viernes, 1 de agosto de 2014

Cap. 66. ELISA: Sin miedo.


Durante algunos días trataba de reproducir la conversación con Chiara sin poder recordar los detalles. Algunas frases irrumpían en mi conciencia a lo largo del día y daban vueltas en mi cabeza durante horas. Ella tenía en mí ese efecto. Una sensación que despertaba el deseo en mí lentamente, sin aviso y crecía en intensidad al cabo del tiempo. Me enfadaba sentirme a su merced, no saber prever la duración que debía de tener una conversación con ella para librarme de la resaca. Porque era así como lo experimentaba, como una borrachera de pasión y deseo contenidos que se agudizaba poco a poco.
Evité encontrarme con Nando durante esos días. Lo sentía entrar y salir de casa y pillaba al vuelo frases de algunas de las discusiones con mi madre. “No es asunto tuyo”. “Ya no soy ningún niño”.” Tú no la conoces”. Nunca había escuchado a mi hermano hablar así de ninguna chica. Para Nando, hasta el momento, las chicas eran un entretenimiento que no tardaba en consumirse como una cerilla. Pude esquivar esas peleas entre ellos hasta una tarde en la que me pilló por sorpresa  y me vi envuelta en una situación altamente embarazosa para mí.
Yo había salido a casa de Silvia. Lucía seguía en Grecia, y Silvia y yo planeábamos un viaje de fin de semana al apartamento que tenían sus padres en la Costa Brava. Atravesaba el jardín cuando la puerta de casa se abrió repentinamente y Nando salió dando voces. Mi madre se detuvo al verme llegar y me señaló con el dedo.
—¿Ves lo que está pasando? —me gritó.
Nando miró hacía mí desconcertado pues no había reparado en mi llegada. Yo sentí que me ardía la cara de vergüenza. De algún modo mi madre conseguía hacerme sentir culpable de su desacuerdo.
—Mamá, a ella no la metas —dijo Nando reaccionando ante mi asombro.
—Gracias —susurré yo pasando por su lado. Mi madre ocupaba la puerta de entrada y una gruesa vena de ira se marcaba en su cuello. Pensé que lo mejor era largarme por donde había venido, pero ella avanzó hacia mí con decisión.
—Está bien, Toda esta tontería ya ha durado bastante —exclamó—. Le vas a contar a tu hermano quién es esa chica y lo que te hizo hacer.
Yo me quedé aturdida por unos segundos. No comprendía a qué se refería y Nando debió de sentir lo mismo porque ambos nos miramos perplejos, inmóviles mientras mi madre avanzaba por el jardín hacia mí.
Retrocedí unos pasos para alejarme de ella y en ese movimiento mi cabeza hizo otro tanto de lo mismo y rebobinó hasta encontrar la respuesta. Ella hablaba de lo que había visto la noche que Chiara había dormido en mi casa. Abrí la boca para defenderme, pero solo pude decir tres palabras:
—Estás loca, mamá.
Nando me miraba fijamente mientras yo sentía el esfuerzo que él estaba haciendo por no relacionar la homosexualidad de Chiara con nuestra amistad. No al menos de la manera en la que él había construido la historia en su cabeza. Pero un destelló en sus ojos me avisó de que comenzaba a entender a qué se refería mi madre.
—Aquí tienes a otra víctima de esa chica. Tu propia hermana tuvo que alejarse de ella para no confundirse. ¿Aún te parece tan maravillosa esa Chiara? —le gritó.
La hubiera golpeado y creo que Nando debió de sentir lo mismo porque le dio una patada a la gravilla del suelo del jardín y una decena de piedrecitas salieron disparadas en todas las direcciones mientras yo pensaba en cómo salir de aquella situación si complicar más el asunto.
—No la escuches, Nando —supliqué—. Está desquiciada.
Mi madre me miró sorprendida.
—¿Así es como ayudas a tu hermano? ¿mintiéndole?
—Vete a la mierda, mamá —le susurré echando a andar hacia la casa.
Escuché la voz de Nando.
—Elisa, espera —. Ahora sonaba tranquila, aunque su respiración me avisaba de la agitación que estaba sintiendo— ¿Qué coño está diciendo mamá?
Yo me giré hacia ellos.
—No me metáis en vuestras broncas ¿de acuerdo? —grité y aceleré hacia la casa. Subí las escaleras de dos en dos, enfadada y asustada por lo que acababa de pasar. No la había creído capaz de llegar tan lejos. Cerré mi dormitorio con pestillo y marqué el número de Chiara. Apenas era capaz de contener las lágrimas. Cuando escuché su voz me eché a llorar.
—¿Elisa? ¿qué pasa?
No podía hablar, no era capaz de articular ni una palabra. Necesitaba escucharla, que me convenciera de que todos este caos tenía sentido para nosotras, pero no podía explicarme.
—Eli, por favor. Dime qué te pasa —su voz era suave, calma, cálida.
—Chiara… ayúdame, por favor —conseguí susurrar. Me sentía incapaz de afrontar lo que pasaría.
—Cálmate. Dime qué pasa.
—No puedo con todo esto. No sé qué hacer —en ese momento mi llanto era tan profundo que supe que si seguía así ella vendría a por mí. Intenté calmarme.
—¿Con qué no puedes, Eli? Sea lo que sea se arreglará. No sufras, por favor, cariño…
Me estremecí al escuchar esa palabra y supe que la amaba tanto como para estar al borde de un desastre con mi hermano.
—Dime qué puedo hacer —me rogó.
—Nada, no puedes hacer nada. Todo es culpa mía —lloré.
Escuché los suaves golpes en la puerta y bajé el tono de mi voz.
—Tengo que colgar — susurré.
—No, Elisa No me dejes así.
—Perdóname —musité antes de interrumpir la llamada.
Me sequé las lágrimas con las manos y me levanté.
—Elisa, por favor ábreme.
Nando estaba al otro lado de la puerta y su voz me conmovió.
Abrí sin atreverme a mirarle a la cara.
Me aparté de la puerta y fui hasta la cama.
Él dio dos pasos dentro de mi dormitorio y luego retrocedió para cerrar la puerta.
—No quiero que mamá entre —dijo echando el pestillo.
Asentí sin apartar la vista de mis pies.
—Has llorado —dijo.
—Sí.
—¿La quieres? —preguntó.
No dije nada.
—¿Te enamoraste de Chiara? ¿Es eso verdad?
Me tapé la cara con las manos para que no me viera llorar.
Él permaneció un rato de pie, en el centro de la habitación sin decir nada. Hubiera preferido que me gritara, que se peleara conmigo, que me llamara mentirosa. Pero no lo hizo. Esperó unos segundos antes de decidirse a coger la silla de mi escritorio y sentarse.
Levanté la mirada del suelo y le miré a él. Apoyaba los antebrazos en sus muslos y había bajado la cabeza. Estaba muy quieto, tan inmóvil que no me atreví a moverme.
—¿Por qué no me lo dijiste? Habría sido… fácil.
—No es verdad —acerté a decir.
—¿Tú la querías cuando te llamé a Londres?
—Ni siquiera sabía si volvería a verla.
—¿Cuándo te diste cuenta de que eras lesbiana? ¿Por qué estabas con Andrés si sentías eso por las chicas? —sacudía la cabeza suavemente de un lado al otro; incrédulo, confuso.
—No fue así. Yo no soy lesbiana, Nando. Lo que me pasó con Chiara sólo me pasó con ella y estoy intentado superarlo.
—¿Por qué? —preguntó alzando la cabeza. Tenía los ojos brillantes y él también estaba haciendo esfuerzos por no derrumbarse.
—¿Por qué?
—Sí. No lo entiendo. Si la quieres… ¿Ella no te quiere?
Me mordí los el labio para no contestar a esa pregunta. No podía soportar su dolor, ni la esperanza que encerraba esa pregunta.
—Nando… yo, lo siento.
—No, no tienes la culpa, pero no entiendo cómo has podido esconder todo esto tanto tiempo. Soy un imbécil, debí haberlo imaginado. Ella sólo se acercó a mí para poder estar cerca de ti.
—No lo creo —me apresuré a decir recordando las palabras de Chiara—. Creo que ella nunca ha tenido un verdadero amigo.
Sonrió con un gesto torcido.
—Qué mal suena esa palabra cuando estás enamorado de alguien…
Se levantó y caminó hacia la puerta. Llevaba las manos apretadas en dos tensos puños a ambos lados del cuerpo.
—Nando —le llamé—. ¿Qué vas a hacer?
Era una pregunta tonta, lo sabía, pero no quería interrumpir nuestra conversación de ese modo. Ni siquiera yo misma sabía qué hacer con todo lo que estaba ocurriendo.
Se giró hacia mí y se encogió de hombros.
—¿Hay algo que pueda hacer? Esto es lo más grotesco que me ha pasado en mi vida. Me he enamorado de la chica de mi hermana.
—No es mi chica —susurré bajando la cabeza—. Llevamos más de un año sin tener contacto.
—Ni siquiera me di cuenta de que eras lesbiana, o lo que sea que seas… —repitió perplejo.
Me sentí extraña escuchando esas palabras de boca de mi hermano. No estaba segura de que sonaran bien. Creo que él aún no era capaz de definir su reacción frente a su descubrimiento.
—No entiendo nada. No sé qué hacer, o qué decir. Ni siquiera sé si estoy enfadado, triste o asombrado.
—Pues si descubres que estás enfadado, por favor, no la pagues conmigo. Yo no decidí que me pasara esto.
—No, supongo que no… —Aún estaba aturdido—¿Y Andrés? ¿Él lo sabe?
Asentí con la cabeza.
—Joder…menuda mierda todo esto —murmuró—. Debo de parecer un gilipollas.
—En absoluto —contesté intentado no parecer compasiva.
—¿Y aún estáis enrolladas? Es que no lo entiendo…Tú la quieres, si no, no habrías llorado.
—Estoy enfadada con ella, pero creo que sí, que aún la quiero.
—¿Y os habéis…? ¿te has acostado con ella?
Sentí una vergüenza tan intensa que apenas pude contestar. Nando y yo jamás habíamos hablado de nuestras intimidades. Él solía contestar a mis intentos de saber de su vida privada con ironías, o jactándose de sus conquistas. Ahora era diferente. Estábamos hablando de algo que nos dolía  los dos, que nos importaba a los dos. Era una situación nueva que nos dejaba al descubierto. Algo que jamás se hacía en nuestra familia.
—Supongo que tu silencio es un “sí”.
De nuevo dio unos pasos hacia la puerta, y de nuevo se detuvo y se giró hacía mí.
—¿Mamá lo sabe? ¿Qué sabe mamá?
—Preferiría no hablar de mamá, la verdad.
—Ya…pero ella sabe lo tuyo con Chiara. Lo que ha dicho allá abajo… ¿Cómo se ha enterado?
—Chiara estuvo aquí una noche —empecé a decir.
—¿Aquí? ¿En nuestra casa¿ ¿Te enrollase con ella en casa? —exclamó rojo de ira.
Entonces apareció el Nando escandalizado, cruel y conservador. El muchacho herido que empezaba a reaccionar frente a algo que no podía resolver. Vi en su expresión un calco de la de mi madre al mirarme. Él me juzgaría por haberme acostado con Chiara, por haberle arrebatado algo que deseaba. Usaría como excusa haberlo hecho en nuestra casa. Resolvería su confusión dejándose vencer por los argumentos más fáciles y menos importantes. Intenté detenerle.
—Sí, en nuestra maravillosa casa en la que todos guardamos secretos —repliqué intentando defenderme.
—Estás loca —dijo—. Estáis locas las dos. Que os jodan.
Abrió la puerta y salió de mi dormitorio sin cerrarla.
Me levanté de la cama y di un portazo. Pasé el pestillo y mandé un mensaje.
“Necesito verte.”
“Dime qué te pasa.”
“Nando se ha enterado de lo nuestro.”
“¿Cómo se ha enterado?”
“Mi madre nos vio la última noche.”
“¿Cómo estás?”
“¿Tú que crees?”
“Dime dónde y cuándo.”
“Mañana por la tarde en el bar donde quedamos la primera vez. A las ocho.”
“Eli, no tengas miedo. Yo estoy a tu lado.”
“No lo tengo”, contesté.
Y me di cuenta de que era cierto.
No tenía miedo