viernes, 31 de octubre de 2014

Cap 76. CHIARA: Dudas.



En mi nueva vida, salía cada tarde con Elisa. Nunca hablábamos de Andrés y poco a poco logré olvidar que él podía ser una amenaza. Elisa y yo comenzamos a encontrar temas de conversación en los que fuimos descubriéndonos lentamente. A veces nuestras discusiones eran vehementes y apasionadas. Sobre política, sobre la propia homosexualidad, sobre la educación y la mala calidad universitaria. Me gustaba escucharla, me gustaba descubrirla. Me gustaba ella. Solíamos vernos al atardecer, cuando la gente salía a las terrazas intentado escapar del calor. El asfalto recalentado no nos daba esa tregua, pero a pesar de todo Madrid era una ciudad en constante bullicio y la gente abandonaba sus hogares para inundar las terrazas en busca de compañía.
Yo quería una vida tranquila y otra apasionada. Quería ser amada por Elisa y al mismo tiempo temía las tormentas de nuestra relación. Esa era la contradicción que sentía. Mis deseos rebeldes e indisciplinados colisionaban entre ellos y en medio estaba Elisa.
Durante unas semanas disfruté de una nueva versión de ella. Una tranquila, cargada de una sensatez domesticada. Aún no estaba segura de si era un cambio definitivo o sólo una tregua antes de que todo volviera a estallar. Creí haber encontrado un equilibrio y haberme embarcado en  una victoria sobre la confusión de Elisa, hasta una noche en que apareció Nando.
Elisa acababa de marcharse de casa. Habíamos cenado juntas, un plato de pasta divertido; un invento de Elisa fruto de una mala combinación de ingredientes sobre los que yo le había tomado el pelo. Luego habíamos hecho el amor, con la misma confusión apasionada con la que Elisa me amaba, con el terror latiendo entre nosotras. Me había acostumbrado a estar al borde del abismo y sólo deseaba que nadie nos diera un empujoncito. Supongo que era pedir demasiado.
Nando llamó a la puerta  un minuto después de que Elisa se hubiera marchado y eso me hizo pensar que se trataba de ella, tal vez había olvidado algo. Abrí la puerta vestida con una larga camiseta y las braguitas. Nando me miró confuso. Mi acto reflejo fue tirar de la camiseta hacia abajo.
—Perdona, ¿te he despertado?
—¿Qué haces aquí?
—Estaba el portal abierto y te escuché caminando por la casa…
—Bueno, me iba a la cama —dije.
—¿Tan pronto? Estamos de vacaciones —exclamó abriendo los brazos.
—Ya ves —contesté entornando un poco más la puerta—. Me muero de sueño.
—¿Sales mucho? —intentó sonreír.
—Podías haber llamado antes —dije.
—¿Y si te invito a una copa? Ya que estoy aquí…
—Ya sabes que no bebo y estoy en pijama —dije tratando de evitar negarme directamente.
—Es un decir… una copa, un refresco, un helado. Lo que te apetezca.
—Estoy cansada, Nando.
—No sabes el calor que hace en la calle.
—Imagino.
Dio unos pasos hacia la puerta y para mi alivio se detuvo. Apoyó la mano en la madera resistiéndose a su deseo de tocar mi mano a escasos centímetros de las suya. Pensé que lo mejor era no reaccionar, no moverme, no darle a entender que me asustaba su insistencia.
—No pensaba volver a verte ¿sabes?, pero me acuerdo mucho de ti —dijo.
—Nando…
—No, espera. No te mosquees. Sólo te pido un rato de tu tiempo.
—Pero no ahora.
—Necesito que seamos amigos.
—Lo seremos, no empujes, Nando, por favor.
—Los amigos se ven.
—Con el tiempo seguro que lo haremos.
—Ya ha pasado casi un mes.
—¿Y te parece que estamos preparados para ser amigos solamente?
—Creo que sí y te juro que estoy siendo sincero.
—De acuerdo. Déjame que piense sobre ello.
Por su risa pude ver que no me creía, igual que yo no le creía a él.
—No me llamarás, ¿verdad?
—No sé por qué quieres seguir viéndome. De verdad que me parece que sólo es tozudez.
—¿Tozudez?
—Sí, eso he dicho.
Yo ya había descubierto que esa era una característica de toda la familia, incluida mi querida Elisa.
—¡Vaya! ¡qué bajo concepto tienes de mis sentimientos!
—Lo siento —dije.
Parecía sinceramente herido. Su tono cambio por una más suave, menos histriónico.
—No estoy bien Chiara.
—Espero que no sea por mi culpa.
—No me quito de la cabeza el accidente de Andrés y Lucía. No puedo dormir y cuando lo hago, me despierto viendo a Lucía llena de sangre y la cara de Andrés… y es horrible.
—Lo siento —dije.
Y era cierto.
Apartó la cabeza hacia un lado evitando que pudiera verle. Notaba sus esfuerzos por no desmoronarse.
—Nando… no sé qué puedo hacer yo.
—Sal conmigo un rato, sólo eso. Hablemos, demos una vuelta. Tu charla me hace bien.
—Venga, pasa, y tomamos algo aquí, pero sólo un rato.
Yo ya reconocía en mí esos impulsos, y a menudo me preguntaba si la influencia de mi madre y su fanatismo religioso cargado de una mal interpretada compasión no había sembrado en mí algo con raíces más profundas de lo que yo imaginaba. Pero la culpa sabía hacer bien su trabajo.
—Gracias.
—Pero sólo un momento, ¿ok?
—¿Me tienes miedo?
Me reí.
—No. No te tengo miedo, sólo estoy cansada —repetí.
—¿De verdad no te apetece salir?
—De verdad que no.
Caminó con naturalidad hacia el salón, y algo en la soltura con la que se movía me alertó de que no iba a ser fácil que respetara el tiempo que yo pensaba dedicarle.
Se desplomó sobre el sofá y sonrió.
—Echaba de menos tu casa.
—Ya. ¿Te preparo algo?
—Vale.
Palmeó el sofá.
—Pero antes, siéntate a mi lado, ¿vale?
Entorné los ojos y entonces lo vi. A mi padre, con sus mentiras y su falsa humildad. Vi a mi padre cuando prometía a mi madre lo mismo una y otra vez. Vi a mi padre arrastrado por sus propias pasiones. Daba igual que fuera el alcohol. En este caso era yo, y Nando mentiría una y otra vez para convencerme, para pedirme su dosis, y yo lo había descubierto.
El estómago se me movía. Mi compasión se cerró de golpe. Pensé que lo mejor era sacarle de casa.
—¿Sabes? Creo que me animo a salir a la calle. Espera a que me cambie. Tardo un minuto.  
Su mano se detuvo en el aire antes de volver a caer sobre el cojín que segundos antes golpeaba con suavidad.
—Vaya.…bien. Te espero aquí.
Corrí a mi dormitorio y me puse un vaquero y unas zapatillas. Cambié una camiseta por otra de tirantes y me recogí el pelo.
Cuando salí al pasillo me tropecé con él.
—¿A dónde ibas?
—Buscaba el baño.
Señalé con el dedo la puerta que sabía que él tan bien conocía,
—No sé cómo lo haces pero siempre estás preciosa.
—No me cortejes, por favor.
Pasé junto a él y acarició mi mano.
Mi reacción fue tan brusca que me disculpé.
—No hagas eso —exclamé dando un manotazo al aire.
Me miró sorprendido.
—¿Tanto asco te doy?
Caminé hacia la salida y abrí la puerta sin contestar.
—Venga, vamos ¿no querías salir?
Estaba enfadada conmigo por haber caído en una trampa tan simple. La pena.
—¿Puedo pasar al baño? —insistió con voz áspera.
Asentí manteniendo la puerta de la calle abierta.
Al cabo de unos segundos escuché el grifo del agua corriendo por el lavabo y salí al descansillo a esperarle.  
—Vamos.
Cerré la puerta tras él y bajé las escaleras trotando. Cuando salimos a la calle le tomé la delantera. Le indiqué un bar unos metros más abajo de mi casa. Nando me siguió dócilmente.
Entramos y fui hacia la barra.
—¿No prefieres que nos sentemos?
—No vale la pena, sólo van a ser unos minutos.
Sonrió.
—No dejas de marcar, ¿eh?
—Ya te he dicho que estaba cansada, Nando y a pesar de todo estoy aquí.
—Seguro que si fuera otra persona te quedarías toda la noche.
Preferí no hacer ningún comentario sobre eso. Sabía que se refería a Elisa y no iba a comenzara una nueva discusión.
—¿Os estáis viendo?
Hice un gesto con la mano hacia el camarero. Mi enfado iba en aumento, pero no estaba dispuesta a jugarle el juego.
—¿Qué vas a tomar?
—Una caña —dijo palmeando la barra con ánimo.
—Una caña —repetí.
El camarero se alejó hacia los surtidores de cerveza.
—¿Y tú? ¿no vas a beber nada?
—Me voy a casa, Nando. Disfruta de tu cerveza —contesté echando a andar.
Tenía que haberlo visto venir. Tiró de mi brazo hacia él y me cogió de la cintura.
Apoyé las manos en su pecho para apartarle, pero era fuerte y estaba enfadado.
—Oye. NO me dejes aquí tirado.
—Suéltame.
—¿Qué he hecho? —dijo aflojando pero sin dejarme ir.
—Engañarme. Hacerme creer que estabas jodido con lo del accidente. Buscarte una excusa para que accediera a salir contigo. ¿quieres que sigas?
—¿Y que puedo hacer? No me lo pones fácil.
—Suéltame —volví a pedirle.
—¿Nunca te ha besado un tío?
—Ni se te ocurra, Nando.
—Se me ocurre que igual te gusta. Sólo por probar.
Me apretó contra él y yo decidí no luchar. El camarero no perdía detalle, al otro extremo de la barra y yo no quería montar un espectáculo en el bar.
Me besó.
Apreté mis labios con tanta fuerza que sentí mis propios dientes contra la carne.
Sólo hice eso. Aflojé el cuerpo y le dejé hacer.
Mantuvo su intento de abrir mi boca unos segundos, luego me soltó.
No me molesté en mirarle al alejarme de él. Escuché su voz alta y clara.
—Si crees que Elisa es de fiar es que eres más tonta de lo que pensaba.
Vacilé un segundo.
No le creas, me dije. Está furioso y quiere hacerte daño.
Pero no me moví.
—¿De qué hablas? —dije sin pode evitar mi miedo.
—¿Sabes que va todos los días a verle? A Andrés. No sé qué te habrá contado ella, pero no la había visto tan entregada a nadie desde hacía mucho tiempo.
Estaba manejando una granada en mis manos que podía estallar en cualquier momento.
—¿Has venido a eso, Nando? ¿A hacerme daño?
—He venido a avisarte de que ella está aún con Andrés.  Ahora es posible que esté contigo, pero sólo porque Andrés no recuerda nada. Da igual lo que creas, nunca le dejará porque no es suficientemente valiente.
—Y tú sí ¿verdad? Eres tan valiente que te escudas detrás de Elisa para intentar convencerme de que intente algo contigo. Eres tan valiente que usas lo más vulnerable de mí para destruirme. Sí, eres un mierda que tiene que forzar a una chica para que le dé un beso.
Salí del bar a toda prisa y no aflojé el paso hasta haberme alejado. Evité el camino a casa. No quería que Nando me encontrara de nuevo. Quería golpearle, quería insultarle y hacerle mucho daño, tanto como él había intentando hacerme a mí.
Me pasé la mano por los labios borrando cualquier resto de su boca. Era repugnante, me dije. Era un cobarde y un manipulador.
Anduve una media hora entre callejones atestados de gente. Sintiendo el calor de la noche mezclado con el propio calor de mi ira.
Regresé a casa hacia la una y media. Entré en el portal y encendí la luz.
Al principio no la reconocí. Estaba muy cambiada, un poco mas robusta y con el pelo de un rojo infernal. Sentada en los escalones le rodeaba un fuerte olor a marihuana. Se puso en pie en cuanto me vio.
—¿Angie? —pregunté incrédula.
—Eh, hola. Te llevo esperando casi una hora.
—¿A mí?
—Sí. Estaba en el bar cuando te pasó eso con Nando y salí detrás de ti, pero desapareciste.
—¿Me seguiste?
—Pensé que igual necesitabas ayuda.
—No. No necesito ayuda —contesté pasando de largo junto a ella.
—¡Tienes mi número! ¡Puedes llamarme cuando quieras!
—Angie, hace mas de un año que perdimos el contacto y no deseo retomarlo.
—Lo sé. Pero a veces uno necesita un hombro sobre el que llorar y parece que no lo estás pasando bien.
—No me gusta que me espíen, ¿sabes?
—Te vi hace meses, por casualidad. Ni siquiera sabía que habías vuelto a España, pero no me atreví a saludarte.
—Vivimos en el mismo barrio, ¿sabes?
—No, no tengo ni idea de dónde vives.
—Un poco más abajo, en una paralela a la tuya.
—Hoy no es buena noche, Angie —dije, arrepentida de mi brusquedad inicial.
—Imagino… creo que sé de qué va todo esto.
No me gustó escuchar lo que acababa de decir.
—Pues no imagino por qué sabes de qué va nada en mi vida.
—Ya te lo he dicho. Somos vecinas y te he visto últimamente con Elisa. Parecíais muy unidas.
—Estamos muy unidas.
—Claro —asintió ella sin convicción.
—Bueno, me subo a casa. Estoy muy cansada. Ya nos veremos por ahí.
—Sí, ya nos veremos. Me alegro de haber hablado contigo.
Eso fue lo último que escuché antes de entrar en el ascensor. 
Pulsé mi piso y me tapé la cara con las manos. Quería llorar, pero no sentía pena sino miedo. ¿Y si Nando estaba en lo cierto? ¿Y si Elisa sólo ganaba tiempo antes de volver con Andrés? ¿Por qué no me había hablado de sus visitas al hospital? Maldije mi ingenuidad y mi cobardía al evitar ese tema con ella, pero no debía de hacer suposiciones sobre lo que los demás decían acerca de nosotras. No podía creer a Nando. No debía hacerlo. Sólo era un chico contrariado que quería venganza.
Sólo eso.


 mis propios dientesa fuerza que sent, pero era fuerte y estaba enfadado.
ta a jugarle el juego.




sábado, 25 de octubre de 2014

Cap. 75. Elisa: Olvido.



A menudo me pregunto cómo me convertí en aquella chica. Ahora, cuando miro ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽caricaturra de alguien completamente desconocido para mdo estaba permitido.  lo esto hacia atrás, veo una caricatura de alguien completamente desconocido para mí. ¿Esa fui yo? me pregunto. ¿Yo hice esto y esa otra cosa? Nos desconocemos a medida que cambiamos. Necesitamos abandonarnos para cambiar. Despedirnos de nosotros mismos y firmar un acuerdo para volver a empezar. Ese es el reto. Lo sé ahora. Renovarse, entender y corregir.
Sin culpas.
Sin castigos.
Sin miedos.
Uno se va construyendo lentamente, y a veces ni siquiera sabe que lo está haciendo.
Decides.
¿O tal vez ni siquiera sabes que lo haces?
Los impulsos de mi juventud no estaban guiados por mi consciencia. Entonces, sencillamente viajaba en una montaña rusa emocional en la que todo estaba permitido. Actuaba movida por mis propias tormentas, por mis miedos y mis deseos. Mi deseo se llamaba Chiara, o tal vez sea más honesto decir que mi deseo era yo misma.
Pero ahora necesito recordar quién era, para volver hablar desde esa chica. Lo que soy ahora, construiría otra novela. Probablemente el final de esta.
Era un martes. Lo recuerdo porque el entrenador personal de mi madre venía ese día y a mí me despertaba la música con la que amenizaban las clases.
Probablemente fue eso lo que me despertó. No había música y escuchaba la voz de mi madre hablando por teléfono.
Miré la hora. Era muy temprano y salté de la cama convencida de que esa llamada no podía traer ninguna buena noticia. Mamá me detuvo con un gesto de la mano cuando entré en el salón. Me senté en el sofá, atenta a sus idas y venidas. Nando masticaba una tostada, apoyado en la puerta de la cocina. Le miré interrogante y él se encogió de hombros con indiferencia. Desde el accidente había vuelto a aquél hermetismo del que hacía gala cuando vivíamos juntos. Las emociones no le alcanzaban.
Mamá me dirigió una sonrisa tranquilizadora cuando acabó la llamada, y caminó hacia mí con las manos extendidas. La había visto hacer eso un millar de veces. Un gesto que recogía las flores del éxito.
Sostuvo mi cara entre sus manos.
—Andrés está bien. ¿Qué te parece? Dios cuida de nosotros.
Era la primera vez que la escuchaba hablar de Dios.
—¿Está bien?
—Sí. Está perfectamente —desplegó una enorme sonrisa.
—¿Ha despertado?
Ella soltó mi cara y se alisó el camisón con las dos manos. Exhaló un largo suspiro.
—¿No es maravilloso?
—¿Puedo ir a verle?
—Tal vez podamos ir a verle mañana.
—¿Mañana? No quiero esperar hasta mañana —dije.
Ella caminaba por la habitación sin escucharme.
—Andrea estaba muy nerviosa. Te puedes imaginar por lo que han pasado estos dos días. Gracias a Dios que tu hermano viajaba en el coche de atrás —dijo dirigiéndose a Nando.
Nando nos miró sin ninguna expresión y regresó a la cocina. Mamá se detuvo. Lo imprevisible siempre le causaba una momentánea parálisis. Como si por un segundo se diera cuenta de que la vida no podía actuar de acuerdo a su personaje.
—No consigo que hable conmigo —dijo, girándose hacia mí.
—Es normal, ¿no? Debió de ser horrible verlo todo —contesté.
—Pero ya ha pasado —dijo, recobrando su optimismo—, y ahora Andrés te va a necesitar mucho.
Me levanté sin decir nada. Estaba contenta. Estaba más que contenta, y al mismo tiempo me sentía confusa y triste y angustiada y, cómo no, culpable.
—¿No podría ir a verle esta tarde?
—Llama antes a Andrea —me recomendó.
—¿Y si voy esta mañana? —pregunté cada vez más acelerada.
—Elisa, tranquilízate.
—Estoy tranquila —mentí—, sólo quiero ir a verle.
Subí a mi dormitorio y me di una ducha rápida. Salí de casa a hurtadillas y me dirig. Antes de entrar llas y me dirig r vez mvida no pod. atrillar de veces.entud no estaban guiados por mi consciencia. No, ahora lí al hospital.
Andrea me recibió afectuosa y el padre de Andrés me palmeó la mejilla, nervioso.
—Bueno, parece que nuestro chico ha salido de esta —sonrió, tenso.
—Lo siento, debí avisar, pero estaba muy nerviosa…
Javier apoyó las manos en mis hombros. Estábamos en el pasillo, frente a la puerta de la habitación donde un par de enfermeras hacían algo.
—Escucha —comenzó a decir—. Hay una cosa que tienes que saber.
—¿Qué?
—No recuerda algunas cosas. El médico dice que es frecuente en casos como este. Es como una amnesia, puede que temporal.
—¿Qué es lo que no recuerda?
Andrea asintió silenciosa apretando el pañuelo húmedo entre las manos.
—Creía que todo estaba bien —comencé a decir.
Me hizo un gesto con la mano para que le diera tiempo. Tragó saliva y miró hacia el suelo. Pude ver parte de su cabeza bajo el pelo que comenzaba a escasear.
—Está fuera de peligro. Está bien Elisa. Está vivo, eso es lo importante —repitió con voz quebrada—, pero no puede recordar nada.
—¿Se le pasará?
Andrea se encogió de hombros apretando la boca con fuerza. Sus ojos acuosos apenas contenían la pena que estaba sintiendo. Mi cabeza trabajaba a toda velocidad. Luchaba por entender la situación. ¿Andrés no recordaba nada?
—¿No os reconoce? —insistí. 
Quería saber hasta dónde alcanzaba su amnesia.
—No —contestó Javier.
Andrea se alejó de nosotros para sentarse en una de las sillas.
—Mamá no me ha dicho nada.
—No lo sabíamos aún.
—¿Y qué va a pasarle? Quiero decir, ¿recuperará la memoria, o es para siempre?
—De momento las cosas están así —repitió cogiendo mis manos—, pero el tiempo juega a nuestro favor y el médico dice que la mayoría de los casos tienen una recuperación parcial, aunque no podemos saber cuándo, ni qué cosas podrá recordar.
Una débil luz iluminaba el pasillo, flotando por la ventana, dándole a todo un aspecto fantasmal. Bien podría haber estado soñando.
—¿Puedo pasar?
—Por supuesto —sonrió.
—No me reconocerá, ¿no es cierto?
Abrí la puerta de la habitación sin esperar una respuesta. Mi pregunta no era tal, sino un recordatorio hacia mí misma para que todo aquello no me impresionara demasiado. 
Las enfermeras estaban acabando su trabajo. Me detuve a los pies de la cama y mir ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ expresiñose dulcificóc m acabando su trabajo. Me detuve a los pies de la cama y mirLES OFRECIENDOLE A CHIARA é Andrés. No hubo ninguna señal de reconocimiento en sus ojos. Al contrario, algo en su expresión me avisó de que olvidar tu vida implicaba más cosas que una cuestión de memoria. Su mirada era desconfiada y temerosa.
—Hola —saludé con algo parecido a una sonrisa.
—Hola.
—¿Estás bien?
—Eso creo —contestó visiblemente incómodo.
—¿Sabes quién soy? —tartamudeé.
La más menuda, una chica rubia de modales suaves, le sonrió.
—¿Te acuerdas de tu amiga? —ordenó su cabello con las manos bajo la mirada de un Andrés estupefacto.
—No.
—No pasa nada, chico. Dale tiempo, ¿ok? —me dijo saliendo del cuarto con su compañera.
Esperé a que nos quedáramos solos y me senté en el sofá junto a la cama.
—¿Necesitas algo? —pregunté.
Su extrañeza ante mi visita me hacía sentir igualmente extraña.
—Necesito recordar —susurró sin apartar la vista de la ventana.
Luego me miró.
—¿Eres mi hermana? ¿Mi amiga? ¿Mi novia, o qué?
No pude evitar una sonrisa amarga.
—Somos… amigos —dije al fin.
—¿Y te llamas?
—Elisa, aunque tú me sueles llamar Eli.
Asintió con la cabeza y me escrutó.
—¿De qué nos conocemos? Quiero decir, ¿estudiamos juntos o algo así?
Entonces di el primer paso.
—Salíamos. Éramos pareja.
Entornó los ojos y volvió la mirada a la ventana.
—Así que tengo novia.
—Llevamos juntos desde hace cuatro años.
No volvió a decir nada. Yo estuve un largo rato sentada sin saber qué hacer.
Andrea entró en la habitación.
—¿Qué hay, chicos?
Andrés no se movió. Continuaba con la mirada fija en algo invisible más allá de la ventana.
—Creo que mejor me voy —dije, levantándome del sofá.
Andrea no dijo nada y sonrió resignada. Andrés me miró un segundo.
—Lo siento —dijo.
—No importa.
Salí al pasillo y vi a Javier hablando con un médico. Decidí marcharme sin molestarles más. 
Aún estaba impresionada tras mi corta entrevista con Andrés cuando alcancé el parking. Reconocí el coche de los padres de Lucía y esperé a que aparcaran.
Nos saludamos con un abrazo.
—¿La has visto? —me preguntó su madre.
Negué con la cabeza, avergonzada. Mi visita a Andrés había eclipsado a Lucía.
—Andrés ha despertado —les informé.
La madre de Lucía se llevó las manos a la boca y miró a su marido.
—¡Eso es maravilloso! ¿Cómo está?
Abrí la boca para contestar la verdad, pero en lugar de eso dije “bien” y me despedí a toda prisa después de pedirles que le dijeran a Lucía que pasaría a verla a la tarde. Necesitaba aclarar mis ideas, ordenar lo sucedido y decidir algo.
Eso es lo curioso de los accidentes, no te dejan decidir. Las cosas suceden sin avisar. No hay señales que te prevengan de que todo puede cambiar en un segundo. Sentí el vértigo que causaba en mí esa idea y me agarré a la primera certeza que encontré. Necesitaba ver a Chiara.
Cogí un autobús hasta el centro y anduve por las calles sin ninguna dirección determinada. A media mañana la llamé.
—¿Eli?
—Hola. Vengo del hospital.
—¿Va todo bien?
—Sí. Andrés ya ha despertado. Acabo de estar con él, pero no quiero hablar de eso ahora.
—¿Tú estás bien?
—No sé, no me preguntes ahora algo así. Te echo de menos.
—¿Dónde estás?
Miré a mi alrededor. Había caminado hasta Gran Vía y ahora entraba por la calle Fuencarral. El calor empezaba a ser insoportable y el sol me quemaba la cara.
—¿Puedo acercarme a tu casa?
—Claro —dijo ella.
Ella me esperaba en la calle. Llevaba un ligero vestido de pequeñas florecitas que le favorecía mucho y su eterno moño atrapado por un lápiz.
—¿No quieres que suba? —pregunté con una punzada de rencor.
—No es eso. Pensé que te vendría bien distraerte.
—Hace calor.
—Paseáremos por la sombra —dijo cogiéndome del brazo.
Me dejé arrastrar por su energía, dirigida a animarme, y durante horas me comporté como un muñeco de trapo que va perdiendo serrín. Acabamos sentadas en una plaza con dos helados que agonizaban bajo el sol.
—¿No me vas a contar nada? —preguntó arrojando el resto del suyo en una papelera.
Se secó las manos en un pañuelo de papel.
—No hay nada que contar —mentí.
Luego me pregunté si Nando la habría llamado, si mi madre y él ya sabrían que Andrés no recordaba nada. Por un segundo sentí que no me fiaba de ella.
—¿Y tú? ¿quieres contarme algo?
Me miró con sorpresa.
—No soy yo la que ha ido al hospital esta mañana. Es una buena noticia que Andrés esté bien, ¿no?
—Yo no he dicho que está bien —puntualicé.
—No. No me has querido contar nada. ¿Qué pasa, Elisa?
—Pasa que no recuerda quién soy, no sabe quiénes son sus padres. Pasa que ha perdido la puta memoria.
Chiara se quedó callada sin dejar de mirarme, pero sentí que su cabeza trabajaba.
—¿Y qué va a pasar, entonces? ¿recuperará la memoria?
—Ni idea —dije arrojando el helado al suelo.
Ella se agachó y lo recogió con la misma servilleta de papel.
La detuve, enfadada.
—No hagas eso, por favor.
—Ok. Pero el suelo no tiene la culpa de lo que te está pasando —contestó nerviosa.
—El suelo es el menor de mis problemas.
—No se arregla nada enfadándose con el mundo, ¿sabes? Las cosas suceden y uno tiene que encajarlas como pueda, sin hacer daño a los demás.
—Claro, el helado ha sido un acto de lo más agresivo.
La miré de soslayo. Aún no me había atrevido a hacerlo en toda la mañana, a pesar de sus esfuerzos por charlar conmigo, por alegrarme.
La besé.
Apoyó la mano en mi pecho para detenerme.
—Muy bonito. Gracias —le dije.
—Todo lo arreglas así.
—Así, ¿cómo?
—Sustituyendo una emoción por otra más fuerte, sin pararte a pensar en lo que tienes delante.
Abrí la boca para replicar, pero me di cuenta de que estaba en lo cierto. Aguanté el envite de mi orgullo que quería defenderse y me quedé callada.
—¿Paseamos? —dijo poniéndose en pie.
Estaba enfadada.
—No te enfades. Lo siento. No sé cómo encajarlo todo.
—Ni yo —admitió—, pero me pregunto cómo nos afectara todo esto a nosotras. ¿Te parezco egoísta al querer hablar de esto?
—No. Claro que no. Yo misma me estoy preguntado qué pasará ahora.
—Pues creo que depende de ti —dijo volviendo a sentarse junto a mí.
Nos cogimos las manos, con el desamparo que premonizaba otra separación. Me revolví contra ese sentimiento.
—No va a pasar nada malo. Nadie nos separará otra vez —dije.
—Me encantaría creerte —dijo en voz baja.
—Creemé —rogué.
Paseamos hasta la hora de comer y nos despedimos en su portal.
—¿Te puedo besar, o volverás a pararme?
Ella sonrió y se adelantó a mí.
La estreché con fuerza y hundí mi pierna entre las suyas. Me apretó con sus muslos.
—Te quiero, ¿sabes? —le dije.
—Y yo a ti.
—Y que te desée tanto, no es malo.
—Vale.
—Tienes que confiar en mí.
—Eso mismo te pedí yo hace semanas.
—Yo confío.
—Y yo.
—Pase lo que pase estaré a tu lado.
—¿Me lo prometes?
—¿Necesitas que lo prometa?
—Si tu promesa tiene valor, sí.
—¿Alguna vez confiaras en mí? —pregunté acariciando su mejilla.
—Eso espero. Es algo difícil tal y cómo nos han ido las cosas, ¿no te parece?
—Supongo —admití, separándome de ella.
Sus mejillas estaban rojas y el vestido aún se hundía entre sus piernas.
—Tengo ganas de hacerte el amor, pero no te lo voy a pedir.
—¿Qué harás con Andrés? ¿qué va a pasar, Elisa?
Chiara sólo usaba mi nombre completo cuando necesitaba distanciarse de mí.
—Nada malo. Hablaré con él. Le contaré todo. Tiene que empezar a recordar.
—¿Y si no sucede? ¿Y si no recuerda nada?
Pensé en esa posibilidad como una luz al final de un túnel y contesté con una sinceridad despiadada.
—Entonces casi será más fácil.
Nos miramos como si acabáramos de convertirnos en cómplices de un crimen.
—No sé si es horrible lo que acabas de decir.
—Yo tampoco, Chiara.