para convencerte. Te quiero. Sólo quería decirte eso.
Colgué y me senté un rato en uno de los bancos del aparcamiento. Era verano, el solo quemaba como si me atravesaran con alfileres, pero permanecí un rato allí. Luego me levanté y caminé hacia la parada del autobús.
La voz de Lucía me detuvo.
—¡Eli! ¡Espera!
Me giré hacia ella. No sentía rencor y eso me sorprendió.
—No te vayas sin hablar conmigo —me pidió, jadeando.
—De acuerdo —dije.
—¿Sí?
—Claro. Hablemos, somos amigas.
—¿Vamos a la cafetería del hospital o prefieres otro sitio?
—Como quieras.
Lucía echó una rápida mirada hacia las ventanas de las segunda planta donde estaba la habitación de Andrés.
—No ha pasado nada, Eli. Ni siquiera estoy segura de qué es lo que nos…
—Bueno, no te preocupes.
—Vamos al centro, ¿ok? —me propuso agarrándome del brazo como solía hacer cada vez que trataba de protegerme.
—¿Seguro que no quieres quedarte con él?
—Seguro —asintió sonriendo con dulzura—. Tú y yo somos amigas desde los siete años.
—Esos son muchos años —bromeé.
—Y no vamos a fastidiarlo por un beso, ¿verdad?
—Luci… no tienes que disimular conmigo.
—No sé lo que nos pasa, de verdad. Es como si de pronto…
—Te dieras cuenta de lo mucho que te importa alguien, ¿verdad?
—Sí, supongo que sí.
—No sabes cómo te entiendo.
Lucía me miró con curiosidad.
—¿Estamos hablando de ti o de mí?
—De las dos.
—¿Qué ha pasado, Eli?
—Que la he perdido y me temo que esta vez no hay vuelta.
Me encogí de hombros sintiéndome una parodia de mí misma.
—Pero Andrés me dijo que le habías contado lo tuyo con Chiara.
—Sí, pero no cuidé de ella lo suficiente. En realidad no he cuidado de nadie en toda mi vida, ¿sabes? Siempre he estado asustada.
—¿Ya no lo estás?
—Creo que no. O tal vez no me dejo sentir el miedo que me produce todo esto, aún no estoy segura.
—¿Miedo a qué?
Me vi con perfecta claridad. Me quedé un rato quieta, respirando.
—A mí.
—¿A ti?
—Sí.
No fue una sorpresa total. Todo me había estado dirigiendo hacia el mismo lugar, aquél del que yo trataba de escapar desde que lograba recordar. Me temía. Me odiaba, me maltrataba y había vivido con eso sin sospecharlo. Pensé en mi madre, en lo mucho que me parec—No, no te preocupes. a tienes suficiente.
s cosas —murmurentregarse a nadie. Sía a ella, en lo que la despreciaba por su incapacidad de entregarse a nadie. El origen de mis problemas estaba allí y si no la perdonaba a ella no sería capaz de perdonarme a mí.
—Tú eres perfecta —dijo Lucía besándome en la mejilla—. Todos lo somos, es sólo que no nos lo creemos.
Le devolví el beso.
—Te quiero mucho Luci.
—¡Vaya cambio! —bromeó—. Creo que nunca te he escuchado decir una frase así desde que somos amigas.
—Lo sé.
Escuchaba mis propias palabras como si al fin consiguiera quitarme una camiseta vieja.
—¿Seguro que estás bien? ¿te estás medicando?
—No. Acabo de tirar las pastillas a una papelera.
—¡Bravo!
—Pero no estoy bien.
—¿La has llamado?
—Fui a su casa. Creo que está con alguien.
—¿Qué? ¡Qué fuerte! Se ha dado prisa.
—No voy a echarle la culpa, Lucía. Todo ha sido culpa mía.
—No hagas eso contigo. No tienes que castigarte porque ella se haya ido con otra tía.
—Tal vez no, pero sé que no he sabido hacerlo bien.
—¿Sabes quién es?
—¿Quién?
—La otra.
—¿Importa eso?
—¿Te importa a ti?
—No. Lo único que me importa es dejar de cagarla siempre.
La imagen de Chiara pasó fugazmente y dolió unos segundos.
—La quiero. Aún la quiero, pero lo más extraño es que no sabía que la quería tanto, por eso creo que tengo que dejarla en paz.
—¿No vas a intentar arreglarlo?
—Ahora no. Ahora tengo que arreglarme yo.
Caminábamos lentamente como dos ancianas a las que la vida les resulta demasiado pesada.
—Yo estoy aquí, Eli. Y puedes contar conmigo.
Pensé en ella y en Andrés y de nuevo me sentí confusa.
—¿Te gusta en serio?
—Me importa…
—Esa no es la respuesta.
—Me gusta, sí. Le quiero mucho, pero nunca, jamás cuando estuvisteis juntos me atreví a pensar en él de ese modo.
—¿Por qué?
—Por lealtad.
—¿Se lo has dicho?
—Hemos hablado algo, sí, pero es extraño porque es como hablar con un desconocido.
—Sí, es raro.
El autobús frenó con un largo chirrido. Las ventanillas estaban abiertas, pero el aire escaseaba ahí dentro.
Nos sentamos en la última fila y Lucía me apretó la mano.
—¿Qué hacemos?
—¿A qué te refieres?
 —A todo esto.
—No hay nada que hacer. Yo al menos no puedo hacer nada, pero creo que volveré a Londres. Aún tengo nuestra casa ahí, y al menos eso no me recuerda a Chiara.
—¿Quieres que te acompañe?
—Qué tontería.
—¿Por qué dices eso? — contestó ofendida.
—Porque estás empezando algo y él  te necesitará.
No quería pronunciar su nombre. Hablar de él como si fuera un chico desconocido me ayudaba a sentirme menos rara.
—Nos iremos una semana. Andrés necesita salir de su propia confusión… y yo, también.
—¿A Londres, entonces?  —pregunté con voz queda.
—Sí.
—Bien. Pero antes tengo que resolver algunas cosas —murmuré pensando en mi madre y Nando.
—No te metas en líos, Eli. Yo creo que ya tienes suficiente.
—No, no te preocupes. No me meteré en líos, al contrario. Tengo que aclarar las cosas de una vez y ahora es el momento.
Lucía se detuvo y me miró con extrañeza.
—¿Qué te ha pasado? Estás distinta.
—Bueno, digamos que he tocado fondo y me he dado cuenta de que no es tan malo. Ahora toca subir.
El autobús se detuvo en la última parada. Pasamos la mañana juntas y hablamos mucho. Era nuestra manera de estar juntas. Hacia la hora de comer nos despedimos y acordamos buscar una reserva barata de un vuelo para el fin de semana.
Cuando llegué a casa mamá estaba sentada en la butaca de cuero blanco. No me hizo falta más que una rápida mirada para entender que algo iba mal.
—¿En qué me he equivocado contigo? —dijo encendiéndose un cigarrillo.
No contesté. No era una pregunta que esperara respuesta, era el preámbulo de otro de sus melodramas.
—Ha sido tan humillante… —se levantó y caminó hacia la ventana del salón.
Una nube de humo se estrelló contra el cristal de la ventana y la rodeó.
—No sé de qué me hablas.
Estuvo un rato de espaldas a mí dando caladas a su cigarrillo.
—Quiero que te vayas de esta casa —dijo sin moverse—. Fui a ver a Adriana y me contó lo que le dijiste a Andrés. No tienes vergüenza…
—No, no la tengo. La vergüenza hay que tenerla para no ocultar una infidelidad, mamá.
Su espalda se puso rígida, pero no se movió.
—Quiero que te vayas.
—No hasta que hayamos aclarado algunas cosas tú y yo. Yo he guardado tu secreto y te juro que eso no me hace sentirme mejor, ni siquiera mas cerca de ti, y no sabes cuánta falta me has hecho. Creo que ni siquiera yo misma lo sabía. Jamás pensé que nos pareciéramos tanto. Somos mentirosas, cobardes y manipuladoras, pero merecemos tener la oportunidad de cambiar. Y ¿sabes?, no creo que sea tan difícil asumir la verdad.
Tardé un segundo en darme cuenta de que Nando estaba allí. Había estado desde el principio de la conversación, inmóvil, cerca de la escalera de subida al segundo piso.
—¿De qué va todo esto?
—Es algo entre ella y yo —contesté, al tiempo que miraba como mi madre se giraba rápidamente al oír la voz de mi hermano.
Caminé hacia ella y me detuve a escasos centímetros, de manera que el humo de su cigarrillo me rodeó a mí también.
—Te quiero mamá. Pero necesito estar lejos de ti. No puedo aguantar más mentiras. No te preocupes, me iré hoy mismo a casa de Lucía, luego volveré  a Londres.
La besé antes de que pudiera decirme algo.
—¿Mamá, de qué va todo esto? —preguntó NAndo—¿Por qué habláis de infidelidades?
Mi madre apagó el cigarrillo aplastándolo sobre el cenicero. Las brasas le quemaron los dedos y dejaron un rastro negro en su piel.
—¿Mamá? —La voz de Nando la siguió mientras ella pasaba junto a él, escaleras arriba.
—Dale tiempo —susurré.
—¿Tiempo para qué? —contestó mi hermano a la defensiva.
—Para que encuentre el valor de decir la verdad.
Nando apartó la mirada al escuchar esto. Todos guardábamos algún secreto, incluido él.
—¿Por qué no puedes dejar las cosas como están? Siempre andas liándolo todo —exclamó.
—¿Te parece que ser honesto es liar las cosas? ¿De verdad es eso lo que hemos aprendido?
—No me des lecciones de honestidad. Tú, no. Ni siquiera tuviste los huevos de ser sincera con Andrés.
—No, ya los tuviste tú por mí.
Dio un paso hacia atrás con los ojos abiertos. Ni siquiera había pasado por su cabeza la posibilidad de que yo supiera lo que había sucedido la noche del accidente.
—¡Yo no tuve la culpa de lo que pasó!
—Entonces no tienes por qué preocuparte —contesté subiendo hacia mi dormitorio.
—¡Aún no hemos acabado de hablar!
—Tienes razón, porque ni siquiera hemos empezado. El día que alguien en esta familia decida hablar, que me avise.
—Tú no eres mejor que nosotros —respondió siguiéndome escaleras arriba.
—No, no lo soy, pero voy a hacer lo posible por cambiar eso.
Escuché un fuerte golpe a mi espalda y me giré.
Nando había estrellado contra el suelo la foto familiar que colgaba de la pared de la escalera.
Era una foto en blanco y negro en la que se veía a una mujer, un hombre y dos niños pequeños que sonreían a la cámara. 
Era una foto en la que nadie tocaba a nadie. 
Estábamos los cuatro refugiados en un marco que nos contenía, 
y por fin el marco se había quebrado.








jueves, 11 de diciembre de 2014

CAP. 81: CHIARA: Ya basta.

Yo no amaba a Verónica, pero ella era sólida y alegre, y yo necesitaba eso. Tenía buen corazón y estaba muy centrada. Pensaba en Elisa como se piensa en alguien lejano, un sueño que nunca se había hecho real. Asumirlo no era fácil. Era como renunciar a la vida para la que me había estado preparando, pero intentar seguir adelante con ella me producía un rencor intenso y un dolor insoportable. Supongo que la pérdida había comenzado mucho antes de que se hiciera real.
La noche que salí con Verónica no buscaba una aventura. Dejé que me besara y la besé. Dejé que me hiciera el amor, y se lo hice. Resultaba tan fácil, tan libre de angustias, culpas y temores que casi me pareció cotidiano. Era como si lleváramos toda la vida haciéndolo. Desperté a su lado y me gustó su  olor, su respiración tranquila, el silencio de su casa. Reprimí las ganas de salir huyendo y decidí quedarme. No fue una decisión de una sola mañana. Fue un propósito que alcanzaba algo más de tiempo, un tiempo indefinido que abría un camino. No intenté engañarme con falsas ideas de romanticismo. Era consciente de que con ella no vibraba como lo había hecho con Elisa. Mi amor ya no tenía esa inquietud y desesperación que lo hacía parecer más real. Con Verónica era distinto.
—Hablas de cuelgue, no de amor —me dijo ella a la mañana siguiente.
—No sé de qué hablo pero sé que es distinto.
Me acarició la cabeza.
—Con cada persona es distinto, Chiara. Sufrir no es sinónimo de amar más, ni más intensamente.
—¿Pero se puede amar sin sentir un deseo obsesivo por el otro?
Se echó a reír.
—A veces pareces tan adulta… y otras es como si acabaras de llegar al mundo.
—No te burles de mí —protesté.
—No lo hago —. Me besó—. Pero me sorprendes.
—¿No te importa que aún piense en ella?
—¿Puedo evitarlo?
—No.
—Entonces, ¿para que voy a perder el tiempo en angustiarme?
—Por celos.
—¿Celos? Mira, mi niña, tú estás conmigo ahora. Eso es lo real. Elisa no está en esta habitación.
—Te conformas con poco.
—No. Te equivocas. Lo sólido se construye con lentitud, la pasión incendia, quema y deja cenizas, deja el campo estéril, y yo no tengo prisa con nada.
Se había levantado de la cama y se anudaba el kimono mientras se alborotaba el pelo. Su cuello era extraordinariamente hermoso, largo y gentil.
Sí, tal vez podía amarla. Tal vez podía empezar de cero.
—¿Tienes hambre? —preguntó.
—Un poco.
—Te invito a desayunar.
—¿En la calle?
—Sí. Antes de que haga calor. Venga, perezosa. Vístete y vamos a que nos dé el aire.
Yo seguía sus propuestas como un cachorro obediente. No podía concretar mis deseos y prefería dejarme llevar por su impulso vital.
Fueron un par de días en los que cerré una puerta y me atreví a abrir otra nueva. Una nueva energía contra la que no tenía que luchar. Verónica me llevaba de la mano por la calle, o pasaba su brazo sobre mis hombros mientras me mostraba rincones hermosos de Madrid. Ella era libre porque lo había elegido. Yo quería eso para mí, pero tardé poco en descubrir que lo quería para poder dárselo a Elisa.
Ella apareció en mi vida al tercer día.
Yo había regresado a casa a por algo de ropa. La casa de Verónica me gustaba y no me traía recuerdos. Decidimos que me quedaría un par de semanas, quizá más. Ninguna de las dos deseaba hacer planes. 
Verónica trabajaba en el turno de noche y yo disfrutaba de algunas horas de soledad que aprovechaba para leer, o escuchar algo de música. Luego me metía en la cama y conectaba el ventilador de techo. La sentía cuando llegaba de madrugada. No era ruidosa, pero en esos días cualquier pequeño sonido lograba despertarme. Sentía su peso en el colchón y su delicado beso en mi espalda. Luego yo me giraba hacia ella y hacíamos el amor. Era pausada, tranquila, pero apasionada. Yo me veía a mí misma como una aprendiz del amor adulto y eso me causaba, si no pasión, al menos curiosidad.
Regresé a mi casa una noche, con la intención de volver a casa de Verónica en un par de horas como mucho. Abrí el portal y reconocí el olor. Fue algo extraño y sorprendente. Su perfume. Eli había estado allí. Ella estaba allí. Lo supe.
Subí hasta mi piso por las escaleras, pendiente de cualquier sonido. Cuando alcancé mi planta vi su silueta sentada en el suelo, apoyada contra la pared. Me detuve en el último escalón y respiré profundamente.
Se levantó y encendió la luz de la escalera que se había apagado.
Me miró como si no me reconociera.
—Has venido. Ya creía que te habías mudado.
No me moví. Me grité que escapara, que saliera corriendo, pero no lo hice.
—Vengo a por unas cosas —contesté sacando las llaves del bolsillo y dirigiéndome hacia la puerta.
—¿A dónde te vas?
Giré la llave y entré en casa, no me molesté en mirar atrás. Ella me siguió.
—¿Te vas de viaje?
—Sí —mentí.
—¿Sola?
—Eso no es asunto tuyo.
—Lo he hecho —dijo de pronto—. Le he dicho a Andrés que estoy contigo.
—¿Estás conmigo? — está vez me giré hacia ella intentando contender la rabia que estaba sintiendo.
—Eso he dicho.
—Joder. Eli, que huevos tienes… —. No quise decir nada más y continué hacia mi dormitorio. Abrí el armario sin saber lo que estaba haciendo. La ambigüedad y la indecisión habían acabado con mi confianza en ella.
—Chiara.
—¡Qué! —casi le grité.
—Sigamos con lo nuestro.
—¡Qué coño es lo nuestro!
Se sentó en mi cama y se estrujó las manos.
—Estas con alguien, ¿verdad?
—¿Me vas a montar un numerito de celos? Elisa, es mejor que te vayas.
—Lo he hecho. He sido valiente, pero necesitaba hacerlo sola, sin ti, ¿tanto te cuesta entenderlo?
—Sí —. Volví a rebuscar en el armario y centré mi atención en un par de camisetas y algo de ropa interior.
—Sé que estuviste en casa y sé que mi madre fue… pero mi padre habló conmigo, y yo nunca había sido sincera con nadie.
—Mira Elisa, me alegro mucho por ti, y de verdad que espero que te sientas mejor ahora que por fin has aclarado las cosas.
Sus ojos brillaban al borde de las lágrimas. Retiré la mirada para no verlos.
—Sin ti nada de lo que he hecho vale una mierda —dijo con la voz quebrada.
—No es cierto.
—Sí, lo es. Todo lo he hecho por ti, sólo por ti.
—¿Sabes hace cuánto que nos conocimos? —tiré las camisetas dentro de una bolsa de deportes que acababa de sacar.
—No, no llevo la cuenta, pero sé que te quiero y para eso no hay tiempo.
—Qué lastima de frase —contesté con amargura—. Habría sido hermoso escucharte decir esas cosas cuando aún me importaban.
Me dolió el corazón, juro que sentí que se quebraba algo cuando lo dije, y me di cuenta de que aunque no era del todo cierto, no andaba muy lejos de una realidad que se iba acercando.
Ella comenzó a llorar. Yo seguí abriendo cajones, guardé la ropa en la bolsa y salí a toda prisa de la habitación.
—Cierra cuando te vayas —grité mientras me secaba con la mano las mejillas.
Bajé las escaleras a toda prisa, con el corazón desbocado. Deseaba que me siguiera y al mismo tiempo no lo deseaba.
Me alcanzó en la calle, a una manzana de mi casa.
—Chiara —jadeaba—. No lo dejes, no lo hagas. Ahora es cuando podemos empezar. Dime qué quieres que haga y lo haré. Lo que sea, pero no te vayas con otra.
—Ya estoy con otra.
—No es verdad. Tú no eres así.
—Ahora, sí.
—La gente no cambia en dos días. Dime qué quieres que haga.
—Quiero que me dejes, quiero que me olvides, quiero dejar de pensar en ti. Quiero una vida tranquila con alguien que me llame cuando dice que lo va a hacer, que regrese a la hora que me ha dicho. Quiero a alguien que no se avergüence de coger mi mano en la calle, que sea feliz por amarme, no puedo con más dramas.
—Yo te daré eso —dijo secándose las lágrimas.
—No podrías. Tú no eres así. ¿Cuanto tiempo pasaría antes de que tuvieras otra crisis? ¿Dos meses? ¿Tres?
—Me quedaré para siempre.
—Ni siquiera yo puedo prometerte eso. Ya no.
Estábamos frente a frente y cada palabra suya quebraba un poco más mi débil muralla.
—No te pediré nada. Sólo te daré y juro que te compensaré por todo lo que te he hecho.
Di un paso hacia ella, y vi un destello de esperanza en sus ojos.
La abracé con todas mis fuerzas. Ella se aferró a mí. Hundí mi cabeza en su pelo, aspiré su aroma. La besé, deseaba hacerlo. Sus preciosos labios, sus besos. Cuánto los añoraría.
—Te quiero, Eli, pero te olvidaré.
Eché a correr calle abajo con el sabor de su boca en la mía y el olor de su pelo en mis mejillas.
Llegué a casa de Verónica sin saber cómo. Durante un buen rato había callejeado sin rumbo. No podía pensar, ni quería hacerlo. Llevaba tres días con el móvil desconectado y ni siquiera me había molestado en recoger el cargador de casa.
Así está bien. Me repetí. Así está bien.
Deshice el pequeño equipaje y metí la ropa en una balda que Verónica había dejado libre para mí. Me eché en la cama, bajo el hipnótico movimiento de las aspas del ventilador. Me quedé dormida.
Me despertó Verónica. Me estaba desnudando.
—Shhhh, no te despiertes.
Le ayudé a quitarme los vaqueros.
Ella se desnudó y se recostó a mi lado.
Me abrazó por detrás. Cerré los ojos apartando la visión del rostro de Elisa de mi cabeza.
—Hueles a ella — me susurró.
—No —musité.
—No me importa. Pero su perfume es intenso y no es el tuyo.
—Yo no uso perfume.
—Lo sé.
Continuamos un rato quietas, como dos piezas de un rompecabezas perfectamente encajadas.
—¿Estás bien?
—Sí —mentí.
—Date tiempo, ¿vale? Tienes que ser paciente contigo.
—¿Por qué me ayudas? No lo entiendo —dije intentado darme la vuelta.
Me detuvo.
—No te muevas —me pidió.
La obedecí.
Me besó la nuca y me acarició la espalda. Deslizó sus dedos por la curva de mis caderas y subió hasta mi pecho.
Sentí un escalofrío de placer.
—No quiero hacer el amor —le dije.
—Yo tampoco. Sólo deseo darte placer.
—No lo merezco. Hoy no.
—Eso es una tontería.
Entonces me giró y me miró fijamente.
—Me gustas mucho, Chiara.
Me besó.
Cerré los ojos y me concentré en ella.
—Mírame — me pidió.
Cogió mi cara con sus manos y volvió a besarme.
Le devolví el beso.
—Eres preciosa —dijo.
La abracé y pegué mi cuerpo al suyo.
—Eli… —susurré.
—Verónica —corrigió.
—Joder, lo siento.
—No importa. Lo aprenderás.