miércoles, 8 de octubre de 2014

CAP.73.ELISA: No te vayas.



Mamá conduce. Papá va en el asiento del copiloto. 
Pasamos frente a la Mezquita. Parece caída del cielo, arrastrada  por un huracán de un cuento de las Mil y una noches, anclada al  borde de la M30. 
Está amaneciendo, aunque la luna aún nos sigue. Una fina rodaja blanca sobre un cielo grisáceo. Todavía siento el aturdimiento por lo que he escuchado. No entiendo bien por qué no estoy llorando, pero sé que no puedo. Me siento resbaladiza como si pudiera deslizarme bajo las puertas del coche. 
Lucía está a salvo. 
Andrés está inconsciente.
Es todo lo que sabemos. 
Yo podría haber estado en ese coche.
¿Eso habría cambiado algo? ¿O tal vez no? ¿Están las cosas escritas?
La luz rosácea del cielo cae amablemente sobre la ciudad ajena al dolor que sentimos. El cielo está siempre tan lejos.
Miro por la ventanilla trasera del coche y sigo el ritmo de las luces de las farolas que se van apagando a medida que llega la mañana. Unas luces sustituyen a otras, el vago rumor de la noche cede al incipiente sonido que trae la mañana a la ciudad.
El coche se desliza silencioso por la autovía. Nosotros no hablamos, aunque puedo sentir las miradas ocasionales de mi madre por el espejo del retrovisor.
“Creo que está bien” , le susurra mi madre a mi padre.
Tal vez estoy soñando y nada de lo que vivo es real. Eso pienso. Hasta que el enorme edificio del hospital surge como un estático trasatlántico varado junto a la autovía. Gris, impersonal, frío.
Cogemos esa salida y entramos en los aparcamientos. Me desabrocho el cinturón de seguridad con una calma calculada, para que no rompa ese acuerdo que estoy haciendo con mis emociones. Bajo del coche y miro hacia la puerta de entrada, a una decena de metros de donde hemos aparcado.
Papá me observa con preocupación y mamá se adelanta a nosotros. Un leve gesto de mi padre hace que me ponga en marcha y me agarro a su mano porque ahora siento que me estoy empezando a marear.
Mi madre ya está apoyada en el mostrador de información cuando la alcanzamos y habla con una enfermera que le señala un pasillo después de consultar en el ordenador.
Bajamos una planta en el ascensor y entramos en una pequeña salita de espera en la que está Nando con los padres de Andrés: Andrea y Javier.
Su madre abraza a al mía. Su padre agacha la cabeza abatido mientras recibe un gesto cariñoso de mi padre. Ellos hablan en susurros, ellas gimen como pequeños animalitos desamparados.
Estoy tan quieta que apenas respiro. Nando tiene la camiseta manchada de sangre y dirige su mirada a sus zapatillas de deportes. Levanta la cabeza hacia mí sin expresión. Quiero hablar con él y preguntarle, pero no me muevo.
—Los padres de Lucía llegarán en un par de horas al aeropuerto de Atenas —me explica mi padre apoyando su mano sobre mi hombro—. Hija, ¿cómo estás?
Le miro un momento y abro la boca pero no puedo decir nada.
Nando se ha levantado de la silla y da vueltas alrededor de nosotros. Esta nervioso y la sangre en su camiseta se ha ido oscureciendo lentamente aunque en algunas zonas tiene el color de las amapolas.
—¿Dónde están? —pregunto con un hilo de voz parecido al sonido agudo de un canario.
La madre de Andrés se acerca a mí y me abraza. Yo le devuelvo el abrazo mecánicamente. Ella susurra algo sobre mi hombro y yo cierro los ojos un segundo. Quiero regresar a mi dormitorio, a mi cama, quiero retroceder en el tiempo y entender qué ha pasado y por qué.
Andrea me acaricia la cara buscando las lágrimas que no consigo derramar. Mamá coge mi mano y me lleva a una de las sillas de la salita.
—Elisa, reacciona. ¿Has entendido lo que ha pasado?
—No —admito.
—Lucía esta bien dentro de lo que cabe, pero Andrés no despierta. Le han hecho un escáner cerebral. Se ha golpeado en la cabeza y Andrea y Javier están esperando a que les den los resultados de las pruebas. No sabemos nada más.
—¿Les puedo ver? —se me ocurre de pronto.
—Supongo que aún no. No lo sé. En cuanto vuelva el enfermero le preguntamos.
—¿Se va a morir?
—No digas eso —contesta mi madre en un susurro.
Los padres de Andrés han vuelto a sentarse y hablan con mi padre.
Me levanto y camino hasta la silla que ocupa Nando, alejado de todos nosotros.
—¿Tú lo viste?
—Iba en el coche de atrás —contesta agobiado.
—¿Qué ha pasado?
—No lo sé —contesta.
—¿Chocaron con un coche?
—Creo que no. No me acuerdo, todo fue tan rápido… El coche dio varias vueltas de campana y nosotros lo vimos, pero no podíamos hacer nada. Nacho paró en el arcén. Estábamos acojonados y yo corrí hacia el coche. Había caído sobre el techo y estaba al otro lado de la autovía. Hicimos gestos a los coches para que se detuvieran. Me agaché para mirar por la ventanilla pero estaba oscuro y yo no sabía si ellos… —Se interrumpe un momento para coger aire—Nos costó mucho sacar a Lucía. Ella podía hablar y lloraba. Gritaba tanto que nos pusimos todos muy nerviosos. Les dije que no debíamos de moverlos. Dicen que no se debe de mover a la gente cuando tienen un accidente. Pero Nacho y Eva sacaron a Andrés y parecía que estaba muerto, porque apenas respiraba.
Mi hermano apoya las cabeza entre las manos y mira al suelo. Su discurso salta de un momento al otro del accidente, imagino que su cabeza hace lo mismo.
Le acaricio la espalda sin rozarle a penas. Soy como un fantasma a punto de desaparecer. No consigo la solidez necesaria para entenderlo todo, pero sé que no puedo permitirme que mi entereza se rompa, me ha costado mucho reconstruirla.
—¿Estás bien? —le pregunto.
—No —contesta volviendo a mirarse las zapatillas.
Hace unas horas él era mi enemigo, ahora es mi hermano y está asustado. No puedo imaginar lo que ha visto.
Lucía.
Andrés.
—Se van a poner bien, ¿verdad? —digo.
Y ahora sí que siento que estoy a punto de echarme a llorar. Me escuecen los ojos y parpadeo varias veces.
Él sacude la cabeza sin contestar.
—Has tenido suerte —me dice sin mirarme—. Cuando me los encontré, Andrés me dijo que acababas de marcharte.
—Sí —contesto.
Conociendo su temperamento me asusta su reacción, no sé por qué, siento que él sabe algo.
—¿Fuiste a casa directamente?
—Sí. Estaba cansada —la voz se me ha empezado a quebrar cuando recuerdo a Lucía rodeando los hombros de Andrés con su brazo.
Me tapo la cara con las manos. No quiero que me vean llorar, ni romperme en pedacitos.
Chiara. ¿Qué voy a hacer ahora?
Me levanto de la silla y salgo al pasillo bajo la mirada atenta de mi madre.
Camino hacia los lavabos secándome la cara con el antebrazo. Los sollozos me sacuden el pecho y de pronto me siento exhausta. Las piernas no me sostienen y me apoyo en la pared. Alguien me sujeta.
—¿Te encuentras bien?
Un enfermero alto y robusto está junto a mí.
Niego con la cabeza y señalo los cuartos de baño.
—¿Eres familiar de los chicos del accidente? —me interroga sin soltar mi brazo. Si lo hace caeré al suelo.
Escucho los pasos familiares de mi padre. Reconozco el sonido de sus pisadas, su particular manera de andar tranquila y exacta.
—Es mi hija —responde por mí—. Sus amigos han tenido un accidente. Está muy afectada.
El enfermero no contesta nada y sigue su camino. Mi padre me sostiene ahora. El pánico se pasa.
—Necesito ir al baño —susurro—. Creo que voy a vomitar.
Papá me acompaña al baño de chicas y me pide que no cierre la puerta. Él está de pie vigilando mis movimientos en un espacio en el que sólo cabe un retrete.
Doy una arcada y siento el sabor agrio de la bilis.
Papá se gira al escuchar la voz de mi madre.
—¿Elisa está contigo?
Papá asiente.
Cierro la puerta y me siento sobre la tapa del retrete.
No soy culpable de nada. Me repito.
La voz de mi madre es clara y precisa. Ahora suena al otro lado de la puerta donde mi padre me espera.
—Andrés sigue en la UCI y no creo que lo suban hasta que tengan el resultado de las pruebas. Voy a la cafetería con Andrea y Javier para que se tomen un café. En una media hora suben a Lucía. Por favor, estad atentos al enfermero y si hay alguna noticia me llamáis.
—¿Nando está contigo?
—No. Prefiere quedarse aquí.
Abro la puerta cuando escucho los pasos de mi madre alejándose. Sus tacones al ritmo de otro sonido que golpea el hospital.
—¿Lucía está bien?
—Eso parece, al menos la van a subir a una habitación. ¿Y tú? ¿Cómo estás, pequeña?
Él me acaricia la cabeza con esa ternura llena de humanidad. Él es fuerte porque sabe ser débil. Le abrazo y me dejo llevar hasta la salita de espera. Nos sentamos junto a Nando, y papá habla con él, aunque yo no puedo seguir la conversación.
Alguien martillea cerca de nosotros. Los golpes hacen una especie de música metálica que me estremece de arriba abajo.
Quiero llamar a Chiara. Hablar con ella. Contarle lo que ha pasado. Me pregunto si Nando lo habrá hecho.
—Tenemos que apoyar a Andrea y a Javier. ¿Entendido, muchachos? Los padres de Lucía llegarán en unas horas.
Papá me mira, y yo asiento.
—No se, hijos. No sé qué mas podemos hacer —murmura abatido.
—Todo es una mierda —dice Nando entre dientes.
—No hables así. Se pondrán bien.
—Y una mierda. Tú no viste la cabeza de Andrés —exclama dándole una patada a la silla junto a él.
Intento olvidar lo que acaba de decir Nando. Mi padre sujeta su furia tomándole del brazo con una firmeza tranquila.
—Deberías de volver a casa y descansar. Elisa, no te muevas de la sala. Voy a llamar a un taxi. Nando tiene que descansar. ¿De acuerdo, hijo?
Nando está quieto y asiente con la cabeza. Sus dientes apretados marcan la musculatura de su cara. Papá le levanta del brazo y él se deshace de su mano con un gesto de impaciencia.
Han pasado apenas cinco minutos desde que se han marchado todos cuando entra un médico en la sala.
—¿Los familiares de Lucía Rodríguez?
—Sus padres están volviendo a Madrid. Yo soy su amiga —digo levantándome como impulsada por un resorte.
—¿No hay ningún adulto contigo?
—Mi padre ha bajado un momento a acompañar a mi hermano. Mi madre está en la cafetería. ¿Les aviso?
—La hemos llevado a la tercera planta, alguien tiene que firmar aquí. Mejor que llames a tus padres o a quién sea responsable —me dice con voz átona.
—¿Está bien?
—La han sedado  tiene algunas fracturas, pero se pondrá bien. El chico se ha llevado la peor parte —contesta mirándome con amabilidad.
—¿Andrés?
—¿Sois familiares?
—Es… un amigo mío—contesto con una punzada de remordimientos—. Bueno, es mi novio —corrijo.
—Lo siento. Tu novio sigue en la UCI, pero seguro que lo sacan adelante.
Otro enfermero pasa delante de la habitación y se saludan con un gesto.
—Qué nochecita —le murmura.
—Bien, estaré en la barra del fondo —me señala.
—¿Qué habitación es? —le pregunto antes de que se vaya—La de Lucía Rodríguez —añado.
—Veinticuatro.  Si quieres sube y estás con ella un rato, pero antes avisa a tus padres. No creo que puedas hablar con ella, está dormida.
En cuanto lo pierdo de vista corro a los ascensores y pulso el botón de la segunda planta.
El turno de desayunos ha comenzado y las enfermeras empujan carritos metálicos cargados de bandejas de plástico blanco cubiertas por una gruesa tapa. Hablan animosamente. La muerte y la enfermedad les alcanzó hace tiempo y ellas saben sortearla.
Recorro el pasillo y me detengo frente al número veinticuatro. Empujo la puerta suavemente.
Las persianas esta bajadas y una débil luz blanquecina ilumina su cara pálida y tan pequeña que parece una cría. Me siento junto a ella y le acaricio la piel llena de arañazos. Paso los dedos por su frente azulada a causa de un fuerte moratón. La han tapado con una gruesa colcha blanca y sólo asoma su carita frágil  y pecosa. Tiene un corte en el labio y dos puntos de hilo oscuro cosen su comisura.
Busco su mano bajo la colcha siguiendo la vía que la une a un gotero. La tomo con delicadeza y la acaricio.
—Luci, soy yo, Eli. Ponte bien, por favor.
Tengo los ojos llenos de lágrimas y quiero que ella despierte.
Escucho la puerta de la habitación y una enfermera deja una bandeja sobre una silla. Tras ella, otra se acerca al gotero y lo regula. Nos mira un segundo.
—No llores, si la han subido aquí es que todo va bien.
Las dos salen juntas y escucho sus voces en el pasillo, su tono casual y rutinario.
Al final todo es un trabajo. Hasta la vida de la gente.
Marco el teléfono de mi madre y le digo donde estoy. Antes de que pueda avisar a papá, él ya entra en la habitación.
—¿Cómo está?
Me enjugo las lágrimas y me encojo de hombros. Se acerca a nosotras y me acaricia la cabeza con ternura.
—Acabo de hablar con su madre. Embarcaban ahora mismo.
Mi padre mira a Lucía inclinando la cabeza hacia un lado.
—Pobre niña —susurra.
Yo aprieto su mano entre las mías.
Papá se sienta en el sofá.
—¿Has avisado a tu madre?
—Sí.
—Bien. Ahora tengamos paciencia —murmura más para él que para mí.
Lucia abre los ojos un poco.
—Luci —susurro.
Ella los cierra de nuevo y una lágrima resbala por su mejilla.
Paso mi mano por su piel y le acaricio la cara.
Esta viva.
Me repito.
Ella está viva.
Mueve los labios y me inclino hacia ella para escucharla.
“Andrés.”
Eso dice.
—¿Está despierta? —pregunta mi padre incorporándose.
Le hago un gesto para que no hable.
—Está bien, Luci. Andrés está bien —le miento al oído, aunque ya no estoy segura de que me escuche.
Me detengo un segundo a pensar en lo que acabo de decir y entonces pienso en él. Andrés. Mi amigo, mi novio.
Una oleada de pánico se apodera de mí. Si Andrés se muere, me moriré yo. Eso digo. Lo he dicho en voz alta sin darme cuenta.
—No, no te morirás y en cualquier caso Andrés va a salir de esta —dice mi padre de pie junto a la cama.
Salgo de la habitación y me tropiezo con mi madre.
—¿Qué pasa? ¿cómo está?
—No lo sé —contesto—. Papa está dentro. ¿Y los padres de Andrés?
—En la UCI. Hablando con el médico. No he podido acompañarles.  Sólo dejan entrar a familiares. Les he dicho que bajaba en un par de minutos.
—Bajo yo —anuncio con decisión.
Antes de que mi madre lo impida, me alejo de ella y troto por las escaleras. Me siento en uno de los peldaños porque el corazón ha empezado a latirme violentamente.
—No, por favor Dios mío, que no le pase nada. Por favor, por favor —repito con los ojos cerrados.
No sé por qué no puedo recordar su cara.
Necesito verle.
Salgo a la planta baja y me detengo en el mostrador donde dos enfermeras bromean acerca de algo. Pregunto cómo llegar a la UCI.
—¿Tienes algún familiar ahí?
—Mi hermano —miento—. Se llama Andrés Abaroa.
La enfermera teclea el ordenador.
—Es el chico que ingresó en inconsciente, el del accidente de coche — le aclara la otra.
—Ese pasillo hasta el fondo, tras las puertas azules —me indica mirándome compasiva —Tus padres han pasado hace un momento. No sé si te dejarán entrar.
Corro hacia las puertas azules y me detengo un segundo antes. Tengo que calmarme. Respiro profundamente y apoyo la mano que se hunde sobre algo blando. En realidad son dos largos y gruesos plásticos azul marino que permiten a los camilleros pasar a los enfermos con poco esfuerzo.
Camino por un  pasillo, vacío, aunque escucho algunos susurros y decido seguir el sonido de las voces. Al girar a la derecha veo a los padres de Andrés.
Andrea sostiene un pañuelo entre ambas manos, retorciéndolo. Javier hunde los hombros mientras asiente silencioso a las palabras de un médico. Avanzo lentamente hacia ellos. Andrea me percibe y me mira. Esboza una leve sonrisa y me hace un gesto para que me acerque.
—No puede estar aquí —añade el médico con firmeza—. Sólo los familiares.
—Es su novia —dice Andrea apretando mi mano—. Es un chiquilla y está preocupada.
El médico nos hace un gesto para que le sigamos y nos hace salir de la zona de la UCI.
—¿Cómo está? —pregunto en voz alta al médico.
—Ya he hablado con sus padres. Ahora es una cuestión de tiempo.
Nos despide mientras se sumerge como un experto nadador, tras las puertas blandas de un azul submarino
—Está en coma —explica Andrea con voz ronca.
Tose y se suena con el pañuelo. Javier camina como un sonámbulo por el pasillo alejándose de nosotros.
—Ha tenido un fuerte traumatismo y ahora hay que esperar a que despierte. Pero ellos tienen esperanzas de que no haya lesiones, ¿verdad, Javier? —exclama hacia su marido.
—¿Qué lesiones? —pregunto.
Ella no dice nada más. Tiene la mirada fija en la espalda del padre de Andrés que cada vez se aleja más. Suelta mi mano y camina tras él con una prisa inesperada.

No sé cuánto tiempo llevo aquí, ni siquiera sé en qué he estado pensando, pero cuando me doy cuenta, ellos ya no están. Marco el número de Chiara. Escucho su voz,  un tono más grave que la noche anterior. Supongo que la he despertado.
—Chiara estoy en el hospital—digo sin reflexionar demasiado—. Lucía y Andrés han tenido un accidente y Andrés no se despierta… —Entonces rompo a llorar con tanta fuerza que intento taparme la boca.
Ella se toma un segundo. Puedo escuchar cómo expulsa todo el aire que ha contenido.
—Eli, Eli, cariño mío. No llores, voy para allá —dice.
—No, no, no vengas —le suplico—. Te quiero, Chiara, te quiero muchísimo y te necesito a mi lado. Por favor, no me dejes sola.
Escucho mi propia voz, demasiado alta, mis sollozos que inundan el silencio del pasillo.
—No te voy a dejar, Elisa. Estoy aquí. Dame la dirección y voy —insiste, aunque percibo el miedo en su voz.
—No vengas, ahora no puede ser. Pero necesito verte. ¿Puedo ir a verte luego? Por favor —. Me cuesta hablar y un enfermero ha salido alarmado por mi llanto.
—Ven cuando quieras Eli, yo estoy aquí. Te quiero, te quiero mucho. Todo va a ir bien.
Cuelgo sin despedirme. Y me rodeo el estómago con un brazo.
Mi madre me está mirando al final del pasillo. Camina hacia mí y me abraza.
Ella nunca me abraza.
Ella no ha escuchado mi conversación.
Ella no entendería cómo me siento.
¿Soy una persona horrible al desear estar con Chiara?
Siento su pelo suave sobre mi mejilla. No ha tenido tiempo de recogérselo y lo lleva suelto y revuelto, como aquél día en el descapotable. Me aprieto contra ella y me abandono a su cariño, tan escaso, tan difícil de conseguir.
No hablamos, no hay palabras de consuelo. Sólo estamos abrazadas.

He pasado el día con ellos. Lucía ha ido recuperando la consciencia lentamente y sus padres no abandonan la habitación ni un segundo.
Luci llora.
A ratos parece más tranquila.
Me pregunta por Andrés.
Le explico lo que sé, y una calma fría se va apoderando de mí.
No va a pasar nada, me repito.
—No va a pasarle nada —le digo a ella—. Despertará con un terrible dolor de cabeza y ya está.
 ¿Quién es esa persona que habla por mí?
—¿De verdad lo crees? —gime apretando mi brazo.
 La beso en la mejilla y le seco lacara con las yemas de mis dedos.
—De verdad.
Está atardeciendo y mamá me hace un gesto para que la acompañe al pasillo.
—Elisa, vámonos a casa. Creo que tenemos que dejar a Lucía con sus padres. Le he pedido a Andrea que en cuanto sepan algo de Andrés nos llame. Necesitas descansar. Todos lo necesitamos —añade aseando el cuello de mi camisa.
—Yo iré más tarde —contesto—. Quiero quedarme un rato más.
Mi madre abre la boca para replicar, pero un gesto de mi padre la detiene.
—De acuerdo.
Papá me besa en la mejilla. No ha tenido tiempo de afeitarse y su barba es dura y crece rápido.
—No vuelvas tarde.  
Vago por el pasillo del hospital unos minutos. Me acerco a una de las ventanas que dan al parking y compruebo que el coche de mi padre ya no está. La calefacción ahí dentro está demasiado alta y he empezado a sudar. Entro en los lavabos y abro el grifo que expulsa el agua con tanta potencia que salpica mi camisa y mis brazos. Me refresco el rostro y salgo al pasillo de nuevo, con la cara empapada, aliviada por salir de allí.
Atravieso el hall bajo la mirada atenta de una enfermera, supongo que mi pelo mojado y mi ropa húmeda le han llamado la atención. Me acerco al mostrador y le pido que llamen un taxi.
Me lleva diecisiete minutos exactos llegar a casa de Chiara. 
 No puedo pensar en otra cosa más que en estar con ella. Y eso le digo cuando me abre la puerta.
—Estoy aquí —contesta tirando de mi brazo suavemente para que entre.
Me lleva hasta el sofá donde horas antes hemos discutido.
Me abraza.
Mis brazos son tan pesados que al levantarlos para tocarla parecen de hierro.
Busco su boca. Busco su lengua. Busco su piel bajo la ropa. Llevo buscándola toda mi vida.
—Llevo buscándote toda mi vida —le digo—. Por favor, no te vayas.
Me lleva a su dormitorio y me desnuda con ternura. Siento el cuidado infinito que pone al desabrochar cada uno de los botones de mi camisa y al deslizar mis vaqueros al suelo.
Abre la cama y me cubre con las sábanas.
—Ven —le digo mientras cierro los ojos.
—Voy —susurra y roza mis labios con los suyos.
Ella no me pregunta nada. Es dueña de una calma que deseo, de una paz que nunca he tenido.





36 comentarios:

  1. Definitivamente hasta yo estoy en shock con tantas emociones encontradas, demasiados sentimientos a flor de piel...

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    1. ¡Me alegro de que te muevas las emociones!
      Gracias por tu comentario.
      Besos.
      Vic

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  2. Wow, mejora capitulo a capitulo, te felicito y Gracias por subirlo antes, me alegraste el día.

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  3. Qué intenso!!! Asuuu, hasta me quedé con un dolor en el pecho, qué fuerte el momento. Creo que se vienen cosas muy difíciles para las chicas, más pruebas. Qué emoción!
    Saludos Vic
    Atte Ale

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    1. ¡Hola Ale! Mil gracias, como siempre.
      Un beso enorme.
      Vic

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  4. Triste y Bello capitulo, el amor de Elisa y Chiara revolotenado en el aire.. Espero el proximo continue donde quedaron en ese encuentro entre el sufrimiento y la pasion. Excelente Victoria¡

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  5. (aplausos) Felicidades!
    Ahora no puedo esperar mas, siento la necesidad de leer el próximo capitulo, Gracias x este capitulo y Gracias por tu tiempo y sacrificio, felicidades!!

    :D

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  6. Esta historia cada dia jueves esta mejor , gracias por ser tan increíble y unas de las mejores escritora tu historia es genial <3

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    1. ¡Guau! ¡Qué piropo tan bonito! ¡Mil gracias!
      Besos.
      Vic

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  7. Deseando saber más!! Ojalá los chicos se recuperen pronto del accidente, aunque puede que un giro dramático con la muerte de Andrés... Suena cruel, lo se jaja!
    Maravilloso trabajo, me encanta!

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  8. No puedo si no más que decir: Felicidades por lo que haces y gracias por el tiempo invertido. Si se alarga o no como lo he leído en entradas anteriores, la mantienes en un punto donde cada historia tiene un espacio. Me encantó este capítulo. Fue nostálgico e intenso. Demasiadas emociones.

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  9. Intenso ese final!!! Gracias por subirlo ;)

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  10. Muy lindo.cada vez mas interesante

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    1. ¡Espero que pueda seguir con tu lectura!
      Gracias por leerme.
      Un beso.
      Vic

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  11. hola, es la primera vez que escribo por que acabo de comenzar a leerla ya que hace tiempo vi que dijeron en un grupo que era buena y la leí por curiosidad, la acabe en dos días y no me puedo cree que m tenga que esperar, me ha encantado tengo resaca literaria y no puedo olvidarme de ellas, es genial lo que escribes, seré de las primeras en comprarlos lo sacas en físico
    saludos desde chihuahua =)

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    1. ¡Gracias mil por seguirnos! Te esperamos esta semana.
      Un beso.
      Vic

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  12. aiissssss capitulo muy intenso. gracias por seguir escribiendo y compartiendo.

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  13. Me encanta esta novela, pero hay algo que no entiendo, y he pensado que podia ser un fallo, el doctor le dice a elisa que si habia algun adulto con ella cuando suben a lucia, es absurdo, lucia es adulta. Aun asi me ha encantado, suertey un beso ;)

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    1. Hola. Sí las dos son mayores de edad, pero cuando el médico habla de un adulto, se refiere a alguien que no sea una chica con aspecto de adolescente. Tienen dieciocho años y es normal que se necesite a alguien responsable de Lucía, no a una amiga suya. Me alegro de que te haya gustado. Corregiré la palabra "adulto" por "Algún familiar".
      ¡Mil gracias por tu apunte!
      Un beso.
      Vic

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  14. A quien corresponda, Verdaderamente siento mucha relacion de mi vida con esta gran y hermosa novela, no se, tengo un vicio a ella, agradezco mucho por haberla encontrado. Peroooooo, siento feo porque solo se publica un capitulo por jueves!!!!! no puede ser jueves todos los dias? o mínimo dos capitulos por jueves plissss, por cierto, recalcando, esta novela está padre y gracias por compartirla con nosotros, un beso y saludo

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    1. Hola y mil gracias por tus palabras. ¡Ojalá pudiera escribir dos a la semana, pero no me da tiempo! Al menos espero que disfrutes el que acabo de colgar.
      Un beso.
      Vic

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  15. Hola en verdad esta muy hermosa esta novela pero quiero mas!!" quiero leerla siempre y que no acabe nunca, eres la mejor escritora que he conocido y gracias por compartir esta novela con los lectores de este blog un saludo a quien corresponda

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    1. ¡Gracias! Me llamo Victoria y te agradezco tus palabras. Espero que sigas leyendo la historia.
      Un beso.
      Vic

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  16. hola vic!! te felicito por tu gran talento, eres una escritora genial ! y gracias por dedicar tu tiempo y trabajo para tenernos espectante ante una gran historia. Llegue aqui por recomendacion de lesbicanarias y pues ya hiba en el capitulo 60 y tantos, que lo lei en tiempo record porque me cautivo la historia y luego tuve que esperar semana a semana para seguir la historia, pero lo vale pues disfruto mucho con cada nuevo capitulo. tengo una curiosidad ¿la historia completa ya esta escrita? o ¿la escribes semana a semana? bueno, reitero mis felicitaciones y te agradezco un monton por cad entrega.
    paty

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    1. Hola Paty. La historia está escaletada, pero escribo cada capítulo cada semana, por eso a veces no me da tiempo a escribir todo lo que quisiera, pero es que escribo más cosas ya demás doy clases. Bueno, espero al menos que estés disfrutando mucho de nuestras chicas. Muchísimas gracias por tus amables palabras. Te esperaré cada semana. Un beso.

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  17. ¿No habrá capítulo nuevo esta semana? Estos últimos capítulos han estado tan intensos.Que no puedo esperar por leer el nuevo.

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  18. ¡Cuanto se aman Elisa y Chiara! ¡Es lo que más me gusta de la novela!
    También espero que Andrés se mejore.

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