viernes, 30 de mayo de 2014

Capítulo 57. ELISA: ¿Aún puedes quererme?


Oxford resultó menos interesante de lo que había imaginado. Un turismo escandaloso inundaba las calles excesivamente coloridas, como la cara de un parloteante payaso. A media mañana me detuve sobre un pequeño puente de piedra en el que se amarraban algunas barcas pintadas de colores. Andrés había refinado hasta tal punto su personaje que resultaba excesivamente educado conmigo, y eso me irritaba y me obligaba a comportarme de la misma manera.
Llevaba un buen rato con ganas de pelea y entonces me di cuenta de que ansiaba un beso, ansiaba esa necesidad suya de tocarme, ansiaba sentirme deseada, de una manera egoísta, como lo es siempre el deseo. Pero ahora él parecía más sosegado que antes, ya no transmitía esa premura por poseerme y eso me enfadaba.
¿Acaso ya no le resultaba atractiva? le pregunté.
—Claro que me pareces atractiva —contestó riendo —¿A qué viene eso?
Resistí las ganas de contestar la primera tontería que estaba pasando por mi cabeza, como el hecho de que no hubiera tratado de tocarme en toda la mañana.
—No sé. Te veo distante —dije fingiendo que le quitaba importancia.
El no añadió nada. Se limitó a observar el balanceo de las barcas durante unos minutos. Yo sentía que mi enfado crecía, aunque intentaba controlarlo.
—Bueno, pues esto es Oxford —exclamé abriendo los brazos teatralmente—. Tampoco era para tanto ¿no?
—Hemos recorrido las zonas más comerciales. Deberíamos de callejear un poco.
—Te advierto de que mi fe en el interés de esta ciudad, se tambalea. Y tengo un hambre de lobo.
—Bien —sonrió—, entonces ahora viene la sorpresa —. Descolgó su mochila para apoyarla en el suelo.
—Picnic —dijo sin más.
Vi la bolsa de plástico, la mantita cuidadosamente doblada, una botella de bebida y algo colorido que prometía ser dulce.
—¿Picnic?
—¿Te apetece?
Miré el sol deslumbrante en el cielo azul pastel y asentí. Andrés estaba radiante.
—He comprado unos sándwiches deliciosos y he preparado otros que prometen serlo. Además hay tarta de zanahoria casera —añadió.
—¿Tarta de zanahoria casera? ¿La has hecho tú? ¿Desde cuando sabes cocinar?
Andrés se ruborizó ligeramente.
—No, no la he hecho yo. Severine la hizo para este día.
—¿Severine? ¿La francesita que te persigue? —contesté con acritud—No voy a comerme una tarta de Severine —dije dejándome vencer por mi propia estupidez.
—¿Hablas en serio? —rió Andrés—Estás de coña ¿no?
—Claro —rectifiqué rápidamente—, pero no me negarás que te persigue como un perro hambriento. Pude ver su expresión ayer cuando te encontró. Y a mí me analizó sin perder detalle.
—Cómo sois las tías.
—¿Cómo somos las tías? —dije ligeramente irritada.
—Intrigantes, conspiradoras, retorcidas —contestó arqueando los dedos de las manos como una rapaz.
—Tonterías. No somos tan distintas a vosotros.
—Como tú quieras.
—No me des la razón como a los tontos.
—Pues deja de hablar como si lo fueras, Elisa —añadió echando a andar.
—¡Eh! —le grité yo—pero no se detuvo.
Corrí tras él y le agarré de la camisa. Se giró sorprendido. Le besé. Fue un beso largo, furioso, vengativo, ausente de amor.
Andrés me separó.
—¿Qué haces?
—Te he besado. Está claro ¿no? —contesté sedienta de pelea.
—¿Me has besado por Severine? ¿Me has besado porque necesitas que alguien te deseé? ¿o porque ahora ya te da igual si soy tío o tía?
Le pegué un empujón.
—Eres un idiota.
Nos quedamos frente a frente jadeando los dos.Yo de rabia, 
él de impotencia frente a mis desvaríos.
—¿Por qué me has invitado a salir contigo?
—Me gusta estar contigo y quería que salieras de Londres. Llevas un trimestre lamentándote de haber venido aquí a estudiar.
—¿Y yo era tu buena obra del mes?
—Pareces tonta, en serio, Eli. No sigamos con esta conversación, ¿de acuerdo?
—No. No voy a dejar de hablar porque a ti no te apetezca.
—Pues háblale a las piedras —contestó dirigiéndose hacia una explanada de hierba al otro lado del puente.
Le seguí, hirviendo de ira. Sentía cómo mi cabeza comenzaba a maquinar la manera de tenerlo rendido a mis pies de nuevo y no quería pararlo. Había sido mi novio. Yo aún tenía derecho a sentirme dolida, me repetí sin convicción.
Dejó caer la mochila junto al tronco de un árbol y se giró hacia mí con las manos en las inglés, como un adolescente sacado de una película americana.
—¿Por qué finges que estás celosa? —me preguntó sin titubeos. Sus ojos se clavaban en mí con su maldita honestidad.
—No finjo nada.
—Ya. ¿Y qué ha pasado con Chiara? ¿Se acabó todo? ¿Ya no eres lesbiana?
—Nunca he sido lesbiana —contesté.
—Claro, eso lo explica todo —dijo amargo.
—Me enamoré de ella. No de todas las tías del mundo.
—Hablas en pasado.
—Ya no estoy con ella.
—Eso no contesta a mi pregunta.
—No soy lesbiana.
—¿Sigues enamorada de ella?
Me dejé caer en el suelo con hastío. Abrí los brazos mientras sentía la humedad de la hierba a través de mi camisa.
—Estoy harta de todo —susurré.
—No sabes la pena que me das —murmuró sacando la manta de la mochila —. Venga, ponte la manta debajo o te mancharás la camisa.
Las nubes se deslizaban sobre mi cabeza.
—Sí, mamaíta —me burlé.
—Vete a la mierda, Elisa —la manta cayó sobre mi cara.
Su gesto me sobresaltó. Andrés nunca habría hecho eso. Al menos no el Andrés que yo había conocido. No podía aceptar que el chico dolorosamente vulnerable que había sido, de pronto necesitara ser tratado con la educación y distancia de un huésped, y yo sentía una maldad nueva y abierta frente a esto.
Aparté la manta de mi cara con furia. Podía haberlo dejado pasar, haberme reído de nuestra estúpida pelea, pero estaba demasiado sorprendida por esta nueva faceta suya.
—Creía que eras un caballero —le reproché sabiendo lo ridículo que debía de estar sonando mi frágil argumento después de haberme comportado como una bruja.
 Andrés se apoyaba contra el tronco del árbol, con las piernas dobladas y los brazos apoyados en las rodillas. Había pena y confusión en la forma que tenía de tocarse los dedos y yo  sentí que estaba siendo una completa idiota.
—Perdona —dije extendiendo la manta cerca de nosotros.
—Está bien. No pasa nada.
Intentó sonreírme, con ese aspecto peculiar que ahora tenía y en el que ni siquiera había reparado. Su camisa de rayitas y sus vaqueros gastados.
—Eh, molan tus vaqueros. —comenté.
—Gracias mamaíta —bromeó.
Intenté reír, pero no pude. Su tristeza era contagiosa como la varicela.
—Joder, lo siento. De verdad —rogué sentándome a su lado—. Estoy desquiciada, sí. Me estoy convirtiendo en una persona insoportable.
—Supongo que es por Chiara —murmuró él —¿Por qué ya no tenéis contacto? —preguntó si dejar de mirarse las manos. Sostenía un fino tallo de hierba.
—Se acabó. Eso es todo.
—¿Por qué?
Dudé sobre lo honesta que debía ser mi contestación.
—Se acostó con otra.
—Ajá —asintió lentamente.
—Bueno. Supongo que fue lo mejor. Ella tenía que volver a Roma y yo no hubiera podido sostener una relación a distancia.
—¿Te puedo preguntar algo? —dijo sin mirarme.
El tono de su voz se había ido impregnado de un triste abandono.
—Sí.
—¿Lo hiciste… con ella?
Un torbellino de imágenes golpearon mi memoria. Andrés nunca me había inspirado la urgencia o la estimulante ansiedad que, combinada con el deseo podían dar lugar al amor. Chiara había hecho estallar en mí ambas cosas. Recordé sus manos sobre mis pechos, el sonido de su respiración al llegar al orgasmo, el calor de su aliento en mi pubis. Sus ojos penetrándome, sus brazos suaves rodeándome por la espalda. Mis dedos entrelazados con los suyos como las piezas de un puzzle. Sentí unas tremendas ganas de llorar. Por todo lo que había perdido. Por la única oportunidad que me había dado la vida, hasta entonces, de conocer la unión total con alguien. Me tragué mi tristeza  sintiendo la tensión en la garganta. Empujé hacia dentro de mi cuerpo los recuerdos, la jodida memoria del cuerpo y contesté.
—Sí.
Andrés desechó la hierba aplastándola con los dedos.
—¿Y te fue bien? ¿te gustó?
—¿De verdad es necesario hablar de esto?
—Supongo que no —dijo rindiéndose al dolor que comenzaba  empañarle los ojos.
—Joder, Andrés. ¿De qué te sirve saber mi historia con Chiara?
—Ni idea. Es un impulso. Te he imaginado tantas veces haciendo el amor conmigo…
Le pasé un brazo por los hombros. No quería parecer solidaría, no de un modo compasivo que le hiciera sentir peor de lo que ya se estaba sintiendo. Él negó con la cabeza con un gesto que trataba de convencerme de que no era necesario que le consolara.
Le obligué a tumbarse a mi lado. Y le abracé apoyando mi cabeza sobre su pecho. Noté la rigidez en todo su cuerpo. Pasados unos minutos apoyó la mano sobre mi pelo y lo acarició lentamente. Sentí un escalofrío de placer. Aumenté la presión de mi cuerpo contra el suyo. Tenía los ojos cerrados y no quería pensar en nada. Levanté la barbilla hacia él sin abrir los ojos. Me besó con suavidad, fue un roce, algo deliciosamente ligero y sensual. Su tristeza apagaba la ansiedad que tanto me asustaba en él. Le devolví el beso y mordí ligeramente su labio inferior. La parte baja de su cuerpo se tensó. Le acaricié la cara con mi mano y la incipiente barba me raspó la piel. Me cogió de las axilas y me elevó hasta ponerme a su altura. No había nadie a nuestro alrededor, ni rastro de los turistas ni los estudiantes. El trino de los pájaros llenaba el silencio que había dejado el nuestro. Yo no estaba excitada por la idea de Andrés, sino por la del sexo.
—Dime cómo lo hizo —me susurró—enséñame —me rogó.
Llevé su mano a uno de mis pechos y dirigí el movimiento de sus dedos.
—Acaríciame —susurré—. Con suavidad, como si apenas quisieras hacerlo.
—Sí —dijo.






miércoles, 28 de mayo de 2014

AVISO:
El capítulo de esta semana sale el viernes. Lamentamos el retraso.
Feliz semana a todas.
Hola chicas y chicos: 
He recibido varios mensajes diciéndome que falta el capítulo 37. Lo he mirado ¡y está colgado en el sitio de siempre! Después del 36 lo encontraréis. 
Por favor confirmadme que lo veis todas porque no entiendo qué es lo que pasa.
Gracias mil.
Un beso.
Victoria

jueves, 22 de mayo de 2014

Cap. 56. ELISA: Celos.


Un viernes por la tarde recibí una llamada. Lucía atendió al teléfono y asintió varias veces con gesto serio sin dejar de mirarme. Yo permanecí muy quieta, lejana al auricular, esperando a que ella me pasara la llamada.
Nando lo dijo rápidamente.
—Nuestra abuela ha muerto.
Solo eso.
No sentí nada. Nunca la habíamos conocido y mamá no nos hablaba de ella. Llevaban muchos años distanciadas, desde que yo era pequeña. Ni siquiera tenía una imagen de su rostro, algo por lo que lamentarme, así que todo lo que dije fue:
—¿Cómo está mamá?
—Bueno, eso es lo extraño —comenzó a decir Nando—. Ella está noqueada.
—¿Noqueda?
—Sí, ya sabes cómo es. Parece que no siente nada, pero lleva unos días ausente. Intenta hacer lo de siempre, fingir que puede seguir con sus rutinas, pero tropieza con las cosas, olvida otras y cuando le hablas no te contesta.
—Esa que describes no es mamá —repliqué con escepticismo.
—Bueno, pues está claro que le ha afectado más de lo que esperaba. Hay otra cosa… una especie de sorpresa. Papá me ha dicho que la abuela ha dejado su casa a nuestro nombre.
—¿Su casa? ¿a nosotros?
—Sí, ahora es de los dos. Tuya y mía. Tendremos que ir a verla, además tenemos que firmar algunos papeles.
Siempre olvidaba que ya era mayor de edad, aunque esa palabra no significara nada para mí más que la certeza de que debía de fingir una madurez marcada por una cifra.
—¿Tengo que ir a Madrid?
—Ahora mismo no, a no ser que quieras venir al funeral, o que mamá te lo pida. Parece que la abuela vivía con una señora que la cuidaba, pero aparte  nosotros, no veo quién va a hacerse cargo del entierro si no es ella.
Mi madre era hija única, una característica que podías apreciar en su egocentrismo.
Colgué el auricular después de acordar con Nando que me llamaría a la noche para decirme cuándo sería el entierro. Lucía me miró apenada.
—Lo siento, Eli.
—La verdad es que no puedo decir que me afecte mucho. No la conocíamos.
—Lo sé, pero a fin de cuentas era tu abuela ¿no?
—Sí, claro. Una total desconocida —añadí sintiendo un repentino rencor hacia mi madre.
—No entiendo que la gente pueda dejar de hablarse con alguien de su familia tanto tiempo, y menos con su madre.
—Yo podría —dije dejándome llevar por el rencor del momento.
—No digas burradas —exclamó Lucía cogiéndome de la cintura y arrastrándome a la cocina—. Venga, vamos a hacernos una maratón de pelis para animarnos.
Decidí no ir al funeral. Hablé con mi madre esa misma noche. Ella llevaba sus asuntos cotidianos con el mismo irónico sentido del humor. Pero a pesar de sus esfuerzos por aparentar frialdad, esa noche la pude sentir como la superviviente de una guerra que estaba combatiendo contra ella misma, caminando entre escombros con sus tacones y su laca de uñas roja.
—¿Sabes que ahora eres propietaria de una casa? —dijo con el mismo tono de voz que hubiera usado para decirme que me había tocado un premio en una rifa.
—Sí, me lo ha dicho Nando. ¿Por qué no te la ha dejado a ti? —pregunté consciente de que podía herirla.
—¿Para que iba a querer yo una casa?
Su risa sonó rota, cansada y falsa.
—Ni idea, pero era tu madre.
Ella no dijo nada.
—¿Te apena que haya muerto, mamá?
—Desde luego —contestó con frialdad.
—Debe de ser terrible no haberla visto en todos estos años. ¿Sabías que estaba enferma?
—Sí —contestó monosilábica.
—¿De qué ha muerto?
—Cáncer.
—¿Fuiste a verla alguna vez?
—Tendrás que venir a firmar algunos papeles de la casa —contestó ella eludiendo mi pregunta.
—Mamá ¿por qué no nos dejaste conocerla?
El silencio al otro lado de la línea se hizo eterno. Por un momento pensé que había un fallo en la comunicación.
—¿Mamá?
—Dime.
—¿Me has oído?
—Ahora tengo que dejarte. Tu padre y yo tenemos reserva para cenar a las diez.
—Ok, como quieras.
Colgué el auricular deprimida. Lucía me observaba desde el marco de la puerta. Llevaba una taza de té caliente en las manos, que sostenía para calentárselas. Nuestra casera no escatimaba ahorros en calefacción.
—¿Seguimos viendo la peli? —me propuso con calidez.
—Mi madre es un robot —contesté moviendo los brazos mecánicamente.
—A veces uno se defiende del dolor así.
—A veces uno no siente dolor aunque le den con un martillo en la cabeza.
—Creo que eres muy dura con tu madre, Eli. Siempre has tenido una relación demasiado exigente con ella. A fin de cuentas, las madres son mujeres, como nosotras: de carne y hueso. Ser madres no las hace infalibles, ni perfectas, ni nada de eso.
—Si vivieras con ella pensarías de otro modo.
—Bueno, ahora ya no vives con ella, así que procura no parecerte a lo que no te gusta de ella ¿vale?
—Yo no soy como ella —me defendí.
—Tu juicio es severo y duro. Tal vez te parezcas en eso.
—Ni siquiera parecía que lo sintiera ¿sabes? ¡Era su madre!
—No puedes saber lo que siente, y por lo que sé tu madre se esfuerza mucho en disimular sus emociones. Como alguien que yo conozco…
—Yo no hago eso.
—Lo que tú digas —dijo dando la vuelta y entrando de nuevo en la salita.
Escuché el sonido de la televisión y miré una hoja aislada y pálida que trepaba pegada al cristal de la ventana.
No sé si puedo describir lo que sentí, aunque aún puedo verme a mí misma abriendo la ventana para tocar la hoja. Si cierro los ojos puedo recordar su tacto, húmedo, suave, delicado y frío. Puedo ver la cara de mi madre, su manera de sonreír, levantando los hombros de esa manera especial que es sólo suya. Su belleza atrevida y al mismo tiempo dentro de los límites de lo correcto. Acaricio la hoja y algo en el tacto trae todos esos recuerdos a mi cabeza. Acaricio los contornos de la hoja y siento que son tan finos que podrían cortarme la piel, tan agudos que atravesarían el cristal si se lo propusieran. Siento que mi madre está sola. Lo sé. De pronto esa certeza llega a mi cuerpo sin pasar por mi cabeza. Es un conocimiento de la carne, de la sangre que bombea mi corazón. Ella está sola y no sabe cómo evitarlo. Hace tiempo que lo hizo: aislarse de todos. Aparentar que el mundo era perfecto así, sin contacto con los demás.
Arranqué la hoja y la cogí entre mis manos. Londres era demasiado triste para sentirme afortunada de estar estudiando allí. La fortuna no consistía en tener los medios para escapar de las cosas, sino en tener el valor para enfrentarte a ellas. Eso pensé, aunque no estaba segura de entender el verdadero significado de lo que descubría.
Lucía me llamó.
—¡Eli, te estás perdiendo lo mejor de la película! ¡Deja de darle vueltas al coco y ven de una vez!
Mujeres. Las mujeres de mi vida. Cambiantes. Unas cercanas, otras ausentes. Todas llenas de amor, de carne salvaje y doméstica. Sonreí y guardé la hoja en el bolsillo de mi chaqueta de lana.
Entré en el salón y me senté junto a Lucía mientras ella me arropaba con la manta que compartíamos durante nuestras veladas.
—¿Ya? — preguntó sin mirarme.
—Ya —contesté sonriendo.
—Pues a otra cosa mariposa —dijo subiendo el volumen del televisor.
Desperté de madrugada sobre el sofá. Lucía me había cubierto con dos mantas. Probablemente había intentado despertarme, pero mi sueño es profundo como el océano. Fui hasta mi dormitorio y me desnudé tiritando de frío. Al hacerlo recordé la hoja de mi chaqueta. La saqué y la guardé entre las páginas de un libro que estaba leyendo. Luego me metí en la cama y pasé despierta hasta que la escasa luz siempre grisácea de Londres hizo un esfuerzo por iluminar la ciudad.
Mi móvil sonó un par de veces. Vi el nombre de Andrés en la pantalla. Recordé que habíamos quedado para visitar no sé qué museo que debía de compensar mi falta de entusiasmo acerca de la ciudad.
—Mi abuela ha muerto —le conté.
—¿La madre de tu madre?
—Sí.
—No la conocías ¿verdad?
—No.
—Lo siento. ¿Estás bien?
—Sí.
—¿Seguimos con el plan o prefieres que lo dejemos?
—Si me quedo en casa hoy, me tiro por la ventana —bromeé.
—Genial. Quedamos en la puerta del museo a las diez y media. ¿ok?
—Ok.

El Museo Británico estaba atestado de gente y la cola de entrada daba vueltas a la manzana frente a él. Lo miré con desánimo.
—Es sábado —dijo Andrés—. Era previsible que estuviera así de lleno.
Resoplé abatida, aunque en el fondo sentí alivio. Unos tímidos rayos de sol cortaban las nubes en ese momento. Cerré los ojos y levanté la barbilla hacia la luz. Andrés me besó en la mejilla.
Le miré sorprendida.
—Perdona, es que estabas preciosa.
Asentí, mirando hacia otro lado. Hacía tiempo que nadie me besaba, desde la última noche con Chiara. De pronto recordé algo que había sucedido esa noche. Una sensación fugaz que aparté rápidamente. Un beso, su cuerpo sobre el mío, su amor ocupándolo todo. Mi estómago se contrajo al recordarla. Había hecho un gran esfuerzo por no pensar en ella y creía haberlo logrado. La imagen surgió con tanta fuerza que me asusté.
—No lo hagas ¿vale? —susurré—No fantasees conmigo. No saldría bien. é N lo hagoees conmigo conozco…
çe Habñia hecho un gran esfuerzo pormanzana frente a  ellas. Eso pensmo alguien que yo conozco…

—Sólo ha sido un impulso. Se te ve triste.
Pasó un brazo por mis hombros y me achuchó.
—No me tengas miedo, Eli.
—No, no te temo a ti, sino a mí misma. No quiero confundirte, ni confundirme yo.
Andrés me miró con sus ojos verdes que no vacilaban, ni buscaban la periferia cuando te hablaban. Siempre directos, cargados de una honestidad molesta que te hacía revisar la tuya.
—No tienes por qué apresurarte en nada. Te conozco demasiado bien.
Iba a replicarle cuando escuché una voz. Alguien que pronunciaba su nombre.

Una chica guapa y risueña se acercó a nosotros. Me echó una rápida mirada que no escatimó información sobre mí. Fue un escáner certero y agudo, luego agarró a Andrés del brazo y lo sacudió con cariño.
—Mentiroso. Dijiste que ya habías visitado el Museo Británico —dijo entre risas.
—Y lo he hecho, pero quería que Elisa lo viera.
Me gustó que utilizara mi nombre y no hubiese dicho algo como “quería que mi amiga lo viera”.

Ella me miró, esta vez, directamente. Alargó un brazo enérgico hacia mí sin soltar el antebrazo de Andrés. Su acento era francés aunque hablaba un castellano perfecto.
—Hola, yo soy Severine. Andrés y yo estamos en la misma clase. Aunque él podría estar varios cursos por encima de todos nosotros —añadió coqueteando con él.
—Sí, es que es un chico muy listo —respondí sin ocultar mi sarcasmo.
Ella me respondió arqueando una ceja. Andrés me dedicó una mirada ceñuda.
—Bien, entonces, ¿habéis sacado entradas?
—No. Estábamos pensando en dejarlo para otro día — explicó Andrés señalando la larga hilera de turistas inasequibles al desaliento que guardaban su turno.
—Nosotras estamos  a punto de entrar. Si quieres os colamos.
—Yo paso —dije sin poder contenerme.
—Vaya —exclamó Andrés intentado sonreír para suavizar lo abrupto de mi respuesta.
—Pero por mí no te cortes. Yo me voy a dar un paseo. Para un día que sale el sol prefiero caminar por la ciudad —dije echando a andar.
No me detuve a despedirme de aquella chica. Algo iracundo me invadía. Algo con lo que no había contado. Andrés me alcanzó cuando llegaba a la segunda manzana. Me detuve frente a una antigua tienda de paraguas. Las empuñaduras eran verdaderas obras de arte. Pensé en comprarme uno. Simplemente por capricho. Necesitaba algún tipo de satisfacción inmediata.
—¿Por qué has sido tan borde? —Andrés estaba a mi lado aún jadeando por la carrera.
—No he sido borde. No quería entrar y tampoco quería chafarte los planes con esa chica.
—Yo no tenía planes con ella, sino contigo ¿recuerdas?
—Ah, sí. Es verdad. Es que me pareció que ella pensaba lo contrario —contesté arisca.
Estuvimos frente al escaparate un largo rato, mirando aquí y allá las piezas más curiosas de la colección, que estaban a la venta. Yo necesitaba saber qué me pasaba y por qué estaba tan enfadada de pronto.
—¿Irás  a Madrid para el entierro? —me preguntó Andrés.
—No creo. No. La verdad es que no.
—Te iba a proponer que fuéramos a Oxford mañana.
—¿Y eso? —pregunté sin dejar de mirar el escaparate.
—¿Has estado?
—No.
—Creo que es preciosa y podemos alquilar un coche.
—¿Sabes conducir por la izquierda?
—No he probado nunca, pero no tiene que ser tan difícil.
—Ojalá hubiéramos ido hoy. Mira que sol tan maravilloso —dije alzando la cabeza.
Esperé ese beso. El que minutos antes había rechazado. Pero él no hizo nada.
—De acuerdo. Vamos a Oxford mañana —acepté y le besé en la mejilla.
“¿Qué demonios estás haciendo?”, me pregunté. “¿Qué es lo que te propones?”. Eso escuché, y oculté esas preguntas como lo había hecho la noche anterior con la pequeña hoja que había arrancado de su tallo.