jueves, 26 de diciembre de 2013

Capítulo 39. CHIARA: Pasado


Yo tenía cinco años la última vez que había visto a mi abuela. Recuerdo que el atardecer caía sobre la hierba y que las hojas de las flores relucían. Mi padre me sostenía sobre sus rodillas mientras fingíamos que yo galopaba. Él estaba tumbado en el suelo con las piernas flexionadas y me hacía trotar locamente arriba y abajo. Yo era a la vez jinete y presa de mi caballo. Me agarraba a sus manos, grandes como palas, y reía sin parar.
El lápiz de labios de mi abuela era rojo, pero en la oscuridad iba ennegreciéndose lentamente. Nos observaba sentada desde una silla de madera que había junto a una mesita de jardín. Mi madre paseaba alrededor de ella, nerviosa. Discutían sobre algo.
El humo de la barbacoa del mediodía afilaba el aire y espantaba a los insectos.
Recordaba su pelo largo y oscuro, como el mío. Siempre trenzado o sujeto en una coleta baja que anudaba a su nuca. A su lado, mi madre era pequeña y rígida como un alfiler. Mi abuela se llevaba la taza a los labios lentamente, sin dejar de mirarme. Mi madre susurraba palabras cortantes como el filo de una navaja que yo no conseguía entender.
Después de aquella tarde jamás volví a verla y, cuando preguntaba por ella, mi madre contestaba que viajaba mucho.
Una tarde cogí una rabieta porque quería regresar a aquel jardín en el que había galopado rodeada de flores. Mi madre se agachó y me sujetó con fuerza de las manos. Yo le grité que quería ver a mi abuela. Ella contestó:
—Tu abuela no nos quiere ver.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Capítulo 38. ELISA: Un beso.


Cuando salí del hospital aún estaba excitada. Chiara se había despedido de mí sin prestarme demasiada atención. La llegada de su abuela parecía haberla conmocionado de una forma imposible de entender para mí. Pero estaba claro que yo no pintaba nada allí.
Salí del hospital sintiendo aún el calor de su cuerpo mezclado con el mío, el olor de mi sexo que ella había dejado por accidente al tocarme la cara con sus manos. Caminé con prisa, sintiéndome como un ladrón que está a punto de ser sorprendido antes de que pueda escapar. Me terminé de meter la camisa dentro de la falda y me detuve frente uno de los bancos de piedra para dejar los libros un momento.
—Eli —la voz de Andrés sonó tan cerca de mí que retrocedí sobresaltada.
—¿Qué haces tú aquí? —le pregunté sorprendida.
—Estaba esperándote.
—¿Qué?
—Te seguí a la salida de clase y me quedé esperando a que salieras. No quería molestar.
—¿Y por qué has hecho eso? —le pregunté comenzando a identificar una mezcla de miedo y enfado.
Me miró sin pestañear y sentí una dureza que nunca antes había visto en su mirada.
—Quería saber.
—¿Qué querías saber? —pregunté cada vez más nerviosa.
—Adónde ibas todos los días después de clase.
—Bueno, pues ya lo sabes —le dije recogiendo mis libros del banco.
—Supongo. ¿Es aquí donde está el padre de tu amiga?
—Sí.
—¿Y cómo está?
—Mal —contesté.
Quería salir pitando de allí. Él asintió lentamente con la cabeza como si tuviera que llegar a alguna conclusión sobre mi respuesta.
—¿Puedo acompañarte a casa? —preguntó.
—La verdad es que me apetece estar sola —contesté intentado suavizar mi tono para que mi voz no sonara tan seca.
—Bueno, en realidad vamos en la misma dirección. Si quieres podemos ir separados por unos metros de distancia —sonrió de una manera agria.
—¿Por qué estás aquí? Dime la verdad —insistí.
Estaba comenzando a estar harta de las medias verdades en las que me había movido durante tanto tiempo. Dio un paso hacia mí y yo retrocedí. Abrió las manos en señal de paz.
—Tranquila, no voy a hacerte nada —murmuró ligeramente ofendido.
—Estoy muy tranquila —mentí.
—Bien. Eso está bien porque quiero que me respondas con calma.
Podría haberme dado media vuelta y marchado de allí, podría haberle gritado que no tenía derecho a preguntarme nada y sin embargo no era capaz de moverme, con el mismo estupor del que espera a que le dicten una condena.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Capítulo 37. ELISA: Reencuentros




Pasé algunos días pensando en lo que debía hacer después de las estúpidas amenazas de Frank. Sí, sonaban estúpidas en mi cabeza, pero en mi corazón se hacían grandes como fantasmas. ¿Qué podía hacerme Frank?, pensé. ¿Volver a extender rumores sobre Chiara y sobre mí? Bueno, ya había pasado por eso. Ya había escondido la cabeza debajo del ala y había dejado que Silvia se encargara de todo. Sin embargo ahora era distinto. No me sentiría capaz de negarlo, ni de disimular que no eran ciertos. Solo ansiaba estar con Chiara y eso haría resplandecer un letrero luminoso con la flecha de cupido si me preguntaban por mi relación con ella. Intenté convencerme de que no existía tal relación, y era cierto. No la había en la manera en la que la gente salía con alguien normalmente, ya me había encargado de evitarlo hasta ponerme enferma. Pero mi atracción hacia ella era más poderosa que la evidencia o no de que estuviéramos teniendo una historia. Un beso, un solo beso había lanzado sobre mi deseo un lazo que me rodeaba y me comprimía hasta dejarme sin aire. Solo cuando la veía y estaba a su lado conseguía respirar.n﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽de ellos sabçia quiucíte a una frase del estilo: "ba y me comprimlla. ¿c

Traté de imaginar la cara de Andrés si le confesaba lo que sentía. Intenté pensar en la reacción de mis padres y mi hermano frente a una frase del estilo: 
-->«Me gusta una chica». ¿Cómo podía fingir que no me importaba? ¿Alguno de ellos me apoyaría como lo había hecho Lucía? ¿Alguno sabía quién era yo?
Hablaba de estas cosas con Lucía, y ella me escuchaba en medio de largos silencios respetuosos. Me maravillaba la naturalidad con la que no solo había aceptado mi amor hacia Chiara, sino el empeño que había puesto en ayudarme a no temerlo. Más allá de ella, me alimentaba de mis encuentros con Chiara en el anodino pasillo de un hospital donde su padre luchaba por recuperarse.

Durante aquellos días no quise hablarle de mis temores. Cuando iba a verla intentaba distraerla con charlas sobre el colegio y mi familia. Conversábamos en voz baja, muy juntas, sentadas en butacas que olían a desinfectante y sonidos que recordaban al eco de un viejo pozo donde lo que cae no vuelve a salir a la superficie. A pesar del ambiente opresivo que rodeaba nuestros escasos momentos juntas, yo era feliz a su lado. A menudo tenía que controlar mis esfuerzos por no besarla, y besarla, y besarla. Quería demostrarle que era capaz de medir la importancia de la situación que ella estaba viviendo, de reprimir mis impulsos amorosos y adquirir un semblante grave frente a su tragedia, que tenía que relegar a un segundo plano mi pasión por ella. Pero era feliz de estar a su lado y eso me excitaba y me hacía desearla aún más. Me sentía como una niña irresponsable, pero ella era cariñosa y dulce, y no había reproche hacia mis caricias, en las que cualquiera habría adivinado lo desmedido de mi necesidad de tocarla. apagar egar a un segundo planod de su contacto.la era cariñosa y dulce y no habñia reproche ennte a su tragedia. Pero era feliz apagar egar a un segundo planod de su contacto.la era cariñosa y dulce y no habñia reproche ennte a su tragedia. Pero era feliz

Una de esas tardes Chiara hizo algo imprevisible.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Capítulo 36. ELISA: Valor

Lucía se acercó a mí al día siguiente de mi visita al hospital. Me miró y esbozó una sonrisa.
—Veo que te has recuperado —observó sin quitarme ojo de encima.
—Sí —contesté sin añadir nada más.
—Me alegro —y me achuchó pasando su brazo por mi cintura.
Entramos juntas al colegio. Silvia se unió a nosotras.
—Hola —dijo imprimiendo un claro tono de rencor a su voz—. No contestaste a mis llamadas.
—No me encontraba bien —le dije.
—Fuisteis muy injustas conmigo el otro día —nos reprochó a Lucía y a mí.
Tardé unos segundos en recordar a qué se refería.
—He estado defendiéndote durante semanas de la mierda que anda contando sobre ti Frank, ¿y así me lo agradeces?
Lucía puso los ojos en blanco. Yo agaché la cabeza y murmuré una disculpa.
—¿Por qué te disculpas? —me reprochó Lucía.
—Porque tiene razón —contesté yo.
—¿Ah, sí? ¿en qué tiene razón?
—¿Y a ti qué te pasa? —le espetó Silvia con los brazos en jarras.
—Que empiezo a estar hartita de esa campaña en contra de las lesbianas que te has empeñado en hacer —contestó Lucía.
Silvia se detuvo en seco.
—¡Yo no estoy haciendo eso que dices! ¡Lo único que he hecho ha sido contar la verdad sobre Eli! ¡A mí las lesbianas me importan un pito!
—Pues me alegro de oírte decirlo, hija mía, porque parece que es un pecado serlo —replicó Lucía.
Silvia dio una patada en el suelo, impaciente.
—¡Dile algo, Eli! ¡Te estoy defendiendo y tú no haces nada!
—Ya te he pedido disculpas —contesté refrenando las ganas de salir corriendo de allí.
—¿Ves?
—Sí, lo veo —contestó Lucía soltando mi brazo.
—¿Por qué me estás haciendo esto? —exclamé dirigiéndome a ella.
Lucía abrió la boca para contestarme y un segundo después se quedó callada mirándonos a las dos alternativamente. Silvia estaba totalmente desorientada.