jueves, 15 de enero de 2015

CAP. 84. ELISA: Heridas

—No soy lesbiana — le dije.
Sara me miró arqueando una ceja y sonrió de medio lado. Había burla en su sonrisa y eso me molestó.
Me había llevado unos día tomar la decisión de llamarla. Londres era terriblemente aburrido y mis compañeros de facultad estaban de vacaciones. Lucía me llamaba casi todos los días, pero eso no llenaba los enormes vacíos diarios en los que la desesperación comenzaba a hacer mella en mí. Echaba terriblemente de menos a Chiara.
Sara aceptó mi invitación con amabilidad y un punto de entusiasmo y de pronto las alarmas saltaron en mí.
—¿Cuántas veces al día te repites eso? —preguntó.
—¿Perdón?
—Nada. Era una broma. Yo sí soy lesbiana. Bueno Bisexual.
—Vale.
—¿Es nuestra presentación?
—No. Es sólo que no quiero que creas que quedo contigo porque estoy buscando un rollo o algo así.
—Ser lesbiana no es algo parecido a estar desesperada.
—Yo no he dicho eso.
—Lo sé. Era otra broma.
—Pues no pillo tu sentido del humor —contesté sintiéndome ridícula e infantil.
—Porque te tomas demasiado en serio.
—¿Qué me tomo demasiado en serio?
—A ti misma.
—Ah, ya. Claro, nos acabamos de conocer ¿no?
—Sí, pero resultas un libro abierto.
—Vaya. No tenía ni idea.
—Al menos para mí — suavizó la voz y miró su taza de café—. Yo tuve mucho miedo cuando me di cuenta de que me gustaban las chicas. Lo pasé francamente mal. En mi país…
—¿De dónde eres?  —le interrumpí.
—De muchos sitios.
—Vale, entendido.
—Pero ahora estamos aquí —sonrió abiertamente, como si acabara de vencer un antiguo temor—, y tenemos todo el día para pasear por esta terrible ciudad —se esforzó en poner un tono amenazante que me hizo sonreír.
—Me gusta Londres, de verdad —mentí—, pero ahora está horrible. Siempre llena de gente, y el calor me mata —contesté.
—Había pensado en que visitáramos Oxford.
El recuerdo de mi último día en Oxford con Andrés me hizo rechazar esa opción de inmediato.
—Ya lo conozco.
—¿Cambrigde?
Me encogí de hombros. Realmente no tenía ganas de meterme en un tren hacia ninguna parte.
—Pues podemos ir a bañarnos en el lago.
Había escuchado que esos días la gente escapaba del calor acudiendo a un parque en el que había un lago abierto al público. La gente hacía picnics a la orilla y la idea me sedujo.
—¿Sabes dónde está?
—Claro.
—Pero no he cogido bañador.
—Te presto uno. Vivo muy cerca de aquí. Podemos ir a mi casa, preparamos algo de comer y nos vamos para allá.
Me fije en el tamaño de su pecho y sonreí.
—No creo que gastemos la misma talla.
—Puedes hacer Topless.
—¿Aquí? ¿En Londres?
—Venga, vamos —rió levantándose de la mesa y mirando el tiket de la cuenta—. A veces das la sensación de ser una lugareña recién aterrizada en la civilización.
—Muy graciosa —apunté, siguiéndole la broma.
—Eres muy tierna —dijo acariciándome el hombro con descuido. Su mano provocó en mí una descarga. Me detuve un segundo, asombrada por lo que acababa de sentir. Luego lo aparté de mi mente y la seguí con docilidad.
Sara vivía en la planta baja de una de esas casitas londinenses que solían tener un jardín interior. La suya estaba recién pintada, y a pesar de su antigüedad, esa mano de pintura le confería un aire más alegre que las casas cercanas, grisáceas y sucias de polución.
Entré en una habitación que hacía las veces de recibidor salón y cuarto de estar. En un rincón había un piano y un sofá de color fresa oscuro cubierto de almohadones de tonos verdes. Cuando lo mirabas evocabas los colores de las hojas de los árboles en Inglaterra durante el otoño. Rojas, amarillas, verdes. Eran de un gusto exquisito. Sobre la pared del sofá, tres fotografías de fondos submarinos en los que también predominaban los corales rojos y aguas de un azul inimaginable.
—¿Son tuyas? — pregunté.
—Ajá.
—Yo estudio fotografía.
—Vaya, eso no me lo habías dicho.
—Por eso fui a tu exposición.
—¿Y se puede ver algo de lo que haces?
—No soy buena —me excusé.
—Creo que eso sólo lo dice la gente que sabe distinguir lo bueno de lo malo y esa distinción ya te hace buena.
—No lo creo. Puedes saber qué te gusta y no ser capaz de hacerlo. Eses es mi caso.
Me miró un segundo y yo me di cuenta del doble sentido que ella le había puesto a mis palabras.
—Pero no soy lesbiana —susurré—. Hablaba de la fotografía.
Soltó una carcajada.
—¡Qué complicada eres! ¿Qué demonios es lo que te asusta tanto de ser o no lesbiana?
Esa era una pregunta que no me había hecho nunca y sobre la que no tenía respuesta.
—No tengo miedo a ser lesbiana o no, sino a confundirme y que se confundan conmigo. Ya he hecho daño a mucha gente.
—Creo que deberías dejar de culparte por lo que sea que hayas hecho. No te ayuda en nada.
Me senté en el sofá y acaricié uno de los cojines.
Sara desapareció en su dormitorio y salió al cabo de unos minutos con un pequeño bikini.
—Este te vendrá. Era de cuando yo estaba más delgada que ahora.
Lo lanzó hacia mí y me indicó la puerta del baño.
Me di cuenta de que en mi imaginación esperaba que ella me invitara a cambiarme en su dormitorio y tal vez intentar… sacudí la cabeza enfadada conmigo misma. Yo no me sentía atraída por Sara, no esperaba tener nada con ella.
Fui al baño y pasé el pestillo. Me puse el bikini y volví a vestirme.
Al abrir la puerta me di de narices con ella. Agitó unos shorts delante de mí y una camiseta. Yo llevaba un vestido de verano de pequeñas flores, bastante informal, pero inadecuado para un picnic en un lago.
—Mejor esto, ¿te parece?
—Claro, gracias.
Estaba muy cera de mí y me llegó su perfume. Sentí que mi corazón latía un poquito más deprisa. ¿Qué me pasaba?
—¿Te los pones entonces? —me dijo, dejándolos colgados en el manillar de la puerta.
—Oye… ¿y si lo dejamos?
—¿Dejar? ¿el qué?
—Lo del picnic —de pronto estaba sintiendo unas ganas locas de salir corriendo de allí.
—¿Qué te pasa?
Su expresión  cambió y sus facciones se dulcificaron. Era muy bonita, mucho, pensé y eso me puso más nerviosa.
—No me encuentro bien.
—¿Pero, qué es?
—Nada, pero creo que es mejor que me vaya a casa y me tumbe un rato. Será el calor.
Salí del baño y cogí mi bolso.
—Me dejas preocupada, Elisa.
—No te preocupes, de verdad. Es que de pronto se me ha puesto mal cuerpo.
—¿Te acompaño?
—No.
—¿Te pido un taxi?
—Pasearé hasta la parada del bus.
—¿Dónde vives?
—En Chelsea.
—Eso queda lejos. ¿Por qué no te sientas un rato y te preparo algo fresco?
Acercó su mano y la apoyó en mi frente.
—No tienes fiebre.
Su tacto me pareció tan exquisito como la primera vez y se me erizó la piel del cuerpo.
—No, no es fiebre. Es… migraña —inventé.
—En psiquiatría hay un término que se utiliza para definir a las personas que desarrollan fobias. Evitación —dijo, mirándome muy seria.
Había dado en el centro de la diana.
—Vale, sí, pues parece que soy un libro abierto para ti —contesté cada vez más aterrada.
—Perdona. No sé por qué he dicho eso —se disculpó—. Te acompaño a la puerta.
Caminé hacia la salida sintiendo que todo se volvía borroso. Mi miedo comenzaba a invadir mis sentidos y no llevaba las putas pastillas encima.
Me giré hacia ella. No llegaría a casa si no me tomaba un tranquilizante cuanto antes.
—¿Tienes algún ansiolítico? —rogué.
Se quedó callada un segundo y luego fue a su dormitorio. La oí trastear entre cajones. Me senté en un pequeño taburete forrado de tela que había junto a la puerta y traté de controlar mi respiración.
Sara salió con un pequeño pastillero plateado.
—¿Qué sueles tomar?
—Tranquimazín.
—Me refiero al principio activo.
—Ni idea —confesé— Creo que es Benzodiazepina o algo así.
—¿Diazepan? Tengo Valium.
—Eso me sirve. Cogí la pastilla que me ofrecía y la puse bajo mi lengua.
No hizo falta que le dijera que me dejara sola. Sara desapareció durante casi media hora y yo fui calmándome poco a poco.
Me levanté y me tumbé en el sofá a medida que mi corazón recuperaba su pulso normal.
—¿Mejor?  —escuché.
Asentí y cerré los ojos.
—Dame un segundo. Solo necesito descansar un rato.
—No hay prisa. No te preocupes, puedes quedarte todo el tiempo que necesites.
—Gracias.
Eso fue lo último que dije antes de quedarme dormida.
—He puesto el aire acondicionado al máximo, espero que no hayas pasado frío, pero estabas sudando.
Con los ojos semiabiertos la vi caminando desnuda hacia el baño. Me levanté y la seguí. No sé por qué lo hice, podía haberme quedado en el sofá, o haberme marchado a mi casa, pero fui hasta el baño y me senté en la taza del inodoro mientras ella se duchaba.
Se secó el pelo con la toalla y sonrió cuando yo aparté la vista de su cuerpo desnudo. Le faltaba un pecho, por eso no quise mirar, pero me impresionó.
—No pasa nada. Míralo, yo ya me he acostumbrado.
Negué con la cabeza como una niña asustada.
—Si prefieres me pongo el sujetador.
—No… perdona es que yo no había visto antes…
—No, claro —rió suavemente y se rodeó con la toalla el torso.
Luego fuimos juntas al salón. La tarde caía y el calor aumentaba, a pesar del aire acondicionado. Ella se quitó la toalla y volvió a quedar desnuda, salvo por unas pequeñas braguitas, pero entonces la miré y la tontería se me pasó y la desnudez se hizo ropa en ella y pude mirarla. Su cicatriz no era tan terrible.
—Este es el problema del cambio climático. No debería de hacer este calor. Creo que estaremos mejor en el jardín —comentó abanicándose.
—Sí.
Me quité la ropa y me dejé puesto el bikini que me había prestado ella hora antes.
Nos tumbamos en un pequeño rectángulo de hierba que se conservaba húmeda gracias al riego automático. Sara había sacado un bol lleno de cubitos de hielo.
—Toma —me dijo dándome una toalla —, por si te da alergia el césped. Hay gente que no lo aguanta y tú piel parece sensible.
—No. No tengo ese problema y la hierba me gusta.
Sara se pasó un cubito de hielo por el estómago y vi cómo su piel se encogía. Una gota de agua resbaló e inundó su ombligo como una pequeña balsa de la que beber.
Cogí uno de los cubitos e intenté hacer lo mismo, pero el contraste fue demasiado fuerte y lo solté sobre la hierba. Aún sentía miedo, pero también una excitación hormigueante y agradable.
—Te lo dije. Tu piel es demasiado sensible.
Me eché a reír, aunque no sabía bien por qué. De pronto me sentí feliz allí, sobre la hierba, desnuda junto a una desconocida que no ocultaba sus heridas. Que no se avergonzaba de ellas.






17 comentarios:

  1. Muy bonito capítulo, vas añadiendo otro tema más, me gusta el "milhojas" que cocinas.

    Gracias.

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    1. Hola Mano.
      Gracias a ti. Perdonad que no haya contestado a vuestros comentarios de la última semana. He estado muy liada con el trabajo.
      Un beso.
      Vic

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  2. Que tierna es Elisa, a mi me cae súper, yo entiendo a la perfección su situación, en muchos comentarios a la pobre me la critican, pero yo se que Eli está viviendo un proceso que es lento y poco a poco podrá aclararse.
    Gracias por una nueva entrega, cada capitulo es como pan bendito :)

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    1. ¡Gracias! Sí, yo también creo que Elisa es compleja, pero no es mala y a veces es como una niña asustada. Pero entiendo que a veces parezca insufrible.

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  3. Gracias por seguir subiendo los capítulos, tengo una pregunta, sabes como figuraría en el resumen de la tarjeta si hiciera la compra? (si, estoy muy en el closet)

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    1. ¡Hola! Perdona, pero no entiendo la pregunta. ¿A qué te refieres? ¿A sí viene tu nombre y el título de libro en el recio de compra? Sabes qué pasa, que yo no tengo ebooks ni plataformas de descarga de libros digitales, así que nunca he hecho una compra de ese tipo, pero en cualquier caso si la compra la haces con tu tarjeta sólo vendrá que has comprado an Amazon, no vienen los detalles de lo que has comprado. Al menos en otros artículos que yo he adquirido, nunca he visto más que una larga numeración que debe de ser un código del producto o algo así.

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  4. espectacular otra vez victoria, me encanta como has elaborado estos últimos capítulos, seguiré aquí apoyándote hasta que termines la historia, ya que vale la pena!

    Mariana

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    1. Hola Mariana.
      Muchísimas gracias. Aunque ya se va acercando el cierre.
      Besos mil.
      Vic

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  5. En primer lugar, muchas gracias por escribir esto, y darnos la posibilidad de disfrutar de esta maravilla. En dos semanas me he leído los 87 capítulos para ponerme al día, así que ya imaginaréis la adicción que me crea. He tenido que dejar de leerlo varias veces por la angustia que me producían ciertas situaciones, ciertas cosas que decían las chicas...y eso es bueno, es señal de que esta novela es brillante.
    En cuanto al capítulo, he de decir que me ha gustado mucho, ha sido un poco de "aire freso", un cambio de situación respecto a los capítulos anteriores. Se ve una Elisa clara, distinta, intentando reconciliarse consigo misma. Creo que Sara va a ser muy importante para ella, pues creo que será de quien Elisa aprenda para poder recuperar a Chiara.
    Una vez más, gracias por esta maravillosa novela. Un abrazo muy fuerte desde Cádiz

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  6. Hola Andrea. Sí, has dado en el clavo. Estaba intentado girar la historia hacia un lugar mas refrescante. Nuestras chicas son muy intensas y necesitamos nuevas situaciones y cambios en ellas. Me alegro de que te haya gustado aunque algunos capítulos te hayan resultado un poco angustiosos. Lo entiendo. a mí a veces me remueve lo que escribo y por eso me cuesta todas las semanas seguirlas, a ellas, me refiero. No son situaciones fáciles, pero la vida no lo es siempre, ¿verdad?
    Un beso, y gracias de nuevo.
    Vic

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  7. no me queda claro como puede llamar a Sara si en el final del capitulo 83 tira su numero a la papelera, hay alguna explicación?

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    1. Corregido el error. Lo siento y gracias por avisar.
      Un beso.
      Vic

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  8. Con Sara diste justo en una de mis mayores fobias D: Me encantó el capítulo, yo que andaba triste porque creí que no volverías a actualizar.

    -Beth.

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  9. Capitulo refrescante, pero no por eso menos interesante...
    Felicidades excelente historia y Extraordinaria escritora....

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  10. Hola, estoy re enganchado con la historia, pero me gustaría saber dónde puedo leer los primeros capítulos. Gracias :)

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  11. Hola Juan. Los primeros capítulos los hemos sacado en libro digital y los puedes encontrar muy muy baratos para descargaremos en estos portales. Llevamos dos años con este proyecto y necesitamos que nos echéis una mano para poder seguir con él. Me alegro mucho que te haya gustado lo que has leído. Un abrazo y mil gracias.

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  12. ¡Que celebre la última frase que narra Elisa! Me gusta que Sara parece entender eso que ni siquiera Elisa entiende.

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