jueves, 10 de abril de 2014

CAP. 50. ELISA: Traición.


En una semana el padre de Chiara se recuperó. Estaban preparando el viaje de vuelta a Roma y yo sentía que apenas había tenido tiempo de estar con ella. Contaba las horas que pasaba a su lado que se deslizaban como arena entre mis dedos y trataba de concentrarme en las clases, los exámenes y las tontas conversaciones que me rodeaban, sin lograrlo. No había previsto lo doloroso que sería para mí separarme de ella. Mi imaginación había trabajado para detenerse en el día a día y ahora me daba cuenta de que en menos de cuarenta y ocho horas la perdería.
El día antes de su marcha me escapé a la hora del recreo. No me importaban las clases, ni los exámenes, ni la probabilidad de que llamaran a mi casa, pues llevaba más de una semana faltando a varias asignaturas. Sólo me importaba ella.
Fui hasta el hotel donde se alojaban los tres. Pregunté por Chiara y me dieron el número de habitación.
Chiara me abrió la puerta sorprendida, pero inmediatamente me besó. Sobre la cama había una pequeña maleta abierta. No era un gran equipaje, supuse que tras el incendio no tenía gran cosa.
—Hola cariño —me acarició la cara—¿No deberías estar en clase?
—Paso de las clases —contesté.
—Si suspendes, tus padre no te dejarán venir a Roma.
—Ya soy mayor de edad. Puedo hacer lo que quiera.
—¿Tienes tu propio dinero? —preguntó ella doblando una camiseta y metiéndola en la maleta.
—Siempre apuntas a lo que me hace sentir tonta —refunfuñé, enfadada.
—Siempre apunto a lo que es real, Eli. Creo que te hace falta —dijo sentándose a mi lado.
—Bueno, pues deja de hacerlo porque ya tengo bastante dosis de realidad y no me gusta nada. Te vas mañana ¿Te has dado cuenta?
—¿Tú qué crees? —contestó muy seria.
—¿Y qué voy a hacer sin ti?
—Pensar que pronto nos veremos.
—Ya… —murmuré no muy satisfecha con la propuesta—Parece como si no te importara —añadí.
—Que intente estar serena no quiere decir que no me importe. Tengo que confiar ¿sabes? No me queda otra.
Ella siguió guardando algunas cosas mientras caminaba por la habitación. Un mensaje entró en mi móvil. No quise mirarlo. No quería tener problemas por haberme ido de clase.
Desconecté el móvil y me senté en la cama y esperé a que Chiara terminara su equipaje.
—¿A qué hora os vais?
—Creo que el avión sale a las ocho de la tarde.
—¿Y hoy qué vas a hacer?
—Intentar estar contigo todo el tiempo que pueda —contestó sonri—dome.
﷽﷽﷽ dijo ella mirburbuja.
Estaba aturdida por todo, como si la realidad hubiera entrado como un hurac sabes?
trarme en laéndome. Llevaba en las manos un montón de braguitas y una camiseta. Las metió en un rincón de la maleta y la cerró.
—Listo —dijo sentándose a mi lado.
Alguien llamó a la puerta. Chiara se levantó a abrir.
Matilda entro en el cuarto y me sonrió.
—Hola Elisa, me piace verte ¿Comerás con nosotras?
Miré a Chiara esperando alguna señal. Me sentía perdida. No sabía qué debía de hacer, ni cómo comportarme. Estaba aturdida por todo, como si la realidad hubiera entrado como un huracán derribando mi pequeña burbuja.
—Sí ¿no? —dijo ella mirándome.
—Claro —contesté.
—Bien, voy bajando con tu padre al restaurante del hotel. No tardéis mucho —dijo cerrando la puerta tras ella
Miré a Chiara.
—No tengo dinero — susurré.
—No te preocupes, paga mi abuela.
—Me parece mucho morro ¿no?
—Si quieres te doy algo de dinero y ya me lo devolverás —dijo sacando una billetera del bolsillo.
—No, no quiero que me des dinero —rechacé cada vez más nerviosa.
—Eli, sólo es una comida. No pasa nada. Estate tranquila. Lo importante es que estemos juntas.
—¿Y luego?
—Pues si quieres nos damos un paseo, o nos quedamos en la habitación del hotel hasta que tengas que volver a casa.
—Joder…es tan poco tiempo —murmuré abatida.
Se arrodilló delante de mí y me miró.
—¿Tú me quieres?
—¿Por qué me preguntas eso?
—Necesito saberlo.
—Claro que te quiero —contesté molesta.
—Yo te quiero mucho Eli y no te voy a olvidar aunque me vaya al otro lado del mundo.
—Ya, bueno. Hablar es fácil…
—Mírame —me pidió.
Su cara era preciosa. La conocía como si hubiéramos vivido toda una vida juntas.
—¿Lo sientes?
—Sí —afirmé dejándome llevar por eso que nos unía.
—Pues recuerda esto cada día que yo no esté. No lo olvides. Y ven pronto a verme.
Me cogió de la mano y salimos del cuarto.
Bajamos al restaurante donde nos esperaban Matilda y el padre de Chiara. Su padre se levantó para besarme. Era mucho más alto de lo que yo había imaginado. Me fijé en el tubo que se hundía en sus fosas nasales, como una larga y fina serpiente que desaparecía bajo la mesa. Un sonido parecido a un bufido sonaba a intervalos regulares junto a su lado. Una pequeña máquina se encadenaba a él y gestionaba el aire que necesitaba para vivir. Las quemaduras de su cara iban cambiando de color y tirando de la piel hasta deformar algunas partes de su rostro. Impresionaba verlo.
—Bueno, Elisa, me alegro de verte ¿No has tenido colegio hoy?
Yo me sonrojé. Matilda le dio un toque con la mano disimuladamente.
—Bien, sea como sea me encanta que estés aquí. Vamos a comer algo —añadió sentándose en la silla.
Fui hasta mi asiento, junto a Chiara. Ella cogió mi mano bajo la mesa. Me aferré a ella.
Nos sirvieron las bebidas y luego tomamos otra ronda y unos aperitivos mientras esperábamos la comida. Matilda habló de su casa en Roma y de algunas anécdotas sobre Chiara cuando era pequeña. Yo sentía que exageraba tan artísticamente que convertía algo insignificante en toda una aventura. El padre de Chiara me echaba miradas de reojo mientras asentía a las palabras de Matilda. Tuve una visión de Matilda de joven y me dije que debía de haber sido una mujer muy atractiva. Poseía un carácter fuerte que escondía debajo de sus maneras suaves y educadas. Me di cuenta de que envidiaba a la familia de Chiara. Sí, no parecía lógico, pero ellos tenían algo que en mi casa no existía, esa calidez, ese fuego que los hacía semejantes.
A los postres yo comenzaba a estar inquieta por mi fuga del colegio. Pensé que probablemente Lucía habría intentado localizarme. Me disculpé un momento para ir al servicio, atravesé el comedor siguiendo las indicaciones de un camarero y entré en los lavabos. Estaba aturdida y cierta sensación de irrealidad me inquietaba. Aún no podía asumir que Chiara se marchara al día siguiente. Encendí el móvil y me entraron algunos WhatsApp de Lucía y uno de Silvia.
Me detuve en uno de un número desconocido. Iba acompañado de un video. Lo abrí curiosa, y estuve un rato mirándolo sin entender lo que veía. Al principio, pensé que se trataba de publicidad, o de una broma de las chicas. Entonces reconocí a Chiara. Estaba sentada en un banco, junto a otra chica y se besaban. Rebobiné un par de veces mientras el corazón me latía con fuerza y mi respiración se aceleraba. No recuerdo cuántas veces lo miré. La chica que acompañaba a Chiara le ayudaba a levantarse y Chiara se abrazaba a ella. De nuevo se detuvieron contra una pared y las dos rieron. Me dejé caer al suelo y me quedé sentada un largo rato. Pensé que debía de llorar. Sí. ¿Por qué demonios no podía llorar? ¿Qué me pasaba? Paré el video, ya había tenido bastante. Intenté levantarme pero  había agotado todas mis fuerzas y necesitaba un minuto más para entender lo que había visto. Las baldosas del cuarto de baño me parecieron gélidas y las luces del techo relucían con demasiada intensidad en los espejos. Sentía que quería escapar, salir corriendo de allí, desaparecer, pero no podía hacer eso. Me levanté poco a poco. Mi cabeza había dejado de pensar y mi cuerpo se movía dirigido por alguien que no era yo. Salí de los lavabos y volví a la mesa.
Chiara me miró curiosa.
—Ya estaba a punto de ir a buscarte ¿Estás bien?
Asentí con la cabeza y hundí mi cuchara en un postre que había frente a mí. Ni siquiera lograba recordar qué había pedido. La mano de Chiara me acarició la rodilla. Yo la aparté de ella. Vi sus ojos abrirse ligeramente. Su padre hablaba sobre los vuelos a Roma desde Madrid y se dirigía a mí. Yo intentaba escuchar lo que decía, pero la imagen de Chiara besando a otra chica se había impreso en mi cabeza ocupando ese lugar en el que las palabras logran crear un discurso. Decidí que tenía que irme, inventar algo, largarme rápidamente.
Me levanté y estuve a punto de derribar la silla.
—Lo siento, tengo que marcharme —dije—y no tengo dinero para pagar mi parte—añadí.
Escuché mis propias palabras saliendo de mi boca como si fuera otra persona.
Matilda me miró sorprendida. El padre de Chiara sonrió, al tiempo que se dirigía a Chiara.
—No pasa nada Elisa, estás invitada. Faltaría más.
—Claro, Elisa. Ya te dije que no te preocuparas —dijo Chiara sin dejar de mirarme.
Quise gritarle, golpearla, pero no hice nada. Me quedé un rato de pie intentado orientarme.
—Eli… —Chiara se había puesto de pie —ven, vamos afuera un momento.
Tiró de mi brazo y me dejé llevar.
—¿Qué te pasa? Elisa, explícame a qué viene todo esto.
La aparté de mí de un manotazo. Ella se detuvo.
—Eres una mentirosa —susurré.
—¿Qué dices? ¿De qué hablas?
—Vete a la mierda —dije dándole la espalda.
Intentó detenerme, pero yo aceleré el paso.
Escuché su voz detrás de mí.
—Elisa, para. Elisa, no entiendo nada. ¿Quieres pararte, por favor?
Llegué a la salida y empujé las puertas de cristal del hotel. Una vez en la calle, eché a correr lo más deprisa que pude. Corrí calle abajo hasta que el pecho comenzó a arderme. Me había dejado la cazadora y el bolso. No tenía nada, ni siquiera las llaves de mi casa. Llegué a la plaza de Colón y me detuve a tomar aliento. Unos chicos hacían piruetas con sus pequeñas bicicletas mientras otros se subían a  los bancos, montados en sus monopatines. Miré a mi espalda para asegurarme de que Chiara no me había seguido. Caminé despacio intentado ordenar mis ideas. Luego marqué el numero de teléfono de la persona que me había mandado del video. Nadie contestó a la llamada. Desconecté el móvil para que Chiara no pudiera llamarme. Me temblaban las piernas y me esperaba una larga caminata hasta mi casa. Me sentía desterrada a un lugar desconocido. ¿Quién era ella? ¿quién era Chiara? ¿por qué me había mentido? ¿es que no me amaba? ¿por qué no me amaba?
Le había dado todo lo que yo era. Todo. Las lágrimas comenzaban a brotar y no lo impedí. Caminé durante una media hora deteniéndome de vez en cuando en un banco para hundir la cabeza entre mis brazos y llorar a gusto. Encendí el móvil ignorando las llamadas perdidas y volví a mirar el video. Aún no lograba creerme que esa persona fuera ella.  De repente sentí que se nos había acabado el tiempo. Ella ya se había marchado. Volaba rumbo a un lugar que  yo nunca visitaría, donde vivía una chica que yo no había conocido. Lloré un rato más, hasta que un par de chicos se detuvieron y me preguntaron si me podían ayudar. Negué con la cabeza secándome las lágrimas y me levanté para seguir mi camino.
Cuando llegué a casa estaba exhausta. Me detuve frente a la reja. Me había dejado el bolso y la cazadora con las llaves dentro. Tenía que inventar una buena excusa para llamar a la puerta.
Pasé las dos rejas de seguridad y me dirigí hacia la entrada. Mi madre me esperaba en el porche.
—¿Dónde has estado? —me preguntó fríamente—¿Y por qué no llevas la mochila? Tienes un aspecto horrible —añadió mientras yo me escabullía por su lado.
Escuché a mi izquierda el crujido del columpio blanco que hay en el jardín e intenté recordar esa infancia en la que todo estaba bien. Subí las escaleras manteniéndome en la sombra como un ladrón cauteloso.
—Elisa —me llamó mi madre.
No me detuve, no hubiera podido soportar una conversación con ella.
Entré en mi dormitorio y me dejé caer en la cama.
Mi madre abrió la puerta en ese momento. Yo me giré de espaldas a ella y le hice un gesto para que se marchara. Pero sentí el peso de su cuerpo hundiendo el colchón.
—¿Y tú mochila y tu cazadora?
—Me las he dejado en el colegio.
—¿Por qué?
—Se me olvidaron.
—Fui a recogerte con el coche nuevo. Lucía dijo que habías desaparecido antes del almuerzo.
—Bueno, ¿y qué?
—¿Cómo que “y qué”?
—Eso he dicho. ¿Qué pasa si me voy unas horas antes? No voy a suspender el curso por eso.
—No puedes hacer lo que te dé la gana, Elisa. No puedes marcharte de las clases sencillamente porque te apetezca.
—Sí puedo. Ya soy mayor de edad.
—No, mientras yo pague tus gastos.
—Qué fácil para ti presionar con eso —murmuré aún de espaldas a ella.
—Sólo intento centrarte.
Dejé escapar una risa.
—¿A mí? ¿Centrarme? ¿Y eso lo dices tú?
Siguió un silencio durante el que hubiera podido oírse el crujido de las paredes en contacto  con el frío exterior.
Pasó su mano por mi pelo.
—Había pensado que podíamos salir de compras —dijo cambiando de tema.
—No necesito comprar nada.
—Están sacando toda la ropa de invierno y hay algunas cosas ideales.
—No me apetece salir —contesté incorporándome en la cama para alejarme de su mano.
— ¿Y qué te apetece hacer? —me preguntó ella mirándome directamente a los ojos.
Le sostuve la mirada unos minutos y me di cuenta de que la quería con todo mi corazón. Me impresionó descubrir que todo el desprecio que sentía por su traición no podía tapar eso. Aparté la vista de ella. No era capaz de enfrentarme a la posibilidad de hablar de lo que había visto. Ella tampoco. No era capaz de contarle lo de Chiara, era cobarde y fría, como ella.
El sonido del móvil me sobresaltó. Chiara me estaba llamando. Lo silencié. Mi madre seguía imperturbable, sentada junto a mí.
—¿Bien?
—Nada, quiero estar sola —le dije.
—Como quieras —contestó levantándose.
Yo sabía lo que ella quería. Quería lanzarme a la santidad de una vida familiar falsa. Tapar con dinero lo que el corazón no podía ofrecer.
Me quedé sentada, rígida sobre mi cama, con la espalda recta y las piernas cruzadas como un yogui. Cerró la puerta tras ella con un golpe más fuerte de lo habitual. Aflojé la tensión.
Mi vida emocional era un puto desastre, me dije. En el fondo siempre había contado con que las cosas se resolverían sin que yo tuviera que hacer nada. Ahora mi madre y yo nos mentíamos mutuamente. Ella había traicionado a mí padre y Chiara me había traicionado a mí; propio de un drama Shakesperiano.
Me levanté de la cama y salí de mi cuarto. La casa estaba en silencio. Mi padre había regresado la noche anterior de viaje, pero aún no le había visto.  Caminé por el pasillo y me detuve frente al dormitorio de mis padres. La puerta estaba abierta y la cama recién hecha, tensa y blanca como el más puro mármol.
Di dos pasos y entré. Traté de reconocer los olores. Aún podía recordar el aroma de aquél perfume masculino. Demasiado intenso, casi carnívoro para ella.
Me senté en el borde de la cama, pensando en Chiara y en esa chica a la que besaba. La imagen dolía como si me cortaran la piel, llegando hasta el hueso y una vez allí pudieran seguir cortando. Las mangas de mi camisa colgaban más allá de mis manos que se aferraban a la colcha.
Mi diafragma se bloqueó súbitamente.  Cerré los ojos y dejé que el aire entrara despacio por mis fosas nasales. La imagen de mi madre entrando desnuda en el dormitorio se repetía a toda velocidad en mi cabeza, una y otra vez, mezclada con la cara de Chiara.
—¿Hija, estás bien? —Mi padre entraba en el dormitorio con el maletín del trabajo mientras se aflojaba el nudo de la corbata.  
Abrí los ojos y le miré. Su respiración es ruidosa, como un gran animal dentro de su guarida.
— Sí, claro — le contesté levantándome de la cama.
Se acercó a mí y me pellizcó la barbilla.
—Casi no te veo. ¿Cómo te va todo?
—Bien, genial —le dije mientras intentaba que la habitación dejara de balancearse.
Él se aproximó a la cama para sentarse donde yo había estado segundos antes.
—Trabajo demasiado. A veces me pregunto si merece la pena —meditó mientras se aflojaba los gemelos. Me hizo un gesto para que me sentara a su lado.
—Tienes mala cara. ¿Estás mala?
Toda la sangre de mi cuerpo estaba tratando de llegar a mi cabeza y la presión era tan grande que tuve que abrir mucho los ojos para poder verlo con claridad.
—Creo que me estoy mareando —le contesté.
Él se levantó y me cogió de un brazo. Me llevó a la cama y me obligó a tumbarme. Los números rojos del reloj digital de su mesilla de noche parpadearon a mi alrededor.
—¿Qué pasa? —era la voz de Nando.
—No sé. Está mareada —sus voces sonaban cada vez más extrañas.
Vi la cara de Nando inclinándose sobre mí. Una sola mirada le basta para saber qué me pasa.
— Respira —me dijo.
Sufro de crisis de ansiedad desde que era pequeña y él sabe lo que tiene que hacer cuando comienzan. Yo me aferré al poco aire que entraba por mi nariz que se había empeñado en cerrarse de golpe. Me llevé las manos al abdomen e intenté que se moviera.
Mi hermano me cogió la mano y buscó mi muñeca.
—No te asustes, vas bien. Respira despacio, estás hiperventilando.
Con los dedos me tomó el pulso.
Mi boca estaba seca y mi corazón galopaba como un caballo salvaje.
—Uno, dos, tres. Coge el aire y échalo despacio — me recordó.
—Despacio, tranquila hija. Ahora haz caso a tu hermano —mi padre repitió mecánicamente las palabras de Nando, aunque yo sabía que no podía imaginar lo que me estaba pasando.
Repetimos juntos esa operación varias veces, hasta que el diafragma fue cediendo y el aire encontró el camino.
Entonces rompí a llorar.

Escucho mis propios gemidos y mis palabras de excusa balbucientes. Nando intenta tranquilizarme, pero todo el dolor aúlla dentro de mí y entrecorta mis palabras. Mi llanto debe de ser fuerte porque mi madre ha entrado en la habitación y se precipita hacia mí.
—Tiene un ataque de ansiedad —le murmura Nando.
Yo lloro encogida en la cama, avergonzada de mi propia explosión. Siempre creo que soy más fuerte de lo que siento. Ella me abraza, y yo le dejo. Hay un silencio oscuro dentro de mí y necesito romperlo.
—Todo está bien —me dice ella mientras me acaricia el pelo —. Calma, déjalo salir.
Yo me separo de su abrazo, tengo los ojos tan húmedos que su imagen se desdibuja.
Me levanto de la cama dando traspiés.
Salgo del dormitorio sin poder dejar de llorar. Mi padre me coge del brazo y me mira con seriedad aunque mantiene su dulzura.
— Eli, tienes que aprender a calmarte.
Asiento con la cabeza.
—Déjame, por favor papá. Deja que me vaya, me estoy ahogando.
—Déjala, Fernando —le dice mi madre.
El otoño ha cambiado los árboles frente a mi casa. Las flores susurran a mi alrededor zumbidos de abejas y las hojas amarillas se deslizan de las ramas al suelo.
Estoy afuera, ni siquiera sé cómo he llegado a la calle.  El verano se rindió  al frío hace semanas. El sol orbita alrededor de mi casa con poca convicción. El calor entusiasta se ha marchado y deja paso a una luz que recorta las sombras a tijera.  Camino por la acera de una manera metronómica, dejando que todo mi dolor salga. Me siento totalmente perdida. Sé que necesito construir una vida que me sirva, más valiente, más sincera.  Me alejo de mi casa. Hay un camino para volver a ella, me repito y lo voy a encontrar.






6 comentarios:

  1. Que capitulo!! pobre Elisa, justo un día antes de que Chiara se vaya a Roma, ojala puedan verse antes. ¿quien le habrá mandado el vídeo? ¿habrá sido Andres desde otro teléfono? igual yo creo que fue Frank o Angie ambos resentidos por lo de Chiara. Me hubiera gustado saber que paso después de que Chiara viera a Verónica, después de su reacción, eso me quedo un poco descolgado. En fin, me encanto el capitulo, espero no pase mucho tiempo para que ellas se reencuentren, aunque no creo que Elisa la vaya a perdonar tan fácil, ahora me cierra que ella vuelva a tener novio (como dice en el preliminar) Gracias por regalarnos un capitulo mejor que el otro!!

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  2. que triste, no es justo buaaaaaaaaaaaaa

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  3. POR DIOS!!... esto está de infarto!! no creo tener la paciencia suficiente para esperar 8 días más para el siguiente capítulo.

    ...desde Colombia...

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  4. wooooo Un giro increíble a la historia, me ha encantado. Felicidades chicas y cuidado con los nombres, se os ha colado un Clara, que aunque es lo mismo que Chiara, parece que habláis de otra persona.

    Un saludo

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  5. Se me hace que ha sido Verónica la del video, tarde o temprano tenia que descubrirse la verdad, ojalá y esto le de motivos a Chiara para que se quede y no viaje a Italia :)

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  6. Que capítulo!!! Esto se pone cada vez más interesante.. Pobre de Eli que triste y que decepción a la vez sentirte traicionada por la persona que amas.. golpe bajo uhuu la del video tiene que ser angie o la amiga de ella Silvia..

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