miércoles, 26 de marzo de 2014

CAP.48: CHIARA: Esperanza.



Los días pasaron muy deprisa, parecía que el tiempo hubiera acelerado su pulso, justo cuando yo necesitaba lo contrario. Mis citas con Elisa eran demasiado cortas. Ella nos visitaba a diario. Mi padre se recuperaba y pasábamos largos ratos charlando con él de cualquier cosa. Los dos se caían bien. Él siempre se alegraba de verla y ella había abandonado poco a poco su ostracismo para dedicarle una ternura titubeante que me hacía quererla más.  Se ofrecía a ordenarle las mantas que tendían a caer hacia uno de los lados de la cama, o corría a la cafetería a subirle a hurtadillas algún capricho que las enfermeras hubiera censurado.
Yo sentía que cada día que pasaba, me enamoraba más de ella, pero no lograba apartar de mi cabeza mi noche con Verónica. No porque hubiera cambiado mis sentimientos hacia Elisa, sino por lo desleal que me sentía. Nunca había imaginado que algo así ocurriría de aquella manera. En mis fantasías, yo me entregaría a una mujer a la que desearía volver a ver. Mi deslealtad en este caso era doble; había sido tentada con algo importante que por amor pertenecía a otra persona, y lo había sentido con alguien que no me importaba, traicionando con mi deseo, a quién más significaba para mí. Si al menos me hubiera enamorado de Verónica, aquello habría tenido más sentido. Parecía que el amor podía justificarlo todo, aunque yo sabía que no era así. Me preguntaba a menudo si podría contárselo algún día, incluso si debía. ¿Era una traición haberme excitado a alguien que no significaba nada para mí? ¿Había alguna ganancia en contárselo a Elisa? ¿Podía sentirme libre guardando ese secreto?
Había días en los que me torturaba de tal forma que me sentía seca y vacía como arena cayendo sobre arena. Esos días tenía que esforzarme mucho en no alejarme de ella, pero evitaba que me tocara y me escabullía de sus muestras de afecto. Había logrado convencerla de que yo era así. Jugaba a mi favor el hecho de que en realidad aún nos estábamos conociendo y parecía que ella lo había aceptado sin más sospechas. Pero eso no me dejaba tranquila.
Mi padre comenzaba a utilizar su antiguo humor que a mí siempre me había irritado y que ahora intentaba tolerar con la ayuda de la buena disposición de Elisa. Esa era una de las características que más apreciaba de nuestra relación. Ella conseguía que yo viera el mundo a través de su mirada y eso transformaba mi visión de las cosas. El amor funciona de esa manera.
Elisa me ayudaba a entender mejor a mi padre y a poder encontrar en él a otro hombre. Uno que podía hacerme reír y que tenía una charla amena y llena de sensatez. Cuánto más lo conocía, más preguntas me hacía sobre él. ¿Cómo podía un hombre así, ser un alcohólico? ¿Qué era lo que había fallado en su vida?
En nuestras reuniones, mi abuela se mantenía ligeramente distante, aunque cortés. Sentía que nos observaba y yo esperaba el momento en que me interrogaría directamente sobre mi relación con Elisa. Pero las cosas casi nunca se desarrollan como tenemos previsto y todo surgió de manera totalmente distinta.
Estábamos los tres en la habitación. Mi abuela leía una novela y yo hojeaba la guía del ocio en busca de alguna actividad para el fin de semana.
—¿Le has dicho ya a Elisa que volvemos a Roma? —me preguntó mi padre de pronto.
La pregunta en sí no tenía nada de particular, pero encerraba la certeza de que él no consideraba a Elisa como una simple compañera de la escuela, sino como algo más. Mi sorpresa fue tan grande que tardé un rato en contestarle.
—Sí.
—Me parece que te echará mucho de menos.
Mi abuela había levantado la vista de su novela y nos miraba por encima de sus pequeñas gafas transparentes esperando ver cómo se desarrollaría la conversación.
—Sólo es una amiga —contesté sin darme cuenta de que con eso estaba diciendo exactamente lo contrario.
—Hija… —comenzó a decir mi padre.
Mi abuela carraspeó y nos preguntó si queríamos algo de la cafetería.
—No, gracias —rechacé, ofreciéndome a bajar yo para escapar de esa conversación.
—Matilda, si eres tan amable, tráeme uno de esos ricos bollos llenos de conservantes que venden envasados. Los que van rellenos de chocolate ¿sabes cuáles? —pidió mi padre en tono bromista.
—Claro. Ahora mismo subo.
Me levanté sin pensar. Mi abuela me miró fijamente y me hizo un gesto para que no la siguiera.
En cuanto salió de la habitación mi padre se incorporó en la cama y me pidió que le ayudara a colocarse los almohadones de una manera más cómoda. Aún me impresionaba ver la parte de su cabeza que mostraba el cuero cabelludo quemado.
—¿La quieres mucho, verdad?
Seguí entretenida con los almohadones. No quería hablar de eso con él. Podíamos haber sido dos perfectos desconocidos tratando de crear intimidad en cuestión de minutos.
—¿A quien? —pregunté haciéndome la loca.
—A Elisa. Ella te adora.
—Bueno, ¿y que? —dije yo con frialdad.
—Que tengas cuidado de no hacerle daño, ni de hacértelo a ti. Creo que llevas demasiados años sufriendo para ser tan joven
Le miré perpleja. ¿Qué sabía él de mi vida?
—No entiendo de qué hablas.
—Sí, entiendes, pero puedo aceptar que no quieras compartir conmigo tu secreto —dijo él.
Metí las sábanas bajo el colchón intentando darme tiempo para pensar. Estaba abrumada por la claridad de sus palabras y por el asombro que suponía para mí descubrir que ese hombre que llegaba la mitad de los días ebrio a nuestra casa, mantenía una capacidad de observarlo todo, con la que yo no había contado. No acababa de decidir si eso debía de enfadarme aún más con él. Si se había dado cuenta de quien era yo, ¿por qué no me había echado una mano?
Me senté en el sofá y le miré directamente.
—¿Qué quieres saber, papá?
—¿Qué quieres contarme, hija?
Me reí. Estaba claro que era más listo de lo que yo había supuesto. Él sonrió y su sonrisa fue dulce, a pesar de las quemaduras que habían convertido sus labios en una mueca parecida al jocker de Batman.
—No he empezado yo esta conversación  —le acusé—, ahora no te escondas.
—Tienes razón. Hace mucho tiempo que tenía que haber hablado contigo sobre esto, y con tu madre. Supongo que la llegada de tu abuela me ha dado valor para hacerlo.
—¿La llegada de la abuela? ¿Por qué?
—¿Sabes por qué se dejaron de hablar tu madre y ella? ¿ no?
—Sí —murmuré con un inesperado ataque de pudor.
—Bien, me alegro. En las familias no debería haber secretos.
Vacilé un momento antes de animarme a contestar.
—Mamá lo sabía, nunca quise que fuera un secreto. Pero tú no estabas y ella no quería hablar de eso.
—Bueno, ahora estoy aquí y me tienes para lo que quieras.
—Papá, ¿sabes de lo que estamos hablando? ¿verdad?
—Hija hablamos de Elisa y de ti. Hablamos de que la quieres y no precisamente como se quiere a una amiga. Hablamos de que llevas mucho tiempo sintiendo algo que te hace infeliz porque crees que no te comprenden y sé que yo tengo una buena parte de culpa. No deseo que te sientas así.
Agaché la cabeza y me miré las manos. Me levanté del sofá y caminé hasta la ventana. Me faltaba el aire y traté de abrirla un poco.
—¿Te importa si abro un poco? —le pregunté corriendo la hoja de cristal.
—No, claro ¿estás bien?
—Más o menos —contesté.
—Si no quieres seguir hablando, no pasa nada, hija.
Asentí de espaldas a él. Trataba de poner orden en mi cabeza. Todo cambiaba demasiado rápido. Me giré dispuesta a dejar que la conversación fluyera.
Miré las pocas hebras de pelo que quedaban en su cabeza. Había sido un hombre apuesto, siempre tan extrovertido como un surtidor de agua empapándolo todo. Grande, con esas manos que intentaban agarrar el afecto a puñados. Me pregunté cómo había sido el sexo entre ellos. No podía imaginar a mi madre respirando junto a él, dejando que la penetrara, aceptando sus caricias y su olor a alcohol. Probablemente hacía años que habían dejado de hacer el amor. Pensé que debía de manejarme cuidadosa como un ladrón, caminar de puntillas y rodear la conversación hasta estar segura de que no me iba a hacer daño.
—La quiero muchísimo, papá.
—Bien.
Negué con la cabeza.
—No, no está bien, porque nos vamos de Madrid.
—Tienes diecisiete años. Chiara, y toda una vida por delante. Elisa puede venir a visitarnos cuando quiera y tendréis tiempo de conoceros con calma.
—Yo no quiero conocerla con calma. Yo quiero estar con ella todo el tiempo.
Sonrió.
—Sí, eso suele suceder al principio, pero luego es menos… explosivo. La intensidad amorosa baja —añadió.
—¿Y entonces uno cambia el amor por las cervezas? —dije yo enfurecida por sus argumentos que intentaban quitarle importancia  a lo que yo sentía.
Encajó bien el golpe.
—No, entonces uno se da cuenta de que ni el amor ni las cervezas resuelven lo que uno no tiene dentro.
—Ya. Ahora me vas a hablar de todo ese rollo de conocerse a uno mismo y de quererse y luego ser independiente y finalmente quedarse solo ¿no? Porque eso fue lo que hizo la abuela y a mí no me parece que haya sido muy feliz. Lleva con ella una foto de hace mil años con lo único que ha quedado de la felicidad que perdió.
Un sonido hizo que mirara hacia la puerta y tropezara con ella. Matilda sacudía la cabeza con paciencia. Cerró la puerta y nos miró.
—Te dije que no era buena idea hablar con ella de todo esto —se dirigía a mi padre.
—Estoy aquí ¿eh? No habléis de mí como si yo no estuviera.
—Uno de los problemas de esta familia es que siempre hemos hablado así —replicó Matilda sentándose en el sofá y extendiéndome un pequeño bizcocho envasado para mi padre—. No puedes hablar de los sentimientos sin que alguien se enfade —añadió, abatida.
Ahora se dirigió a mí.
—No, no he sido muy feliz, pero uno tiene que elegir y luego apechugar con sus decisiones y aceptarlas, y a eso nadie te ayuda.
—Pero a mí no me habéis dejado decidir y ahora queréis que hablemos de qui propenso a inclinaciones censurables y desafortunadasNo sentar a tus hijos que hagan lo que tpetarlas y a eso nadie te ayuda.daén soy y de lo que siento y jugar a que todo es normal cuando tú no has podido vivir tu amor. Me estáis pidiendo que haga lo mismo.
—Hija eres muy joven. ¿No entiendes que probablemente este no sea tu amor definitivo? —replicó mi padre.
—¿Y por qué no? ¿por qué tienes que saber tú más que yo sobre lo que va a ser mi vida?
—Porque tengo bastante más experiencia que tú.
—Oh, vaya. Esa frase. Claro, es muy socorrida para poder ordenar a tus hijos que hagan lo que tú quieres. La puta experiencia. ¿Cuál de las dos? ¿La tuya como alcohólico o la tuya como una lesbiana reprimida? — exclamé exasperada.
No sentí el bofetón hasta que me ardió la cara y eso sucedió unos segundos más tarde cuando mi abuela se tapó la boca con la mano y se echó a llorar.
—¡Matilda! —exclamó mi padre.
—Dios, lo siento. Chiara, perdóname —extendió los brazos hacia mí intentando abrazarme. Yo di un paso atrás.
De pronto no me importaba nada de lo que estaba pasando. No sentía nada. Sólo me veía a mí misma como un personaje desorientado y ridículo propenso a inclinaciones censurables y desafortunadas, al que intentaban hacerle creer que lo que sentía no era malo para luego castigarle.  Ellos no tenían derecho a hacerme sentir de ese modo.
—Chiara, escucha. Todo esto pasará. Lo normalizaremos y podremos empezar todos de nuevo —se apresuró a decirme mi padre. Los cojines resbalaban por su espalda amontonándose como piedras derruidas.
Sentí una extraña calma que me hizo acercarme a él y volver a colocarle las almohadas de manera que pudiera estar cómodo.
—Sí, papá —musité ayudándole a sentirse cómodo—, está conversación no tiene ningún sentido. Sea como sea no me queda otra que volver a Roma. Ya veré cómo y cuándo mantener el contacto con Elisa. Eso es asunto mío.
—Por supuesto —contestó mi padre cogiéndome la mano. Le sonreí. Fue una sonrisa sincera. Él había hablado conmigo, era la única persona de toda mi familia que había tenido el coraje de hacerlo. Ni siquiera mi abuela se había atrevido a arriesgarse a una conversación así.
La miré y le dije.
—Soy lesbiana como tú, pero no viviré la vida que tu has vivido y de verdad que siento mucho lo que te pasó, pero ya no puedes hacer nada para arreglarlo. No intentes estropear lo mío, por favor.
—¿De verdad crees que yo pretendo tal cosa? Chiara, puedes ser muy cruel.
—No pretendo hacerte daño, sólo quiero que tú no me lo hagas.
—Creo que deberías de escucharme, hay muchas cosas que te podría contar acerca de mí y que te harían entender que no fui tan cobarde como tú crees — dijo con dureza.
—Tiene gracia, me he pasado la vida sola con todo esto y de pronto ahora, todos quieren hablar conmigo, explicarme, aceptarme y alejarme de lo que más amo.
Mi abuela no añadió nada a mi comentario y un silencio incómodo nos rodeó durante minutos.
No tenía otra opción.
Besé a mi padre en la frente.
—Todo irá bien, lo sé.
Luego me acerqué a mi abuela.
Nos miramos unos segundos, directamente, sin titubeos.
—Lo siento — le dije.
—Yo también —contestó ella.
Salí de la habitación del hospital y caminé por el pasillo. Imaginé que al final estaba Elisa y en mi ensoñación caminé hacia ella.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Cap. 47. ELISA: Espera.

—¿Por qué me ha hecho eso? —gemí. Lucía caminaba junto a mí por el patio del colegio. Silvia al otro lado me agarraba del brazo con un exceso de solidaridad. 
—Mujer, a lo mejor se le cruzó algún cable. Lo que le ha pasado es muy fuerte. Seguro que te da una explicación. 
—Primero me llama para que vaya a verla y luego desaparece. 
—Eli, Chiara es una tía complicada, se le nota a la legua. No es la primera vez que hace algo así. Acuérdate de la noche del concierto y de cómo se largó sin decir nada —comentó Silvia. 
—Pero la situación era distinta y lo sabes. 
—Puede. Pero ella sigue siendo ella. 
—No me pongas en su contra —me defendí. 
—No estoy poniéndote en su contra, solo te digo que es complicada y que si cada vez que haga algo imprevisible te vas a poner de los nervios, lo llevas claro. 
—Ok, entonces ¿qué hago? 
—Pues yo me acercaría al hospital, seguro que está liada con lo de su padre y su abuela —me aconsejó Lucía. 
—¿Y por qué no me ha llamado? 
—Hija, ¡quién sabe! Te llamará más tarde. De verdad Elisa, te pones obsesiva con las cosas. 
—Eso es fácil de decir desde la barrera. 
—Bien. Mira, si a las cuatro no te ha llamado, la llamas o, mejor aún te presentas allí y le preguntas qué ha pasado. No tiene otra que estar con su padre, así que muy lejos no podrá marcharse. 
—Eso es verdad —se solidarizó Silvia. Intentaban convencerme de algo que ni ellas mismas creían—.Venga, no te agobies. 
Volví a mi clase más nerviosa que antes. A las dos de la tarde no había recibido ni un mensaje suyo. Mi enfado era tan grande como mi necesidad de verla. Durante dieciocho años había estado retirada del amor, ahora lo necesitaba como una droga. Sabía que si a las cuatro no tenía noticias suyas correría al hospital a buscarla y si no estaba allí sería capaz de registrar toda la ciudad metro a metro hasta dar con ella. Me defraudaba no haber desarrollado un sentido más potente del orgullo del que ahora sentía y aún así no era capaz de aguantar la presión que requería inventarme uno falso en ese momento. No iba a esperar hasta las cuatro. 
Decidí irme antes de la comida. Por el pasillo me crucé con Andrés. 
—Eh, tienes mala cara —dijo deteniéndose frente a mí—¿Va todo bien? 
—No, no va bien nada de nada —murmuré. 
Consultó su reloj de pulsera. 
—Si quieres pasamos del comedor y me cuentas. 
Aún no lograba asimilar que mi ex novio quisiera ser mi confidente en toda esta historia. 
—No, deja. Creo que me voy a casa. No me encuentro bien — contesté despidiéndome. 
—Eli, espera. ¿Quieres que te acompañe? 
—No. Se pasó una mano por el pelo y arrugó el entrecejo. 
—¿Te está puteando alguien? —preguntó. 
—Joder, Andrés. Ya te he dicho que no quiero hablar de eso. 
—Si es por lo de la fiesta, pasa de todo. Esa tía está colgadísima. —No, no es por lo de la fiesta. Es que a veces no entiendo de qué va… 
—¿De qué va qué? —insistió él. 
—No entiendo a Chiara —susurré. 
—Ya —añadió. Su mandíbula se tensó ligeramente. 
—No tenías que haber preguntado —le dije echando a andar. Me siguió. 
—No, te equivocas. Me interesa lo que te pasa. Joder Eli, aún te quiero. Me da igual si te gusta esa tía o una mesa. Te quiero muchísimo. 
—No lo entiendes. No debes quererme. No puedes quererme. Esto no funciona así. 
—¿Ah, no? ¿Y cómo funciona? 
—Debería de odiarme, deberías de alejarte de mí, ¿es que no tienes sangre en las venas? —le grité. 
Mi voz resonó en los pasillos que se habían ido vaciando poco a poco. Mi furia no era contra él, o tal vez sí. No tenía ni idea de nada. Yo amaba a Chiara, Andrés me amaba a mí y ninguno de los dos teníamos lo que queríamos. 
—Tengo algo más que sangre. Tengo un dolor constante en el pecho cada vez que te veo, cada vez que te imagino con ella. Tengo ganas de morirme, o de matarla, o de matarte a ti, pero todo eso es un folletín que ronda por mi cabeza y que no estoy dispuesto a escuchar. 
Le miré con la boca abierta. Era la primera vez que le veía así. Tenía la cara roja de ira y una gruesa vena atravesaba su cuello y se hundía bajo su camisa. 
—¿Quieres que te diga algo más? 
No, no quería escuchar nada más, pero no podía detenerle. Ahora caminaba hacia atrás y hacia delante como un autómata. 
—Ojalá Chiara no existiera, ojalá aquella noche en la fiesta no hubieras tenido miedo de acercarte a mí. Ojalá hubiera una pastilla que te curara de toda esta mierda que te está pasando. 
Quise contestarle algo, pero no sabía qué decir. Me enfurecía que pensara que mi amor hacia Chiara era una enfermedad, pero no podía olvidar que él era un chico, un hombre que me quería. No, no podía olvidar que había hecho un esfuerzo titánico por estar a mi lado. 
—Lo siento —contesté—, creo que no hay ninguna pastilla para eso. 
—Pues debería haberla —. Apretaba un puño contra la otra mano. —Bueno, espero que ya me lo hayas dicho todo. Y la verdad es que en el fondo me alegro. 
—Y yo —agregó él con fiereza. 
—Me voy —. No había nada más que decirnos, pero a pesar de la dureza de sus palabras, era un alivio escuchar lo que de verdad sentía. 
Pensé que últimamente la vida nos estaba obligando a todos a quitarnos las caretas. A veces suceden cosas así, por más que queramos evitarlas. 
Salí del colegio y me salté dos semáforos, maldije a un par de conductores que tocaron su claxon. Un volcán que no cesaba en su erupción rugía dentro de mí. No quería actuar de esa forma, pero la ira de Andrés había aumentado la mía. 
Antes de llegar al hospital me detuve en las escaleras de entrada para sosegarme. Aún no sabía qué iba a decirle a Chiara. Detestaba comportarme como una amante furiosa pidiendo explicaciones sobre el plantón del día anterior, pero ¿qué otra cosa podía hacer? Ocultar los sentimientos ya no podía formar parte de mi vida. No había dado ese salto para volver a echar marcha atrás. Sin embargo un hospital con un padre enfermo y una anciana cuidando de él no era el mejor escenario para derramar mi enfado. 
Fue ella la que vino a por mí en cuanto me vio caminar por el pasillo. Al principio no la reconocí. Se había cortado el pelo. 
—Hola —. Su sonrisa no era convincente. 
—Hola —contesté sin ocultar mi frialdad. 
—Siento lo de ayer. Perdona. 
—Ya. Vale. 
Estábamos las dos de pie, frente a frente sin saber qué hacer a continuación. Opté por lo más cortés. 
—¿Cómo está tu padre? 
—Bien, va mejorando. 
—¿Y tu abuela? 
—Bien, también. 
Podía sentir su nerviosismo haciendo temblar las puertas. 
—Ayer estuve con ella. 
—Sí, ya me ha contado… De verdad que lo siento Elisa, no me encontraba bien. 
—¿Ni para ponerme un mensaje? Vine aquí porque me lo pediste ¿recuerdas? 
Asintió. De nuevo el silencio. 
—Te has cortado el pelo. 
Se pasó la mano por la nuca. Sonrió débilmente. 
—Estás bien. 
—La verdad es que no sé por qué lo he hecho. 
—Tenías un pelo precioso, pero sigues igual de guapa. 
—Ya crecerá. 
—Sí, claro. 
Acerqué la mano a su pelo, ella retrocedió un paso. Yo sentí una punzada de dolor y sorpresa. 
—Vamos para allá. He dejado a mi abuela sola con mi padre y no quiero que piense que me escaqueo. 
Caminé junto a ella aún herida por su gesto. La detuve antes de entrar en la habitación. 
—Espera. ¿Qué te pasa? 
—Nada —contestó sin mirarme. 
—¿Por qué me rehuyes? 
—No te rehuyo, es sólo que hoy no estoy en esa… onda. 
—¿Qué coño dices? —mi voz sonó demasiado fuerte. 
 Miré a mi alrededor. Y bajé el tono. 
—¿Qué onda? 
—Estoy con la cabeza en otra parte, Elisa. Además he pasado una mala noche. 
—Yo en cambio lo he pasado en grande esperando a que me llamaras —le reproché con sarcasmo. 
—Ya te he pedido disculpas. 
—Claro. Es verdad. Asunto arreglado. De pronto has decidido manejarte con frases sacadas de un manual de las buenas maneras. —¿Entramos? —insistió señalando la puerta. 
Me senté en una de las sillas del pasillo y negué con la cabeza. 
—He venido a verte y merezco un poco de tu atención ¿no crees? Se sentó a mi lado. 
—Aquí me tienes. 
—Gracias, eres muy amable, ¿qué demonios está pasando? 
—Nada. 
Un escalofrío me recorrió el cuerpo. ¿Se refería a nosotras? El miedo comenzaba invadirme. 
—¿Ya no me quieres? —susurré tratando de que mi voz no sonara ridícula. 
Me miró con tristeza. 
—Te quiero muchísimo, Elisa. 
Alargué la mano hacia la suya. Apenas la movió. 
—Dame un beso —le pedí. Empezaba a augurar una perdida de mi dignidad de la que luego me arrepentiría. 
Se llevó las manos a la cabeza y hundió los dedos entre su pelo. Cerró los ojos y murmuró algo que no logré entender. 
—Chiara… —rogué. 
Se giró hacia mí y me besó. Lo mismo podría haberme dado un bofetón y así fue como lo sentí. Luego se apartó de mí. Aún no salía de mi aturdimiento cuando vi a Matilda mirándonos desde la puerta. Me puse en pie. 
—Ya me iba —dije. 
Chiara levantó la cabeza y me miró, luego vio a su abuela. 
—Hola Elisa —me saludó Matilda. 
—Hola. Tengo que volver a clase. Me he escapado un rato para ver qué tal iba todo. 
Las pupilas de Matilda se movían alternativamente de Chiara a mí. 
—¿No te quedas? 
—No puedo —mentí. Estaba a punto de echarme a llorar. 
Chiara se levantó. 
—Te acompaño abajo —dijo. 
—No, no hace falta —contesté con una voz más potente de lo que hubiera deseado. Necesitaba todas mis fuerzas para no romperme en pedacitos. No sabía en qué momento le había dado el poder de hacerme añicos con un simple gesto. 
—Sí, sí hace falta —insistió. 
Matilda sonrió cortesmente. 
—Voy a la cafetería a tomarme algo. Si os apetece, estaré allí. Tu padre duerme —informó a Chiara. 
Se alejó por el pasillo y se detuvo frente a los ascensores. Yo sabía que nos había visto y me pregunté qué consecuencias tendría ese beso para Chiara, aunque si era honesta conmigo, empezaba importarme todo bastante poco. 
—Elisa, no te cabrees conmigo, ahora no, por favor. 
—Pues entonces dime qué te pasa. Por qué no quieres tocarme, por qué estás tan rara. 
—Todo se está complicando más de lo que creía y no sé qué es lo correcto. 
—No tengo ni idea de lo que estás hablando. ¿Te refieres a nosotras? 
—No. 
—Entonces ¿qué es lo que se esta complicando? 
—Mi vida aquí, en Madrid. 
—Te vas, ¿verdad? 
Me miró sorprendida. 
—Me lo dijo tu abuela. 
—No tenía derecho… —comenzó a decir. 
—Podemos seguir en contacto. Yo iré a verte y tú puedes venir a mi casa cuando quieras. A lo mejor puedes pedir una beca para estudiar aquí o algo ¿no? 
—Eli, te quiero mucho —contestó, abatida. 
—Yo también. 
—Nunca lo olvides, no dudes de eso ¿vale? 
—Ni tú. Pero no hables como si te estuvieras despidiendo de mí. —No, no lo haré. 
—¿Lo prometes? 
—Lo prometo. 
Nos cogimos de la mano y apoyó su cabeza en mi hombro. Le acaricié la cara. Quería decirle que no estaba sola, que yo le ayudaría, quería decirle que nunca le abandonaría, pasara lo que pasara. Quería decirle que todo se iría colocando en su sitio, que tuviera fe. Quería decirle todas esas cosas porque yo necesitaba creer en ellas. 
Cogí su mano para protegernos a las dos, entonces algo sucedió. Yo siempre había vivido de cara al futuro, en un estado de esperanza continua en el que las mejores cosas estarían por llegar, pero ahora mis expectativas se detuvieron en ese instante. No era exactamente feliz, ni siquiera sabía si había un futuro para nosotras. Sencillamente estaba viviendo el presente. Un presente lleno de errores, sufrimiento y dudas, pero completamente real. Y ese momento me habitó.

¡VOLVEMOS CON MÁS CAPÍTULOS!

Hola a todas: Mañana colgamos un capítulo. ¡Espero que lo disfrutéis! Un beso a todas y a todos. Victoria

martes, 11 de marzo de 2014

¡POR FAVOR DADME UNA SEMANA MÁS!

Hola chicas y chicos: Acabo de hablar con la editorial interesada en la novela y parece que les ha gustado, pero me piden que detenga el blog una semana más. Por favor, no os desaniméis, dadme un poco de tiempo para concretar si es posible sacarla en papel. Sería estupendo. Siento mucho teneros tres semanas así, de verdad que lo siento. Gracias a todas por vuestro apoyo, vuestro entusiasmo, vuestros comentarios, los buenos y las críticas. Todos son de gran ayuda y de todas vosotras aprendo. Muchas veces me habéis orientado hacia dónde debía de reconducir la novela, sois fantásticas. Un abrazo enorme a todas. Victoria Pérez Escrivá

jueves, 6 de marzo de 2014

¡Solo queda una semana de espera para saber si se editará nuestra novela en papel!

Y mientras tanto queremos tener el blog activo. Así que os vamos a ofrecer un bonito relato que nos ha cedido Sonia Martí Gallego de su libro de relatos ilustrados, Desnudo. En el que nos habla de sus primeras experiencias con la masturbación. ¡Disfrutadlo!

LA SIESTA (2008)
Ilustrado por Carlos Vermut

De pequeña se pasaba todo el verano en el pueblo,
en la casa de sus abuelos. Le encantaba estar allí porque podía estar casi todo el día jugando en la calle, libre y sin horarios. Pero ese verano traía algo nuevo con ella. Claro que ella no sabía cómo se llamaba

eso tan agradable que podía conseguir cuando se ponía boca abajo en la cama, metía la manita entre el colchón y su pubis y se movía poco a poco intentando prolongar el momento hasta que aquello llegaba. Hay que decir que bastante rápido y silencioso, pero eso ella no lo sabía aún y le parecía de lo más gustoso. Siempre lo hacía con la misma postura: boca abajo, en la cama o en el suelo y lo que movía era el cuerpecillo y no la mano, que quedaba atrapada y casi inmóvil. Así que, cada vez que podía o que le venía la idea a la cabeza, lo hacía a solas con su «posición», que de momento, era la única que conocía. 

A veces, cuando se acostaba a dormir la siesta con su abuela, también lo hacía. Y para su abuela, aquello de la siesta en verano era un ritual. No perdonaba ni una tarde. Se quitaba la ropa, se quedaba en viso y se metía bajo las sábanas, como si fuera por la noche. Y así dormía casi dos horas en su habitación‐cueva sin ruidos ni luz. Mientras, su marido jugaba al dominó en el bar y en la calle caía el sol como una manta sobre un pueblecito desierto. Entonces ella, en estas tórridas horas, se metía con su abuela en la cama si no tenía nada mejor que hacer. 

No es que fuera por ahí a todas horas con el «tema», ni que estuviera obsesionada con su descubrimiento, pero es que ese momento, en la cama de su abuela —que dormía profundamente a su lado—, era prefecto; sobre todo porque no solía tener sueño. En esa alcoba fresca, oscura y silenciosa de pueblo, ella se sentía resguardada y casi a solas. Y tenía clarísimo que su abuela no se daba cuenta de ese movimiento tan sutil y discreto. Así que, una vez en la cama,
se giraba a su «posición» y movía con cuidado las caderitas hasta que aquello llegaba, entonces dormía un rato la siesta tranquila y cuando despertaba, su abuela ya se había levantado. 

De mayor, ella se acordaba de aquellos episodios y le hacían gracia. Pensaba que su gusto por estar de espaldas cuando practicaba el sexo, ahora de adulta, venía de esas primeras veces de pequeña. Y se reía al acordarse de un par de pilladas de su madre; pero tenía muy claro que, al menos en aquellas siestas en el pueblo, su abuela no se había enterado. Pero los recuerdos son muy escurridizos y una vez, ya de mayor, le vino a la cabeza algo que su abuela le repetía mucho y, rápidamente lo asoció a sus siestas compartidas. Esta señora firme y muy católica le hacía rezar e ir a misa cuando pasaba los veranos con ella. Además, tenía muchas historietas que meterle en la cabeza. Las utilizaba como método educativo para transmitirle prohibiciones, valores y costumbres que ella creía necesarias para una niña. 
Una de estas historias resultaba muy curiosa y siempre la tuvo en la cabeza a lo largo de los años. Su abuela le repetía que había unas posturas mejores, o más saludables, para dormir que otras. La mejor para el cuerpo era boca arriba, después sobre el lado derecho (porque se encontraba más lejos del corazón), luego sobre el izquierdo y la peor de todas era boca abajo. Lo que ella entendió entonces de esto es que no había que presionar al pobre corazón cuando se dormía y estas posiciones eran las mejores porque lo mantenías más alejado y no dejabas todo el peso del cuerpo sobre él. 

De hecho, ya de adulta, esto lo tenía tan interiorizado que dormía siempre de lado, a veces boca arriba y nunca boca abajo.
Y una presión fuerte, sobre el lado del corazón como una cabeza apoyada, no podía soportarla demasiado tiempo. 

Cuando hizo la asociación entre la historia que le explicaba su abuela tan a menudo y las siestas de verano, no se lo podía creer. Su abuela se había superado. De una manera tan elegante y perversa le quería prohibir que hiciera eso tan «feo» sin tener que decirle a su nieta ni una palabra sobre el tema. Y sin tener que ponerle un nombre a lo que hacía, porque la palabra masturbación nunca podría relacionarla una señora como ella con una niñita tan buena como su nieta. 

Sonia Martí Gallego

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