jueves, 22 de enero de 2015

CAP: 85. ELISA: Descubriendo a Sara

—Siempre pensé en tener un bebé. Desde que tenía diez años. Pero hasta que conocí a Gaia no lo pensé en serio. Creo que ella y yo comenzamos a flirtear así.
Estaba anocheciendo y aún seguíamos tumbadas sobre la hierba. Habíamos pasado horas calladas, a ratos charlando o lanzando pensamientos al cielo estrellado que comenzaba a brillar sobre nuestras cabezas. Yo mantenía la vista fija en una estrella muy brillante y fantaseaba con la idea de que tal vez Chiara estaría mirándola también.
—¿Gaia?
—La amiga de Chiara, ¿recuerdas?
—Si, claro.
—Es extraño que la llegada de un bebé pueda acabar con una pareja. Es triste.
Asentí sin tener ni la más remota idea de qué podía significar todo eso. Los bebés quedaban muy lejanos en mi vida. Nunca me había imaginado a mí misma sosteniendo uno y menos cuidando de él. Imagina: “Espera mi pequeñin que mamá va tomarse una de sus pastillas para el pánico”
Ahogué una risita al imaginarlo.
—¿De qué te ríes?
—De mí misma y los bebés.
—¿Nunca has pensado en tener uno?
—No.
—Es una pena.
—¿Por qué?
—Son algo maravilloso y te cambian la vida.
—Pero si acabas de decir que rompió vuestra pareja.
—Porque no estábamos preparadas. No supimos gestionar algunas cosas.
—¿Y ahora sabrías?
—Creo que entendería mejor algunas de las reacciones que tuvo Gaia.
—Entonces, ¿por qué no lo arregláis?
—Es demasiado pronto. Aún no se han curado las heridas. Yo… no supe esperar.
—¿A qué?
—A que su deseo sexual volviera.
Medité sobre lo que acababa de escuchar y supuse a qué se refería.
—Te enrollaste con otra.
—Gaia no parecía interesada en mí en absoluto. Vivía exclusivamente para el bebé. Yo desaparecí, así —chasqueó los dedos—, y sólo hablábamos y discutíamos sobre cómo hacer las cosas con el bebé. Creo que no pasar por la experiencia del embarazo me hizo sentirme invitada a una fiesta en la que yo parecía que no pintaba nada. Ni siquiera había un rastro de mis genes en esa criatura y mi mujer ya no me deseaba. ¿Qué demonios tenía? Eso pens—No se trata de eso.
 que hacer?
o tiempo en tu casa.
¿y tienesraba, pero yo distinguor voraz que ella sentrillar sobre nuestrasé, esa fue mi excusa para confesarle lo que había hecho. Pero yo sabía que lo importante no era que me hubiera acostado con otra. Lo importante era ese amor voraz que ella sentía por el bebé, esa obsesión enfermiza por vigilarle y darle todo. Eso no cambiaría  en muchos años.
—No creo que todas las madres sean así.
—Pero ella lo fue.
Giró la cabeza y me miró. La luz de las ventanas superiores de la casa apenas nos alumbraba, pero yo distinguía su silueta y algo de su cara. Cuando me miraba me ponía nerviosa y me tensaba.
—¿No serás madre nunca? —preguntó.
—No. Rotundamente, no.
—Yo creo que sí —sonrió ella y apenas rozó un mechón de mi pelo con su mano. Se giró boca abajo, junto a mí y al hacerlo nuestros cuerpos quedaron más cerca. El suyo irradiaba calor. Yo comenzaba a sentir el frío de la hierba metiéndose en mis huesos y eso me despertó de la tarde que había pasado con ella. Estábamos medio desnudas sobre la hierba. Me entró prisa por vestirme.
—Debe de ser tarde —dije sentándome.
—No creas, anochece muy temprano. ¿Tienes hambre?
—No mucha.
—Deberías de comer, sobre todo después del bombazo que te has metido.
—¿Qué me has dado?
—Algo parecido a un Valium, pero mejor. Dulcifica a la gente —rió—. Venga te prepararé algo de cenar.
—No, de verdad. Ya he pasado mucho tiempo en tu casa.
—¿Y tienes algo mejor que hacer?
—No se trata de eso.
Me levanté y sentí mi piel rugosa y tatuada por la hierba.
—¿De qué se trata?
—De dosificar.
—Ok. Dosifiquemos —dijo divertida.
Se puso en pie y se ajustó el sujetador. Esta vez me detuve a mirar el pecho izquierdo.
—¿No me vas a preguntar nada? —dijo sin tapujos.
—Está claro que has pasado un cáncer. No creo que te apetezca recordarlo.
—Aprendí de eso.
—Bien por ti.
—Nada es por azar.
—Eso dicen algunos.
—Tú estás aquí y eras la chica de Chiara, la amiga de Gaia, mi ex pareja, ¿de verdad crees que el azar juega algo en todo esto?
—¿Lo has preparado tú?
—¡NO! — rió escandalizada.—Ni siquiera sabía de tu existencia.
—Pues entonces no es más que azar —insistí y caminé hacia la casa.
—¡Por la cándida adolescencia! —exclamó detrás de mí.
—LA pasé hace tiempo —dije sin dejar de caminar hacia la casa.
—Pues te comportas como si lo fueras.
Habíamos entrado en la cocina. LA salida al garaje comunicaba con un pequeño cuarto donde había una lavadora una secadora y un lavavajillas.
—No me juzgues, ¿vale? Yo no lo hago.
—Todo el mundo lo hace, chica. Estoy segura de que no has pensado lo mejor de mí después de que te contara lo de Gaia.
—No he pensando nada. No te conozco, no conozco a tu chica, no puedo saber qué ocurrió realmente.
—Yo en cambio sí conozco a Chiara y me pareció una chica muy íntegra.
Este último comentario me chocó. ¿Cuánto había conocido a Chiara como para tener una opinión sobre su integridad?
—Hablas como si la conocieras bien.
—Gaia me contó cosas sobre ella. Sólo eso —contestó, pero no se me escapó una sensación de incomodidad al sacar el tema.
—¿sólo eso?
—¿Y qué más podría haber?
—Ni idea.
Entré en su dormitorio y me cambié de ropa. Salí con una sensación menos agradable de la que había tenido durante el día.
—Bien, gracias por todo. Supongo que ya nos veremos —le dije ofreciéndole la ropa que me había prestado.
—Estás mosqueada.
—No.
—Sí. Lo que he dicho sobre Chiara te ha mosqueado.
—De acuerdo, sí. Parece que ocultas algo.
Se sentó en una de las sillas y se terminó de abrochar una bata que se había puesto.
—No me sentí orgullosa de intentarlo…
—De intentar qué.
—Acostarme con Chiara. Era preciosa y entonces no lo pensé.
—Ya — mi corazón se había encogido como si un puño de hielo lo estrujara con fuerza.
—¿Y lo lograste?
—No. Ya te he dicho que Chiara es una chica muy íntegra.
—Bueno— sacudí una mano con desgana—, la verdad es que eso ya no es asunto mío.
—Ya, como no se nota a la legua que sigues colada por ella…
—No es verdad.
—Ven, siéntate un momento.
—No me apetece. Tengo ganas de irme.
—¿Siempre haces lo que te apetece?
—Sí.
Como mi madre, pensé, y entonces decidí no hacerlo más y me senté en la silla.
—¿Qué pasa ahora?
—Nada. Me parecía que e estabas marchando de una manera muy brusca y creo que necesitas una buena amiga.
—Ya tengo una —dije, pensando en Lucía y descartándola inmediatamente al recordar a Andrés.
Bajé la mirada hasta mis manos.
—No te enfades conmigo.  A veces puedo ser muy bocazas, pero no soy mala persona —dijo Sara cogiendo mi mano.
Le dejé hacerlo y esta vez no sentí otra cosa que ternura y alivio.
—¿sabes que soy mucho mayor que tú?
Asentí. Había calculado unos treinta años, pero por cortesía no había querido preguntar.
—Yo también me siento sola a veces y también echo de menos a Gaia, pero tengo un poquito más de experiencia que tú. A lo mejor te sirve de algo.
Ella jugueteaba con mis dedos. Yo tenia la mano flácida entre las suyas. Estaba cansada y no quería hablar más.
—¿Te gustan los musicales? — pregunté de pronto.
Sonrió.
—No me entusiasman, pero no me muero si veo uno.
—Me gustaría ver “Los miserables”.
—¿No viste la película?
—Sí, por eso quiero ver el musical. Me gustaron mucho algunos temas.
—Puedo sacar entradas para el lunes que viene. Son más baratas.
—Por mí, sí.
—Hecho.
Nos pusimos en pie casi al mismo tiempo.
—Bien —dije sin moverme.
Sara se acercó a mí y me abrazó. Fue un abrazo desprovisto de toda sexualidad.
Me besó en la mejilla y luego se apartó despacio.
Miré su escote abierto bajo la bata.
—¿Te dolió? —pregunté, entonces.
—Mucho.
—Lo siento.
—Ya pasó.
—¿Te pondrás uno?
—¿Un qué?
—Una prótesis.
—No.
Se arropó con la bata y se rodeó los brazos con las manos.
—Ahora tengo frío —dijo fingiendo una sonrisa.
Le froté los brazos ligeramente. Sabía de mí que era incapaz de cuidar de nadie, por eso fue un gesto torpe que ella aceptó con cortesía.
—Nos llamamos —dijo acompañándome a la puerta.
—Eres muy amable — le dije antes de salir.
Ella enrojeció. Era de esas mujeres que enrojecían por un cumplido. Me sorprendió ver su debilidad. Tímida, pero no exactamente delicada.
Ahora era ella la que deseaba que yo me marchara y así lo hice.
Una vez en la calle anduve un largo rato recordando nuestras horas en la hierba. Mantuve los mejores momentos en mi memoria hasta el lunes, cuando me llamó para concretar nuestra cita. Elegí cuidadosamente mi ropa y me maquillé consultando unas páginas de internet. Quería estar bonita. No tenía expectativas, no deseaba nada. Sólo hablar con ella, escucharla, sentirla cerca y seguir conociéndola. Eso pensé, hasta que la vi en la puerta del teatro y me di cuenta de que había pasado los día deseando volver a verla.




7 comentarios:

  1. Buenas tardes Vic....hace un mes termine una relacion de 3 años y medio y no la estoy pasando nada bien....y este capitulo me hizo sentir que puedo volver a conocer a alguien asi, por casualidad....y superarlo con el tiempo....muchas gracias de verdad. Te admiro. Abrazos desde Cordoba, Argentina!

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  2. Hola Sofi ¿Acaso lo dudas? Claro que conocerás a alguien, de eso estoy segura.
    Un beso enorme.
    Vic

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  3. WOW!!! Bastante nuevo e intenso! O.O
    Saludos, Ale

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  4. Hola victoria muy bueno el capitulo como sirmpre bueno te cuento que ya tengo mi libro creo qur fui la primera no fue dificil aunque te contare que la pagina estaba toda en ingles y yo cero en ese idioma pero aun asi ya lo tengo muchas gracias por todo y felicidades esperare el siguiente capitulo porfa no me las tengas mucho tiempo separadas sufro como no yienes idea. Un beso.

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  5. Me gusto y me parece bien que tengan experiencias con otras personas siempre y cuando terminen juntas, Gracias por el capitulo.

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  6. ¡Hola! Recién me engancho con esta página ... y quería saber dónde puedo leer los primeros capítulos, ya que muero por leer entera la novela hasta ahora. ¡Gracias!

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  7. Que bueno que Sara fue honesta, así me parece que inspira a Elisa a serlo también, ese final me pareció el primer paso.

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