jueves, 28 de noviembre de 2013

Capítulo 35. CHIARA: Perdón


Aunque siempre había pensado que mis padres morirían antes que yo, lo había imaginado en un futuro tan lejano que parecía que jamás me alcanzaría. Mi madre murió en el incendio, después de socorrer a mi padre. Nadie supo cómo ocurrió todo, ni cómo volvió a entrar a buscarme. O tal vez nunca salió de allí. Mi padre no conseguía recordar gran cosa debido a la borrachera. Probablemente se quedó dormido, pero sufrió graves quemaduras. Había conseguido balbucear algo de lo que estaba pasando cuando los vecinos salieron a auxiliarlos. Ella debió de buscarme por toda la casa hasta que el fuego la alcanzó y yo no podía quitarme eso de la cabeza.
Durante su funeral vino la directora del colegio y algunos colegas del trabajo de mi padre. Él aún continuaba en el hospital. Mis padres no habían hecho grandes amistades. Llevábamos apenas unos meses en España y ellos tenían su batalla particular que les impedía tener una gran vida social. Mi madre rompió los lazos con su familia en el momento en que decidió casarse con mi padre, y por parte de mi padre siempre habíamos tenido vagas explicaciones sobre unos padres que no parecían demasiado interesados en las andanzas de su hijo.
Fui sola al tanatorio, a pesar de que Angie me llamó repetidas veces para ofrecerse a acompañarme. Necesitaba crear rápidamente una versión de mí misma, más resuelta y sólida, que pudiera enfrentarse a la muerte. Con ella al lado, me hubiera desmoronado.
La directora me abrazó, y un par de hombres vestidos con trajes de chaqueta que olían a humo de cigarrillos me estrecharon la mano y me desearon la pronta recuperación de mi padre. Luego se alejaron por el pasillo con la vista clavada en sus móviles.
Vi el ataúd de mi madre a través del cristal. Y cuando las cortinas que impedían que viéramos la incineración se cerraron, salí del cuarto.
Tuve que esperar un tiempo hasta que me dieron una urna donde la vida de mi madre había quedado reducida a cenizas, y entonces lloré.
Mientras lloraba, pensé en huir, en negarlo todo. Podía correr lejos de allí y olvidar que esto había sucedido. Sencillamente yo escaparía, y ellos continuarían vivos en algún lugar, deseando que regresara a casa, pero a salvo. Recordé su pelo castaño y su piel pálida y fina, en la que las decepciones acerca de su vida habían comenzado a dejar huella. Recordé su paso firme, aún cuando todo su mundo se desmoronase a su alrededor, y sus dedos largos y delicados como los huesos de un pequeño pájaro que lucha por construir su nido. No sabía qué hacer, cómo actuar, ni dónde enterrarla. No podía entender por qué nos había sucedido todo esto, nada en mi cabeza conseguía recuperar su orden.
Regresé al hospital sacudida por el cansancio y me acerqué a la cama en la que descansaba mi padre. Sus pulmones rechinaban como un globo desinflándose ruidosamente. Metí la urna dentro del armario, donde no había nada, y me pregunté qué sería de nosotros. No tenía ni idea de lo que pasaría a continuación. El médico me había asegurado que se recuperaría, pero era consciente de que después de aquello todo sería devastadoramente distinto para los dos.
La idea de una vida junto a él, sola, me pareció sacada de una película de ciencia ficción. Era un desconocido al que había conseguido evitar durante toda mi vida. Las compuertas a su amor, a cualquier intimidad con él, se habían cerrado desde un tiempo que ni siquiera lograba recordar. El constante olor a alcohol que expelía, incluso cuando no bebía, me repugnaba, y siempre había sorteado cualquier contacto físico. Recordaba momentos en los que había logrado mantenerse alejado de la bebida y sabía que detrás de su adicción había un hombre bueno del que ella se había enamorado. Su primera borrachera, un breve fallo de amor que ella habría justificado; el resto, una larga resistencia en busca del paraíso que él le había prometido.
Permanecí un largo rato en silencio mirándolo. Parte de su pelo había desaparecido y en su lugar había lagunas de carne brillante como la miel. Las puntas de sus dedos estaban negras como si las hubiera metido en brea y el resto de sus manos estaban vendadas. Dio una larga bocanada de aire, como un pez fuera del agua en busca de oxígeno, y me miró. Sus ojos vidriosos eran extrañamente grandes y me di cuenta de que estaba asustado. Algo me impulsó a acercarme, a pesar de la impresión que seguía causándome su aspecto. Apoyé la mano en su brazo. Apenas me atreví a tocarlo, pero le susurré palabras de aliento:
—No te preocupes, papá. Estaremos bien. Todo va a ir bien.
Acaricié su mejilla sana, con cuidado, como si fuera de porcelana, y sentí que todo mi odio desaparecía. Era un hombre indefenso, solo eso. Una persona como yo, que había cometido errores. No estaba segura de que me escuchara, parecía estar en algún lugar muy lejano dentro de su cerebro, retirado de la realidad para concentrarse en su propia supervivencia.
Aguanté las lágrimas. No estaba segura de que supiera lo que nos había ocurrido, pero no podía enfrentarlo a lo que le había sucedido a mamá. Él apenas movió los labios y me aproximé para escucharlo.
—Perdona —susurró, su respiración se hizo tan fuerte que temí que esa simple palabra le hiciera morir de repente; su cara se había oscurecido por el esfuerzo.
Seguí acariciando su mejilla y pulsé el botón para llamar a la enfermera.
—Le cuesta mucho respirar —le dije cuando entró en el cuarto.
Ella descolgó una mascarilla de oxígeno que colocó con cuidado en la boca de mi padre y él arrancó bocanadas hasta que su cara se relajó.
Seguí diciéndole que todo iría bien hasta que se quedó dormido. Salí silenciosamente del cuarto y me detuve frente a unos ventanales al final del pasillo. Las imágenes se agolpaban en mi cabeza, como una loca película de dibujos animados. Necesitaba ayuda, necesitaba a Elisa. Tenía varias llamadas suyas, pero no había podido reunir la fortaleza para hablar con ella.
La noche había llegado poco a poco y las luces de los edificios cercanos brillaban como agujeros perforando la oscuridad. Imaginé la vida de otros, los que se refugiaban dentro de aquellas luces brillantes. Imaginé lo ajenos que estaban siendo a mi tragedia y, sin embargo, aquí estaba yo, sintiendo que mi propia realidad lo llenaba todo, que era imposible que el mundo siguiera su curso sin detenerse a mirarme, sin llevarse las manos a la cara para dolerse conmigo. Una mano se posó en mi hombro. Giré la cabeza esperando ver a una enfermera o tal vez al doctor que se encargaba de mi padre, pero me encontré con la cara de Elisa. Estaba muy pálida y parecía enferma. Mi primer impulso fue abrazarla y dar rienda suelta a mi tristeza, pero me contuve.
—Hola —dijo—, siento no haber venido antes…, enfermé —añadió avergonzada.
—Sí, no tienes muy buen aspecto —confesé mirando las oscuras ojeras bajo sus ojos azules.
—¿Cómo está tu padre? —preguntó.
Me encogí de hombros.
—Al menos ha sobrevivido —dije intentado que no se me quebrara la voz.
Me llevé la mano a la frente. Su visita estaba siendo tan inesperada que no conseguía conectar con lo que sentía. Me acarició la espalda con timidez.
—¿Y tú? ¿Cómo estás?
—¿Yo?… —miré el espacio luminoso tras los ventanales.
Yo podría haber atravesado el cristal y hacerlo añicos, saltar al vacío y hundirme en el asfalto con tal de no pasar por lo que estaba pasando, pero sabía que no lo iba a hacer.
—Yo… No lo sé —admití—, creo que aún no consigo entender todo esto.
Ella asintió con la cabeza y tiró de mí suavemente hasta abrazarme. Yo la dejé que lo hiciera, rígida pero dócil. Estaba aterrada, sabía que no podría aguantar más dolor si ella volvía a fallarme. Estuvo un rato así, acariciándome la cabeza mientras me susurraba al oído que todo iría bien, que lo sentía mucho, que ella estaría a mi lado. Poco a poco abandoné mi tensión y me relajé en sus brazos. Empapé su hombro con mis lágrimas y la apreté contra mí. Me llevó de la mano hacia unos asientos del pasillo y allí me sostuvo mientras esperaba a que cesaran mis temblores. Entonces me cogió de la barbilla y me besó. Me besó las mejillas, los ojos, la frente, la boca, acarició mis manos entre las suyas. Ordenó mi pelo con la eficacia y la ternura de una madre y secó mis lágrimas con sus dedos.
—Eli… Yo estoy hecha una mierda —le dije—. No sé si puedo aguantar todo esto.
Ella de nuevo volvió a asentir gravemente.
—Sí, todos pensamos eso a veces, pero luego lo superas, ¿sabes? Tienes que confiar.
—¿En qué?
—En que eres fuerte.
Agaché la cabeza y negué con suavidad.
—No, no soy tan fuerte, de verdad es que no.
—Lo eres, pero ahora necesitas descansar. Tienes que dormir, es importante que descanses todo lo que puedas.
—¿Por qué has venido? —le pregunté—. No esperaba que lo hicieras.
Se miró las manos, que ahora reposaban en su regazo.
—Tenía que haberlo hecho antes. Lo siento.
Le cogí la mano y se la apreté con fuerza.
—Pero estás aquí.
—Sí —dijo, y me devolvió una mirada llena de esperanza.
Por primera vez en muchos días, sonreí. Elisa tenía esa facultad de despertar en mí la ternura que contenía con el resto del mundo. Le acaricié el contorno de la cara.
—No sé cómo lo haces, pero consigues sacarme del infierno en el que me metes —le dije.
Ella se sonrojó y de nuevo bajó la cabeza.
—Nunca he querido hacerte daño.
—Lo supongo —le dije.
—Te lo juro —aseguró afirmando con la cabeza.
—¿Y ahora?
—Ahora he venido a verte, ¿no?
—Sí, pero ¿cómo te sientes?
Los pasos de una enfermera resonaban a lo lejos, aumentando la sensación de vacío del pasillo. Tenía miedo a su respuesta y me preparé para escuchar algo que me doliera.
—Te necesito —murmuró—. No sé por qué, pero te necesito para estar bien.
La dejé unos minutos para que pensara sobre lo que acababa de decir. Toda precaución era poca, así me sentía en ese momento. La vida golpeaba duro y sabía que Elisa estaba hecha un lío.
—¿No me dices nada? —preguntó sin mirarme.
La besé en la mejilla y pasé mi brazo por sus hombros. Hundió su cabeza en mi cuello y me besó. Cerré los ojos intentado apresar ese momento de paz que estaba viviendo. Apoyó sus labios sobre los míos y abrió la boca. Su lengua se hundió lentamente y acarició la mía. Sujetaba mi cara con sus manos y susurraba dulces palabras al tiempo que me besaba. Por un momento pensé que era imposible que eso estuviera sucediendo y la aparté de mí para mirarla.
—Espera.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
—Dime que sabes lo que estás haciendo.
—Lo sé, lo sé, te juro que lo sé.
—Bien —dije sin dejarla que continuara besándome—. Debo entrar a ver cómo está mi padre. ¿Quieres acompañarme?
—Si tú quieres…
—No es agradable de ver.
—No me importa.
Me levanté y le hice un gesto para que me siguiera. Abrí la puerta de la habitación con cuidado. La enfermera había dejado encendida una pequeña luz que apenas alumbraba en la oscuridad. Lo agradecí. Temía que la visión de mi padre impresionara a Elisa. Me detuve a un metro de la cama y me giré hacia ella.
—Ha sufrido mucho y tiene quemaduras muy feas —le advertí.
Elisa asintió con la cabeza. Yo avancé unos pasos hacia él. Ella se quedó muy quieta donde nos habíamos detenido.
—¿Está durmiendo? —susurró.
—Está muy sedado. Es por el dolor.
—Creo que no debería estar aquí —dijo apartando la mirada de la sombra oscura de mi padre—. No creo que le guste ser visto así por una desconocida, ¿no crees?
Me sorprendió la sensibilidad de su reflexión. Yo trataba de ponerla a prueba, de garantizarme su sinceridad, y había sido tan egoísta como para no pensar en lo que ella acababa de decir. Miré la cara quemada de mi padre, y me avergoncé de lo que había hecho.
—Tienes razón, perdona.
Elisa salió silenciosamente de la habitación y antes de cerrar la puerta tras ella me miró fijamente y pronunció mi nombre completo con cuidado.
—Chiara —dijo.
Solo eso.

1 comentario:

  1. Wow!!!! Cada capitulo nuevo que leo me hace llorar, esta historia a dado un vuelvo inesperado....me encanta!!! Creo que ni siquiera tiene orden lo que digo pero de verdad me encanta!!! Gracias por lo que escribes y por compartirlo!!

    ResponderEliminar

Escribe aquí tu comentario. Y, por favor, ¡no nos seas trol! ;D