jueves, 30 de enero de 2014

Capítulo 43. CHIARA: Ti amo

La habitación de hotel donde se alojaba mi abuela era confortable y acogedora, a pesar de la decoración. Las luces amarillas, sabiamente distribuidas en los rincones más adecuados, daban cierta calidez hogareña al lujo pretendido por el marco dorado de un espejo con aire barroco o el papel de las paredes que multiplicaba una flor de lis. Comparado con el sofá de escay negro en el que había vivido las últimas semanas, esto era el paraíso.
Dormí profundamente hasta que el sol recorrió los tres balcones que daban a la calle y calentó mi cara. Hacía semanas que dormía a intervalos de un par de horas en el hospital y tardé unos segundos en entender dónde estaba, lo cual supuso un alivio fugaz. Luego recordé todo de nuevo y miré la hora. Sobre la mesilla de noche, un reloj de líneas demasiado modernas, que desentonaba con el resto de la decoración, marcaba las doce pasadas. Me apresuré a ducharme para ir al hospital. Conecté el móvil por si había noticias de mi abuela. Ella había insistido en pasar la noche con él, para darme un descanso, y yo había cedido a la tentación de alejarme por unas horas de todo aquello.
Salí a la calle y respiré hondo. Había soñado con Elisa, algo que me inquietaba, pero no lograba recordar qué era. Caminé hasta la boca de metro más próxima y pasé el viaje hasta el hospital pensando en ella, recordando el tono de su voz ligeramente ronco y suave, la belleza de su cuerpo, su piel blanca, la suavidad de sus labios. Tenía que verla para explicarle que volvíamos a Roma.
Yo me había propuesto convencer a mi padre de que bastaba con ir a enterrar a mi madre, que nuestra vida debía continuar aquí. Elisa me esperaría. No nos llevaría más de unas semanas, tal vez un mes, hasta que papá organizara todo para regresar a España. Sí, todo saldría bien.
Cuando entré en la habitación de mi padre, mi abuela se llevó una mano a los labios. Cerré la puerta sin ruido. Ella susurró:
—Lo han sacado del coma, pero le llevará unos días acostumbrarse a todo. Pude hablar con él esta mañana. El médico que le trata le contó lo que ha pasado. —Se detuvo un segundo y tragó saliva—. Afortunadamente está aún muy sedado, creo que eso le dará un tiempo para encajar la noticia.
Asentí con la cabeza. Eso me daba un margen para actuar.
—Abuela…
—¿Sí?
—He pensado en lo de Roma. Y creo que papá y yo debemos retomar nuestra vida aquí.
Ella bajó la mirada al suelo y se apretó las manos, nerviosa.
—Chiara, mi niña. Tu padre no podrá volver a trabajar.
Sentí un sobresalto que me atenazó el pecho.
—¿Qué? —pregunté con una mezcla de emociones que se debatían entre el terror y la pena.
—Los daños han sido peores de lo que parecía. Sus pulmones están muy dañados y necesitará oxígeno y atención médica en casa. No es posible que os quedéis aquí. ¿Quién cuidaría de él? ¿Quién lo pagaría todo?
—No. Él se curará —insistí yo, luchando por apartar esa imagen de mi cabeza—. Es fuerte.
—Es un alcohólico, ¿lo recuerdas? Ni siquiera podemos estar seguras de que, después de todo, consiga dejar de beber. Lo más previsible es que, bajo una presión así, sienta incluso más adicción que antes.
—¡No! —exclamé al ver un futuro más espantoso de lo que era capaz de soportar.
Mi abuela me miró sorprendida.
—Chiara, no es momento de comportarse como una niña. Hay que luchar por la gente que quieres.
—Tiene gracia que precisamente tú digas eso.
Me miró un segundo sin entender. Luego su rostro se endureció y apartó la mirada. Asintió con su cabeza marchita.
—Sí, tiene gracia.
Me mordí el labio, arrepentida de lo que acababa de decir, pero no podía echarme atrás.
—Abuela, yo estoy luchando por alguien. Tal vez no lo entiendas, pero lo estoy haciendo. Alguien que me importa más de lo que te puedas imaginar.
—¿Más que tu propio padre? —preguntó con dureza.
—No he tenido padre. Tú no estuviste con nosotras estos años. Él bebía y prometía una y otra vez cosas que jamás cumplía. Mamá debió dejarlo hace años. Pero, claro, tú no estabas ahí para saberlo.
El rencor hacía presa en mí con la tenacidad de un perro hambriento agarrado a un hueso famélico.
—No puedes hablarme de la familia como si fuera algo que tiene algún sentido para mí —continué—. Para eso debería haber tenido un padre sobrio y una madre que me aceptara como soy realmente.
Había dicho algo que ella no debía de saber y tardé el mismo tiempo en arrepentirme que en decirlo.
—Tu madre siempre te adoró —defendió ella enojada sin reparar en mi frase.
No pude evitar sonreír. Estaba de pie ante ella y de pronto reparé en que mi padre nos estaba mirando. Probablemente mi exclamación lo había despertado. ¿Cuánto tiempo llevaba escuchándonos? Tenía los ojos tan turbios que me tranquilicé diciéndome que probablemente todo era aún demasiado confuso para él.
Me acerqué a su cama con la culpa latiendo en mis labios, que acababan de escupir palabras duras como piedras. Lo quería, de una manera que ahora entendía. Compartíamos una cotidianeidad vacía de intimidad o conocimiento, vacía de un afecto sincero. Lo quería porque algo en mis genes llevaba impreso su nombre, como lo había llevado el de mi madre, pero eso no nos hacía más cercanos. No entendía su vida, ni la que él había construido para nosotras, ni siquiera sabía por qué bebía, ni cuándo había comenzado a hacerlo. Pero él, a su manera, había vivido una vida, y yo tenía derecho a tener mi oportunidad.
—Hija —susurró extendiendo un brazo hacia mí.
Ese gesto podía haberme hecho correr en dirección contraria, y sin embargo cogí su mano.
—Papá, estoy aquí. ¿Cómo te encuentras?
Las lágrimas se resbalaron por su rostro rosado, en el que las quemaduras dejarían una huella de por vida.
—Tu madre, Chiara. Tu madre —gimió sin poder contenerse.
Sentí ese ardor en los ojos que trataban de contener la pena. No quería llorar, ni derrumbarme junto a él. No podía soportar más tristeza. Respiraba con dificultad. Sus pulmones no podían negociar el aire y su piel se volvía blanca como la luna. Mi abuela le puso la mascarilla de oxígeno y él cerró los ojos aún empapados en lágrimas.
Me había propuesto no pensar en mi madre. Era un dolor que no quería sentir. Me pregunté si todo mi deseo y mi amor hacia Elisa no era una forma de convertir una intensidad emocional en otra. Sustituir el dolor de la muerte por la intensidad de la vida y el amor que sentía. Sabía que Elisa apartaba de mi cabeza el horror, que cambiaba unas preocupaciones por otras. Me pregunté si eso lo hacía menos real, menos honesto.
—Papá, tienes que descansar —susurré.
La mascarilla de oxígeno no lograba disminuir el sonido ronco de su respiración. Algo me arrastró hacia él y me mostró despiadadamente lo que sería su vida a partir de ahora.
Miré a mi abuela suplicante. Sus ojos estaban brillantes y fijos en nosotros. Mi propio pulso golpeaba la garganta.
–Abuela… —rogué.
Ella se sentó a un lado de la cama. Cogió la mano de mi padre y la acarició con delicadeza.
—Ella está bien, allá donde esté. Aquí estamos tu hija y yo. Saldrás de esto y te recuperarás. Volveremos a Roma y tendrás una casa, un lugar adorable donde poder descansar. ¿Recuerdas el jardín? ¿Recuerdas el olor intenso de la hierba? Siempre te gustó. Ahora hay plantas aromáticas con las que hago ese guiso de carne que te gustaba tanto.
Mi padre asintió levemente.
—Era una carne tan sabrosa… ¿Cómo se llamaba el carnicero que nos la traía? —ella chasqueó los dedos fingiendo no recordar.
—Adriano —susurró mi padre bajo la mascarilla.
—Adriano, eso es. Adriano —repitió mi abuela palmeando la mano de mi padre entre las suyas.
Mi padre asintió con la cabeza. De repente se había transformado en un niño pequeño, absolutamente hipnotizado por la ternura que ella irradiaba.
—En invierno el jardín también es muy hermoso, ¿lo recuerdas? Ahora, los días de sol saco aquellas viejas tumbonas que volví a tapizar. No sabes lo bien que se está allá.
Él la miraba con los ojos fijos como un pequeño animal.
«Ahora cambiará su expresión por otra de horror y disgusto», me dije. Él no puede desear volver allí.
Pero cerró los ojos y pude ver cómo su mano presionaba ligeramente la de mi abuela. Asintió con la cabeza. Fue un gesto leve, apenas perceptible, pero tan elocuente que no me quedó ninguna duda de que la decisión estaba tomada.
—Te gustará —dijo ella.
Quise odiarla, quise salir corriendo de allí y sin embargo me senté al otro lado de la cama y los miré. Ella era una anciana, una mujer que había recorrido cientos de kilómetros para acudir en nuestra ayuda. Él era un alcohólico, ahora un enfermo que acababa de perder a su mujer; demasiado joven para jubilarse y vivir junto a una bomba de oxígeno.
La pena me atenazó con fuerza, y pensé que me desgarraría en dos partes, pero supe que no podía decir que no, que no me lo perdonaría jamás. Supe que debía ir con ellos, aplazar mi vida, seguir las huellas que mi madre, a pesar de su muerte, había trazado para mí. Una extraña mezcla de resentimiento y amor me hizo pensar en ella. En vida había negado mi realidad, en muerte había marcado mi camino. Casi sonreí al pensarlo.
Mi abuela secó los ojos de mi padre con un pañuelo de papel. Él estaba asustado y fue su miedo el que me hizo llevar mi mano a su hombro.
—No te dejaré, papá —susurré.
Luego salí de la habitación. Atravesé el pasillo del hospital sintiendo cómo algo en mí moría y nacía al mismo tiempo, eso que sucede cuando descubres que el amor puede llevarte a renunciar al amor. Saqué mi móvil del bolsillo y escribí a Elisa: «Necesito verte».
El aire fuera del hospital era fresco y la luz tan clara que hacía que las formas de los coches, las casas y las personas parecieran dibujadas sobre un paisaje falso. Todo a mi alrededor me recordaba a un decorado, como si en cualquier momento alguien pudiera decir «corten» y la escena quedara congelada en un fotograma fijo. Caminé hasta los bancos que había bajo los árboles. Mantenía el móvil en mi mano, como el ancla que podía mantenerme unida a Elisa, el tiempo que me quedara, el que pudiera vivir con ella. Entonces me dije que era egoísta por mi parte alentar nuestro amor y deseo dadas las circunstancias. ¿Qué iba a decirle? ¿Que me esperara? Ella no era lesbiana. Lo había repetido una y otra vez, y lo que sentía hacia mí se iría apagando con la distancia.
La entrada de su respuesta me sobresaltó.
«Yo también», escribió.
Apoyé la cabeza entre las manos y maldije en voz baja sin dirigirme a nadie en concreto, o tal vez a ese Dios al que mi madre había rezado con devoción y que finalmente me había ganado la partida.
«Voy al hospital a verte. Espérame», dijo.
Estuve sentada en el banco durante una hora, que fue el tiempo que tardó en llegar. La vi a lo lejos, corriendo, ágil como una gacela, frágil como una caña, suave y deliciosa como el agua de alguien que llevaba años vagando en un desierto. Quise levantarme del banco y alcanzarla.
Me maravilla su pelo rubio que brilla como oro incandescente. Mi corazón golpea con fuerza cuando la veo moverse. La deseo con cada fibra de mi piel, con cada músculo, con cada respiración. Me gusta mirarla porque siento que es como si aprendiera a vivir, pero la alegría de mirarla crece con la misma fuerza que el temor a perderla. La deseo a mi lado, mía, para siempre. Si tuviera su amor, el luto que he vivido todos estos años, habría sido solo una larga espera. Mi vida de pronto se acumula en estos escasos meses con ella. Antes no he tenido nada.
Cierro los ojos y cuando los abro ella ya ha atravesado la puerta del hospital.
Cuando le preguntaba a mi madre por qué continuaba con mi padre a pesar de todo, solía recitarme unos versos. Siempre creía que en esas discusiones yo no la escuchaba y que ninguna de esas palabras se grababan en mi memoria. Hoy las recuerdo como los ancianos recuerdan lo que olvidaron siendo jóvenes:

Y hay amores que duran algo menos que un beso
y besos que han durado toda una vida.

Eso es lo que tengo y a eso me agarro.
Me levanto del banco y echo a andar en dirección opuesta al hospital. He caído tantas veces que ya casi lo hago con  maestría. Tengo que empezar a morir para ella, para poder revivirla en mi mirada cuando cierre los ojos para recordarla. ¿Podré volver a esta soledad de nuevo? Todos los aspectos de la muerte se han presentado ante mí como en un desfile. Descubro que el verdadero amor es cierto solo si juegas con la certeza de que puedes perder. Tengo que alejarla, es necesario para dar un orden a las cosas que están sucediendo.
Escribo un mensaje: «Ti amo».
Lo escribo en italiano, que volverá a ser mi lengua por largo tiempo.
Apago el móvil.

26 comentarios:

  1. Nooo por dios no nos hagas esto kiara buaaaa, no alejes a elisa

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  2. Que triste este capítulo, muy.. Y mas con la espera hasta el próximo. espero tengan mucha suerte y puedan sacar el libro y llegue a Argentina, o en su defecto en formato digital. Me tiene muy ansiosa lo que leí en el preliminar, ¿Como puede ser que Elisa tenga novio nuevamente? aunque con este capitulo me van cerrando algunas cosas. seguramente cuando Chiara se vaya Elisa va a continuar con su vida y muchas cosas pueden pasar hasta que vuelvan a reencontrarse. Espero no estén separadas mucho tiempo..
    Mucha suerte con el libro y felicitaciones

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  3. Oohhh, me gustó esta frase "Tengo que empezar a morir a ella para poder revivirla en mi mirada cuando cierre los ojos para recordarla."... bonita pero triste. Vamos a tener otro capítulo la próxima semana?

    Las felicito por su trabajo, me tienen enganchada esperando los jueves :)

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  4. Entendí mal cierto? No puede ser que la aleje, que la deje ir, eso no se hace, ahora esperar una semana? Créanme cuando les diga que me encanta está historia y leo los capítulos unas 10 veces para no desesperarme y cometer alguna locura.

    Felicitaciones gran historia, Marcela Colombia

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    1. Me pasa igual, los leo para no cometer locuras, un saludo.

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  5. Un buen capitulo, esta historia esta cada dia mas emocionante, pero porfavor no separen a chiara de elisa. Y perdonen por molestar tanto pero ya van varios capitulos sin ellas juntas pordavor ya regalenos un capitulo de ellas.

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  6. :( pero no y que se encontrarían? ay por Dios! q agonia...y que lastima otro cap mas sin que se vean, hablen, se toquen o.O

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    3. Santa madre que habra dicho Francisco Freijanes

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    4. Pues ni idea pero me he metido en su blog a curiosear (sana curiosidad o cotilleo, llámalo como quieras, jajaja) y, al parecer, una de las misiones que tiene en la vida este señor es demostrar que Cristóbal Colón era español. Yo no digo más... Jajaja!

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  8. Nooooooo que pasa???!!!! Quiero que esta historia siga adelante!!! Forza ragazze!! ciao

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  9. Por el amor de dios, como estas chicas no se toquen pronto les va a dar algo. ¡Y a mí también!. Tened piedad y regaladles un buen morreo pero yaaaaa!!!!

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  10. Es algo previsible que vuelva a Italia pienso que pasaran algunos años para que vuelvan a estar juntas y tendrán que madurar por separado mas que todo Eli separarse del yugo de su familia y ser independiente para que pueda salir del closet y quizá Chiara viaje a España ya con otras expectativas un nuevo trabajo jejejje quien sabe no?, el tiempo lo dirá mientras a esperar los siguientes capítulos que están super interesantes

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    1. Si puede ser, pero recordemos el capitulo "Preliminar"...no se si es que al ver que Chiara se va, Elisa vuelve con su novio...ya que en la narración (estoy hablando del cap "Preliminar", dicen que cuando ella voltea esta su novio y no ex o Andres, sino "su novio", en fin como dices el tiempo lo dirá, solo nos queda esperar...

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  11. Necesito leer máááááássss jajajajjaa, me ha encantadoo :)

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  12. ¡Excelente me encanta esta historia!
    Saludos desde Nicaragua.

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  13. lei toda la historia en menos de una tarde, buenisima!
    no dejen de escribir :)

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  14. muy dramática la historia parece una novela mexicana y hasta ahora no vemos consolidado el amor, tienen muchas trabas e inconvenientes y es mucho tiempo esperando el amor entre ambas :(, espero pronto se solucionen sus problemas, con ansias de ver lo que sigue att. Maria Eugenia

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  15. ¡Gracias chicas! Un abrazo a todas desde España.
    Victoria

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  16. A que hora saldra el próximo?

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