jueves, 22 de mayo de 2014

Cap. 56. ELISA: Celos.


Un viernes por la tarde recibí una llamada. Lucía atendió al teléfono y asintió varias veces con gesto serio sin dejar de mirarme. Yo permanecí muy quieta, lejana al auricular, esperando a que ella me pasara la llamada.
Nando lo dijo rápidamente.
—Nuestra abuela ha muerto.
Solo eso.
No sentí nada. Nunca la habíamos conocido y mamá no nos hablaba de ella. Llevaban muchos años distanciadas, desde que yo era pequeña. Ni siquiera tenía una imagen de su rostro, algo por lo que lamentarme, así que todo lo que dije fue:
—¿Cómo está mamá?
—Bueno, eso es lo extraño —comenzó a decir Nando—. Ella está noqueada.
—¿Noqueda?
—Sí, ya sabes cómo es. Parece que no siente nada, pero lleva unos días ausente. Intenta hacer lo de siempre, fingir que puede seguir con sus rutinas, pero tropieza con las cosas, olvida otras y cuando le hablas no te contesta.
—Esa que describes no es mamá —repliqué con escepticismo.
—Bueno, pues está claro que le ha afectado más de lo que esperaba. Hay otra cosa… una especie de sorpresa. Papá me ha dicho que la abuela ha dejado su casa a nuestro nombre.
—¿Su casa? ¿a nosotros?
—Sí, ahora es de los dos. Tuya y mía. Tendremos que ir a verla, además tenemos que firmar algunos papeles.
Siempre olvidaba que ya era mayor de edad, aunque esa palabra no significara nada para mí más que la certeza de que debía de fingir una madurez marcada por una cifra.
—¿Tengo que ir a Madrid?
—Ahora mismo no, a no ser que quieras venir al funeral, o que mamá te lo pida. Parece que la abuela vivía con una señora que la cuidaba, pero aparte  nosotros, no veo quién va a hacerse cargo del entierro si no es ella.
Mi madre era hija única, una característica que podías apreciar en su egocentrismo.
Colgué el auricular después de acordar con Nando que me llamaría a la noche para decirme cuándo sería el entierro. Lucía me miró apenada.
—Lo siento, Eli.
—La verdad es que no puedo decir que me afecte mucho. No la conocíamos.
—Lo sé, pero a fin de cuentas era tu abuela ¿no?
—Sí, claro. Una total desconocida —añadí sintiendo un repentino rencor hacia mi madre.
—No entiendo que la gente pueda dejar de hablarse con alguien de su familia tanto tiempo, y menos con su madre.
—Yo podría —dije dejándome llevar por el rencor del momento.
—No digas burradas —exclamó Lucía cogiéndome de la cintura y arrastrándome a la cocina—. Venga, vamos a hacernos una maratón de pelis para animarnos.
Decidí no ir al funeral. Hablé con mi madre esa misma noche. Ella llevaba sus asuntos cotidianos con el mismo irónico sentido del humor. Pero a pesar de sus esfuerzos por aparentar frialdad, esa noche la pude sentir como la superviviente de una guerra que estaba combatiendo contra ella misma, caminando entre escombros con sus tacones y su laca de uñas roja.
—¿Sabes que ahora eres propietaria de una casa? —dijo con el mismo tono de voz que hubiera usado para decirme que me había tocado un premio en una rifa.
—Sí, me lo ha dicho Nando. ¿Por qué no te la ha dejado a ti? —pregunté consciente de que podía herirla.
—¿Para que iba a querer yo una casa?
Su risa sonó rota, cansada y falsa.
—Ni idea, pero era tu madre.
Ella no dijo nada.
—¿Te apena que haya muerto, mamá?
—Desde luego —contestó con frialdad.
—Debe de ser terrible no haberla visto en todos estos años. ¿Sabías que estaba enferma?
—Sí —contestó monosilábica.
—¿De qué ha muerto?
—Cáncer.
—¿Fuiste a verla alguna vez?
—Tendrás que venir a firmar algunos papeles de la casa —contestó ella eludiendo mi pregunta.
—Mamá ¿por qué no nos dejaste conocerla?
El silencio al otro lado de la línea se hizo eterno. Por un momento pensé que había un fallo en la comunicación.
—¿Mamá?
—Dime.
—¿Me has oído?
—Ahora tengo que dejarte. Tu padre y yo tenemos reserva para cenar a las diez.
—Ok, como quieras.
Colgué el auricular deprimida. Lucía me observaba desde el marco de la puerta. Llevaba una taza de té caliente en las manos, que sostenía para calentárselas. Nuestra casera no escatimaba ahorros en calefacción.
—¿Seguimos viendo la peli? —me propuso con calidez.
—Mi madre es un robot —contesté moviendo los brazos mecánicamente.
—A veces uno se defiende del dolor así.
—A veces uno no siente dolor aunque le den con un martillo en la cabeza.
—Creo que eres muy dura con tu madre, Eli. Siempre has tenido una relación demasiado exigente con ella. A fin de cuentas, las madres son mujeres, como nosotras: de carne y hueso. Ser madres no las hace infalibles, ni perfectas, ni nada de eso.
—Si vivieras con ella pensarías de otro modo.
—Bueno, ahora ya no vives con ella, así que procura no parecerte a lo que no te gusta de ella ¿vale?
—Yo no soy como ella —me defendí.
—Tu juicio es severo y duro. Tal vez te parezcas en eso.
—Ni siquiera parecía que lo sintiera ¿sabes? ¡Era su madre!
—No puedes saber lo que siente, y por lo que sé tu madre se esfuerza mucho en disimular sus emociones. Como alguien que yo conozco…
—Yo no hago eso.
—Lo que tú digas —dijo dando la vuelta y entrando de nuevo en la salita.
Escuché el sonido de la televisión y miré una hoja aislada y pálida que trepaba pegada al cristal de la ventana.
No sé si puedo describir lo que sentí, aunque aún puedo verme a mí misma abriendo la ventana para tocar la hoja. Si cierro los ojos puedo recordar su tacto, húmedo, suave, delicado y frío. Puedo ver la cara de mi madre, su manera de sonreír, levantando los hombros de esa manera especial que es sólo suya. Su belleza atrevida y al mismo tiempo dentro de los límites de lo correcto. Acaricio la hoja y algo en el tacto trae todos esos recuerdos a mi cabeza. Acaricio los contornos de la hoja y siento que son tan finos que podrían cortarme la piel, tan agudos que atravesarían el cristal si se lo propusieran. Siento que mi madre está sola. Lo sé. De pronto esa certeza llega a mi cuerpo sin pasar por mi cabeza. Es un conocimiento de la carne, de la sangre que bombea mi corazón. Ella está sola y no sabe cómo evitarlo. Hace tiempo que lo hizo: aislarse de todos. Aparentar que el mundo era perfecto así, sin contacto con los demás.
Arranqué la hoja y la cogí entre mis manos. Londres era demasiado triste para sentirme afortunada de estar estudiando allí. La fortuna no consistía en tener los medios para escapar de las cosas, sino en tener el valor para enfrentarte a ellas. Eso pensé, aunque no estaba segura de entender el verdadero significado de lo que descubría.
Lucía me llamó.
—¡Eli, te estás perdiendo lo mejor de la película! ¡Deja de darle vueltas al coco y ven de una vez!
Mujeres. Las mujeres de mi vida. Cambiantes. Unas cercanas, otras ausentes. Todas llenas de amor, de carne salvaje y doméstica. Sonreí y guardé la hoja en el bolsillo de mi chaqueta de lana.
Entré en el salón y me senté junto a Lucía mientras ella me arropaba con la manta que compartíamos durante nuestras veladas.
—¿Ya? — preguntó sin mirarme.
—Ya —contesté sonriendo.
—Pues a otra cosa mariposa —dijo subiendo el volumen del televisor.
Desperté de madrugada sobre el sofá. Lucía me había cubierto con dos mantas. Probablemente había intentado despertarme, pero mi sueño es profundo como el océano. Fui hasta mi dormitorio y me desnudé tiritando de frío. Al hacerlo recordé la hoja de mi chaqueta. La saqué y la guardé entre las páginas de un libro que estaba leyendo. Luego me metí en la cama y pasé despierta hasta que la escasa luz siempre grisácea de Londres hizo un esfuerzo por iluminar la ciudad.
Mi móvil sonó un par de veces. Vi el nombre de Andrés en la pantalla. Recordé que habíamos quedado para visitar no sé qué museo que debía de compensar mi falta de entusiasmo acerca de la ciudad.
—Mi abuela ha muerto —le conté.
—¿La madre de tu madre?
—Sí.
—No la conocías ¿verdad?
—No.
—Lo siento. ¿Estás bien?
—Sí.
—¿Seguimos con el plan o prefieres que lo dejemos?
—Si me quedo en casa hoy, me tiro por la ventana —bromeé.
—Genial. Quedamos en la puerta del museo a las diez y media. ¿ok?
—Ok.

El Museo Británico estaba atestado de gente y la cola de entrada daba vueltas a la manzana frente a él. Lo miré con desánimo.
—Es sábado —dijo Andrés—. Era previsible que estuviera así de lleno.
Resoplé abatida, aunque en el fondo sentí alivio. Unos tímidos rayos de sol cortaban las nubes en ese momento. Cerré los ojos y levanté la barbilla hacia la luz. Andrés me besó en la mejilla.
Le miré sorprendida.
—Perdona, es que estabas preciosa.
Asentí, mirando hacia otro lado. Hacía tiempo que nadie me besaba, desde la última noche con Chiara. De pronto recordé algo que había sucedido esa noche. Una sensación fugaz que aparté rápidamente. Un beso, su cuerpo sobre el mío, su amor ocupándolo todo. Mi estómago se contrajo al recordarla. Había hecho un gran esfuerzo por no pensar en ella y creía haberlo logrado. La imagen surgió con tanta fuerza que me asusté.
—No lo hagas ¿vale? —susurré—No fantasees conmigo. No saldría bien. é N lo hagoees conmigo conozco…
çe Habñia hecho un gran esfuerzo pormanzana frente a  ellas. Eso pensmo alguien que yo conozco…

—Sólo ha sido un impulso. Se te ve triste.
Pasó un brazo por mis hombros y me achuchó.
—No me tengas miedo, Eli.
—No, no te temo a ti, sino a mí misma. No quiero confundirte, ni confundirme yo.
Andrés me miró con sus ojos verdes que no vacilaban, ni buscaban la periferia cuando te hablaban. Siempre directos, cargados de una honestidad molesta que te hacía revisar la tuya.
—No tienes por qué apresurarte en nada. Te conozco demasiado bien.
Iba a replicarle cuando escuché una voz. Alguien que pronunciaba su nombre.

Una chica guapa y risueña se acercó a nosotros. Me echó una rápida mirada que no escatimó información sobre mí. Fue un escáner certero y agudo, luego agarró a Andrés del brazo y lo sacudió con cariño.
—Mentiroso. Dijiste que ya habías visitado el Museo Británico —dijo entre risas.
—Y lo he hecho, pero quería que Elisa lo viera.
Me gustó que utilizara mi nombre y no hubiese dicho algo como “quería que mi amiga lo viera”.

Ella me miró, esta vez, directamente. Alargó un brazo enérgico hacia mí sin soltar el antebrazo de Andrés. Su acento era francés aunque hablaba un castellano perfecto.
—Hola, yo soy Severine. Andrés y yo estamos en la misma clase. Aunque él podría estar varios cursos por encima de todos nosotros —añadió coqueteando con él.
—Sí, es que es un chico muy listo —respondí sin ocultar mi sarcasmo.
Ella me respondió arqueando una ceja. Andrés me dedicó una mirada ceñuda.
—Bien, entonces, ¿habéis sacado entradas?
—No. Estábamos pensando en dejarlo para otro día — explicó Andrés señalando la larga hilera de turistas inasequibles al desaliento que guardaban su turno.
—Nosotras estamos  a punto de entrar. Si quieres os colamos.
—Yo paso —dije sin poder contenerme.
—Vaya —exclamó Andrés intentado sonreír para suavizar lo abrupto de mi respuesta.
—Pero por mí no te cortes. Yo me voy a dar un paseo. Para un día que sale el sol prefiero caminar por la ciudad —dije echando a andar.
No me detuve a despedirme de aquella chica. Algo iracundo me invadía. Algo con lo que no había contado. Andrés me alcanzó cuando llegaba a la segunda manzana. Me detuve frente a una antigua tienda de paraguas. Las empuñaduras eran verdaderas obras de arte. Pensé en comprarme uno. Simplemente por capricho. Necesitaba algún tipo de satisfacción inmediata.
—¿Por qué has sido tan borde? —Andrés estaba a mi lado aún jadeando por la carrera.
—No he sido borde. No quería entrar y tampoco quería chafarte los planes con esa chica.
—Yo no tenía planes con ella, sino contigo ¿recuerdas?
—Ah, sí. Es verdad. Es que me pareció que ella pensaba lo contrario —contesté arisca.
Estuvimos frente al escaparate un largo rato, mirando aquí y allá las piezas más curiosas de la colección, que estaban a la venta. Yo necesitaba saber qué me pasaba y por qué estaba tan enfadada de pronto.
—¿Irás  a Madrid para el entierro? —me preguntó Andrés.
—No creo. No. La verdad es que no.
—Te iba a proponer que fuéramos a Oxford mañana.
—¿Y eso? —pregunté sin dejar de mirar el escaparate.
—¿Has estado?
—No.
—Creo que es preciosa y podemos alquilar un coche.
—¿Sabes conducir por la izquierda?
—No he probado nunca, pero no tiene que ser tan difícil.
—Ojalá hubiéramos ido hoy. Mira que sol tan maravilloso —dije alzando la cabeza.
Esperé ese beso. El que minutos antes había rechazado. Pero él no hizo nada.
—De acuerdo. Vamos a Oxford mañana —acepté y le besé en la mejilla.
“¿Qué demonios estás haciendo?”, me pregunté. “¿Qué es lo que te propones?”. Eso escuché, y oculté esas preguntas como lo había hecho la noche anterior con la pequeña hoja que había arrancado de su tallo.



10 comentarios:

  1. Esta historia todavía me despierta cada semana con una sorpresa eres increíble Victoria...El destino ha hablado y me da que el reencuentro de nuestras chicas esta más próximo de lo que pensamos será que la abuela de Eli es la persona que escribió la carta que leyó Chiara y si es así vaya con el destino le gusta dar segundas oportunidades espero impaciente la próxima semana

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  2. ...pobre chiara la que se le viene encima.

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  3. buen capitulo.. me han gustado las descripciones.. me temo que elisa se volvio a enredar pero bueno ya veremos que pasa en el proximo capitulo

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  4. hola muy buen capitulo aunque espero que elisa no cometa una locura ya es hora del reencuentro esas niñas se aman y creo que deben vivir su amor en nombre de las abuelas

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  5. No lo puedo creer!!! Con cada capítulo que leo me vuelvo mas loca y desearía que nunca termine esta historia!!! Cada capitulo es genial!! :) Sigan así!!!! A veces siento que todo esto que leo lo estoy viendo a través de una ventana y quisiera gritarle a los personajes: ¡no por ahí no! O ¡Hey tu...ella aun te ama! jajajaja y después recuerdo que no los tengo frente a mi. :p

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  6. Wuao!!! Que novela.. Que historia la de las abuelas y como la abuela de Chiara sintió la muerte de la abuela de Elisa.. eso se llama amor.. Chicas una buena lección no dejen pasar al amor de su vida..

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  7. Bueno, es mi primer comentario en vuestro blog, no lo he hecho antes y ganas no han faltado, pero he querido llegar hasta aquí. Llevo varios días bebiendo cada punto, cada coma, empapándome de cada descripción. He descubierto la novela, no por casaulidad, sino por causalidad. Todo tiene un motivo, ya averiguaré lo que es, lo que está claro es que no he podido dejar de leer. No voy a haceros ninguna crítica, sobran, las cosas son perfectas tal y como son, si hay algún fallo forma parte de la manera exquisita y sublime con la que se engancha una a esta historia. Chapó, por todo, es fantástico encontrar joyas como ésta en este mundo virtual. Gracias por haber llenado esa parte íntima de mi ser con una historia en la que de una u otra manera, casi todas nos hemos visto reflejadas. Espero con ansia el próximo capítulo.

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  8. Muy interesante como siempre chicas!! Elisa definitivamente se va a enredar de nuevo :( ha tratado de bloquear todos sus recuerdos con Chiara, mientras que Chiara solo guarda la esperanza de verla de nuevo y hacer las cosas bien...geniales como transmiten la sensacion de ambas al tratar de seguir adelante con sus vidas!
    Saludos!!! esperando que llegue Jueves!!! :D :D

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  9. Elisa noooooooooooooooo t olvides de Chiara!!! Ella te quiere....metio la patota pero te quiere!!! :D :D Ojala se encuentren pronto!!!! Muy buen capitulo chicas!!!

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  10. Sigo la historia desde hace mucho tiempo, y es primera vez que me animo a comentar. Creo que esta historia es mil veces mejor que muchas historias lesbicas que venden mucho pero se quedan solo en eso, en ventas. Esta historia es gratis y tiene todo lo que una historia por la que pagas debiera tener. Quería simplemente dejar ese comentario. La historia me gusta. Pero espero llegar al final para dar una opinión más detallada al respecto. Me parece que la confusión de Elisa es muy realista. Saludos y gracias por compartir el su talento con dedicación y gratuita.

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