miércoles, 30 de abril de 2014

Cap.53. CHIARA: Amor, no importa cómo lo llamen.


Temía que se nos acabara el tiempo. Estábamos sentados, mi padre, mi abuela y yo, junto a uno de los paneles donde se anunciaban las puertas de embarque. Eran más de las once y media y Elisa no había contestado a mis mensajes.
De repente, literalmente, supe que no vendría y que ese futuro que yo había imaginado jamás existiría. Me di cuenta de que de algún modo lo había sabido desde la noche anterior. Lo había sabido mientras hacíamos el amor, lo había sabido al besarla antes de salir de su dormitorio. Nuestra relación se había construido a base de insistir y pelear, una y otra vez. Como una goma con la que habíamos jugado, estirándola y soltándola. Y esta vez se había roto.
Una pena profunda me invadió. Habíamos prometido que nos veríamos pronto, pero eso no sucedería jamás y me habían quedado tantas cosas por decirle, por explicarle, por compartir con ella. Me sentí resbalar hacia mi antiguo modo, triste oscuro, hermético, en el que viviría una vida hecha de pequeñas esperanzas sin esperanza. Sin Elisa me obsesionaría con mi propia vida, o bien la abandonaría para vivir una de rencor. Me odié por haber estado con Verónica. Después de aquella sesión sudorosa en su cama había jugado mi última carta con Elisa. ¿Cómo había podido ser tan inconsciente?
Anunciaron la puerta de embarque y partimos para Roma. No miré atrás, pero tracé un plan, una desesperada alternativa a lo que se me avecinaba. En ese momento no fui consciente, pero lo hice. Acepté mi derrota con serenidad, sorteé las preguntas de mi abuela y mi padre sobre Elisa y comencé mi vida en Roma, anestesiada.
Hacíamos lo que siempre habíamos hecho. Ver la tele, salir a alg los diecicohoeras de Roma y en cuanto cumpliqueños, cotidianos, poco ambiciosos pero igualmente nutritivos. Procuraba no pensarún cine, comprar ropa nueva para mi padre y para mí y esforzarnos por encajarnos en una vida extraña que parecía pertenecer a alguien a quién nos costaba recordar. Ni siquiera las rutinas conseguían unirnos como familia. Éramos tres personas abatidas, golpeadas por la vida que intentaban sostenerse entre ellas. Yo participaba de esa vida dominando mis ganas de gritarle al mundo que no merecía aquello, pero algo había madurado dentro de mí y por momentos entendía que lo que tocaba vivir podía ser tan bueno como cualquier otra cosa. Era una superviviente en una batalla llena de muertos y heridos, y aunque yo misma tenía mis heridas aún podía sostenerme y ayudar a mi padre, conocerle mejor, cortar las flores del jardín de mi abuela y descubrir nuevos placeres pequeños, cotidianos, poco ambiciosos pero igualmente nutritivos.
Procuraba no pensar en Elisa, ni en lo que había sido su venganza. No quería acumular rencor. No podía acumularlo de nuevo. Me resistí a encarnar viejos personajes que ya había interpretado y lo conseguí.
Vivíamos a las afueras de Roma y en cuanto cumplí los dieciocho mi abuela insistió en que me sacara el carné de conducir. Ella tenía una furgoneta con la que nos movíamos por los alrededores. Había creado una pequeña empresa de reparto floral. Así que me enseñó a hacer hermosos ramilletes de flores y a distinguir unas de otras para conseguir las combinaciones más eficaces. El resto de la semana, estaba en la escuela, a la que asistía regularmente, sin gran entusiasmo pero con el firme propósito de acabar el curso con las mejores notas.
Una tarde bajé a Roma a dejar un par de encargos que mi abuela había preparado para dos boutiques, cuando alguien me detuvo.
Tardé unos segundos que se me hicieron eternos, en reconocerla. Se trataba de Gaia. Ahora llevaba el pelo muy largo y parecía ensayar un aspecto más femenino y suave. Eso me desconcertó.
—¿Chiara? —llevaba los ojos pintados de azul y un vestido ligero con profusión de pequeñas florecitas de tonos pastel. Estaba embarazada.
—Dios, Gaia —murmuré mirando su vestido abultado.
—Estoy con Marcello —dijo señalando hacia atrás. Creí ver una advertencia en su voz.
—Bueno, me alegro de verte. Es alucinante. Estás embarazada —dije sin poder contenerme.
Se rió con ganas.
—Sí, gemelos —añadió abriendo mucho los ojos —inseminación artificial, suele pasar.
—Enhorabuena —tartamudeé no muy convencida de que la llegada de dos bebés al mismo tiempo fuera motivo de celebración o no.
—Míralo, ahí viene. Es un cielo, siempre me acompaña a hacer recados — susurró.
Traté de esconderme detrás de los ramos que llevaba conmigo. Me sentía ridícula y patética. La chica de las flores. La chica inoportuna que había besado a su hermana ahora repartía flores como una campesina Amish. La chica que había cruzado la barrera de lo correcto vivía en Roma rodeada de flores pero con el corazón roto.
Lo vi acercarse, sin reconocerme. Luego vaciló unos segundos al advertir quién era. Gaia le hizo un gesto para que se acercara.
—El tiempo lo cura todo —me susurró. Percibí un brillo diferente en sus ojos, algo así como una complicidad oculta que no terminaba de entender.
—Mira Marce, ¡es Chiara! —exclamó como una niña pequeña.
Aparté las flores de mi cara para poder besarle. Él no sonrió. Me devolvió los besos y miró a su hermana.
—Encontré la tienda que estabas buscando —le dijo.
—Perfecto. Eres un sol —contestó ella con un entusiasmo que a mí me pareció excesivo.
—¿Todo bien? —me preguntó de pronto volviendo la cabeza hacia mí.
Agité los ramos que llevaba en las manos.
—Todo controlado —dije, intentado bromear.
—¿Ahora eres florista?
—No, sólo ayudo a mi abuela a preparar ramos, los fines de semana. No encuentro muchas cosas que hacer, la verdad.
—¿Estuviste en España, no?
—Sí.
—¿Y por qué has vuelto? ¿no os fue bien por allá?
Gaia le tiró del brazo.
Marcello la miró directamente sin molestarse en disimular.
—¿Qué?
—Nos enteramos de lo de tu madre, Chiara —añadió ella pasando una mano por mi brazo —. Lo siento muchísimo. ¿Cómo está tu padre?
—Bien, supongo. Vive anclado a un depósito de oxígeno, pero parece que lo ha asumido.
—Debió de ser horrible para todos vosotros.
—No, qué va —bromeé sin éxito.
Marcello esbozó una sonrisa que me relajó. Al menos él no sentía compasión por mí.
—Me encantaría verte un día de estos. ¿Por qué no vienes a merendar el sábado? Ahora vivo con alguien —me propuso Gaia.
—Te va a encantar —dijo Marcello con ironía.
—No seas capullo —contestó Gaia, recuperando su antigua aspereza.
—En serio, lo pasarás pipa, créeme —insistió él, riendo.
—Pasa de él. Toma, mi tarjeta. Ahí tienes mi móvil y mi dirección de correo. Vente cuando te apetezca.
Me besó.
Miré la tarjeta y la guardé en el bolsillo de mi chaqueta.
—Gracias.
—Hazlo, ¿eh? —dijo echando a andar detrás de Marcello.
—Claro —contesté sin convicción.
Fue unos días más tarde cuando recibí su llamada.
—¿Cómo has conseguido mi teléfono? —pregunté sorprendida.
—Pregunté en la tienda donde dejaste las flores. Me hice pasar por una clienta interesada en vuestros ramos. Como no me quisiste dar tu tarjeta…
—No tengo tarjeta —contesté —y la verdad, Gaia, no te molestes, pero no estoy segura de que quiera retomar el contacto. Nuestro final no fue muy…fácil.
—¿Nuestro final? ¡Chiquilladas! Todo era muy confuso. Tenemos que vernos Chiara. Tengo tantas cosas que contarte. ¡Te eché de menos cuando desapareciste!
—¿Me echaste de menos? Te faltó tiempo para mandarme de vuelta a mi casa. Ni siquiera hemos mantenido la amistad —le recordé comenzando a sentir mi enfado.
—No me guardes rencor. Yo no supe hacerlo mejor y tú, bueno, tú tampoco fuiste muy clara.
—Creo que fui demasiado clara para tu gusto.
—Estabas con mi hermano ¿recuerdas?
—¿Por qué estamos hablando de esto? — protesté.
—Porque no quieres tomarte un café con una antigua amiga.
—¿Y tu hermano? ¿cómo está? —pregunté cambiando de tema.
—Estupendamente. Ya sabes cómo es. No ha cambiado mucho, aunque ha tenido que asumir algunas cosas. Supongo que recordarás lo orgulloso que era…
—Claro —contesté.
—Pero es buena gente ¿sabes? Mucho mejor de lo que crees.
—Nunca he pensado lo contrario. Fui yo la que le fallé.
—No se trata de eso, Chiara. Estábamos todos muy perdidos ¿sabes?
—¿ Y ahora ya no? —pregunté sin ocultar mi sarcasmo.
—Yo no ¿y tú?
No contesté.
Quedamos en su casa para el fin de semana. Me hizo prometerle que no le pegaría plantón. Cuando colgué el teléfono la imagen de Elisa me golpeó con fuerza. Estábamos todos muy perdidos, había dicho. No, yo no estaba perdida. Mi rumbo era Elisa, mi final era ella, el principio de mi vida había comenzado en España, mi esperanza continuaba allí. Tuve ganas de llorar, pero las aguanté. Podía aguantarlo todo, estaba bien entrenada para eso.

Gaia me abrió la puerta con una amplia sonrisa.
—¡Qué bien que hayas venido! Te confieso que no las tenía todas conmigo.
—Si no, te habría avisado.
Me cogió del brazo y me acompañó por un breve hall que comunicaba directamente con un hermoso salón. El sol de la tarde iluminaba un par de sofás blancos que emitían un resplandor casi angelical por toda la habitación. Había tres ventanas rectangulares y amplias que daban a la calle. Exactamente a la espalda de una antigua iglesia. Desde ellas podías ver los jardines, protegidos por piedras milenarias. Escuché un trasteo silencioso por una de las habitaciones de la casa.
—¿Hay alguien más? —pregunté.
—Claro. Te dije que vivía con alguien. Está preparando la merienda. No sabes qué galletas hace. Le hablé de ti y te ha cocinado un bizcocho de almendras exquisito.
—Gracias, qué amable.
Me giré cuando escuché unos pasos amortiguados entrando en el salón.
Una chica de ojos oscuros llevaba una bandeja en las manos.
—Mira, Sara, esta es Chiara —me presentó Gaia extendiendo una mano hacia ella.
Sara dejó la bandeja sobre una mesa y se acercó hasta mí. Gaia le besó en la boca y se sonrieron. Aquello me pilló totalmente por sorpresa y sinceramente, no conseguí disimular mi asombro.
—Encantada de conocerte Chiara —dijo Sara. Su mirada era clara y serena, llevaba el pelo cubierto por un pañuelo y sus rasgos eran claramente exóticos.
Gaia se abrazó a su cintura.
—No nos costó nada quedarnos embarazadas ¿verdad?
Sara sonrió sin dejar de mirarme. Debajo de su serenidad, había un análisis concienzudo de mi persona.
—¿Vivís juntas? Quiero decir ¿sois pareja? —me escuché decir sin reparos.
—Estamos enamoradas —susurró Gaia fingiendo un gesto de escándalo.
—Pero… tú… —comencé a decir. Luego opté por cerrar la boca. Todo lo que pudiera preguntar estaba de más.
Sara nos sirvió un té libanes y partió generosas raciones de una tarta demasiado especiada para mi gusto. Aún no salía de mi asombro. Pasamos la tarde las tres sentadas en ese enorme sofá blanco. Ellas me contaban cómo se habían conocido, la forma en la que Gaia se había sentido atraída por ella y mientras las escuchaba intentaba gestionar todo el rencor que sentía al comparar su felicidad con los años de vergüenza que había soportado por ser como era.
Llegado un punto de la tarde, tuve suficiente.
—Bien, creo que es hora de que regrese a casa —dije poniéndome en pie.
—¿Ya? ¿Tienes algún plan? —preguntó Gaia, curiosa.
—Tengo un padre enfermo y una abuela ochentona esperándome en casa. Es lo más parecido a un plan —bromeé.
—Bueno, podemos quedar a cenar otro día —me propuso Gaia.
Entendí lo que ella quería. Deseaba hundirse en una complicidad que la absolviera de lo que me había hecho sentir. Necesitaba desesperadamente mi aprobación para borrar nuestro último encuentro. Yo, en cambio, me di cuenta, en ese mismo instante que ya no necesitaba la aprobación de nadie, ni su respeto, ni su compasión, ni su admiración, ni fuera lo que fuera. No, yo sólo necesitaba a Elisa y su perdón.
—Hablamos —contesté con frialdad.
Gaia me acompaño a la puerta mientras era consciente de que Sara nos observaba desde el salón.
—Oye Chiara… —comenzó a decir. Nunca había visto a nadie tan avergonzado, Toda su cara estaba roja y la mano que extendía hacia la puerta, temblaba—Yo, pensé que te alegrarías…
—¿Qué me alegraría?¿de qué?
—De que seamos, iguales. Me entiendes ¿no?
—No, francamente, no.
—¿Me lo vas a poner difícil?
—En absoluto. No sé qué esperas que diga.
—No sé, esperaba que te sintieras arropada… de alguna forma.
—¿Arropada? ¿Acaso te doy la sensación de estar buscando un nido en el que refugiarme? ¿crees que soy un pajarito indefenso que necesita que le protejan?
—Supongo que tienes motivos para estar enfadada conmigo. Te fallé.
—No estoy enfadada. Estoy cansada de que la gente se compadezca de mí. Me alegro de que tu vida sea tan maravillosa, pero la mía no es peor que la tuya porque no esté embarazada y  casada con una mujer. Mi vida es mía y no necesito compararla con la de nadie. Ya hace tiempo que traté de dejar de hacer eso. Me rechazaste, ¿y qué? ¿nadie te ha rechazado nunca? Por Dios, nadie se muere por eso —contesté.
Salí de la casa convencida de que jamás regresaría. Sabía que todo estaba cambiando. Sabía que no tenía miedo, que no necesitaba ayuda para mostrar lo que había ocultado durante años y que tampoco iba a forma parte de un club de lesbianas entusiastas. Amaba  a Elisa y en ese momento entendí, que amaba lo que ella era. Hubiera sido igual que no hubiera sido una mujer. Mi amor iba más allá de la orientación sexual y eso me liberaba de algo en lo que yo misma me había encasillado. No era un amor distinto a otros amores. Simplemente era amor.


8 comentarios:

  1. dioss entre a leer rencor de nuevo y me encuentro esto!! genial chicas me alegraron el miercoles jajaj me da pena chiara, y lo de gaia pues fue como q inesperado... cuanto tiempo a pasado ya desde que se fue a Roma...¿? espero con ancias el jueves para leer q es de eli... y una cosa, me sigue dejando ko la actitud de chiara con respecto a veronica, no paso nada y parece q se la hubiese beneficiado mas veces q a Eli, lo cual le pesa al personaje de chiara cuando ella no hizo nada y lleva ese "muerto" encima, asi q se que toca sufrir hasta q ellas se vean y hablen pero jolines quitenle ese peso de la espalda a la chica q no paso de un par de besos....

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  2. Ayyy ya echo de menos los momentos chiara-elisa...ojalá se arreglen pronto porque porque quiero otra vez momentos bonitos como los de los dos últimos capítulos: )))))

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  3. :o. Me quedo con lo último que dice Chiara, amar la esencia, que mas da el cascaron :) y, tristemente la vida es así y una infidelidad es difícil de perdonar, se necesita un largo tiempo para sanar esa herida.
    Este último capitulo suena como un final, excelente por cierto, no siempre la vida es rosa.

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  4. Pobre Chiara, que pena lo que le paso. me parece que Elisa tendría que haber sido un poco mas considerada, Chiara paso por mucho. Esta bien que se haya enojado y eso, pero de ahí a planear esa venganza me parece un poco mucho. Aun así Chiara no le guarda rencor, se ve que maduro mucho, tal vez la distancia si les sirva a ambas.

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  5. chicas este capitulo esta muy bueno pero no melas tengan mucho tiempo separadas

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  6. Me gusta que pase tiempo...no sé porque, pero creo que el tiempo soluciona las cosas. Esperaba, sinceramente, que pasen años separadas, que se conozcan, maduren y por fin, comiencen una relación...porque al fin y al cabo no tuvieron una...pero sigo pensando que es bueno que crezcan, se asuman y demás...no sé, creo q divago jeje espero que no, Besos y saludos desde Argentina como siempre. Lili

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  7. Que onda que ha pasado con el capitulo de hoy jueves, que no lo han subido.. estamos a la espera de leer.

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  8. Por qué no hay capítulo? ?:'(

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