jueves, 5 de diciembre de 2013

Capítulo 36. ELISA: Valor

Lucía se acercó a mí al día siguiente de mi visita al hospital. Me miró y esbozó una sonrisa.
—Veo que te has recuperado —observó sin quitarme ojo de encima.
—Sí —contesté sin añadir nada más.
—Me alegro —y me achuchó pasando su brazo por mi cintura.
Entramos juntas al colegio. Silvia se unió a nosotras.
—Hola —dijo imprimiendo un claro tono de rencor a su voz—. No contestaste a mis llamadas.
—No me encontraba bien —le dije.
—Fuisteis muy injustas conmigo el otro día —nos reprochó a Lucía y a mí.
Tardé unos segundos en recordar a qué se refería.
—He estado defendiéndote durante semanas de la mierda que anda contando sobre ti Frank, ¿y así me lo agradeces?
Lucía puso los ojos en blanco. Yo agaché la cabeza y murmuré una disculpa.
—¿Por qué te disculpas? —me reprochó Lucía.
—Porque tiene razón —contesté yo.
—¿Ah, sí? ¿en qué tiene razón?
—¿Y a ti qué te pasa? —le espetó Silvia con los brazos en jarras.
—Que empiezo a estar hartita de esa campaña en contra de las lesbianas que te has empeñado en hacer —contestó Lucía.
Silvia se detuvo en seco.
—¡Yo no estoy haciendo eso que dices! ¡Lo único que he hecho ha sido contar la verdad sobre Eli! ¡A mí las lesbianas me importan un pito!
—Pues me alegro de oírte decirlo, hija mía, porque parece que es un pecado serlo —replicó Lucía.
Silvia dio una patada en el suelo, impaciente.
—¡Dile algo, Eli! ¡Te estoy defendiendo y tú no haces nada!
—Ya te he pedido disculpas —contesté refrenando las ganas de salir corriendo de allí.
—¿Ves?
—Sí, lo veo —contestó Lucía soltando mi brazo.
—¿Por qué me estás haciendo esto? —exclamé dirigiéndome a ella.
Lucía abrió la boca para contestarme y un segundo después se quedó callada mirándonos a las dos alternativamente. Silvia estaba totalmente desorientada.


—¿Me podéis explicar de qué va todo esto? —preguntó intentado atar cabos.
Lucía reaccionó inmediatamente.
—Lo siento —dijo con voz alta y clara—, es que el tema de la homosexualidad me pone un poco tensa.
—¿Es que eres lesbiana? —preguntó Silvia en voz baja.
Lucía y yo nos miramos y estallamos en una sonora carcajada, a la que se unió Silvia. Cuando la risa cesó, yo me sentía tan mentirosa como unos minutos antes, aunque más relajada.
—¿Nos vamos a merendar juntas después de las clases? —propuso Lucía.
Tenía planeado volver al hospital. Quería estar con Chiara.
—No creo que pueda. Tengo que volver a casa después de las clases. Aún estoy un poco débil —me excusé.
Lucía me lanzó una mirada que me hizo enrojecer.
—Bien, pues a cuidarse —dijo adivinando que mi respuesta había sido una excusa.
—¿Pero te pondrás bien para tu cumpleaños, no? —preguntó Silvia.
Lo había olvidado por completo. Calculé los días que quedaban.
—La verdad es que me no me acordaba.
—Hijita, estás en babia —comentó Silvia.
—Si quieres podemos hacer una fiesta en mi casa —propuso Lucía.
La idea de volver al escenario que había provocado mi ruptura con Andrés no me apetecía en absoluto, pero sentía que tenía una deuda con Lucía por todo su apoyo.
—¿Nos dará tiempo a prepararlo? Cae en época de exámenes —contesté intentado agarrarme a la última posibilidad de evitarlo.
—Tú déjame a mí —dijo Lucía.
—Y a mí —gruñó Silvia—. Yo también puedo ayudar. Conozco a unos tíos que se enrollarían para tocar algo de música.
—Chicas, me voy, que no quiero llegar tarde —dije tomándoles la delantera.
Lucía me alcanzó en dos zancadas y dijo:
—En algún momento tendrás que contárselo. Es una de tus mejores amigas y se sentirá muy tonta después de haberte defendido.
Asentí con la cabeza rápidamente, sin querer reparar en lo que me había dicho, y me alejé de ellas.
Las clases se me hicieron eternas y durante el descanso le mandé un par de mensajes a Chiara. Aún nos relacionábamos de una manera torpe y en nuestras palabras no había amor, ni ternura. Sólo una tímida educación que nos permitía sentirnos cerca. Cuando estaba a su lado, yo era otra persona, cuando estaba lejos de ella deseaba no serlo, y esa batalla aún se libraba en mí, aunque cada vez con menos fuerza. Necesitaba volver a verla más que nada en el mundo, confesarle mi amor, mi deseo, mi felicidad de estar con ella. Pero era consciente de que lo que le había sucedido era algo tan terrible que no lo lograba imaginar. Siempre había pensado en Chiara como en una chica desligada de una familia, y la imagen de su padre en la cama del hospital me había impresionado, más por el hecho de que ella tuviera un padre que por la cruda versión del accidente, cuyas consecuencias había atisbado de reojo.
Durante el descanso le envié un mensaje preguntándole si podía pasara a verla. Tardó quince minutos en responderme. Yo estaba en ese momento en el que mides el amor del otro en función del tiempo que tarda en contestar tu mensaje.
        «Mi padre ha despertado y hoy será un día duro. Aún no sabe lo que ha ocurrido», contestó.
Aguanté las ganas de insistirle y anduve los escasos minutos de descanso por los pasillos del colegio intentado reprimir toda la ansiedad que tendría que combatir hasta la próxima vez que la viera.
Andrés me asaltó de manera inesperada.
—¡Eli!
Me giré y lo vi unos metros detrás de mí. Era la última persona con la que tenía ganas de charlar. Intenté fingir una sonrisa de cortesía.
Se acercó a mí con la cara tensa, a pesar de su sonrisa.
—¿Estás mejor? ¿Estuviste enferma?
—Sí.
—Has adelgazado.
Me encogí de hombros.
—Siempre que enfermas, adelgazas —dijo con un tono de posesión que me irritó.
—Todo el mundo adelgaza cuando enferma —contesté.
—Pero a mí no me interesa el resto del mundo —replicó sin tapujos.
—No creo que debamos hablarnos de ese modo —le reproché mirando hacia otro lado—. Cada vez que me dices cosas como esa, haces que me sienta más culpable.
—No lo pretendía. Sólo intento mantener el contacto contigo y que sepas que me importa todo lo que te pase.
Acarició mi mejilla con su mano y yo le miré a los ojos. Un latigazo de ternura me recorrió el cuerpo. O tal vez era lástima. A veces no me sentía capaz de distinguir lo que Andrés me hacía sentir.
—Tú no sabes… —comencé a decir. Pero me detuve.
—¿Qué es lo que no sé? —preguntó sin dejar de acariciarme.
—Nada —dije bajando la cabeza para evitar sus caricias.
—Eli, no soy tonto y sé que te pasa algo, pero si no me lo cuentas no podré ayudarte.
—No necesito que me ayudes —dije. Y añadí—: Pero gracias por preocuparte.
—¿Por qué te cuesta tanto confiar en los demás? —me reprochó con cariño.
—No es eso —aclaré—. Es que no creo que los demás puedan resolver lo que yo no soy capaz de hacer por mí misma.
—En eso estás muy equivocada. Muchas veces la visión de los otros es de gran ayuda.
—No sé qué quieres que te diga —respondí cada vez más nerviosa. Por segundos estaba tentada de hablarle de Chiara y de lo que me estaba pasando con ella, y al mismo tiempo sabía que eso sería del todo inadmisible para él. Pero tal vez era la mejor manera de acabar con sus esperanzas y que me olvidara para siempre.
—Nada, no me cuentes lo que no desees contarme —dijo como si acabara de leerme el pensamiento.
El timbre de vuelta a las clase sonó con estridencia y Andrés me acompañó hasta la puerta. Nos despedimos y me besó en la mejilla, lo que hizo que media clase cuchicheara cuando atravesé los pasillos en busca de un asiento lo más escondido posible.
No me di cuenta de la presencia de Frank hasta que levanté la cabeza de mi mochila, en la que me había hundido para sacar la libreta de apuntes.
—¿Qué haces aquí? —susurré furiosa.
—Sentarme —dijo él con desparpajo. Siempre sonreía de esa forma despectiva y a la vez altanera.
—Pues búscate otro asiento.
—¿Por qué debería hacerlo?
Era consciente de las miraditas que nos dedicaban algunos compañeros de clase y de que lo que Frank estaba haciendo. Avivaría de nuevo los rumores sobre Chiara y yo.
—No sé qué pretendes con esto, pero si tú no te vas, me largo yo. Es así de fácil—dije levantándome.
Me sujetó del brazo con disimulo.
—No, no me vas a dejar aquí. Te guste o no pasaremos la hora juntos —susurró con dureza.
Me senté de nuevo sorprendida y temblando de rabia.
—Mira, sólo quiero saber si entre tú y Chiara hay algo.
—¿Qué coño estás diciendo? —no daba crédito a lo que estaba escuchando.
—Yo os vi, pero tal vez me equivoqué, y ella me gusta mucho, ¿sabes?
—Vete a la mierda —susurré.
—Dime si ella es lesbiana o no.
Lo miré fijamente totalmente confusa.
—¿Por qué había de decírtelo? ¿Es que no te has encargado tú de decírselo a todo el mundo?
Giré la cabeza hacia la ventana haciendo caso omiso de sus palabras. Estaba furiosa y perpleja por la insistencia de Frank.
—¿Por qué habéis roto tú y Andrés? —preguntó tras unos minutos de silencio.
—Eso no es asunto tuyo.
—No te gusta otro tío, ¿verdad? Así que es posible que seas tú la que anda detrás de Chiara, ¿no? ¿Se lo has dicho a Andrés? Le encantará saber que su ex lo ha dejado porque es una comechochos.
La violencia de sus palabras me abofeteó con dureza.
Lo miré absolutamente aturdida.
—¿Me estás amenazando? —el tono de mi voz había subido sin que yo me diera cuenta.
Sonrió apretando los dientes con tanta fuerza que los músculos de su mandíbula se marcaron. Sacudió la cabeza con paciencia.
—Eres tan boba, Eli. Siempre has sido una chica débil ¿Has pensado qué pasaría si tu ex se entera de lo que eres? ¿O tu hermano? ¿Qué les dirás a tus padres cuando te pregunten por qué andas detrás de una chica?
—Eres un cerdo —musité aguantado las ganas de golpearle—. Ya lo has intentado una vez y nadie te ha creído, así que, ¿por qué no lo dejas?
—Encontraré la manera, soy más listo de lo que crees.
Tardé unos segundo en contestar.
—Puede que seas más listo, pero yo soy más valiente de lo que te has pensado y, francamente, me da exactamente igual lo que digas sobre mí —sentía que todo mi cuerpo se sacudía de miedo y rabia, pero ya no podía ni deseaba echar marcha atrás.
Me levanté de golpe y la silla cayó al suelo con estruendo. El profesor, que entraba en ese momento en el aula, miró hacia nosotros.
Salí del pupitre y caminé hacia un asiento libre en la primera fila.
—Lo siento —dije dirigiéndome hacia el profesor—, es que desde aquí se ve mejor todo.
Ahora sé que todas y cada una de las cosas que sucedieron durante ese curso, buenas o malas, alegres o tristes, fueron necesarias para que pudiera reunir el valor de ser quien realmente era. A menudo son tus enemigos los que consiguen sacar lo más sabio de ti.









5 comentarios:

  1. Me encanta como va la historia, os sigo desde hace tiempo pero nunca había escrito nada. Los jueves tienen ahora otro sentido, hay capítulo nuevo de Elisa y Chiara jeje

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    Respuestas
    1. Gracias Solete, gracias mil por seguirnos. Un abrazo.
      Victoria

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  2. ¡Gracias! Nos animan mucho vuestros comentarios. Pues espera a leer el de pasado mañana…la cosa se pone interesante ¡Y mucho!

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  3. hola, luego de la recomendación de Lesbicanarias, corrí a leerlas y las alcance en un par de noches ;) espero que sea Jueves para un nuevo post, felicitaciones y un beso desde Lima

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  4. ¡¡Te esperamos el próximo jueves!! Luego nos tomamos un descanso hasta la semana del nueve. Un fuerte abrazo desde España.

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