jueves, 17 de abril de 2014

CAP.51. CHIARA: Venganza.


Mi padre y mi abuela me miraron cuando entré de nuevo en el comedor. Me di cuenta de que no conseguía orientarme. Aún no entendía lo que acababa de pasar.
Acabé el postre en silencio intentando ordenar mis ideas, hasta que mi abuela preguntó por Elisa.
—Ha tenido que marcharse —contesté sin levantar la mirada de mi plato.
—Se ha dejado la chaqueta y la mochila —señaló ella.
Miré sobre su silla e instintivamente los cogí, como si tuviera miedo de que eso también se volatilizara de repente. Mi padre carraspeó un poco y tosió. Vi de refilón como mi abuela le hacía un gesto para que no me dijera nada. Acabamos la cena en silencio y nos fuimos cada uno a nuestro cuarto.
Entré en mi habitación y llamé un par de veces a Elisa, pero tenía el móvil desconectado. Me di por vencida y miré sus cosas con la esperanza de que ellas me dieran alguna pista acerca de lo que le había pasado. Mentirosa, me había llamado.
El escarabajo verde se deslizó lentamente frente a mí. Era imposible que ella lo supiera, pensé. No podía haberse enterado de ninguna forma. Repasé mentalmente todo lo que había sucedido durante la cena, hasta que había entrado en los lavabos. Nada encajaba en mi cabeza, pero en un minuto encaj. acerme eso. Luego me di cuentale habte de que no podpero en un minuto encajue le habñia pasado. Me tumbó.
Me abalancé sobre el móvil cuando escuché la entrada del mensaje. Lo abrí sin reconocer el número y me vi con toda claridad, besando a Verónica, borracha, riendo como una estúpida. El terror hizo presa en mí. ¿Era eso lo que ella había visto? No había otra explicación. Arrojé el móvil al otro lado de la habitación y odié a Verónica por hacerme eso. Luego me di cuenta de que no podía haber sido ella. Yo no le había dado mi número de teléfono y mucho menos el de Elisa. Caminé por la habitación sin saber qué hacer. Había cometido un error, un error grave, algo imperdonable y lo sabía, pero no podía rendirme ante eso por muy despreciable que me sintiera.
Abrí la mochila de Elisa y registré el interior. Ni siquiera estaba segura de lo que buscaba, pero necesitaba actuar, hacer cualquier cosa, provocar una solución aunque fuera descabellada. Y la solución se presentó delante de mí﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ba con que ellos podñitener alarmas conectadas durante la noche. Me decantzadora.alquier cosa, provocar una soluciñon í cuando encontré las llaves de su casa.

No puedes hacer eso, me dije, no debes. Ya has hecho demasiadas tonterías. Eso me repetí mientras cogía la cazadora de Elisa y cargaba con su mochila sobre mi hombro; y a pesar de todo salí del hotel y me dirigí hacia la boca de metro más cercana. No tenía otra opción. No la tenía.
Cuando llegué delante de la casa de Elisa, no tenía ningún plan. Miré las luces blancas de las ventanas. Un débil brillo marfil en una de las habitaciones de la planta baja se apagó. Me mantuve en la sombra intentado decidir qué era lo mejor.
Podía esperar a que todos durmieran y entrar en la casa, o podía llamar a la puerta e intentar entrar con la excusa que me daban su mochila y su cazadora. Lo primero parecía sacado de una película de espías y yo sabía que mi valor tenía un límite, además contaba con que ellos podían tener alarmas conectadas durante la noche. Me decanté por la segunda opción.
Una mano me detuvo antes de que tuviera tiempo de llegar al timbre. Los dedos se clavaron en mi hombro.
—¿Qué coño haces aquí?
Elisa estaba detrás de mí y me miraba con fiereza.
—He venido a darte tus cosas y a hablar contigo —logré decir.
—Tú y o no tenemos nada de qué hablar —me contestó arrancándome la cazadora de las manos.
Le ofrecí su mochila antes de que tuviera tiempo de hacer lo mismo con ella.
—Yo creo que sí. Hay mucho de qué hablar y te ruego que me des una oportunidad de hacerlo.
Ella se rió. Fue una risa dolorosa, casi un aullido, penetrante y cruel.
—No —dijo secamente.
Sacó las llaves y abrió la puerta de entrada. Me colé tras ella sin que pudiera impedírmelo.
—Vete —me dijo con la cara tensa por la rabia.
—No, no me iré sin aclararlo todo.
Una luz nos deslumbró y una figura oscura se perfiló sobre ella.
—¿Elisa?
A lo lejos, atravesando el jardín alguien caminó hacia nosotras.
—Vete —susurró—. Joder, es mi madre. Lárgate de aquí.
Me quedé quieta sintiendo toda su ira sobre mí. Aguanta Chiara, me dije, no tendrás otra oportunidad.
—¿Elisa?
La mujer se detuvo frente a nosotras. El jardín estaba a oscuras, pero unas luces lo iluminaron súbitamente. Era una mujer alta y morena, con un hermoso pelo negro brillante que se deslizaba como la seda a su paso. Llevaba un camisón que cubría con un elegante chal. Me miró un momento y luego miró a Elisa. Esperó unos segundos a que ella dijera algo.
—Es… una compañera del colegio que me ha traído mis cosas.
—Vaya, qué amable —dijo la mujer sonriendo—. Elisa no se encontraba muy bien hoy ¿verdad, hija?
Elisa miró hacia otro lado. La mujer me estrechó la mano, un gesto que me sorprendió por la distancia que delataba.
—Bien, pues pasad dentro de casa ¿no? Hace frío —dijo estrechando el chal con fuerza sobre sus hombros.
—No, mamá. Ella, ya se iba —se apresuró a anunciar Elisa.
—Lo cierto es que me he quedado sin bono metro —me inventé— y aunque me dé vergüenza pedirlo, necesito que me dejes algo de dinero para volver a casa.
Elisa me echó una mirada furiosa. Su madre Sonrió con amabilidad.
—Por favor, entra y tómate un té, y por supuesto que te pagaremos el viaje en taxi a tu casa.
Elisa intentó decir algo, pero su madre ya caminaba hacia la puerta con la decisión inquebrantable de una reina que decide cada movimiento a su alrededor.
—Te odio… —murmuró Elisa.
—Yo te quiero —contesté suavemente.
Entramos en la casa y su madre me llevó hasta la cocina.
—¿Has cenado?
—Sí, señora —dije.
Ella se rió.
—Es la primera vez que una amiga de mi hija me llama “señora”.
—Perdón —me excusé sin estar segura de si debía hacerlo o no.
—Al contrario —rebatió ella—es agradable relacionarse con gente bien educada.
—Ella es extranjera, mamá —dijo Elisa con voz seca.
—Eso no es incompatible con la buena educación —contestó su madre abriendo un cajón en el que se ordenaban distintas bolsitas de colores.
—¿Una infusión? —preguntó girando la cabeza. Su pelo se agitó como las alas negras de un hermoso pájaro.
—Sí, muchas gracias.
Elisa, cada vez más tensa, me miró.
—¿Camomila, un poleo, roibos? —me ofreció extendiendo unas manos blancas como el marfil rematadas en una manicura impecable.
Sus dedos movieron las bolsitas hasta detenerse en una de ellas. Tiró de un hilo.
—Este té es una delicia —dijo balanceándolo delante de nosotras—. Venga chicas, echadme una mano. Elisa saca unas galletas y una taza para tu amiga.
Elisa no se movió. Yo me acerqué a su madre dispuesta a ayudarla.
—¿Dónde están las tazas?
Me señaló unas baldas de cristal. Elisa se adelantó y me detuvo.
—Mamá, es tarde, creo que Chiara debería de volver a su casa.
Su madre se volvió hacia ella y su rostro se enfrió.
—He invitado a tu amiga a un té, Elisa —dijo como única respuesta—. Saca la caja de galletas que ha traído tu padre de Bélgica.
Un sonido a mi espalda me sobresaltó.
—¿Dónde te habías metido? —un chico un poco más alto que Elisa acababa de entrar en la cocina.
—Salí a dar un paseo —contestó Elisa
—Todo está bien, ya se encuentra mejor —interrumpió la madre antes de que el muchacho abriera la boca —Ha venido …perdona, ni siquiera te he preguntado cómo te llamas.
—Chiara —contesté.
—Bonito nombre. Ha venido Chiara a traerle las cosas que había olvidado Elisa en el colegio. Ha sido muy amable.
Obviamente era el hermano de Elisa. Una versión tosca y ruda de su belleza. Me miró unos segundos más de lo que hubiera sido cortés. Me sonrojé como una niña. Había visto esa mirada en Marcello y reconocía lo que quería decir. Él también pareció turbado.
—Papá, estaba preguntando por ti —añadió dirigiéndose a su madre. Dudó antes de extender una mano hacia mí—. Hola, yo soy Nando, el hermano de Elisa.
Se acercó a mí y me estrechó la mano como lo había hecho su madre minutos antes.
—Hola —murmuré yo.
—Bien, chicas, estoy segura de que sabréis haceros un té sin mi ayuda —se despidió la madre de Elisa.
Respiré aliviada. En esa reunión comenzaba a haber demasiada gente. Recé para que su hermano desapareciera también y mis súplicas se convirtieron en realidad, aunque eso no facilitó en absoluto las cosas. Elisa esperó a que los dos salieran de la cocina.
—Ya te puedes marchar —dijo en cuanto nos quedamos a solas.
—No, no me iré. Me voy mañana a Roma y no puedo dejar las cosas así.
—Las dejaste así hace unos cuantos días ¿no? ¿Cuándo te enrollaste con esa tía? ¿Ayer? ¿antes de ayer? ¿El mismo día en que me besaste?
—Sé que no lo entenderás, pero no significó nada, de verdad. Sólo estaba furiosa porque me iba y porque pensé que te perdería.
—Claro, super lógico. Es una explicación de lo más convincente —contestó con sarcasmo—. Pero yo tengo otra. Intentaste hacerlo conmigo y yo no te dejé. Así que te desahogaste con otra.
—Eso es una idiotez —repliqué intentado suavizar mi tono.
—Sí, y yo una idiota por enamorarme de ti.
Di un paso hacia ella y retrocedió.
—Ni te acerques, ¿me oyes? —se giró y caminó hacia las escaleras. Esperé un segundo y la seguí. Subí tras ella lentamente, dejando una distancia entre nosotras. Atravesó un largo corredor y abrió la puerta de su dormitorio.
Dejé que cerrara la puerta y contuve el aliento. Luego la abrí con cuidado.
Se había quitado el jersey y lo lanzó contra mí.
—¡Qué te largues! —me gritó.
—Shhh —le dije llevándome un dedo a la boca—¿Qué quieres montar un número delante de tu familia?
—No. Quiero que me dejes en paz —dijo bajando la voz, aunque no la intensidad de su ira.
Me senté en una silla que había junto a la mesa. No sabía qué hacer. Lo único que sabía era que no me marcharía hasta haber arreglado las cosas con ella.
Elisa empezó a desnudarse. Yo apenas me atreví a mirar. Había deseado ver su cuerpo y tocarlo y ahora me avergonzaba verla, como si de pronto mi propia indignidad me prohibiera incluso mirarla.
Arrojó la ropa al suelo y luego se metió en la cama.
Estuve un largo rato sentada en la silla mirando su habitación, dándole vueltas a todo. Me levanté y eché el pestillo.
Ella se había tapado y me daba las espalda. Apagué la luz del techo y dejé encendida una pequeña lamparita sobre el escritorio.
—Vete —susurró. Ahora sollozaba.
Yo estaba de pie en medio de la habitación. No se me ocurrió otra cosa que recoger su ropa y doblarla cuidadosamente. La dejé sobre la mesa y la acaricié. Escuché sus esfuerzos porque no la oyera llorar.
Me acerqué hasta su cama y me senté con cuidado. No sabía cómo podía reaccionar, pero no se movió.
Su cuerpo temblaba bajo las sábanas y yo también comencé a sentir una tristeza profunda, por haberla herido, por haberme equivocado de una forma tan estúpida, por tener apenas unas horas para estar con ella. No era este el final que yo había imaginado. Intenté no llorar.
Acerqué una mano a su cabeza, pero ni siquiera la toqué, aunque lo deseaba. Deseaba abrazarla y decirle cuánto la quería, necesitaba su perdón, necesitaba llorar con ella y explicarle que no había nadie más que ella y que nunca lo habría.
Apoyé mi cabeza entre mis manos y cerré los ojos. Hubiera dado cualquier cosa por poder retroceder en el tiempo y deshacer mi error, cualquier cosa.
—¿Quién era esa chica? —preguntó con un hilo de voz.
—Nadie —contesté sin levantar la mirada del suelo.
—¿Nadie?
—Nadie. Eso nunca ocurrió, nunca —repetí desolada.
Siguió una larga pausa en la que su llanto fue cediendo.
—Ella…¿te importa?
—No, ella no es nadie —repetí.
—¿Entonces por qué la besabas?
—Estaba borracha.
—Tu no bebes.
—Esa noche sí.
—¿Por qué?
—Pensé que jamás volvería a verte. No me sentía capaz de despedirme de ti.
—No puedo dejar de pensar en ello ¿sabes? Cada vez que cierro los ojos te veo con ella y cuando los abro te sigo viendo con ella.
—Yo te veo a ti a todas horas —contesté.
Comenzó a llorar de nuevo.
—Por favor Elisa, no llores más. Se me parte el corazón —le supliqué.
—Tú no me quieres —susurró con la voz entrecortada.
Me tumbé a su lado y la abracé por la espalda.
—No es cierto, yo te amo, te quiero con todo mi corazón —. Esperé ese manotazo que me separaría de ella, pero no sucedió nada. Cerré los ojos y dejé que siguiera desahogándose.
Estuvimos así un largo rato, hasta que escuché unos pasos en el corredor y me apresuré a apagar la luz de la mesita. Me quedé de pie muy quieta, esperando a que alguien intentara abrir la puerta. Había sido un error echar el pestillo.
Escuché unos ligeros golpecitos.
—¿Elisa?
Aguanté la respiración. Elisa no dijo nada. Luego los pasos se alejaron y percibí el sonido de una puerta cerrarse.
—Métete en la cama conmigo —dijo Elisa en voz baja.
Dudé un segundo, luego me desnudé y obedecí.
La cama estaba caliente y al apoyar la cabeza junto a la suya sentí la humedad que habían dejado sus lágrimas sobre la almohada.
Le besé la espalda con suavidad.
—Abrázame, por favor —pidió.
Pasé mi brazo por su cintura y la apreté contra mi pecho.
—Te quiero —le dije al oído.
—Nunca he hecho el amor con nadie —musitó.
—No tienes que hacerlo si no quieres —le susurré.
—¿No me deseas? —preguntó con una voz tan infantil que me enterneció.
—Más que nada en este mundo —contesté.
Se giró hacia mí, resbaladiza como un pez y me abrazó. Hundió su cara en mi hombro.
—¿Qué hiciste con esa chica? —preguntó.
—Nada —mentí—solo un par de besos.
—¿Eres virgen? ¿Ni siquiera lo intentaste?
—No —dije mientras me sentía más miserable aún.
Me besó en la mejilla. Yo le acaricié la cara y le obligué a mirarme. En la oscuridad apenas vislumbraba sus ojos, pero quería que ella me mirara.
—¿Me ves? —le pregunté.
—Perfectamente —dijo ella.
—Tú estás a contraluz y apenas distingo tus ojos. ¿Aún me odias?
—Sí —dijo y luego me besó en los labios. Fue un largo beso, tierno y suave, dulce y cálido que inflamó mi corazón.
—¿Es eso un beso de odio?
—Sí —repitió ella.
—Pues bendito sea tu odio —bromeé.
Escondió su cabeza en mi cuello y sentí la humedad de sus lágrimas de nuevo sobre mi piel.
Me atreví a rodear sus caderas con mis piernas. La abracé con todo mi cuerpo, ella se apretó contra mí.
Busqué su boca y la besé con todo el corazón latiendo en mis labios.
—Te quiero, Eli, te quiero mucho —repetía mientras mi boca buscaba la suya.
Ella me cogió de la cara y me separó.
—Dímelo, dímelo hasta que lo crea.
Nos besamos otra vez y ella metió una pierna entre las mías. Yo la apreté con mis muslos.
Nunca había sentido algo así, ni en el mejor de mis sueños esto se parecía al amor. Era mucho más que eso. Ella me pertenecía, como yo le pertenecía a ella. Ella era una continuación de mi piel y lo que ella sentía vibraba en mí, como la cuerda de un violín vibra en contacto con el arco. Ella era mis manos, mis labios, mis pechos, la yema de mis dedos.
Besé su cara húmeda y sus ojos. La abracé más fuerte y luego aflojé para poder besarle el pecho, su pequeño y hermoso pecho que la camiseta de tirantes había dejado al descubierto. Suspiró con tanta fuerza que pensé que nos oirían. Giré hasta ponerme sobre ella y le besé el cuello. Ella buscó mi boca de nuevo. Lamió mis labios y me mordió. Aguanté el dolor y no dije nada. Supe que su enfado podía mezclarse con la excitación y asumí que lo soportaría. Comenzó a ondularse bajo mi cuerpo, su pubis buscaba un lugar en mi cuerpo. Le cogí de los brazos para separarla de mí y la miré.
—¿Quieres seguir?
Asintió con la cabeza. Intentó deshacerse de mis manos, pero yo la retuve un segundo más.
—Te besaré.
—Ya lo estás haciendo.
—No. Allí —susurré.
Ella me abrazó con fuerza.
—Dime que me quieres, otra vez.
—Te quiero, Elisa, y te deseo con toda mi alma.
—Júrame que no hiciste nada con esa Chica —. Sus ojos aún brillaban de pena.
—Elisa… ¿no puedes olvidarlo?
—Júralo.
Me dejé caer junto a ella, agotada por el amor, la traición y la mentira. ¿Cómo podían convivir todas esas cosas juntas?
Ella me dio la espalda de nuevo.
—Mientes ¿verdad?
Me quedé quieta, muy quieta con los ojos cerrados. La oí llorar de nuevo, y a pesar de todo me dejó que la abrazara.
Me hundí entre las sábanas y giré su cuerpo hasta que mi boca quedó sobre su pubis. La besé sobre las braguitas de algodón, la besé con paciencia, lentamente, a través de la tela hasta que su llanto cedió y fue sustituido por un movimiento continuo. Tensó las piernas con fuerza y supe que estaba a punto.
—Te amo —le dije y mi lengua se deslizó suavemente.
El espasmo que acompañó su final fue feroz y escuché un largo gemido, ahogado por la almohada sobre la que hundió su cara. Se incorporó de golpe, aún tensa. Seguí besándola. Apretó mi cabeza contra su sexo.
Yo me hundí en ella. Me rodeó con las piernas y se arqueó como una rama sacudida por un vendaval.
Temí que gritara y que eso despertara a su familia, pero no lo hizo. Estuvo unos segundos sacudiéndose intermitentemente, mientras aún mantenía su mano sobre mi cabeza. Poco a poco comenzó a aflojarse y se derrumbó en la cama.
Tiró de mí hasta su boca y me besó largamente. Sentí su mano metiéndose bajo mis bragas. La dejé hacer. Era una criatura maravillosa, sus dedos despedían un calor eléctrico que me hizo acabar rápidamente y no dejó de besarme mientras me masturbaba.
Nos abrazamos, apoyadas en el costado. Le besé la punta de su nariz y la apreté contra mi pecho.
—Chiara … —susurró.
—Amor mío —le dije.
—Aún quiero más —musitó. Estaba empapada, sentía su humedad sobre la piel de mis muslos.
—Eli, Eli —. Sujeté su cara entre mis manos. Se deshizo de mí y desapareció bajo las sábanas. Su lengua ardía y sus labios apretaron mi clítoris.
—Eli, joder, ¿qué haces? ¿cómo lo haces? —jadeé. Subió sus manos hasta mis pechos y los acarició. Hundió las yemas en el centro mismo de mis pezones y algo se conectó directamente con mi sexo. Podría haberme corrido solo con sus caricias en mi pecho. Me mordí el dorso de la mano y empujé mi clítoris hacia su cara. Cogí sus dedos y los llevé a mi boca mientras la dejaba hacer.
—Sigue, cariño. Por favor, no pares.
Pasó la lengua por mis ingles y hundió los dientes levemente en mi carne. Mi corazón latía con furia. Quería amarla y  morderla, devorarla, meterla dentro de mí.
Bajé las manos hasta su cabeza, guié sus movimientos con suavidad, lentamente. Se detuvo un segundo antes de que llegara al orgasmo. Me sorprendió, pero entonces besó ligeramente mi sexo y hundió un dedo en mi vagina. No esperaba algo así, pero no pude pensar, solo me dejé inundar por el placer y empujé hacia su dedo instintivamente. Un orgasmo interno que nunca había conocido se conectó con otro externo. Creí que iba a morir del gusto.
—Dios… —susurré apretando los dientes.

No recuerdo en qué momento de la noche desperté, pero recuerdo que salí al baño de puntillas y pensé que debía volver a su dormitorio vestirme y marcharme.
Cuando entré ella estaba despierta.
—Vuelve a la cama, no te vayas, por favor.
—Son las cuatro —le dije mirando el móvil sobre la mesita.
—Te despertaré a las cinco y media, pero no te vayas aún.
—¿Me has perdonado?
—Ven —dijo levantando las sábanas para que me acostara de nuevo.
—Dime algo, Eli.
—Duerme —murmuró.
Me cogió de la mano y entrelazó sus dedos con los míos. Nunca había sido tan feliz, pensé.




—Camomila, un poleo, roi bos?ermoso plo se agitcolores.
ora.
 alrededor.
ad, hija?
isadora.alquier cosa, provocar una soluciñon ElisaElisa

20 comentarios:

  1. Omfg este capítulo pasará a la historia

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  2. ¡¡cada vez más enganchada a esta historia!!

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  3. ¡¡cada vez más enganchada a esta historia!!

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  4. Ay que buen capitulo!! cuando leí el titulo: "venganza" pensé, pobre Chiara. Por suerte no paso nada de eso, pero habrá que esperar. Cada vez se pone mas emocionante!

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  5. Wow U.u me imaginé todo menos eso estoy atónita O.o muy bueno el capítulo ustedes han hecho q los jueves sean días esperado Ajajaja más q los viernes con eso digo todo ok saludos y muchos besos

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  6. WOOOOOW Excelente capitulo! Inesperado desenlace. Las felicito chicas! Saludos desde Argentina.

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  7. ¡Bieeeeeeen, por fiiiiin! Ha estado a la altura. Ayyyy, la primera vez con alguien que te pone a mil...
    C. C.

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  8. "¿Camomila, un poleo, roibos?" no se que significa, ¿Qué quiso decir la mamá?.
    Espero al igual que Chiara que haya sido perdonada, y woooooooooooooow que bonito capitulo

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    1. Son infusiones: Manzanilla, poleo-menta(se suele tomar con menta) y té rooibos, un tipo de te. Vamos: Un fiestón.
      C. C.

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  9. excelente capitulo me gusto mucho también pensé que le iría terrible a chiara

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  10. me gusto mucho este capitulo ya era hora felicitaciones chicas

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  11. excelente capitulo me gusto mucho también pensé que le iría terrible a chiara

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  12. oh, me he quedado speachless... buenisimo!!!

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  13. Wow!!! Uffff, no, qué bárbaro!! Estoy en shock! Bueniiiisimo, no se que decir o pensar, más que SUBLIME!!! Sólo una pregunta...¿porqué se llama el capítulo venganza?
    Aún no sabemos, ¿verdad? Pero si así son todas, uffff yo quiero una jajajaja.
    FELICIDADES, HA ESTADO EXCELENTE!
    Siempre me impresionan!

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  14. Estoy esta madrugada, desde Uruapan, Michoacán México, leyendo este capítulo y recordando viejas historias, que al leer cada párrafo, cada línea, parece que narran un pedazo de mi vida, triste pero también ardiente y desenfrenado. No me queda mas que enviarles mis felicitaciones y aplaudir por esta magia que logran cada semana.

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  15. Estoy enamorada de este capítulo

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  16. Que capítulo más estupendo!!! Deseando ese encuentro

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  17. Al fin! Sucedió! Fue increíble, revivió viejos recuerdos de mi mente.
    Muy muy muuuy buen capitulo Vic. Enhorabuena.

    Pd: Tengo el presentimiento de que Elisa se hará super cabrona. Y chiara será quien la busque como perrito faldero.

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  18. Este capítulo a sido Fantástico!!

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