viernes, 13 de junio de 2014

Cap. 59. CHIARA: Madrid.


Abril se abrió para mí como una flor  frente al sol. Un año y medio de espera para volver a España.
Había pedido una beca para estudiar en Madrid. Mi carrera de periodismo en Italia era desalentadora, pero no quería abandonarla. Si me concedían la beca podría regresar, pero había intentado no tener expectativas, dejarme llevar por la vida y no alimentar mi deseo de volver a ver a Elisa. Nunca había contestado a ninguna de mis llamadas y yo había respetado su distancia. No sabía nada de ella pues no teníamos amigos comunes, ni ningún otro vínculo que nos ayudara a seguirnos la pista. Esto me podía haber dado la oportunidad de intentar olvidarla, pero yo sabía que no lo deseaba. Aún había algo que hacer, aún tenía cosas que decirle, cosas que explicar. La amaba, sí. Eso creía. Un año y medio era un largo tiempo para estar segura de lo que sentía ahora y me resistía a idealizarla o demonizarla. Había logrado estabilizar su recuerdo como lo que había sido: el primer amor real de mi vida.
Mi abuela quería viajar a España. Había sido una decisión dura volver allá para visitar la tumba de su amada. Yo me había ofrecido a acompañarla. Una escena de mi posible encuentro con Elisa pasó frente a mí. Tal vez dejaría una marca de carmín en mi mejilla y me llamaría “amiga mía”. Eso en el mejor de los casos. Lo más probable era que ni siquiera quisiera verme. Me repetía que el tiempo lo curaba todo y que ella también tenía que haber pensado en mí. Una noche como la nuestra no era fácil de olvidar, aunque sólo hubiera sido una, aunque sólo fuera esa.
Nos despedimos de mi padre en la puerta de casa. Un taxi nos esperaba para llevarnos al aeropuerto. Papá me abrazó y susurró: Suerte. Sonreí. Nunca en el mejor de mis sueños hubiera sospechado que él habría aceptado con tanta facilidad mi homosexualidad. Le besé y acaricié la barba con la que trataba de ocultar las señales de sus quemaduras.
—Creo que la voy a necesitar —admití.
—Ten cuidado, hija. No dejes que nadie te lastime.
—Eso es imposible, papá ¿no crees?
—Eres tan joven y te han pasado cosas tan duras ya…
—"Nos han pasado", papá. A los tres —le susurré mirando a mi abuela.
Dejarle sólo una semana me parecía irresponsable, pero temía convertirme en su enfermera de por vida. Mi abuela me hizo un gesto para que subiera al taxi y yo le abracé con fuerza antes de dejarle.
–¡Hasta pronto! —le grité desde la ventanilla. Él era mi familia, lo único que me quedaba.
Aún no sabía qué haría una vez en Madrid. ¿Debía de presentarme en casa de Elisa? Tal vez esperar por los alrededores a que ella saliera. Me sentía como una mala espía de una película barata.
Durante el vuelo me di cuenta de que apenas había prestado atención a mi abuela. Ella tenía la facultad de desaparecer estando presente, pero de algún modo podías sentir su presencia, como las cortinas ligeras de una ventana balanceándose movidas por el aire.
Llevaba un vestido negro y botines negros. El pelo canoso recogido siempre en su larga trenza. Cerraba los ojos y apoyaba la cabeza en el asiento. Me fijé en que sus dedos crispados sobre el regazo. Pensé que tal vez tenía miedo a volar y nunca lo había confesado. Le cogí una mano Ella abrió los ojos y sonrió.
—¿Estás bien? —pregunté.
Su cara era luminosa, sus ojos extrañamente achinados parecían despedir una vitalidad juvenil. Iba a visitar a alguien a quien había amado y que ahora yacía a tres metros bajo tierra y sin embargo nunca la había sentido tan viva.
—Sí. Perfectamente —dijo.
Relajó las manos y volvió a cerrar los ojos.
—¿Querrás que te acompañe? —le pregunté pensando en la visita al cementerio.
—No creo que vaya —susurró.
—Creí que este viaje era para ir a … verla —titubeé.
—Ella ya no está aquí y una losa de piedra no la hará más real.
—¿Entonces a qué vamos?
—Me llamó su testamentario. Parece que tenemos un problema con la herencia. Ella dejó algo para mí y yo deseo renunciar a mi parte de la herencia.
—¿Te ha dejado algo? Quiero decir, ¿te ha dejado como heredera?
—Eso parece —seguía con los ojos cerrados, pero yo advertía su satisfacción por todo lo que estaba contando, aunque no comprendía qué era lo que le divertía de todo aquel asunto.
—¿Y por qué pareces tan contenta? No creo que sea plato de buen gusto lo que te vas a encontrar. Probablemente un grupo de familiares enfadados con ganas de pelear.
—Sí, puede ser divertido. Ahora ya no pueden opinar sobre sus decisiones. Ahora seré yo la que decida qué hacer.
No quise preguntar nada más. Podía entender su rencor. Sí, era humana y su vida había sido una obligación, no una elección.
—¿Estás enfadada con ellos?
—No. Ni siquiera los conozco. Estoy enfadada con ella por no haber peleado a mi lado. Pero me divierte pensar que ahora tengo yo la sartén por el mango.
—¿Y qué te ha dejado? Si quieres contármelo, por supuesto.
—Dinero. Mucho dinero —repitió satisfecha.
—Joder, abuela…
—No hables mal.
—Perdona, pero no nos habías contado nada de esto a papá y a mí.
—No había nada que contar. Ya te he dicho que voy a renunciar a todo.
—Pero ¿por qué?
—Elegancia —dijo ella sonriendo más abiertamente.
—No lo entiendo —admití yo confundida.
—Sólo la necesitaba a ella. Lo que me arrebataron no puede ser pagado con dinero. No me llevaré unos billetes a cambio de toda mi vida. No. No haré eso.
No volvimos a hablar durante el vuelo.
Nos hospedamos en un hotel distinto al que habíamos ocupado la última vez. Yo le había pedido eso. No quería aumentar mi nostalgia por Elisa.
Madrid seguía con su bullicio habitual, incrementado por el buen tiempo, el sol y las terrazas que desplegaban sus sombrillas en las mínimas cantidades de espacio en las que se podían agrupar algunas mesas y sillas.
El corazón me dio un vuelco cuando puse un pie fuera del hotel y respiré el aire madrileño. El aroma de la ciudad me traía inevitables recuerdos de Elisa.
—¿Qué haremos hoy? —le pregunté a mi abuela agarrándola del brazo. Me sentía feliz y al mismo tiempo inquieta. Tenía apenas una semana para intentar contactar con Elisa.
—¿Un museo? —me propuso—Mañana por la mañana me reúno con el abogado.
—¿Querrás que te acompañe?
—No lo había pensado. Tal vez sí.
—Bueno, piénsalo y si crees que te puedo ayudar, cuenta con ello.
Pasamos la tarde visitando algunas de las exposiciones más interesantes. Cenamos temprano y ella se retiró a su cuarto hacia las ocho.
—¿Qué harás, ahora?  —me preguntó mientras me besaba.
—No sé. No había pensado en nada. Tal vez me dé una vuelta por ahí. La ciudad está llena de gente.
—Bien, no regreses tarde. Mañana la cita es a las nueve.
—¿Voy contigo, entonces?
—Sí.
—De acuerdo. Que descanses.
Nuestro hotel estaba en el Paseo de Recoletos cerca de la zona de bares donde había salido con Elisa la primera vez. Caminé por el paseo deteniéndome de tanto en tanto a pensar. No sabía qué hacer. De pronto mi propia intención al viajar hasta allí parecía pertenecer a otra persona ¿De verdad amaba a Elisa aún? ¿De verdad deseaba volver a verla, o sólo era producto de mi tozudez?
Anduve en dirección a su casa de una manera automática, sin pensarlo. Mi cabeza repetía posibles conversaciones con ella en el caso de que nos encontráramos.
Me detuve cuando me topé con la puerta de entrada a  su casa. Entonces la sentí. Ella estaba allí y yo con ella. En su dormitorio, en la planta de arriba. Sobre la cama junto a una ventana a través de la cual yo había seguido el curso de la luna brillando sobre nosotras. Yo estaba allí con ella. Algo mío seguía entre sus sábanas, entre su pelo, entre sus dedos. Mi corazón latió como un colibrí. Me senté junto a la puerta con la cabeza entre las manos. ¿Cómo podía haber soportado tanto tiempo sin ella? En ese momento sentía el desgarro que había supuesto separarnos. Me encogí sobre mi propio estómago y respiré profundamente. Tenía que verla, pero su rechazo me destrozaría. De eso estaba segura. Había afrontado la separación con estoicismo y una buena dosis de anestesia emocional pero ahora despertaba a una realidad mayor. La amaba, aún la quería. Me levanté y llamé al timbre. Miré hacia la cámara de seguridad situada sobre mi cabeza. Una voz me preguntó.
—Soy una amiga de Elisa —dije y antes de que pudiera acabar la frase, la puerta se abrió lentamente.
Recorrí el trecho de jardín Hasta la casa y escuché el sonido de unos pasos bajando las escaleras. Sentía el corazón en la garganta , latiendo con fuerza. Pensé que podría desmayarme.
Tardé un segundo en reaccionar cuando la puerta se abrió. La versión masculina de Elisa me miraba con curiosidad, luego sus ojos se iluminaron y sonrió.
—Ah, eres tú. Me acuerdo de ti. Estuviste una noche en casa —exclamó haciéndome un gesto para que pasara.
Intenté recordar su nombre. Nando. Sí, el hermano de Elisa. Entré en la casa con la cautela de un felino. Miré a mi alrededor esperando encontrarme con ella.
—¿Está Elisa?
—No, no está. Sólo estoy yo en casa. Mis padres han salido.
—¿Y cuándo la puedo encontrar? —mi voz sonaba demasiado aguda.
—¿No tienes su teléfono?
—No —mentí.
—Ella está en Londres ¿no te lo dijo?
—Perdimos el contacto hace unos meses. Yo… me fui… tuve que volver a Roma.
—Ya, bueno. Si quieres te doy su móvil y la llamas —comenzó a decir sacando su teléfono—¿Estás bien? —me preguntó.
—Sí, claro. Es que no sabía que se había marchado fuera —estaba claro que no le había pasado desapercibida mi desilusión.
—Perdona que te lo pregunte, pero ¿no eráis muy amigas?
Me sonrojé.
—Nos conocimos…intensamente, pero no durante mucho tiempo.
Intensamente, me dije consciente de que no había sido la palabra más adecuada para calificar una relación amistosa.
Él se rió.
—Eras la chica Italiana: Chiara. Se te nota mucho al hablar . Tienes un acento muy  bonito —añadió.
Sonreí aliviada al comprobar que atribuía el uso de mis palabras a mi condición de extranjera.
—¿Quieres tomar algo? —me ofreció señalando la cocina.
—Bueno. Vale, gracias —tenía la oportunidad de saber algo sobre Elisa y él era un chico agradable.
—¿Quieres una coca-cola, o algo más fuerte? —preguntó abriendo una nevera dedicada exclusivamente a decenas de latas de bebidas.
—Una coca está bien —contesté sentándome en un taburete alto cercano a la barra.
—¿No bebes alcohol?
Negué con la cabeza.
—¿Y no te aburres cuando sales?
—No me gusta mucho salir de copas.
Se rió. Su risa era franca y tan abierta como la de Elisa. Sentía un extraño placer en reconocerla  a ella en sus gestos.
—Bueno, claro, salir de copas sin beber no tiene sentido.
—Sí. Lo que quería decir es que no salgo de noche porque la gente bebe y fuma, y supongo que eso es lo que lo hace divertido. Yo soy más diurna —contesté dando un sorbo a la lata que él me ofrecía.
—¿Y por qué has vuelto a Madrid?
—Vacaciones. Es Semana Santa aquí ¿no?
—Sí, claro. Este viernes comienzan las vacaciones —contestó dando un largo sorbo a una lata helada de cerveza.
—¿Vendrá Elisa? —pregunté intentando que no me delatara la ansiedad.
—Ni idea, últimamente no viene mucho a vernos —se encogió de hombros.
—Ahá —dije mirando la lata. No parecía que a Nando le interesara mucho la vida de su hermana—¿No… no, os lleváis bien? —me arriesgué a preguntar. Él no pareció afectado por la intimidad de mi pregunta. Encajaba nuestra conversación con la misma naturalidad con la que habría hablado con un viejo amigo que le visitaba.
—No, no es eso. Pero siempre hemos ido a nuestra bola ¿sabes qué quiere decir eso? ¿no?
Me reí.
—Sí, vamos que pasáis mucho el uno del otro —era inquietantemente inocente; ese tipo de personas que van lastimando a los demás sin darse cuenta. 
Asintió señalándome con un gesto que me hacía ganadora de algún premio por haber acertado la respuesta.
—Yo no paso, pero es mejor que cada uno tenga su vida, así no hay roces ¿Entiendes? ¿Tienes hermanos?
—Negué con la cabeza.
—Bueno, pues un hermano a veces es… como una carga. Sobre todo si eres el mayor. Tienes una responsabilidad porque, de alguna manera eres un ejemplo ¿no? —parecía orgulloso de su discurso, como si el hecho de que yo no tuviera hermanos le diera a él una categoría docente con la que impresionarme.
—Supongo —contesté reprimiendo una sonrisa.
—Pues, eso. Ella hace su vida y yo la mía. A veces hablamos por teléfono, pero ella tampoco es muy abierta. No le gusta hablarme de sus cosas.
—Qué pena… —murmuré.
—¿Pena? ¿por qué?
—No sé, pero si yo tuviera hermanos supongo que me gustaría que fueran amigos míos.
—Cómo se nota que no tienes —dijo estrujando la lata con el puño en una exhibición de musculatura.
—¿Tienes su teléfono de Londres?
—Sí ¿lo quieres?
—Casi mejor, porque desde el móvil me costará más ¿no?
—Tienes razón, no lo había pensado.
Me dio el teléfono de Elisa y yo lo recibí como una tesoro. Luego me acompañó hasta la puerta.
—Si quieres te puedo avisar si viene estas vacaciones —me propuso—. Tenía que haber venido al funeral de mi abuela, pero al final decidió pasar de todo.
—Ya. Sí, me gustaría saber si viene o no.
—Pues si me das tu teléfono te aviso.
—Claro —dije.
—Hazme una perdida y te grabo. Te paso el mío también, ¿ok?
—De acuerdo.
—¿Te quedarás muchos días?
—Una semana, más o menos.
—Si te aburres y quieres tomar algo, podemos quedar.
Le miré un segundo. Él estaba frente a mí, apoyado en la puerta, con su fantástica sonrisa y su mirada de niño. Era un chico dulce y de pocas luces que estaba tratando de tener una cita conmigo.
—Es que he venido con mi abuela y no creo que tenga mucho tiempo.
—Ok, no problem —dijo encogiéndose de hombros—. Pero tienes mi teléfono.
—Claro —sonreí.
—¿Te aviso cuando sepa algo de Eli, o la llamarás tú a Londres?
—Avísame. Me gustaría darle una sorpresa, y no le digas que he venido a verla ¿vale?
—Como quieras —dijo repitiendo el gesto anterior.
—Gracias por la coca y por la charla.
—De nada, Chiara —pronunció mi nombre con la misma dicción que Elisa y eso me sobresaltó.
Me alejé de la casa sintiendo su mirada en mi espalda. Escuché el lento sonido de la puerta al cerrarse y salí a la calle.
No había contado con eso. Nunca pensé que Elisa se iría de su casa. Tenía un teléfono, pero no estaba segura de que fuera a usarlo.  Llegué al hotel agotada, vacía y confusa. Ahora Madrid me parecía una ciudad demasiado grande sin ella. Ahora la beca para España no tenía sentido. Miré la llamada perdida de Nando y me grabé su teléfono.





6 comentarios:

  1. Wow pedazo capítulo lo he leido varias veces...Pero pobre Chiara no ha olvidado a Elisa y ésta parece que lo está intentando hacer con Andrés olvidarla ¿ será Chiara también el primer amor real de Elisa? Nada a esperar me imagino que el reencuentro entre ellas dos va a hacer increíble....

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  2. Mira, si en el próximo capítulo no hay ningun contacto entre ellas aunque sea telefónico, yo me muero, ¡por dios!

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  3. Que ganas de que vuelvan juntas... deberíais poner más capítulos a la semana, o buscar tiempo para escribir más.
    Me ha encantado este capítulo :)

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  4. Qué lindo Nando. Ayyyy este fue un capítulo nostálgico, porque no se han podido encontrar. Y la abuela bueeeeeno qué clase y estilo tiene me gusta mucho su personaje.

    Saludos desde Michoacán, México. :D

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  5. ¿Cómo va la publicación del libro chicas?

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  6. Hola a todas y todos:
    Estamos en plena corrección de casi ochocientas páginas que sacaremos en dos tandas. Está yendo más lento de lo que esperábamos porque nos pilla final del curso escolar y de entregas de otros proyectos, pero esperamos que a más tardar en otoño, ya tengamos colgado el primer libro digital.
    Agradecemos mucho vuestros comentarios, aunque a veces no tenga tiempo de contestaros una a una, personalmente. Por favor, seguid fieles a nuestra historia. ¡¡Sois nuestro aliciente más grande!!
    Besos.
    Victoria

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