jueves, 18 de diciembre de 2014

CAP. 82. ELISA: Rompiendo el marco

No es real, me repetía. No puede haber acabado.
Pasaban los días y seguía sin saber de Chiara. Creo que estaba demasiado sorprendida para entender la gravedad del asunto. Los primeros días pensé que me llamaría. El quinto día algo oscuro y pesado cayó sobre mí. La ciudad parecía estar desierta. Mi familia eran fantasmas a los que podría haber atravesado perfectamente. Mi propia imagen en el espejo se me hacía intolerable. Si ella no me quería, yo no podía amarme. Una noche saqué la caja de pastillas azules que siempre llevaba conmigo. Podía ser fácil, pensé, y creo que me acerqué tanto a esa posibilidad que mis alarmas saltaron. Supongo que esa fue la clave, aunque tardé unos días en entenderlo.
Una mañana decidí visitar a Andrés. Sabía que me exponía a un mal encuentro con sus padres, pero en ese momento corría en cualquier dirección a la búsqueda de sosiego.
Recorrí el pasillo, atenta a la puerta de su habitación y me detuve un segundo antes de llamar.
Golpeé con los nudillos un par de veces, finalmente entré.
Lucía estaba sentada en la cama de Andrés y se inclinaba hacia él. Tardé un segundo en entender lo que estaba pasando. Andrés me miró con sorpresa. Lucía se giró hacia mí y se llevó una mano a la boca. Yo quise decir algo, pero no pude.
—Eh, has venido —logró decir Andrés.
—Y por lo que veo, en mal momento —contesté reconstruyendo la imagen de mi mejor amiga besando a mi ex.
—Hola Eli —masculló Lucía colorada hasta las orejas.
—No. No es mal momento sonrió Andrés. ¿Por qué habría de serlo?
Lucía recogió su rebeca y su bolso. Andrés la detuvo.
—¿A dónde vas?
—Os dejo solos —contestó ella caminando hacia la puerta.
Le cogí del brazo.
—No te vayas, Luci. No tienes por qué.
Me miró con ojos brillantes y aún sofocada por la vergüenza.
—Pero si me lo contáis, seguro que lo entiendo —dije, vencida por el cansancio.
Lucía lanzó una mirada suplicante a Andrés.
—La besé. Eso dijiste —empezó a decir él.
—Sí —contesté mirando a Luci— ¿Y?
—Pues he vuelto a hacerlo. Se lo pedí yo. Quería ver si sentía algo, si recordaba algo.
—Claro —asentí sin mirarlos —¿Y te ha funcionado? —pregunté con sarcasmo.
—¿Estás enfadada? —dijo incrédulo.
—Sorprendida —. Miré a Lucía.
—No ha pasado nada — se apresuró a decir ella.
—¿Te gusta Andrés, Lucí? —pregunté a bocajarro.
—Eh, espera un momento. Ibas a roper conmigo esa noche, ¿recuerdas? Eso me contaste. No quiero ser desagradable, pero creo que lo que yo haga con mi vida ya no es asunto tuyo — me interrumpió Andrés, molesto.
—Estaba hablando con mi mejor amiga —recalqué.
Lucía me miró un segundo, luego se sentó en una silla y dejó el bolso en el suelo.
—Supongo que sí, aunque no lo supe hasta que pasó lo del accidente.
—Vaya, qué fuerte, ¿no?
Nos quedamos callados un largo rato. De pronto me sentía una intrusa en la vida de todos y entonces me di cuenta de lo que tenía que hacer.
—Bien. Creo que me iré a dar un paseo. Es raro. Es extraño todo, pero tienes razón cuando dices que ya no es asunto mío. En realidad, ya nada es asunto mío.
Salí de la habitación sintiendo algo nuevo. Todo lo que yo había tratado de mantener en pie se caía, se derrumbaba y yo caía con todo. Una nueva rebeldía se apoderó de mí, pero ya no había lucha. Eso fue. De pronto no tenía nada por lo que luchar, nada que me asustara perder porque ya lo había perdido y aún así, deseaba seguir adelante.
Me llevé la mano al bolsillo y saqué la caja de pastillas. Las que me protegían del mundo, las que me adormecían cuando todo era demasiado doloroso. Toda mi vida cargando con ellas.
Al pasar frente a una de las papeleras metálicas dejé caer la caja.
Chiara se había marchado y no la culpaba por ello, yo misma no me soportaba. Andrés y Lucía se habían enamorado, o lo que fuera. Lo cierto es que al único al que le importaba eso era a mi orgullo.
Ciao, orgullo, susurré.
Salí del hospital y respiré profundamente. Marqué el teléfono de Chiara y le hablé a su buzón de voz.
—Hola, soy yo, Eli. Quería decirte que no te culpo por haberte marchado, en realidad yo nunca estuve al cien por cien, y ahora me gustaría estar contigo, pero sé que es tarde para convencerte. Te quiero. Sólo quería decirte eso.
Colgué y me senté un rato en uno de los bancos del aparcamiento. Era verano, el solo quemaba como si me atravesaran con alfileres, pero permanecí un rato allí. Luego me levanté y caminé hacia la parada del autobús.
La voz de Lucía me detuvo.
—¡Eli! ¡Espera!
Me giré hacia ella. No sentía rencor y eso me sorprendió.
—No te vayas sin hablar conmigo —me pidió, jadeando.
—De acuerdo —dije.
—¿Sí?
—Claro. Hablemos, somos amigas.
—¿Vamos a la cafetería del hospital o prefieres otro sitio?
—Como quieras.
Lucía echó una rápida mirada hacia las ventanas de las segunda planta donde estaba la habitación de Andrés.
—No ha pasado nada, Eli. Ni siquiera estoy segura de qué es lo que nos…
—Bueno, no te preocupes.
—Vamos al centro, ¿ok? —me propuso agarrándome del brazo como solía hacer cada vez que trataba de protegerme.
—¿Seguro que no quieres quedarte con él?
—Seguro —asintió sonriendo con dulzura—. Tú y yo somos amigas desde los siete años.
—Esos son muchos años —bromeé.
—Y no vamos a fastidiarlo por un beso, ¿verdad?
—Luci… no tienes que disimular conmigo.
—No sé lo que nos pasa, de verdad. Es como si de pronto…
—Te dieras cuenta de lo mucho que te importa alguien, ¿verdad?
—Sí, supongo que sí.
—No sabes cómo te entiendo.
Lucía me miró con curiosidad.
—¿Estamos hablando de ti o de mí?
—De las dos.
—¿Qué ha pasado, Eli?
—Que la he perdido y me temo que esta vez no hay vuelta.
Me encogí de hombros sintiéndome una parodia de mí misma.
—Pero Andrés me dijo que le habías contado lo tuyo con Chiara.
—Sí, pero no cuidé de ella lo suficiente. En realidad no he cuidado de nadie en toda mi vida, ¿sabes? Siempre he estado asustada.
—¿Ya no lo estás?
—Creo que no. O tal vez no me dejo sentir el miedo que me produce todo esto, aún no estoy segura.
—¿Miedo a qué?
Me vi con perfecta claridad. Me quedé un rato quieta, respirando.
—A mí.
—¿A ti?
—Sí.
No fue una sorpresa total. Todo me había estado dirigiendo hacia el mismo lugar, aquél del que yo trataba de escapar desde que lograba recordar. Me temía. Me odiaba, me maltrataba y había vivido con eso sin sospecharlo. Pensé en mi madre, en lo mucho que me parec—No, no te preocupes. a tienes suficiente.
s cosas —murmurentregarse a nadie. Sía a ella, en lo que la despreciaba por su incapacidad de entregarse a nadie. El origen de mis problemas estaba allí y si no la perdonaba a ella no sería capaz de perdonarme a mí.
—Tú eres perfecta —dijo Lucía besándome en la mejilla—. Todos lo somos, es sólo que no nos lo creemos.
Le devolví el beso.
—Te quiero mucho Luci.
—¡Vaya cambio! —bromeó—. Creo que nunca te he escuchado decir una frase así desde que somos amigas.
—Lo sé.
Escuchaba mis propias palabras como si al fin consiguiera quitarme una camiseta vieja.
—¿Seguro que estás bien? ¿te estás medicando?
—No. Acabo de tirar las pastillas a una papelera.
—¡Bravo!
—Pero no estoy bien.
—¿La has llamado?
—Fui a su casa. Creo que está con alguien.
—¿Qué? ¡Qué fuerte! Se ha dado prisa.
—No voy a echarle la culpa, Lucía. Todo ha sido culpa mía.
—No hagas eso contigo. No tienes que castigarte porque ella se haya ido con otra tía.
—Tal vez no, pero sé que no he sabido hacerlo bien.
—¿Sabes quién es?
—¿Quién?
—La otra.
—¿Importa eso?
—¿Te importa a ti?
—No. Lo único que me importa es dejar de cagarla siempre.
La imagen de Chiara pasó fugazmente y dolió unos segundos.
—La quiero. Aún la quiero, pero lo más extraño es que no sabía que la quería tanto, por eso creo que tengo que dejarla en paz.
—¿No vas a intentar arreglarlo?
—Ahora no. Ahora tengo que arreglarme yo.
Caminábamos lentamente como dos ancianas a las que la vida les resulta demasiado pesada.
—Yo estoy aquí, Eli. Y puedes contar conmigo.
Pensé en ella y en Andrés y de nuevo me sentí confusa.
—¿Te gusta en serio?
—Me importa…
—Esa no es la respuesta.
—Me gusta, sí. Le quiero mucho, pero nunca, jamás cuando estuvisteis juntos me atreví a pensar en él de ese modo.
—¿Por qué?
—Por lealtad.
—¿Se lo has dicho?
—Hemos hablado algo, sí, pero es extraño porque es como hablar con un desconocido.
—Sí, es raro.
El autobús frenó con un largo chirrido. Las ventanillas estaban abiertas, pero el aire escaseaba ahí dentro.
Nos sentamos en la última fila y Lucía me apretó la mano.
—¿Qué hacemos?
—¿A qué te refieres?
 —A todo esto.
—No hay nada que hacer. Yo al menos no puedo hacer nada, pero creo que volveré a Londres. Aún tengo nuestra casa ahí, y al menos eso no me recuerda a Chiara.
—¿Quieres que te acompañe?
—Qué tontería.
—¿Por qué dices eso? — contestó ofendida.
—Porque estás empezando algo y él  te necesitará.
No quería pronunciar su nombre. Hablar de él como si fuera un chico desconocido me ayudaba a sentirme menos rara.
—Nos iremos una semana. Andrés necesita salir de su propia confusión… y yo, también.
—¿A Londres, entonces?  —pregunté con voz queda.
—Sí.
—Bien. Pero antes tengo que resolver algunas cosas —murmuré pensando en mi madre y Nando.
—No te metas en líos, Eli. Yo creo que ya tienes suficiente.
—No, no te preocupes. No me meteré en líos, al contrario. Tengo que aclarar las cosas de una vez y ahora es el momento.
Lucía se detuvo y me miró con extrañeza.
—¿Qué te ha pasado? Estás distinta.
—Bueno, digamos que he tocado fondo y me he dado cuenta de que no es tan malo. Ahora toca subir.
El autobús se detuvo en la última parada. Pasamos la mañana juntas y hablamos mucho. Era nuestra manera de estar juntas. Hacia la hora de comer nos despedimos y acordamos buscar una reserva barata de un vuelo para el fin de semana.
Cuando llegué a casa mamá estaba sentada en la butaca de cuero blanco. No me hizo falta más que una rápida mirada para entender que algo iba mal.
—¿En qué me he equivocado contigo? —dijo encendiéndose un cigarrillo.
No contesté. No era una pregunta que esperara respuesta, era el preámbulo de otro de sus melodramas.
—Ha sido tan humillante… —se levantó y caminó hacia la ventana del salón.
Una nube de humo se estrelló contra el cristal de la ventana y la rodeó.
—No sé de qué me hablas.
Estuvo un rato de espaldas a mí dando caladas a su cigarrillo.
—Quiero que te vayas de esta casa —dijo sin moverse—. Fui a ver a Adriana y me contó lo que le dijiste a Andrés. No tienes vergüenza…
—No, no la tengo. La vergüenza hay que tenerla para no ocultar una infidelidad, mamá.
Su espalda se puso rígida, pero no se movió.
—Quiero que te vayas.
—No hasta que hayamos aclarado algunas cosas tú y yo. Yo he guardado tu secreto y te juro que eso no me hace sentirme mejor, ni siquiera mas cerca de ti, y no sabes cuánta falta me has hecho. Creo que ni siquiera yo misma lo sabía. Jamás pensé que nos pareciéramos tanto. Somos mentirosas, cobardes y manipuladoras, pero merecemos tener la oportunidad de cambiar. Y ¿sabes?, no creo que sea tan difícil asumir la verdad.
Tardé un segundo en darme cuenta de que Nando estaba allí. Había estado desde el principio de la conversación, inmóvil, cerca de la escalera de subida al segundo piso.
—¿De qué va todo esto?
—Es algo entre ella y yo —contesté, al tiempo que miraba como mi madre se giraba rápidamente al oír la voz de mi hermano.
Caminé hacia ella y me detuve a escasos centímetros, de manera que el humo de su cigarrillo me rodeó a mí también.
—Te quiero mamá. Pero necesito estar lejos de ti. No puedo aguantar más mentiras. No te preocupes, me iré hoy mismo a casa de Lucía, luego volveré  a Londres.
La besé antes de que pudiera decirme algo.
—¿Mamá, de qué va todo esto? —preguntó NAndo—¿Por qué habláis de infidelidades?
Mi madre apagó el cigarrillo aplastándolo sobre el cenicero. Las brasas le quemaron los dedos y dejaron un rastro negro en su piel.
—¿Mamá? —La voz de Nando la siguió mientras ella pasaba junto a él, escaleras arriba.
—Dale tiempo —susurré.
—¿Tiempo para qué? —contestó mi hermano a la defensiva.
—Para que encuentre el valor de decir la verdad.
Nando apartó la mirada al escuchar esto. Todos guardábamos algún secreto, incluido él.
—¿Por qué no puedes dejar las cosas como están? Siempre andas liándolo todo —exclamó.
—¿Te parece que ser honesto es liar las cosas? ¿De verdad es eso lo que hemos aprendido?
—No me des lecciones de honestidad. Tú, no. Ni siquiera tuviste los huevos de ser sincera con Andrés.
—No, ya los tuviste tú por mí.
Dio un paso hacia atrás con los ojos abiertos. Ni siquiera había pasado por su cabeza la posibilidad de que yo supiera lo que había sucedido la noche del accidente.
—¡Yo no tuve la culpa de lo que pasó!
—Entonces no tienes por qué preocuparte —contesté subiendo hacia mi dormitorio.
—¡Aún no hemos acabado de hablar!
—Tienes razón, porque ni siquiera hemos empezado. El día que alguien en esta familia decida hablar, que me avise.
—Tú no eres mejor que nosotros —respondió siguiéndome escaleras arriba.
—No, no lo soy, pero voy a hacer lo posible por cambiar eso.
Escuché un fuerte golpe a mi espalda y me giré.
Nando había estrellado contra el suelo la foto familiar que colgaba de la pared de la escalera.
Era una foto en blanco y negro en la que se veía a una mujer, un hombre y dos niños pequeños que sonreían a la cámara. 
Era una foto en la que nadie tocaba a nadie. 
Estábamos los cuatro refugiados en un marco que nos contenía, 
y por fin el marco se había quebrado.








9 comentarios:

  1. Me gusta el cambio que está haciendo Elisa al principio pensé que haría alguna tontería con lo de las pastillas pero menos mal que no .Se ve que si que ha tocado fondo y ahora lo que toca es cambiar subir por así decirlo tiempo para ella quererse así misma conocerse y eso me gusta es refrescante ver el cambio que ha dado a lo largo de la novela solo quiero ver a donde la conducirá este cambio se abren tantas posibilidades una Elisa rebelde , despreocupada, no sé me parece un territorio inexplorado por parte de ella así que ya veremos .Qué pensará Chiara de la llamada ? Escuchará la llamada o simplemente le dará borrar .Gracias por el capítulo Victoria deseando leer el siguiente . Una cosa la madre de Andrés no se llamaba Andrea

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  2. Me gusta y amo la nueva Elisa, excelente capítulo, espero que pronto pueda arreglar las cosas con Chiara, ha hecho tantas cosas que merece ser feliz con Chiara. Gracias por permitirnos leer ésta excelente novela, espero con ansias que sea ya el próximo jueves, besos y saludos Vic.

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  3. q Mujer Tan Dramatica La Elisa...

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  4. Vic, adoro mucho tu forma de darle la lucidez necesaria a cada personaje. Elisa necesitó perder todo para enfrentar su mayor miedo: ella misma. Realmente wow con este capitulo, simplemente no hay palabras.

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  5. Wow que fuerte, pero magnifico como siempre... Que cierto es que nadie sabe no que tiene hasta que lo pierde, lástima que elisa tuvo que perder a chiara para poder reaccionar.
    Victoria muchas gracias, siempre me transportas de una manera inigualable ;)

    Abrazos desde Colombia
    Luisa V.

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  6. Wow, definitivamente he quedado maravillada con este cambio tan bueno para Elisa, como dicen hay veces que es necesario tocar fondo para darte cuenta de muchas cosas y de lo importante que debemos cuidar lo que tenemos, estoy muy conmovida por este capítulo, felicidades nuevamente por esta hermosa novela

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  7. Oraleeeeeee! Me encantó! Toodo el capítulo! Ha sido difícil, real, directo...no tengo palabras. Me ha fascinado. Ya veíamos que Elisa había tocado fondo desde hace tiempo, estoy agradecida de que ella misma pueda darse cuenta de lo que ha perdido y de que tiene que salir adelante y empezar a hacer las cosas bien. De veras que cada vez te luces más Vic, qué talento!!! Saludos, Ale

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  8. Que genial es que Elisa quiera cambiar, como bien dice ella, tocar fondo no es tan malo y lo siguiente es subir. ¡Tu novela es grandiosa!

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  9. He leído de un tirón la historia durante esta semana, en realidad es magnifica, pero este capítulo es el que mas me ha gustado, por que habla de madurez, de ese minuto fugaz, en el que sabes que te hiciste mayor... y que de ahí en adelante las cosas para bien o para mal solo serán producto de lo que decidas hacer

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