miércoles, 30 de abril de 2014

Cap.53. CHIARA: Amor, no importa cómo lo llamen.


Temía que se nos acabara el tiempo. Estábamos sentados, mi padre, mi abuela y yo, junto a uno de los paneles donde se anunciaban las puertas de embarque. Eran más de las once y media y Elisa no había contestado a mis mensajes.
De repente, literalmente, supe que no vendría y que ese futuro que yo había imaginado jamás existiría. Me di cuenta de que de algún modo lo había sabido desde la noche anterior. Lo había sabido mientras hacíamos el amor, lo había sabido al besarla antes de salir de su dormitorio. Nuestra relación se había construido a base de insistir y pelear, una y otra vez. Como una goma con la que habíamos jugado, estirándola y soltándola. Y esta vez se había roto.
Una pena profunda me invadió. Habíamos prometido que nos veríamos pronto, pero eso no sucedería jamás y me habían quedado tantas cosas por decirle, por explicarle, por compartir con ella. Me sentí resbalar hacia mi antiguo modo, triste oscuro, hermético, en el que viviría una vida hecha de pequeñas esperanzas sin esperanza. Sin Elisa me obsesionaría con mi propia vida, o bien la abandonaría para vivir una de rencor. Me odié por haber estado con Verónica. Después de aquella sesión sudorosa en su cama había jugado mi última carta con Elisa. ¿Cómo había podido ser tan inconsciente?
Anunciaron la puerta de embarque y partimos para Roma. No miré atrás, pero tracé un plan, una desesperada alternativa a lo que se me avecinaba. En ese momento no fui consciente, pero lo hice. Acepté mi derrota con serenidad, sorteé las preguntas de mi abuela y mi padre sobre Elisa y comencé mi vida en Roma, anestesiada.
Hacíamos lo que siempre habíamos hecho. Ver la tele, salir a alg los diecicohoeras de Roma y en cuanto cumpliqueños, cotidianos, poco ambiciosos pero igualmente nutritivos. Procuraba no pensarún cine, comprar ropa nueva para mi padre y para mí y esforzarnos por encajarnos en una vida extraña que parecía pertenecer a alguien a quién nos costaba recordar. Ni siquiera las rutinas conseguían unirnos como familia. Éramos tres personas abatidas, golpeadas por la vida que intentaban sostenerse entre ellas. Yo participaba de esa vida dominando mis ganas de gritarle al mundo que no merecía aquello, pero algo había madurado dentro de mí y por momentos entendía que lo que tocaba vivir podía ser tan bueno como cualquier otra cosa. Era una superviviente en una batalla llena de muertos y heridos, y aunque yo misma tenía mis heridas aún podía sostenerme y ayudar a mi padre, conocerle mejor, cortar las flores del jardín de mi abuela y descubrir nuevos placeres pequeños, cotidianos, poco ambiciosos pero igualmente nutritivos.
Procuraba no pensar en Elisa, ni en lo que había sido su venganza. No quería acumular rencor. No podía acumularlo de nuevo. Me resistí a encarnar viejos personajes que ya había interpretado y lo conseguí.
Vivíamos a las afueras de Roma y en cuanto cumplí los dieciocho mi abuela insistió en que me sacara el carné de conducir. Ella tenía una furgoneta con la que nos movíamos por los alrededores. Había creado una pequeña empresa de reparto floral. Así que me enseñó a hacer hermosos ramilletes de flores y a distinguir unas de otras para conseguir las combinaciones más eficaces. El resto de la semana, estaba en la escuela, a la que asistía regularmente, sin gran entusiasmo pero con el firme propósito de acabar el curso con las mejores notas.
Una tarde bajé a Roma a dejar un par de encargos que mi abuela había preparado para dos boutiques, cuando alguien me detuvo.
Tardé unos segundos que se me hicieron eternos, en reconocerla. Se trataba de Gaia. Ahora llevaba el pelo muy largo y parecía ensayar un aspecto más femenino y suave. Eso me desconcertó.
—¿Chiara? —llevaba los ojos pintados de azul y un vestido ligero con profusión de pequeñas florecitas de tonos pastel. Estaba embarazada.
—Dios, Gaia —murmuré mirando su vestido abultado.
—Estoy con Marcello —dijo señalando hacia atrás. Creí ver una advertencia en su voz.
—Bueno, me alegro de verte. Es alucinante. Estás embarazada —dije sin poder contenerme.
Se rió con ganas.
—Sí, gemelos —añadió abriendo mucho los ojos —inseminación artificial, suele pasar.
—Enhorabuena —tartamudeé no muy convencida de que la llegada de dos bebés al mismo tiempo fuera motivo de celebración o no.
—Míralo, ahí viene. Es un cielo, siempre me acompaña a hacer recados — susurró.
Traté de esconderme detrás de los ramos que llevaba conmigo. Me sentía ridícula y patética. La chica de las flores. La chica inoportuna que había besado a su hermana ahora repartía flores como una campesina Amish. La chica que había cruzado la barrera de lo correcto vivía en Roma rodeada de flores pero con el corazón roto.
Lo vi acercarse, sin reconocerme. Luego vaciló unos segundos al advertir quién era. Gaia le hizo un gesto para que se acercara.
—El tiempo lo cura todo —me susurró. Percibí un brillo diferente en sus ojos, algo así como una complicidad oculta que no terminaba de entender.
—Mira Marce, ¡es Chiara! —exclamó como una niña pequeña.
Aparté las flores de mi cara para poder besarle. Él no sonrió. Me devolvió los besos y miró a su hermana.
—Encontré la tienda que estabas buscando —le dijo.
—Perfecto. Eres un sol —contestó ella con un entusiasmo que a mí me pareció excesivo.
—¿Todo bien? —me preguntó de pronto volviendo la cabeza hacia mí.
Agité los ramos que llevaba en las manos.
—Todo controlado —dije, intentado bromear.
—¿Ahora eres florista?
—No, sólo ayudo a mi abuela a preparar ramos, los fines de semana. No encuentro muchas cosas que hacer, la verdad.
—¿Estuviste en España, no?
—Sí.
—¿Y por qué has vuelto? ¿no os fue bien por allá?
Gaia le tiró del brazo.
Marcello la miró directamente sin molestarse en disimular.
—¿Qué?
—Nos enteramos de lo de tu madre, Chiara —añadió ella pasando una mano por mi brazo —. Lo siento muchísimo. ¿Cómo está tu padre?
—Bien, supongo. Vive anclado a un depósito de oxígeno, pero parece que lo ha asumido.
—Debió de ser horrible para todos vosotros.
—No, qué va —bromeé sin éxito.
Marcello esbozó una sonrisa que me relajó. Al menos él no sentía compasión por mí.
—Me encantaría verte un día de estos. ¿Por qué no vienes a merendar el sábado? Ahora vivo con alguien —me propuso Gaia.
—Te va a encantar —dijo Marcello con ironía.
—No seas capullo —contestó Gaia, recuperando su antigua aspereza.
—En serio, lo pasarás pipa, créeme —insistió él, riendo.
—Pasa de él. Toma, mi tarjeta. Ahí tienes mi móvil y mi dirección de correo. Vente cuando te apetezca.
Me besó.
Miré la tarjeta y la guardé en el bolsillo de mi chaqueta.
—Gracias.
—Hazlo, ¿eh? —dijo echando a andar detrás de Marcello.
—Claro —contesté sin convicción.
Fue unos días más tarde cuando recibí su llamada.
—¿Cómo has conseguido mi teléfono? —pregunté sorprendida.
—Pregunté en la tienda donde dejaste las flores. Me hice pasar por una clienta interesada en vuestros ramos. Como no me quisiste dar tu tarjeta…
—No tengo tarjeta —contesté —y la verdad, Gaia, no te molestes, pero no estoy segura de que quiera retomar el contacto. Nuestro final no fue muy…fácil.
—¿Nuestro final? ¡Chiquilladas! Todo era muy confuso. Tenemos que vernos Chiara. Tengo tantas cosas que contarte. ¡Te eché de menos cuando desapareciste!
—¿Me echaste de menos? Te faltó tiempo para mandarme de vuelta a mi casa. Ni siquiera hemos mantenido la amistad —le recordé comenzando a sentir mi enfado.
—No me guardes rencor. Yo no supe hacerlo mejor y tú, bueno, tú tampoco fuiste muy clara.
—Creo que fui demasiado clara para tu gusto.
—Estabas con mi hermano ¿recuerdas?
—¿Por qué estamos hablando de esto? — protesté.
—Porque no quieres tomarte un café con una antigua amiga.
—¿Y tu hermano? ¿cómo está? —pregunté cambiando de tema.
—Estupendamente. Ya sabes cómo es. No ha cambiado mucho, aunque ha tenido que asumir algunas cosas. Supongo que recordarás lo orgulloso que era…
—Claro —contesté.
—Pero es buena gente ¿sabes? Mucho mejor de lo que crees.
—Nunca he pensado lo contrario. Fui yo la que le fallé.
—No se trata de eso, Chiara. Estábamos todos muy perdidos ¿sabes?
—¿ Y ahora ya no? —pregunté sin ocultar mi sarcasmo.
—Yo no ¿y tú?
No contesté.
Quedamos en su casa para el fin de semana. Me hizo prometerle que no le pegaría plantón. Cuando colgué el teléfono la imagen de Elisa me golpeó con fuerza. Estábamos todos muy perdidos, había dicho. No, yo no estaba perdida. Mi rumbo era Elisa, mi final era ella, el principio de mi vida había comenzado en España, mi esperanza continuaba allí. Tuve ganas de llorar, pero las aguanté. Podía aguantarlo todo, estaba bien entrenada para eso.

Gaia me abrió la puerta con una amplia sonrisa.
—¡Qué bien que hayas venido! Te confieso que no las tenía todas conmigo.
—Si no, te habría avisado.
Me cogió del brazo y me acompañó por un breve hall que comunicaba directamente con un hermoso salón. El sol de la tarde iluminaba un par de sofás blancos que emitían un resplandor casi angelical por toda la habitación. Había tres ventanas rectangulares y amplias que daban a la calle. Exactamente a la espalda de una antigua iglesia. Desde ellas podías ver los jardines, protegidos por piedras milenarias. Escuché un trasteo silencioso por una de las habitaciones de la casa.
—¿Hay alguien más? —pregunté.
—Claro. Te dije que vivía con alguien. Está preparando la merienda. No sabes qué galletas hace. Le hablé de ti y te ha cocinado un bizcocho de almendras exquisito.
—Gracias, qué amable.
Me giré cuando escuché unos pasos amortiguados entrando en el salón.
Una chica de ojos oscuros llevaba una bandeja en las manos.
—Mira, Sara, esta es Chiara —me presentó Gaia extendiendo una mano hacia ella.
Sara dejó la bandeja sobre una mesa y se acercó hasta mí. Gaia le besó en la boca y se sonrieron. Aquello me pilló totalmente por sorpresa y sinceramente, no conseguí disimular mi asombro.
—Encantada de conocerte Chiara —dijo Sara. Su mirada era clara y serena, llevaba el pelo cubierto por un pañuelo y sus rasgos eran claramente exóticos.
Gaia se abrazó a su cintura.
—No nos costó nada quedarnos embarazadas ¿verdad?
Sara sonrió sin dejar de mirarme. Debajo de su serenidad, había un análisis concienzudo de mi persona.
—¿Vivís juntas? Quiero decir ¿sois pareja? —me escuché decir sin reparos.
—Estamos enamoradas —susurró Gaia fingiendo un gesto de escándalo.
—Pero… tú… —comencé a decir. Luego opté por cerrar la boca. Todo lo que pudiera preguntar estaba de más.
Sara nos sirvió un té libanes y partió generosas raciones de una tarta demasiado especiada para mi gusto. Aún no salía de mi asombro. Pasamos la tarde las tres sentadas en ese enorme sofá blanco. Ellas me contaban cómo se habían conocido, la forma en la que Gaia se había sentido atraída por ella y mientras las escuchaba intentaba gestionar todo el rencor que sentía al comparar su felicidad con los años de vergüenza que había soportado por ser como era.
Llegado un punto de la tarde, tuve suficiente.
—Bien, creo que es hora de que regrese a casa —dije poniéndome en pie.
—¿Ya? ¿Tienes algún plan? —preguntó Gaia, curiosa.
—Tengo un padre enfermo y una abuela ochentona esperándome en casa. Es lo más parecido a un plan —bromeé.
—Bueno, podemos quedar a cenar otro día —me propuso Gaia.
Entendí lo que ella quería. Deseaba hundirse en una complicidad que la absolviera de lo que me había hecho sentir. Necesitaba desesperadamente mi aprobación para borrar nuestro último encuentro. Yo, en cambio, me di cuenta, en ese mismo instante que ya no necesitaba la aprobación de nadie, ni su respeto, ni su compasión, ni su admiración, ni fuera lo que fuera. No, yo sólo necesitaba a Elisa y su perdón.
—Hablamos —contesté con frialdad.
Gaia me acompaño a la puerta mientras era consciente de que Sara nos observaba desde el salón.
—Oye Chiara… —comenzó a decir. Nunca había visto a nadie tan avergonzado, Toda su cara estaba roja y la mano que extendía hacia la puerta, temblaba—Yo, pensé que te alegrarías…
—¿Qué me alegraría?¿de qué?
—De que seamos, iguales. Me entiendes ¿no?
—No, francamente, no.
—¿Me lo vas a poner difícil?
—En absoluto. No sé qué esperas que diga.
—No sé, esperaba que te sintieras arropada… de alguna forma.
—¿Arropada? ¿Acaso te doy la sensación de estar buscando un nido en el que refugiarme? ¿crees que soy un pajarito indefenso que necesita que le protejan?
—Supongo que tienes motivos para estar enfadada conmigo. Te fallé.
—No estoy enfadada. Estoy cansada de que la gente se compadezca de mí. Me alegro de que tu vida sea tan maravillosa, pero la mía no es peor que la tuya porque no esté embarazada y  casada con una mujer. Mi vida es mía y no necesito compararla con la de nadie. Ya hace tiempo que traté de dejar de hacer eso. Me rechazaste, ¿y qué? ¿nadie te ha rechazado nunca? Por Dios, nadie se muere por eso —contesté.
Salí de la casa convencida de que jamás regresaría. Sabía que todo estaba cambiando. Sabía que no tenía miedo, que no necesitaba ayuda para mostrar lo que había ocultado durante años y que tampoco iba a forma parte de un club de lesbianas entusiastas. Amaba  a Elisa y en ese momento entendí, que amaba lo que ella era. Hubiera sido igual que no hubiera sido una mujer. Mi amor iba más allá de la orientación sexual y eso me liberaba de algo en lo que yo misma me había encasillado. No era un amor distinto a otros amores. Simplemente era amor.


jueves, 24 de abril de 2014

CAP.52. ELISA: Rencor.


Sentí su cuerpo a mi lado. Su respiración junto a la mía. Recordaba aún sus labios sobre mi clítoris y eso me excitaba y me inquietaba. Había algo agradablemente aterrador en entregarse a alguien. 
Me moví nerviosa en la cama. Su respiración era caliente y ligeramente fuerte. No quería despertarla, no quería que se fuera, y al mismo tiempo sabía lo que tenía que hacer.
Un dolor punzante me atravesó y me encogí junto a ella. 
No hagas nada, no pienses en nada, pensé. 
Pero otra voz dijo: Vete, vete lejos de mí.
Ella tenía el poder de destruirme y de darme la vida. Nunca nadie lo había tenido, nunca nadie me había enloquecido de ese modo. Vete, aléjate de mí me repetí, mientras todo mi cuerpo gritaba lo contrario.
Intenté no desearla, ni querer tocarla. Lloré en silencio, hecha un ovillo junto a ella, junto a mi amor y a la asesina de mi confianza.
Pasaron unos minutos, no recuerdo cuántos, hasta que decidí salir de la cama. 
Caminé a oscuras por el cuarto, intentado no hacer ruido. Salí al pasillo y fui hasta el baño. La casa estaba en silencio, un silencio distinto al de otras veces, uno que salía de mi cuerpo y lo vaciaba todo, un silencio oscuro y profundo como el de un viejo pozo abandonado.
Entré en el bañó y encendí la luz. Mi reflejo en el espejo me pareció distinto. No era más hermosa, no, no se trataba de belleza, era algo indefinido que había visto en algunas mujeres mayores que yo. Era el reflejo de la realidad, descarnada, ya sin fantasías acerca del futuro, era el reflejo de la mentira y la verdad conviviendo juntas, del dolor y el placer formando parte de la misma experiencia, era el reflejo de la vida golpeando mi ingenuidad.
Estuve unos segundos mirándome, apoyada en el lavabo. Abrí el grifo del agua y me lavé la cara. Su olor estaba en mis labios, en las yemas de mis dedos, en mi pelo. Me froté las manos con un cepillo, me enjaboné los brazos y las piernas, empapé una esponja en agua y jabón y limpié mi sexo permitiendo que el agua resbalara por mis muslos, hasta el suelo y una vez allí lo manchara todo. Tenía que borrar cualquier rastro de ella, tenía que sacarla de mí.
Salí del baño en silencio, atenta a cualquier ruido y regresé al dormitorio. Cerré la puerta y me metí en la cama.
—¿Eli, est— Estás empapada. ¿Tea. Deberñias de marcharte —  regress,¡ hasta el suelo y una vez allolor y el placer formando parte de la miás bien? —me susurró con voz pastosa—Estás empapada. ¿Te has duchado?
—Son las cinco y media. Deberías marcharte —contesté tiritando de frío.
—Ven, acércate a mí. Estás temblando, ¿qué te pasa?
Me abrazó y me besó en los labios. Tomó mi boca y mordió levemente mi labio inferior, para luego acariciarlo con su lengua. El agua se mezcló con mis fluidos que comenzaron a activarse de nuevo. No había resistencia en mi cuerpo aunque la hubiera en mi mente. Era aterrador. Se tumbó sobre mí y me besó en el cuello mientras una de sus manos acariciaba mi pecho. Su dedos apenas rozaban mis pezones y eso provocaba un placer mayor que si me estuviera masturbando.
—Para… por favor…
—No. Te quiero hoy, hasta el último segundo que pueda pasar contigo —susurró en mi oído mientras su lengua resbalaba por el lóbulo de mi oreja. 
Giré la cabeza para dejarle hacer. Entonces la vi. Mi madre estaba allí, mirándome, a pesar de la oscuridad. Era imposible no sentir sus ojos, clavados en mí.  Su respiración contenida, luchando por permanecer silenciosa, la tensión de su mano empuñando  el pomo de la puerta. Cerré los ojos sintiendo que los latidos de mi corazón mezclaban el placer y el miedo. Ella cerró la puerta lentamente.
Chiara se movía entre mis piernas lamiendo mis ingles, haciendo resbalar su lengua por mis muslos, mordisqueándolos suavemente. En ese momento ella era dueña de ese movimiento sensual que despierta con el sueño, invadiendo al cuerpo de una lentitud deliciosa y aumentando los sentidos. El olor de su aliento era dulce y agradable. Quise besarla y golpearla al mismo tiempo, pero me contuve.
—Tienes que marcharte —repetí.
Se levantó y se sentó sobre mí a horcajadas.
—No quiero dejarte ¿entiendes? No puedo.
—Tienes que irte —repetí procurando que mi voz no delatara nada.
Miró su móvil sobre mi mesilla de noche.
—Joder… —susurró.
Apartó las sábanas y se sentó en la cama.
—Mi avión sale a la una de la tarde. Terminal cuatro. Luego te mando el número de vuelo ¿estarás allí, verdad?
Asentí con la cabeza. Ella recogía su ropa mientras hablaba en susurros.
—Estaremos a las once y media. Mi abuela ha pedido asistencia para embarcar a mi padre. Mejor, así tendremos más tiempo para estar juntas.
Se giró hacia mí mientras se abrochaba el pantalón.
—Eli…
—Dime.
—Te quiero.
—Te quiero —repetí yo.
Me dio un beso, mientras acariciaba mis mejillas. Me miró fijamente. Sentí todo su amor intentando quebrar mis defensas, derrumbando los altos muros con los que intentaba protegerme.
—Te veré luego —dije devolviéndole el beso.
Me giré de espaldas a la puerta para no verla marchar y cerré los ojos.
Cuando los volvía a abrir ya era de día. Mi cama aún olía a ella y me apresuré a deshacerla, a quitar las sábanas y poner unas nuevas.
Salí al pasillo y fui hasta el baño. Tropecé con Nando que abría la puerta de su dormitorio.
—¿A dónde vas con las sábanas? — me preguntó frotándose los ojos.
—Están sucias —contesté caminando hacia las escaleras.
Bajé hasta la cocina y arrojé la ropa de cama dentro de la cesta junto a la lavadora. La presioné con fuerza hacía abajo, como si intentara ahogar un cuerpo en el agua.
—¿Qué haces? —. La voz de mi madre sonó gélida detrás de mí.
—Nada —respondí ocultando mi sobresalto.
—Jasmine las cambió hace un día —dijo alejándose de mí—, aunque será mejor que las vuelva a lavar.
—¿Le pido que lave también las tuyas? —me oí responder—Ah, no, claro. Seguro que de eso ya te encargaste tú.
Se detuvo de espaldas a mí. Ahora ya era demasiado tarde para protegernos la una de la otra. Esperé a que dijera algo. Tal vez me abofetearía, o me gritaría. Sabía que no lo iba hacer, pero juro que deseaba que lo hiciera. Si ella se quebraba podría acercarme, si ella compartía su secreto, yo podría compartir el mío.
—Cierra la puerta cuando acabes. La cocina se está quedando fría —contestó alejándose.
Podría haberla atacado, hundir un cuchillo en su corazón de piedra. O tal vez sacar la espada helada que llevaba clavada en él. Yo merecía algo mejor que su desprecio y su censura. Ella no era perfecta. Ella no era quién fingía ser. La seguí por la casa, muy cerca, tan cerca que era una provocación.
—Mamá ¿qué quieres decirme? —susurré a su espalda.
Entró en su dormitorio y abrió el bolso. Encendió un cigarrillo y a la luz del mechero vi temblar sus manos.
—Vístete. Llegarás tarde al colegio.
—Puede que no vaya hoy.
Apretó la mandíbula al tiempo que sonreía.
—Sí, por supuesto que irás. A ver a esa amiga tuya ¿cómo se llamaba?
—Chiara, mamá. Se llama Chiara y hoy se marcha a Roma.
Suspiró y volvió a sonreír.
—Bueno. Mejor así.
—Te odio —musité.
—Todos los adolescentes odian a sus padres —se limitó a contestar.
—No te importo nada ¿verdad? —mi voz temblaba de rabia y tristeza.
—Soy tu madre.
—Eso es un cargo, no un sentimiento. No significa nada. Tú no te hablas con la tuya.
Dio una larga calada que consumió un tercio del cigarrillo. Ese gesto fue el único que la delató. Estaba nerviosa, tal vez asustada. Tenía que aprovechar su debilidad.
—Nunca hablas de ella.
—¿De quién? —preguntó aplastando el cigarrillo contra un cenicero.
—De la abuela.
—¿Vamos a hablar de eso ahora? —dijo fingiendo una sonrisa.
—No. No vamos a hablar de eso, sino de lo que has visto esta noche y de lo que yo vi hace una semana.
El cigarrillo estaba apagado, pero ella continuó apretando los dedos contra él.
Luego se sentó en su pequeña butaca blanca, con las piernas cruzadas y apoyó las manos sobre los brazos de la butaca.
—No sé de qué hablas.
—Sí, sí lo sabes.
Levantó la vista hacia mí, pero no pudo mirarme. Estaba sonriendo y parpadeando a la vez como si estuviera intentado entender algún tipo de broma.
—¿Qué haces?
Nando entró en la habitación.
—¿No tienes clase hoy? —preguntó mirándome.
—No —contesté saliendo de la habitación.
—Ah, no sabía. Podías haberme avisado. Estaba esperándote.
—Mamá me ha dado el día libre —añadí.
Escuché sus voces susurrando en voz baja. Entré en mi dormitorio y cerré la puerta con pestillo. No hacía falta, sabía que ella no se acercaría a mí. No de momento. Necesitaría tiempo para pensar cuál debía de ser su siguiente paso. 
Abrí el cajón y saqué un juego de sábanas limpias. Hice la cama lentamente, con la precisión de una doncella bien entrenada. limpias lim sñabanas mimpiaslar el gemido de mi cabeza.
 labiose y de lo que yo vi hace una semana.r que si me estuviera mastur limpias lim
Me metí en la cama sin ninguna sensación de orgullo o satisfacción por lo que acababa de hacer. Tenía ganas de vomitar y me llevé la mano al estómago.
A las once miré el móvil y lo apagué.
Me cubrí con las sábanas y traté de dormir un poco. La escena del video desfiló varias veces por mi cabeza. La boca de Chiara sobre otros labios, sus brazos rodeando a otra chica.
Nunca podría olvidarlo. Nunca.




domingo, 20 de abril de 2014

Hola chicas:
Sólo una cosita. Hoy, gestionando los comentarios, he eliminado uno de alguien sin darme cuenta y tampoco he podido ver de quién era. Lo he seleccionado y le he dado a "eliminar" en lugar de "publicar" porque se me ha ido el cursor hacia el otro lado. Os lo comento para que la chica que lo haya dejado, sepa, que si no lo ve publicado, es porque ha sido un error y me encantaría que lo volviera a colgar. Gracias y  sorry.
Besos a todas.
Vic

jueves, 17 de abril de 2014

CAP.51. CHIARA: Venganza.


Mi padre y mi abuela me miraron cuando entré de nuevo en el comedor. Me di cuenta de que no conseguía orientarme. Aún no entendía lo que acababa de pasar.
Acabé el postre en silencio intentando ordenar mis ideas, hasta que mi abuela preguntó por Elisa.
—Ha tenido que marcharse —contesté sin levantar la mirada de mi plato.
—Se ha dejado la chaqueta y la mochila —señaló ella.
Miré sobre su silla e instintivamente los cogí, como si tuviera miedo de que eso también se volatilizara de repente. Mi padre carraspeó un poco y tosió. Vi de refilón como mi abuela le hacía un gesto para que no me dijera nada. Acabamos la cena en silencio y nos fuimos cada uno a nuestro cuarto.
Entré en mi habitación y llamé un par de veces a Elisa, pero tenía el móvil desconectado. Me di por vencida y miré sus cosas con la esperanza de que ellas me dieran alguna pista acerca de lo que le había pasado. Mentirosa, me había llamado.
El escarabajo verde se deslizó lentamente frente a mí. Era imposible que ella lo supiera, pensé. No podía haberse enterado de ninguna forma. Repasé mentalmente todo lo que había sucedido durante la cena, hasta que había entrado en los lavabos. Nada encajaba en mi cabeza, pero en un minuto encaj. acerme eso. Luego me di cuentale habte de que no podpero en un minuto encajue le habñia pasado. Me tumbó.
Me abalancé sobre el móvil cuando escuché la entrada del mensaje. Lo abrí sin reconocer el número y me vi con toda claridad, besando a Verónica, borracha, riendo como una estúpida. El terror hizo presa en mí. ¿Era eso lo que ella había visto? No había otra explicación. Arrojé el móvil al otro lado de la habitación y odié a Verónica por hacerme eso. Luego me di cuenta de que no podía haber sido ella. Yo no le había dado mi número de teléfono y mucho menos el de Elisa. Caminé por la habitación sin saber qué hacer. Había cometido un error, un error grave, algo imperdonable y lo sabía, pero no podía rendirme ante eso por muy despreciable que me sintiera.
Abrí la mochila de Elisa y registré el interior. Ni siquiera estaba segura de lo que buscaba, pero necesitaba actuar, hacer cualquier cosa, provocar una solución aunque fuera descabellada. Y la solución se presentó delante de mí﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ba con que ellos podñitener alarmas conectadas durante la noche. Me decantzadora.alquier cosa, provocar una soluciñon í cuando encontré las llaves de su casa.

No puedes hacer eso, me dije, no debes. Ya has hecho demasiadas tonterías. Eso me repetí mientras cogía la cazadora de Elisa y cargaba con su mochila sobre mi hombro; y a pesar de todo salí del hotel y me dirigí hacia la boca de metro más cercana. No tenía otra opción. No la tenía.
Cuando llegué delante de la casa de Elisa, no tenía ningún plan. Miré las luces blancas de las ventanas. Un débil brillo marfil en una de las habitaciones de la planta baja se apagó. Me mantuve en la sombra intentado decidir qué era lo mejor.
Podía esperar a que todos durmieran y entrar en la casa, o podía llamar a la puerta e intentar entrar con la excusa que me daban su mochila y su cazadora. Lo primero parecía sacado de una película de espías y yo sabía que mi valor tenía un límite, además contaba con que ellos podían tener alarmas conectadas durante la noche. Me decanté por la segunda opción.
Una mano me detuvo antes de que tuviera tiempo de llegar al timbre. Los dedos se clavaron en mi hombro.
—¿Qué coño haces aquí?
Elisa estaba detrás de mí y me miraba con fiereza.
—He venido a darte tus cosas y a hablar contigo —logré decir.
—Tú y o no tenemos nada de qué hablar —me contestó arrancándome la cazadora de las manos.
Le ofrecí su mochila antes de que tuviera tiempo de hacer lo mismo con ella.
—Yo creo que sí. Hay mucho de qué hablar y te ruego que me des una oportunidad de hacerlo.
Ella se rió. Fue una risa dolorosa, casi un aullido, penetrante y cruel.
—No —dijo secamente.
Sacó las llaves y abrió la puerta de entrada. Me colé tras ella sin que pudiera impedírmelo.
—Vete —me dijo con la cara tensa por la rabia.
—No, no me iré sin aclararlo todo.
Una luz nos deslumbró y una figura oscura se perfiló sobre ella.
—¿Elisa?
A lo lejos, atravesando el jardín alguien caminó hacia nosotras.
—Vete —susurró—. Joder, es mi madre. Lárgate de aquí.
Me quedé quieta sintiendo toda su ira sobre mí. Aguanta Chiara, me dije, no tendrás otra oportunidad.
—¿Elisa?
La mujer se detuvo frente a nosotras. El jardín estaba a oscuras, pero unas luces lo iluminaron súbitamente. Era una mujer alta y morena, con un hermoso pelo negro brillante que se deslizaba como la seda a su paso. Llevaba un camisón que cubría con un elegante chal. Me miró un momento y luego miró a Elisa. Esperó unos segundos a que ella dijera algo.
—Es… una compañera del colegio que me ha traído mis cosas.
—Vaya, qué amable —dijo la mujer sonriendo—. Elisa no se encontraba muy bien hoy ¿verdad, hija?
Elisa miró hacia otro lado. La mujer me estrechó la mano, un gesto que me sorprendió por la distancia que delataba.
—Bien, pues pasad dentro de casa ¿no? Hace frío —dijo estrechando el chal con fuerza sobre sus hombros.
—No, mamá. Ella, ya se iba —se apresuró a anunciar Elisa.
—Lo cierto es que me he quedado sin bono metro —me inventé— y aunque me dé vergüenza pedirlo, necesito que me dejes algo de dinero para volver a casa.
Elisa me echó una mirada furiosa. Su madre Sonrió con amabilidad.
—Por favor, entra y tómate un té, y por supuesto que te pagaremos el viaje en taxi a tu casa.
Elisa intentó decir algo, pero su madre ya caminaba hacia la puerta con la decisión inquebrantable de una reina que decide cada movimiento a su alrededor.
—Te odio… —murmuró Elisa.
—Yo te quiero —contesté suavemente.
Entramos en la casa y su madre me llevó hasta la cocina.
—¿Has cenado?
—Sí, señora —dije.
Ella se rió.
—Es la primera vez que una amiga de mi hija me llama “señora”.
—Perdón —me excusé sin estar segura de si debía hacerlo o no.
—Al contrario —rebatió ella—es agradable relacionarse con gente bien educada.
—Ella es extranjera, mamá —dijo Elisa con voz seca.
—Eso no es incompatible con la buena educación —contestó su madre abriendo un cajón en el que se ordenaban distintas bolsitas de colores.
—¿Una infusión? —preguntó girando la cabeza. Su pelo se agitó como las alas negras de un hermoso pájaro.
—Sí, muchas gracias.
Elisa, cada vez más tensa, me miró.
—¿Camomila, un poleo, roibos? —me ofreció extendiendo unas manos blancas como el marfil rematadas en una manicura impecable.
Sus dedos movieron las bolsitas hasta detenerse en una de ellas. Tiró de un hilo.
—Este té es una delicia —dijo balanceándolo delante de nosotras—. Venga chicas, echadme una mano. Elisa saca unas galletas y una taza para tu amiga.
Elisa no se movió. Yo me acerqué a su madre dispuesta a ayudarla.
—¿Dónde están las tazas?
Me señaló unas baldas de cristal. Elisa se adelantó y me detuvo.
—Mamá, es tarde, creo que Chiara debería de volver a su casa.
Su madre se volvió hacia ella y su rostro se enfrió.
—He invitado a tu amiga a un té, Elisa —dijo como única respuesta—. Saca la caja de galletas que ha traído tu padre de Bélgica.
Un sonido a mi espalda me sobresaltó.
—¿Dónde te habías metido? —un chico un poco más alto que Elisa acababa de entrar en la cocina.
—Salí a dar un paseo —contestó Elisa
—Todo está bien, ya se encuentra mejor —interrumpió la madre antes de que el muchacho abriera la boca —Ha venido …perdona, ni siquiera te he preguntado cómo te llamas.
—Chiara —contesté.
—Bonito nombre. Ha venido Chiara a traerle las cosas que había olvidado Elisa en el colegio. Ha sido muy amable.
Obviamente era el hermano de Elisa. Una versión tosca y ruda de su belleza. Me miró unos segundos más de lo que hubiera sido cortés. Me sonrojé como una niña. Había visto esa mirada en Marcello y reconocía lo que quería decir. Él también pareció turbado.
—Papá, estaba preguntando por ti —añadió dirigiéndose a su madre. Dudó antes de extender una mano hacia mí—. Hola, yo soy Nando, el hermano de Elisa.
Se acercó a mí y me estrechó la mano como lo había hecho su madre minutos antes.
—Hola —murmuré yo.
—Bien, chicas, estoy segura de que sabréis haceros un té sin mi ayuda —se despidió la madre de Elisa.
Respiré aliviada. En esa reunión comenzaba a haber demasiada gente. Recé para que su hermano desapareciera también y mis súplicas se convirtieron en realidad, aunque eso no facilitó en absoluto las cosas. Elisa esperó a que los dos salieran de la cocina.
—Ya te puedes marchar —dijo en cuanto nos quedamos a solas.
—No, no me iré. Me voy mañana a Roma y no puedo dejar las cosas así.
—Las dejaste así hace unos cuantos días ¿no? ¿Cuándo te enrollaste con esa tía? ¿Ayer? ¿antes de ayer? ¿El mismo día en que me besaste?
—Sé que no lo entenderás, pero no significó nada, de verdad. Sólo estaba furiosa porque me iba y porque pensé que te perdería.
—Claro, super lógico. Es una explicación de lo más convincente —contestó con sarcasmo—. Pero yo tengo otra. Intentaste hacerlo conmigo y yo no te dejé. Así que te desahogaste con otra.
—Eso es una idiotez —repliqué intentado suavizar mi tono.
—Sí, y yo una idiota por enamorarme de ti.
Di un paso hacia ella y retrocedió.
—Ni te acerques, ¿me oyes? —se giró y caminó hacia las escaleras. Esperé un segundo y la seguí. Subí tras ella lentamente, dejando una distancia entre nosotras. Atravesó un largo corredor y abrió la puerta de su dormitorio.
Dejé que cerrara la puerta y contuve el aliento. Luego la abrí con cuidado.
Se había quitado el jersey y lo lanzó contra mí.
—¡Qué te largues! —me gritó.
—Shhh —le dije llevándome un dedo a la boca—¿Qué quieres montar un número delante de tu familia?
—No. Quiero que me dejes en paz —dijo bajando la voz, aunque no la intensidad de su ira.
Me senté en una silla que había junto a la mesa. No sabía qué hacer. Lo único que sabía era que no me marcharía hasta haber arreglado las cosas con ella.
Elisa empezó a desnudarse. Yo apenas me atreví a mirar. Había deseado ver su cuerpo y tocarlo y ahora me avergonzaba verla, como si de pronto mi propia indignidad me prohibiera incluso mirarla.
Arrojó la ropa al suelo y luego se metió en la cama.
Estuve un largo rato sentada en la silla mirando su habitación, dándole vueltas a todo. Me levanté y eché el pestillo.
Ella se había tapado y me daba las espalda. Apagué la luz del techo y dejé encendida una pequeña lamparita sobre el escritorio.
—Vete —susurró. Ahora sollozaba.
Yo estaba de pie en medio de la habitación. No se me ocurrió otra cosa que recoger su ropa y doblarla cuidadosamente. La dejé sobre la mesa y la acaricié. Escuché sus esfuerzos porque no la oyera llorar.
Me acerqué hasta su cama y me senté con cuidado. No sabía cómo podía reaccionar, pero no se movió.
Su cuerpo temblaba bajo las sábanas y yo también comencé a sentir una tristeza profunda, por haberla herido, por haberme equivocado de una forma tan estúpida, por tener apenas unas horas para estar con ella. No era este el final que yo había imaginado. Intenté no llorar.
Acerqué una mano a su cabeza, pero ni siquiera la toqué, aunque lo deseaba. Deseaba abrazarla y decirle cuánto la quería, necesitaba su perdón, necesitaba llorar con ella y explicarle que no había nadie más que ella y que nunca lo habría.
Apoyé mi cabeza entre mis manos y cerré los ojos. Hubiera dado cualquier cosa por poder retroceder en el tiempo y deshacer mi error, cualquier cosa.
—¿Quién era esa chica? —preguntó con un hilo de voz.
—Nadie —contesté sin levantar la mirada del suelo.
—¿Nadie?
—Nadie. Eso nunca ocurrió, nunca —repetí desolada.
Siguió una larga pausa en la que su llanto fue cediendo.
—Ella…¿te importa?
—No, ella no es nadie —repetí.
—¿Entonces por qué la besabas?
—Estaba borracha.
—Tu no bebes.
—Esa noche sí.
—¿Por qué?
—Pensé que jamás volvería a verte. No me sentía capaz de despedirme de ti.
—No puedo dejar de pensar en ello ¿sabes? Cada vez que cierro los ojos te veo con ella y cuando los abro te sigo viendo con ella.
—Yo te veo a ti a todas horas —contesté.
Comenzó a llorar de nuevo.
—Por favor Elisa, no llores más. Se me parte el corazón —le supliqué.
—Tú no me quieres —susurró con la voz entrecortada.
Me tumbé a su lado y la abracé por la espalda.
—No es cierto, yo te amo, te quiero con todo mi corazón —. Esperé ese manotazo que me separaría de ella, pero no sucedió nada. Cerré los ojos y dejé que siguiera desahogándose.
Estuvimos así un largo rato, hasta que escuché unos pasos en el corredor y me apresuré a apagar la luz de la mesita. Me quedé de pie muy quieta, esperando a que alguien intentara abrir la puerta. Había sido un error echar el pestillo.
Escuché unos ligeros golpecitos.
—¿Elisa?
Aguanté la respiración. Elisa no dijo nada. Luego los pasos se alejaron y percibí el sonido de una puerta cerrarse.
—Métete en la cama conmigo —dijo Elisa en voz baja.
Dudé un segundo, luego me desnudé y obedecí.
La cama estaba caliente y al apoyar la cabeza junto a la suya sentí la humedad que habían dejado sus lágrimas sobre la almohada.
Le besé la espalda con suavidad.
—Abrázame, por favor —pidió.
Pasé mi brazo por su cintura y la apreté contra mi pecho.
—Te quiero —le dije al oído.
—Nunca he hecho el amor con nadie —musitó.
—No tienes que hacerlo si no quieres —le susurré.
—¿No me deseas? —preguntó con una voz tan infantil que me enterneció.
—Más que nada en este mundo —contesté.
Se giró hacia mí, resbaladiza como un pez y me abrazó. Hundió su cara en mi hombro.
—¿Qué hiciste con esa chica? —preguntó.
—Nada —mentí—solo un par de besos.
—¿Eres virgen? ¿Ni siquiera lo intentaste?
—No —dije mientras me sentía más miserable aún.
Me besó en la mejilla. Yo le acaricié la cara y le obligué a mirarme. En la oscuridad apenas vislumbraba sus ojos, pero quería que ella me mirara.
—¿Me ves? —le pregunté.
—Perfectamente —dijo ella.
—Tú estás a contraluz y apenas distingo tus ojos. ¿Aún me odias?
—Sí —dijo y luego me besó en los labios. Fue un largo beso, tierno y suave, dulce y cálido que inflamó mi corazón.
—¿Es eso un beso de odio?
—Sí —repitió ella.
—Pues bendito sea tu odio —bromeé.
Escondió su cabeza en mi cuello y sentí la humedad de sus lágrimas de nuevo sobre mi piel.
Me atreví a rodear sus caderas con mis piernas. La abracé con todo mi cuerpo, ella se apretó contra mí.
Busqué su boca y la besé con todo el corazón latiendo en mis labios.
—Te quiero, Eli, te quiero mucho —repetía mientras mi boca buscaba la suya.
Ella me cogió de la cara y me separó.
—Dímelo, dímelo hasta que lo crea.
Nos besamos otra vez y ella metió una pierna entre las mías. Yo la apreté con mis muslos.
Nunca había sentido algo así, ni en el mejor de mis sueños esto se parecía al amor. Era mucho más que eso. Ella me pertenecía, como yo le pertenecía a ella. Ella era una continuación de mi piel y lo que ella sentía vibraba en mí, como la cuerda de un violín vibra en contacto con el arco. Ella era mis manos, mis labios, mis pechos, la yema de mis dedos.
Besé su cara húmeda y sus ojos. La abracé más fuerte y luego aflojé para poder besarle el pecho, su pequeño y hermoso pecho que la camiseta de tirantes había dejado al descubierto. Suspiró con tanta fuerza que pensé que nos oirían. Giré hasta ponerme sobre ella y le besé el cuello. Ella buscó mi boca de nuevo. Lamió mis labios y me mordió. Aguanté el dolor y no dije nada. Supe que su enfado podía mezclarse con la excitación y asumí que lo soportaría. Comenzó a ondularse bajo mi cuerpo, su pubis buscaba un lugar en mi cuerpo. Le cogí de los brazos para separarla de mí y la miré.
—¿Quieres seguir?
Asintió con la cabeza. Intentó deshacerse de mis manos, pero yo la retuve un segundo más.
—Te besaré.
—Ya lo estás haciendo.
—No. Allí —susurré.
Ella me abrazó con fuerza.
—Dime que me quieres, otra vez.
—Te quiero, Elisa, y te deseo con toda mi alma.
—Júrame que no hiciste nada con esa Chica —. Sus ojos aún brillaban de pena.
—Elisa… ¿no puedes olvidarlo?
—Júralo.
Me dejé caer junto a ella, agotada por el amor, la traición y la mentira. ¿Cómo podían convivir todas esas cosas juntas?
Ella me dio la espalda de nuevo.
—Mientes ¿verdad?
Me quedé quieta, muy quieta con los ojos cerrados. La oí llorar de nuevo, y a pesar de todo me dejó que la abrazara.
Me hundí entre las sábanas y giré su cuerpo hasta que mi boca quedó sobre su pubis. La besé sobre las braguitas de algodón, la besé con paciencia, lentamente, a través de la tela hasta que su llanto cedió y fue sustituido por un movimiento continuo. Tensó las piernas con fuerza y supe que estaba a punto.
—Te amo —le dije y mi lengua se deslizó suavemente.
El espasmo que acompañó su final fue feroz y escuché un largo gemido, ahogado por la almohada sobre la que hundió su cara. Se incorporó de golpe, aún tensa. Seguí besándola. Apretó mi cabeza contra su sexo.
Yo me hundí en ella. Me rodeó con las piernas y se arqueó como una rama sacudida por un vendaval.
Temí que gritara y que eso despertara a su familia, pero no lo hizo. Estuvo unos segundos sacudiéndose intermitentemente, mientras aún mantenía su mano sobre mi cabeza. Poco a poco comenzó a aflojarse y se derrumbó en la cama.
Tiró de mí hasta su boca y me besó largamente. Sentí su mano metiéndose bajo mis bragas. La dejé hacer. Era una criatura maravillosa, sus dedos despedían un calor eléctrico que me hizo acabar rápidamente y no dejó de besarme mientras me masturbaba.
Nos abrazamos, apoyadas en el costado. Le besé la punta de su nariz y la apreté contra mi pecho.
—Chiara … —susurró.
—Amor mío —le dije.
—Aún quiero más —musitó. Estaba empapada, sentía su humedad sobre la piel de mis muslos.
—Eli, Eli —. Sujeté su cara entre mis manos. Se deshizo de mí y desapareció bajo las sábanas. Su lengua ardía y sus labios apretaron mi clítoris.
—Eli, joder, ¿qué haces? ¿cómo lo haces? —jadeé. Subió sus manos hasta mis pechos y los acarició. Hundió las yemas en el centro mismo de mis pezones y algo se conectó directamente con mi sexo. Podría haberme corrido solo con sus caricias en mi pecho. Me mordí el dorso de la mano y empujé mi clítoris hacia su cara. Cogí sus dedos y los llevé a mi boca mientras la dejaba hacer.
—Sigue, cariño. Por favor, no pares.
Pasó la lengua por mis ingles y hundió los dientes levemente en mi carne. Mi corazón latía con furia. Quería amarla y  morderla, devorarla, meterla dentro de mí.
Bajé las manos hasta su cabeza, guié sus movimientos con suavidad, lentamente. Se detuvo un segundo antes de que llegara al orgasmo. Me sorprendió, pero entonces besó ligeramente mi sexo y hundió un dedo en mi vagina. No esperaba algo así, pero no pude pensar, solo me dejé inundar por el placer y empujé hacia su dedo instintivamente. Un orgasmo interno que nunca había conocido se conectó con otro externo. Creí que iba a morir del gusto.
—Dios… —susurré apretando los dientes.

No recuerdo en qué momento de la noche desperté, pero recuerdo que salí al baño de puntillas y pensé que debía volver a su dormitorio vestirme y marcharme.
Cuando entré ella estaba despierta.
—Vuelve a la cama, no te vayas, por favor.
—Son las cuatro —le dije mirando el móvil sobre la mesita.
—Te despertaré a las cinco y media, pero no te vayas aún.
—¿Me has perdonado?
—Ven —dijo levantando las sábanas para que me acostara de nuevo.
—Dime algo, Eli.
—Duerme —murmuró.
Me cogió de la mano y entrelazó sus dedos con los míos. Nunca había sido tan feliz, pensé.




—Camomila, un poleo, roi bos?ermoso plo se agitcolores.
ora.
 alrededor.
ad, hija?
isadora.alquier cosa, provocar una soluciñon ElisaElisa