jueves, 27 de febrero de 2014

Sin capítulo, pero volveremos

No, hoy no hay capítulo, y vaya que lo sentimos, pero estamos a la espera de ciertos cambios. Disculpad tod@s las molestias. Esperamos volver muy, muy pronto, ya sea en papel o en el ciberespacio. Cualquier medio será bueno para reencontrarnos. Hasta entonces, ¡cuídensenos!

jueves, 20 de febrero de 2014

Capítulo 46. CHIARA: Ayuda


Estaba sentada en un sofá cubierto por una colcha blanca. Aún intentaba entender cómo había ido a parar allí. Verónica me quitaba las botas, de rodillas frente a mí. Yo me sentía incómoda, pero era incapaz de articular palabra. La vomitona me había quitado las escasas fuerzas que me quedaban para protestar o tratar de recuperar mi dignidad.
La casa de Verónica era un pequeño ático al que entrabas directamente al salón. No había vestíbulo, ni recibidor. Un antiguo aparato de música en un rincón y algunos CD esparcidos por el suelo. Un iPod conectado a la base y un póster de una pintura que no lograba reconocer. Un sofá donde me había dejado caer nada más cruzar la puerta. Eso era todo. Las paredes estaban ligeramente desconchadas y en los huecos en los que la pintura había dejado al descubierto una más antigua, alguien había escrito a lápiz fragmentos de poemas o frases. Junto al sofá, la salida a una pequeña terraza ayudaba a que la habitación resultara más amplia.
Bien, listo. Botas fuera. ¿Cómo estás?
Mareada… —admití.
Aún te durará un rato. Creo que deberías dormir. Yo al menos me voy a la cama. Mañana tengo que madrugar.
Entonces, me voy —comencé a decir intentado levantarme del sofá.
¿Cómo que te vas? ¿Adónde? Me has dicho que no tienes casa.
No, mi casa se incendió.
Verónica entornó los ojos con incredulidad.
No sé si me estás tomando el pelo o eres un personaje sacado de una novela de Dickens.
Me encogí de hombros y dejé caer la cabeza sobre el respaldo del sofá. Estaba agotada y harta de todo.
Venga, vamos a la cama —insistió Verónica tirando de mi mano.

jueves, 13 de febrero de 2014

Capítulo 45. CHIARA: Verónica


Anochecía cuando llamé a mi abuela.
—¿Dónde estás? Estaba preocupada. Vino tu amiga Elisa a verte. ¿Te pasa algo?
—Abuela, necesito esta noche para mí. ¿Es muy egoísta pedirte que pases la noche con papá otra vez?
Hubo unos segundos de silencio.
—No, querida. Pero me quedaría más tranquila si supiera qué te pasa.
—No es…, mmm…, nada, solo necesito un poco de tiempo —mentí.
—Claro, entiendo —dijo ella participando de mi mentira.
—¿Bien, entonces?… —esperé.
—Me quedaré con él. No te preocupes.
—Gracias, abuela.
—De nada.
—¿Qué le digo a Elisa si vuelve? Creo que pensaba venir a verte esta noche. Le dije que era tu turno.
Vacilé, luego supe que no volvería. Ella podía ser dura y orgullosa. Esperaría a que yo diera señales de vida.
—No creo que aparezca —dije.
—¿Habéis discutido?
—No.
Hubo un silencio tras el cual insistió:
—Escucha, yo soy tu amiga y creo que puedo entender lo que te pasa con Elisa. Solo te pido que no te arriesgues demasiado.
Por un momento sentí que estaba a punto de romper la barrera tras la que me escondía.
—Tal vez un día la veas como a una chica más a la que conociste.
Eso fue definitivo. Sentí cómo las contraventanas de mis sentimientos se cerraban de golpe y mi voz se endureció.
—No conoces nada sobre mí. No intentes darme consejos sobre mi vida. Tú no —contesté.
—Como quieras —respondió ella suavemente—, pero si puedo ayudarte en algo no dejes de acudir a mí. Yo estaré aquí para lo que necesites.
—No, no puedes —dije aguantando las ganas de reprocharle otra vez todas las decisiones que había tomado por nosotros.
—Hasta mañana, entonces.
—Hasta mañana.
Colgué, el teléfono y repasé los mensajes de Elisa pidiéndome que contactara con ella. La culpa se enganchaba a mí como un anzuelo que tiraba de mi pecho. Yo era un pez agonizando fuera del agua, irresponsable al haber asomado la cabeza para ver el mundo exterior. Iba a hacer daño a quien quería, para poder complacer a los que me querían a mí.
Caminé hacia Chueca. El barrio donde se reunían los bares de gays y lesbianas. Había oído hablar de él.

jueves, 6 de febrero de 2014

Capítulo 44. ELISA: Matilda


Un grupo de mujeres ancianas mantenía una conversación nerviosa junto a los ascensores. La luz explotaba en los ventanales al final del pasillo como el flash de un fotógrafo. Tropecé con alguien que salía de una de las habitaciones y dije: «Perdón», sin dirigirle una mirada. Mi atención estaba puesta en una puerta más allá, de la que esperaba ver salir de un momento a otro a Chiara.
Golpeé con los nudillos. Escuché unos pasos demasiado lentos para ser los de ella y una anciana me abrió. La reconocí como la mujer que había llegado al hospital el último día.
Me sonrió con la misma sonrisa con que una buena anfitriona recibiría a un invitado al que se esfuerza en reconocer.
—¿Hola?
—¿Está Chiara? —pregunté intentado echar un vistazo a la habitación por encima de su hombro.
Entornó los ojos y asintió.
—Tú eres la chica que estaba con ella el otro día, ¿no?
—Elisa —me presenté, nerviosa.
Cerró la puerta tras ella y salió al pasillo conmigo.
—Chiara ha salido. Si te soy sincera no tengo ni idea de adónde ha ido —sus manos eran enormes y las movía abanicando el aire con ellas.
—Es que había quedado con ella aquí —contesté contrariada.
—Bien, pues entonces seguro que estará a punto de volver.
La mujer se sentó en una de las sillas del pasillo y con un gesto me invitó a hacerlo a su lado.