jueves, 6 de marzo de 2014

¡Solo queda una semana de espera para saber si se editará nuestra novela en papel!

Y mientras tanto queremos tener el blog activo. Así que os vamos a ofrecer un bonito relato que nos ha cedido Sonia Martí Gallego de su libro de relatos ilustrados, Desnudo. En el que nos habla de sus primeras experiencias con la masturbación. ¡Disfrutadlo!

LA SIESTA (2008)
Ilustrado por Carlos Vermut

De pequeña se pasaba todo el verano en el pueblo,
en la casa de sus abuelos. Le encantaba estar allí porque podía estar casi todo el día jugando en la calle, libre y sin horarios. Pero ese verano traía algo nuevo con ella. Claro que ella no sabía cómo se llamaba

eso tan agradable que podía conseguir cuando se ponía boca abajo en la cama, metía la manita entre el colchón y su pubis y se movía poco a poco intentando prolongar el momento hasta que aquello llegaba. Hay que decir que bastante rápido y silencioso, pero eso ella no lo sabía aún y le parecía de lo más gustoso. Siempre lo hacía con la misma postura: boca abajo, en la cama o en el suelo y lo que movía era el cuerpecillo y no la mano, que quedaba atrapada y casi inmóvil. Así que, cada vez que podía o que le venía la idea a la cabeza, lo hacía a solas con su «posición», que de momento, era la única que conocía. 

A veces, cuando se acostaba a dormir la siesta con su abuela, también lo hacía. Y para su abuela, aquello de la siesta en verano era un ritual. No perdonaba ni una tarde. Se quitaba la ropa, se quedaba en viso y se metía bajo las sábanas, como si fuera por la noche. Y así dormía casi dos horas en su habitación‐cueva sin ruidos ni luz. Mientras, su marido jugaba al dominó en el bar y en la calle caía el sol como una manta sobre un pueblecito desierto. Entonces ella, en estas tórridas horas, se metía con su abuela en la cama si no tenía nada mejor que hacer. 

No es que fuera por ahí a todas horas con el «tema», ni que estuviera obsesionada con su descubrimiento, pero es que ese momento, en la cama de su abuela —que dormía profundamente a su lado—, era prefecto; sobre todo porque no solía tener sueño. En esa alcoba fresca, oscura y silenciosa de pueblo, ella se sentía resguardada y casi a solas. Y tenía clarísimo que su abuela no se daba cuenta de ese movimiento tan sutil y discreto. Así que, una vez en la cama,
se giraba a su «posición» y movía con cuidado las caderitas hasta que aquello llegaba, entonces dormía un rato la siesta tranquila y cuando despertaba, su abuela ya se había levantado. 

De mayor, ella se acordaba de aquellos episodios y le hacían gracia. Pensaba que su gusto por estar de espaldas cuando practicaba el sexo, ahora de adulta, venía de esas primeras veces de pequeña. Y se reía al acordarse de un par de pilladas de su madre; pero tenía muy claro que, al menos en aquellas siestas en el pueblo, su abuela no se había enterado. Pero los recuerdos son muy escurridizos y una vez, ya de mayor, le vino a la cabeza algo que su abuela le repetía mucho y, rápidamente lo asoció a sus siestas compartidas. Esta señora firme y muy católica le hacía rezar e ir a misa cuando pasaba los veranos con ella. Además, tenía muchas historietas que meterle en la cabeza. Las utilizaba como método educativo para transmitirle prohibiciones, valores y costumbres que ella creía necesarias para una niña. 
Una de estas historias resultaba muy curiosa y siempre la tuvo en la cabeza a lo largo de los años. Su abuela le repetía que había unas posturas mejores, o más saludables, para dormir que otras. La mejor para el cuerpo era boca arriba, después sobre el lado derecho (porque se encontraba más lejos del corazón), luego sobre el izquierdo y la peor de todas era boca abajo. Lo que ella entendió entonces de esto es que no había que presionar al pobre corazón cuando se dormía y estas posiciones eran las mejores porque lo mantenías más alejado y no dejabas todo el peso del cuerpo sobre él. 

De hecho, ya de adulta, esto lo tenía tan interiorizado que dormía siempre de lado, a veces boca arriba y nunca boca abajo.
Y una presión fuerte, sobre el lado del corazón como una cabeza apoyada, no podía soportarla demasiado tiempo. 

Cuando hizo la asociación entre la historia que le explicaba su abuela tan a menudo y las siestas de verano, no se lo podía creer. Su abuela se había superado. De una manera tan elegante y perversa le quería prohibir que hiciera eso tan «feo» sin tener que decirle a su nieta ni una palabra sobre el tema. Y sin tener que ponerle un nombre a lo que hacía, porque la palabra masturbación nunca podría relacionarla una señora como ella con una niñita tan buena como su nieta. 

Sonia Martí Gallego

Más información:  
http://desnudorelatos.tumblr.com
http://romboide.net




3 comentarios:

  1. wtf?? Que bajon!! de por si es penoso , esperar semana tras semana :( Pero por otro lado, Felicitaciones!!! y el mayor de los éxitos.

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  2. Pero Serannn ...... ño, Jooooo

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