jueves, 24 de julio de 2014

Cap. 65. CHIARA: Elisa de nuevo.


Nando desapareció de  mi vida una semana. Cuando volvió a llamar me di cuenta del esfuerzo que había hecho por mantener esa distancia. Su voz intentaba parecer tranquila, pero yo escuchaba ese tono ligeramente más agudo con el que pretendemos aparentar alegría  cuando estamos tristes. Me esforcé en encontrar palabras con las que consolarle, pero todas me parecían sacadas de un manual. Frases tópicas a las que el reaccionaría con enfado. Era orgulloso y listo, y a la gente inteligente es difícil consolarla cuando la solución pasa por aceptar la cosas tal y como son. Descolgué temerosa de que la conversación acabara en una pelea.
—¿Qué tal todo? —pregunté intentando parecer tranquila.
—Bien. Estoy yendo mucho al gimnasio. Así descargo —escuché un risita nerviosa—¿Y tú? ¿Qué has hecho estos días?
—Decorar mi habitación, leer algunos de los libros que usaré el próximo curso y estudiar un poco.
—¡Qué ganas!
Recordé que Elisa había hecho ese mismo comentario la primera vez que nos habíamos conocido.
—Me gusta mi carrera y tengo demasiado tiempo libre.
—Ya…pues si quieres podemos usar tu tiempo para hacer algo juntos.
Allí estaba la propuesta que estaba temiendo.
—¿Estás seguro?
—¿Por qué no habría de estarlo?
—Es obvio ¿no? El último día que nos vimos no fue exactamente divertido.
—No hagamos un drama de todo esto ¿ok?
Me di cuenta de que estaba usando una estrategia. Una que yo conocía: fingir que no había ocurrido nada para volver a empezar de nuevo en unas semanas, unos días tal vez, dependiendo de cómo gestionara su ansiedad por estar conmigo.
—No sé si es buena idea, Nando. Mi decisión no va a cambiar.
—¿Alguien te lo ha pedido?
—No… de momento. Pero me cuesta creer que hayas asumido tan rápidamente que sólo seremos amigos.
—¿Rápidamente? Chiara, ¡llevamos sin vernos nueve días!
Él había contado los días, yo me había sumergido en mis libros y mi nueva compañera de piso, con la que había salido un par de noches.
—Tal vez sea necesario más tiempo ¿no?
—¿Por qué? Me pediste que no dejara de ser tu amigo, y eso te propongo.
—No te lo pedí, Nando. Te pregunté si dejarías de serlo y de verdad que lo habría entendido si lo hubieras hecho. Lo cierto es que esperaba que desaparecieras.
—¡Vaya! ¡Muchas gracias!
—No, no me has entendido. No deseo que desaparezcas, sólo digo que creo que seguir viéndonos no te sentará bien, y yo no quiero ser la causante de tu malestar.
—Me encuentro peor si no te veo —admitió suavizando su voz.
Escuché una llamada en espera. Aparté el auricular y vi el nombre de Elisa. Mi corazón dio un brinco.
—¿Estás ahí? —preguntó Nando.
—Sí, perdona es que me están llamando.
—¿Quién te llama? —. Sentí su arrepentimiento inmediatamente después de haber hecho la pregunta.
—Mi abuela —mentí.
—¿Quieres que te llame luego?
El pitido de la llamada sonó un par de veces más y luego cesó.
—No, no te preocupes. ¿Estás en casa?
—No estoy saliendo del gimnasio. Si quieres me acerco y cenamos algo.
—La verdad es que estoy muy cansada.
—Ok. Como quieras.
—Te lo agradezco de todos modos.
—No hay de qué —contestó algo molesto—. No me trates de pronto como si fuéramos dos desconocidos.
—Sólo intentaba ser amable.
—Perdona —se excusó, suavizando el tono—. Es que has sonado tan distante.
—Nando… —comencé a decir.
—Me encanta cuando dices mi nombre.
—No te agarres a ninguna esperanza, por favor. Las cosas no cambiarán por más que nos sigamos viendo.
—Chiara sé cuidar de mí solito, no necesito que hagas de madre. Con una tengo suficiente. Te quiero ver porque me apetece, no necesito agarrarme a nada. Y si así fuera, es asunto mío ¿no te parece?
En ese momento lo vi. Él no iba a dejarme ir sin pelear y yo no podría acercarme a Elisa sin hacerles daño a los dos. ¿En qué momento había creído que ellos eran más fuertes que yo? ¿Cómo podía estar tan ciega? Una madre fría y dominante y un padre ausente eran un coctel perfecto para dejar desolados a dos chicos ávidos de amor. Elisa escondía esa necesidad detrás de sus crisis de ansiedad y una superficialidad que se esforzaba en imitar de su madre. Nando cultivaba una falsa fuerza detrás de horas de gimnasio y una maestría en el sarcasmo. No eran tan diferentes. Sentí una gran pena por todo lo que estaba pasando.
Colgamos después de una corta negociación en la que prometí que nos veríamos el fin de semana. La llamada de Elisa me había pillado desprevenida y tenía que decidir si contestarle o no.
Pasé veinte minutos mirando mi móvil. No estaba segura de qué era lo que iba a encontrarme si se la devolvía y tampoco podía calcular la fuerza de la que disponía para soportar un mala conversación con ella. No tuve tiempo de darle muchas más vueltas. El móvil volvió a sonar y su nombre iluminó la pantalla. Descolgué el teléfono después de exhalar todo el aire que había estado conteniendo en mis pulmones.
—¿Hola?
—Hola Chiara. Soy Elisa.
—Eli ¿cómo estás? —quise decir algo así como: “Ha pasado mucho tiempo…”, darle a entender que era consciente de que los meses de separación iban a pesar en nuestra charla, pero ella tenía claro lo que quería decirme y supe que lo había meditado largamente. Su frase sonó demasiado ensayada.
—Sólo te llamo para saber si estás saliendo con mi hermano.
Mi respuesta fue automática.
—No.
—¿Y por qué él cree que sí?
—Ni idea.
—No creo que seas tonta, Chiara. Te conozco. Si Nando no sabe suficiente sobre ti ya es hora de que se lo cuentes.
—¿Cuánto es “suficiente” para ti?
Ella mantuvo un silencio en el que sentí su desconcierto por mi reacción.
—Cuéntale que eres lesbiana —contestó.
—Ya lo sabe, Eli. Se lo conté al segundo día de conocernos.
—Eso es mentira.
—Como quieras —dije suavemente. Me encantaba escuchar su voz aunque sus palabras fueran secas y tontas. Me alegraba de oírla y  podía sentirla tan cerca como la había sentido en otros tiempos.
—¿Se lo has contado? —volvió a preguntar, sorprendida.
—Sí.
—Pero él…
—Él es tan tozudo como tú —me atreví  decir—, aunque algo más valiente.
Esperé su reacción a mi comentario. Necesitaba sacudirla, recordarle quiénes éramos las dos.
—¿Sabes que mi madre te odia? —contestó intentado devolver el golpe.
Sonreí. Su ataque había sido infantil, aunque me desconcertó saber eso.
—No, no lo sabía, pero no sé si me importa, francamente.
—Ella y Nando están peleando todo el día por tu culpa.
—Sólo me ha visto un par de veces. No sé qué puede tener contra mí.
—Nos vio la noche… —se detuvo.
—¿Nos vio? —le animé a seguir. Me excitaba la idea de que ella recordara nuestra despedida.
—Te vio en mi casa. La noche que dormimos juntas y ahora sabe que estás saliendo con mi hermano. Te puedes imaginar el lío que estás montando ¿verdad?
Evité contestar a lo último. Había decidido que no discutiría con ella dijese lo que dijese. El sencillo hecho de estar escuchando su voz me hacía tan feliz que no conseguía hacerme enfadar.
—Creo que hicimos algo más que dormir, Elisa.
—Y yo creo que eso no es importante, ahora —atajó.
—Ok. ¿De qué quieres que hablemos entonces?
—De Nando. Él está sufriendo. Lo sé. Le conozco aunque no lo diga.
—Yo no tengo la culpa, Elisa. No le he engañado en ningún momento.
—¿Pero de todos los tíos del mundo tenías que salir con él? ¿Por qué? Francamente, no te entiendo.
Sabía lo que iba a contestarle y no dudé en hacerlo.
—Quería estar cerca de ti.
Ella no dijo nada. Por un instante pensé que había colgado, pero escuché su respiración y recé para que siguiera ahí más tiempo. A medida que la escuchaba deseaba más y más volver a verla. Ella producía en mí la misma sensación que el calor hubiera producido en un vasito lleno de hielos.
—Soy consciente de que lo que acabo de decir suena fatal, pero no he usado a tu hermano. No fue sólo eso. Nando es el primer amigo real que tengo en toda mi vida.
—Pero sabes que él está buscando otra cosa y tienes que alejarte. Mi madre se está volviendo loca con todo esto y él no está bien.
—¿Y tú, Eli? ¿cómo estás tú? ¿Sabes que hace más de un año que no hablamos? No tienes ni idea de lo que me gusta escuchar tu voz —.Acababa de saltarme toda la prudencia que debía de usar para esta conversación, pero por una vez decidí ser valiente sin esperar ningún resultado. Ella abría mi corazón y yo sólo obedecía ese impulso.
—¿Por qué me dices eso? — preguntó enfadada.
—Porque me acabo de dar cuenta de lo mucho que te he echado de menos.
Escuché sus pasos deteniéndose. Durante toda la conversación había sentido sus movimientos, nerviosos, tal vez recorriendo su dormitorio. Esperó un poco hasta encontrar la respuesta justa.
—¿No te fue bien con tu amiga? —preguntó con sarcasmo.
—¿Qué amiga?
—La del video.
—¿Quieres que hablemos de eso?
—No.
—Vale.
—Una imagen fue suficiente.
—Entonces ¿por qué hiciste el amor conmigo esa noche?
—No lo sé. Pero me arrepiento.
—No sabes cuánto siento escuchar eso —dije sinceramente.
—¿Qué esperabas? —exclamó ella visiblemente alterada.
—Que fueras coherente con lo que sentiste esa noche.
—¿Acaso crees que estás dentro de mí?
—Sí —dije—. Así es como me siento cuando estoy contigo y permites que vea quién eres.
—No. Tú no estás dentro de mí. Nadie está dentro de mí.
—Yo he estado, y es maravilloso sentirte cerca.
Había dejado de pensar en las consecuencias. Ahora todo salía de mi boca como si siempre hubiera estado allí, esperando a decírselo a ella.
—¿Y si fue tan maravilloso, por qué no me has llamado en todo este tiempo?
Pensé en que con toda seguridad ya estaba arrepentida de haberme hecho esa pregunta, de mostrar que había deseado mi llamada.
—No viniste al aeropuerto y las veces que te llamé no estabas conectada. Creo que fuiste muy clara.
—A veces uno desea…
—¿Qué?
—Que insistan.
—¿Contigo?¿insistir? No, gracias. Sé lo dura que puedes llegar a ser y ya fue suficiente con esperar hasta el último minuto en la puerta de embarque.
De pronto mi cariño se estaba convirtiendo en rencor. Había intentado olvidar las sensaciones de abandono que había experimentado en el aeropuerto. No, no era justa conmigo. No lo había sido.
—Elisa, si quieres podemos quedar y hablar. Creo que necesitas entender lo que realmente pasó entre esa chica y yo. Todo lo demás fueron suposiciones tuyas. Además ¿crees que si de verdad me hubiera importado estaría hablando contigo? Sería mucho mas fácil estar con alguien que sí que desea mi compañía.
—Bien, lo acabas de arreglar.
—Da igual lo que diga. Vas a darle la vuelta a cualquier cosa que intente explicarte.
—Has tenido más de un año para hacerlo —su voz había comenzado a ceder a la añoranza y yo lo podía sentir.
—No, no lo he tenido. Respeté tu decisión de alejarte de mí. No quiero perseguir a quién no me quiere.
—Yo te quería. Te quise mucho esa noche. Aún la recuerdo…
Se detuvo, y de nuevo escuché sus pasos por la habitación.
—Una vez me pediste que fuéramos amigas ¿Te acuerdas?
—Sí.
—Tal vez podamos empezar por ahí. Si te parece.
—No sé si deseo ser tu amiga.
—¿Tanto daño te he hecho?
No dijo nada. Lentamente iba recuperando su dureza.
—¿Qué vas a hacer con mi hermano?
—Elisa, te juro que Nando sabe todo lo que debe saber sobre mí, excepto… lo nuestro. Le conté que nos habíamos distanciado por eso, pero no entré en detalles.
—¿Él cree que no quiero ser tu amiga porque eres lesbiana?
—Supongo. La verdad es que no hablamos mucho de ti.
—¿Y de qué habláis? —su voz arañó la pregunta con celos.
—De todo un poco. Es fácil hablar con él de cualquier cosa.
—¿Con Nando? Enhorabuena, debes de ser la única.
—Tu hermano es muy buena persona ¿lo sabías?
—Claro que sí —respondió más calmada—. Por eso quiero que dejes de verle. Es más vulnerable de lo que la gente piensa.
—De eso ya me he dado cuenta, Elisa. Pero él no quiere que perdamos el contacto y yo estoy intentando hacerlo poco a poco para que no lo pase mal.
—A veces un buen corte es más eficaz.
—No me digas —reí.
—Me alegro de que te lo tome así.
—Venga, Elisa, intenta bromear un poco. Yo no quiero discutir contigo, ¿sabes lo que quiero?
—Ni idea
—Verte. Me muero de ganas de verte —confesé.
Ella no contestó nada, pero escuché sus dedos golpeando sobre la mesa.
—¿Para qué?
—¿Necesitas que te lo explique?
—Ha pasado mucho tiempo —contestó.
—Tiene gracia que digas eso. Es la frase que había imaginado que te diría yo cuando volviéramos a hablar, pero ¿sabes una cosa? ahora me siento como si no hubiera pasado tanto. ¿Tú no lo sientes así?
—Sí —susurró.
No dijimos nada más. Estuvimos un largo rato sin hablar. Me gustaba sentirla cerca y tal vez ella estaba sintiendo lo mismo. Aún no habíamos recorrido esa distancia que ella se esforzaba en poner entre nosotras, pero por un segundo, su imagen, tan querida por mí, apareció frágil en el horizonte y me pareció que caminaba hacia mí.

jueves, 17 de julio de 2014

CAP. 64. CHIARA: Nando


Mi relación con Nando había abandonado su carácter titubeante y formal que yo me había esforzado en mantener, para convertirse en una relación fluida y más agradable de lo que yo hubiera imaginado que habría podido conseguir con un chico.
Hablábamos de cualquier cosa y siempre conseguíamos sortear nuestras diferencias de opinión con una buena dosis de humor. Yo procuraba no preguntarle por su vida familiar. No era tonta, y podía imaginar que su madre no aprobaba su relación conmigo. Tal vez Nando lo ocultaba, aunque por lo poco que había intuido sobre ella, adivinaba una mujer controladora y manipuladora. No debía de resultar fácil esconderle algo.
Él era un chico atento y extremadamente educado. Aún no lograba acostumbrarme a que se adelantara a retirarme la silla cada vez que cenábamos juntos, ni que se empeñara en abrirme la puerta antes de que yo lo hiciera. Sus maneras galantes contrastaban con su físico de gimnasio, más acorde con muchachos ruidosos, hedonistas y poco dados a las galanterías. No había tardado en darme cuenta de que era más listo de lo que a primera vista me había parecido. Aunque adivinabas algo de su melancolía, él la ocultaba con su buen humor, su facilidad para hacer chistes y cierta ironía seca que probablemente pertenecía a su madre. Me hacía reír con facilidad y era un profesional en quitarle leña a mis preocupaciones.  Su ingenio era asombroso y era tan tozudo como Elisa.
Yo había hablado con él con franqueza. Fue una decisión que tomé basada en mi desastrosa experiencia con Marcello. Él escuchó todo mi relato sin aspavientos, sin un gesto que delatara cualquier juicio sobre mí, y se lo agradecí. A partir de ese día temí que las cosas cambiaran, pero no fue así. Su trato se volvió más delicado aún hacia mí, y nuestra complicidad mayor, aunque nunca hablábamos de Elisa, ni de cualquier otra chica. Era un regalo que la vida me estaba dando y como tal lo acepté. Tal vez con cierta dosis de ingenuidad, ahora lo sé.
Pero a finales de Junio las últimas citas comenzaron a ser diferentes. No sabía qué era exactamente lo que había cambiado. Era como entrar en una habitación en la que un pequeño objeto había desaparecido, uno de esos objetos en los que no reparas pero que llenan un vacío inevitable al dejar de estar allí. Su humor se tornó más tenso, sus maneras retraídas. Fue fácil adivinar que algo importante le había ocurrido cuando cambió su sincera alegría por  otra fingida.
Salíamos del cine, era un sábado por la noche, y él había estado sombrío a pesar de sus esfuerzo por parecer el mismo chico de siempre. Llevábamos un buen rato charlando pero nuestra conversación se atascaba y nuestros silencios nos incomodaban a los dos. Yo había desarrollado en su compañía una persona amable, abandonando mi constante actitud de defensa. Me sentía relajada a su lado y ahora parecía que nos encontráramos por primera vez.
Acabamos en una vieja cafetería sin encanto acorde con nuestra desorientación frente a lo que los dos sentíamos. Él se pidió unas tortitas con sirope de chocolate. La camarera nos miró con fastidio. Estaban a punto de cerrar. Nando insistió en su pedido y la mujer se alejó murmurando algo incomprensible aunque no amistoso.
Estuve unos segundos esperando a que encontráramos un tema de conversación, hasta que decidí que todo esto era un absoluta tontería y que era yo la que debía de romper esa maldita tensión que iba creciendo entre nosotros.
—¿Qué te pasa, Nando?
Él levantó la mirada de la mesa y forzó una sonrisa.
—Nada ¿por qué lo preguntas?
—Es evidente que estás raro.
—No, es que estoy cansado.
—Ya.
Podía ser un poco cruel si eso le iba a hacer hablar y a decirme la verdad, y decidí serlo.
—Pues llevas cansado desde hace días. No cuela.
—Ya ves —volviendo a su ensimismamiento.
—Eh, Hola ¡Soy yo! ¡Chiara! ¿te acuerdas de mí? Escucha, sé que te pasa algo y no voy a parar hasta que me lo cuentes porque no me apetece seguir viéndote así, día tras día. No, no mola nada.
—Mira que puedes ser egoísta … —murmuró.
Su crueldad se había adelantado a la mía y me pilló desprevenida. No éramos ni novios ni amantes, sin embargo habíamos conseguido un acceso natural al otro que yo no deseaba perder, pero ahora, de pronto comenzaba a recordarme al hermetismo de su hermana Elisa.
—¿Egoista? ¿porque quiero saber qué es lo que te preocupa?
—No. Porque no me dejas espacio para que esté preocupado.
—Ah. Se trata de eso. Quedamos, salimos juntos, tú te quedas metido en tu ostra rumiándote no sé qué, y yo finjo que me lo estoy pasando pipa. Sí, no había caído en que era un planazo.
—Si quieres dejamos de quedar —dijo de pronto.
—¡Vaya! Acaba de aparecer Terminator ¿A qué viene eso?¿Es lo que tú quieres? —pregunté sin temor.
Esa era un de las ventajas de nuestra relación. No tenía miedo a perderlo. Claro que le quería, pero desde el primer día había calculado que una relación como la que teníamos podía tenía fecha de caducidad y de algún modo inconsciente me había preparado para eso.
—No. No quiero dejar de verte. Pero no sé si puedo seguir así.
—¿Cómo?
—Aguantando las ganas de tocarte.
—¿Perdón? —. Su declaración no me sorprendió, pero sí descubrir que pese a las largas conversaciones que habíamos tenido sobre mi homosexualidad, él seguía deseándome. Yo pensaba que, normalmente, los chicos se retraían frente a esto.
—No hablas en serio ¿verdad?
—¿Qué pasaría si lo intentáramos?
—¿Intentar el qué? Nando, me gustan las tías, eso no es negociable.
—Pero tú estás bien conmigo y yo contigo. Tenemos muchas cosas en común, nos divertimos juntos y sé qué te gusto…
Le miré conmovida y al mismo tiempo enfadada por su ingenuidad. No terminaba de tener claro si era algo impostado o simplemente yo no le conocía tanto como había pensado.
—¿Por qué quieres estropear nuestra amistad?
—Porque me gustas, Chiara y porque te quiero muchísimo.
Podía haber previsto algo así, me dije en ese momento. Ningún chico mantiene una amistad con una chica si no tiene esperanzas de tener sexo con ella. Eso me habían dicho siempre.
—Vaya chasco, amigo mío.
—¿El tuyo o el mío? —contestó con dureza.
—Supongo que para los dos. Parece que ninguno se ha enterado de donde estaba el otro.
—Te equivocas. Sé exactamente donde estás, por eso necesito hablar de esto contigo, porque no quiero que termines viéndome como un hermano.
—No tengo hermanos, ni siquiera sé lo que es eso.
—Sabes a lo que me refiero. A veces creo que estás conmigo por Elisa.
Ahí había tocado una verdad que yo ocultaba. Por supuesto que mi primera intención al acercarme a él había sido saber de Eli, pero poco a poco había encontrado un amigo, un compañero, algo nuevo que nunca había tenido y eso también era importante para mí.
—Si fuera por eso, te preguntaría por ella ¿no crees?
—Sí, eso es cierto. Tal vez sólo estás esperando a que yo te cuente algo.
—Nando, tengo su teléfono y ni siquiera me he acercado a la posibilidad de marcar su número. No, no te veo por Elisa. Te veo porque nunca he tenido un amigo como tú.
Extendió una mano sobre la mesa pidiendo la mía. Yo se la ofrecí, ligeramente asustada. Nando y yo no nos tocábamos nunca y yo no sentía esa electricidad que hay entre dos personas que intentan por todos los medio fingir que sólo son amigas a pesar de la atracción. No , no lo sentía, ero en cuanto me tocó me di cuenta de que él había estado conteniéndola.
Entrelazó sus dedos con los míos y me miró.
—Intenta verme de otro modo.
—¿Cómo?
—Como alguien a quien quieres, solo eso. Qué más da si soy un hombre o una mujer. Me quieres y lo sé. ¿No es suficiente?
—Para qué.
—Para estar conmigo.
—Ya estoy contigo —die retirando mi mano.
—Sabes a qué me refiero —contestó molesto por mi gesto.
— No, no lo sé.
—Necesito tocarte. Me muero de ganas de besarte y no me atrevo. No quiero que me rechaces.
—¿Has estado sintiendo eso todo este tiempo?
—Sí. No me puedes decir que no lo has notado.
—Creía que habías asumido lo que siento por los tíos.
—Y yo creía que podría hacerte cambiar de opinión.
—¿Por qué ahora, Nando? ¿por qué me cuentas todo esto ahora?
—Porque estoy acojonado.
Me bastó esa frase para entender que Eisa había regresado a casa. Estábamos a finales de Junio, la universidad ya había acabado hacía semanas, y aunque era probable que Elisa hubiera hecho planes para las vacaciones, yo sabía que llevaba meses si aparecer por Madrid.
—Nada cambiará entre nosotros —dije pensando en ella.
—Eso es lo que me acojona. Creí que con el tiempo iríamos avanzando. Pero ahora tengo miedo de que eso nunca ocurra, y de que  yo termine realmente jodido.
—Creo que ya lo estás. Llevas mal desde hace días. Y no me lo estas contando todo ¿verdad?
—No tengo nada más que decir. No hay nada que contar, creo que he sido lo suficientemente sincero y me he humillado bastante ya —contestó recobrando su orgullo.
—Que yo sepa nadie te ha humillado.
—Bueno, me estás rechazando amablemente.
—Nunca te hice pensar en otra posibilidad si me planteabas algo así.
—A veces los actos son más sinceros que las palabras.
—¿Qué es lo que te ha hecho pensar que de pronto me iban a gustar los chicos?
—Todo lo que compartimos. Llevamos semanas saliendo juntos y te relajas, lo noto, y sé que me quieres.
—Claro que te quiero, Nando. Eres el mejor amigo que he tenido nunca.
—Qué mal puede sonar eso a veces.
La camarera dejó un plato de tortitas frías cubiertas de cantidades ingentes de nata y dos botes de sirope en los que empalagosas gotas de colores se pegaban al  plástico exterior.
—Son cinco euros —dijo dejando un plato de plástico marrón sobre la mesa.
Nando pagó y la camarera dejó caer unas monedas de mala gana sobre el plato.
—Tienen una pinta horrible —dije yo intentado cambiar de tema.
—La verdad es que no me apetecen nada.
—Pues no te las tomes ¿quieres que nos vayamos?
—¿A dónde?
—No sé. Podemos dar un paseo. Se está bien en la calle.
—Podemos ir a casa de mi amigo Pablo —propuso él.
—¿A estas horas? No creo que le guste recibir visitas.
—Él no está, pero tengo llaves de su casa. Podemos estar allí un rato, charlando.
—No me hagas esto, Nando, por favor —susurré inclinándome hacia él—No me obligues a decir que no tantas veces.
—¿Qué es lo que no te gusta de mi proposición?
—La esperanza que hay detrás de ella.
—¿Y qué si la tengo? ¿también me la quieres quitar?
—Ok, vamos —dije levantándome de golpe de mi asiento. Comenzaba a estar harta de darle vueltas a lo mismo. Si necesitaba pasar por la realidad, pasaríamos por ella.
Salí de la cafetería sin esperarle. Me alcanzó en la calle.
—Para, Chiara —me sujetó de un brazo—Así no. No es así como quiero que lo intentemos.
—¿Y te has parado a escuchar todo lo que yo te he dicho? —exclamé exasperada—Porque parece que sólo estamos hablando de tus necesidades, de tus sentimientos y yo soy una especie de cobaya a la que se le puede convencer de que aprenda un laberinto que no desea recorrer. ¿Y qué pasará en casa de tu migo Pablo? ¿qué pasará cuando te diga que no otra vez? ¿dejarás de ser mi amigo? ¿dejarás de quererme? ¿Volverás a llamarme? No, por supuesto que no.
—No sé qué pasará. Sólo sé que no quiero perderte sin haberlo intentado.
Comprendí que mi vida, la que había vivido esas cuatro semanas iba a cambiar esa noche y sentí una tristeza más profunda de la que yo misma había previsto.
—Por favor, no me obligues a intentarlo. No quiero que pasemos por eso.
Me sentía derrotada de nuevo, a punto de ser desterrada otra vez a la soledad, al rechazo. Pensé que se iría y me dejaría allí, pero pasó su mano por mi cara y me acarició con ternura.
—Eres la mejor chica que he conocido nunca. Eres sincera y valiente, y muy guapa ¿Cómo no iba a enamorarme de ti? No soy de piedra, Chiara.
Intenté sonreír, pero estaba triste, aunque no había lágrimas en mis ojos. Las lágrimas se habían convertido en un lujo en mi vida que ya había gastado demasiadas veces.
Dejó de acariciarme y me cogió de la mano.
—Paseemos así un rato.
Anduvimos cogidos de la mano. Comprendí que nuestro tiempo iba a acabarse. Apreté su mano y le agarré del brazo.
—Tu también eres un chico valiente y sincero y también eres muy guapo —contesté con sinceridad.
—Gracias. Es la primera vez que me dices algo así.
Nos sentamos en un banco de Serrano y yo apoyé mi cabeza en su hombro. No intentaba darle esperanzas, sólo quería disfrutar de su ternura antes de que desapareciera para siempre de mi vida.
—¿Dejarás de verme, verdad?
—No, si tú no quieres y si no… vuelves con mi hermana. No podría soportarlo.
Cerré los ojos al escuchar esto. Había estado esperando esa condición toda la noche. No dije nada. No había nada que pudiera decir. Elisa. Elisa, Elisa.
Abracé a Nando y le dije:
—Perdóname.
—¿Por qué dices eso? —preguntó sin rechazar mi abrazo.
—Sólo perdóname, recuérdalo si alguna vez te enfadas conmigo tanto que no quieres volver a verme. Eres la primera persona que me ha tratado con verdadero afecto. Nunca lo olvidaré.
—¿Te estás despidiendo?
Sentí su boca buscando mi cuello y le dejé que me besara.
Nos apartamos antes de que él se sintiera lastimado.
—Me voy a casa — dije levantándome.
—No me dejes así.
—Siempre te dejaré así, ese es el problema, Nando.
Y esta vez sí que sentí pena y dejé que la pena saliera, mientras caminaba hacia mi casa. Mi nueva casa en Madrid, donde de nuevo estaría sola.