jueves, 21 de noviembre de 2013

Capítulo 34. ELISA: Rendición

Esa mañana fue anormalmente calurosa. Estábamos a principios de noviembre y los termómetros marcaban veinticuatro grados. Nos reunieron en el salón de actos y la directora nos contó que Chiara y su familia habían sufrido un accidente y que su madre había muerto. Convocaron una misa en la capilla, para aquellos que quisieran asistir. No dio más detalles, como si tener un accidente fuera algo vergonzoso que uno debía ocultar. Yo escuché la noticia en medio de una sensación indefinible. Estaba atontada, como si no lograra comprender lo que nos estaban contando. Durante el descanso la gente habló del suceso y surgieron todo tipo de especulaciones. Yo me salté las últimas clases y logré escapar para acercarme hasta su casa.
Más de la mitad del chalé estaba reducido a escombros, como si el fuego hubiera tomado partido por una zona en particular. La puerta colgaba de los goznes y aún flotaba en el aire un terrible olor a quemado. Habían colocado bandas de plástico para evitar que la gente se acercara más de lo que la prudencia aconsejaba. Supuse que el siguiente paso sería derribarla. Me senté en la acera, frente a los muros ennegrecidos y me tapé la cara con las manos. Nada de esto estaba previsto, no había tenido ningún presentimiento, no había considerado que algo más fuerte que mi propia voluntad me apartara de ella.
Permanecí un buen rato inmóvil, mirando mi teléfono, haciéndolo girar entre mis dedos. Marqué su número. Una locución me informó de que el usuario estaba desconectado y no saltó ningún buzón de voz.
Me arrastré pesadamente hasta mi casa. Me sentía enferma, febril y confusa. Le dije a mi madre que me encontraba mal, y me encerré en mi cuarto.
Mi madre llamó a la puerta y entró sin esperar a que yo dijera nada.
Me giré de espaldas a ella. La cama se inclinó bajo su peso y deslizó su mano sobre mi frente.
—Estás ardiendo —susurró—. ¿Por qué no has llamado para que fuera a recogerte?
Me encogí de hombros y me hice un ovillo. Ella me arropó con la colcha.
—Llamaré a Riquelme para que pase esta tarde por casa a verte. ¿Te duele la garganta?
—No, sólo estoy muy cansada y quiero dormir —contesté tapándome la cabeza con la colcha.
—Entonces ponte el pijama y métete en la cama sin la ropa de calle —ordenó con toda la suavidad que podía imprimir a su voz átona.
—Déjame —murmuré.
Se levantó y escuché sus pasos por mi dormitorio.
—Voy a por el termómetro y un paracetamol. Haz lo que te he dicho.
Yo no podía hacer nada sino esperar, intentar llamarla de nuevo al día siguiente. Con toda certeza ella no me llamaría, no después de nuestro último encuentro.
Me desnudé arrojando la ropa sobre una silla y me puse el pijama, que se deslizó sobre mi piel como si la arañara. Metí el móvil debajo de la almohada y bajé la persiana de la ventana junto a mi cama para que la habitación quedara a oscuras.
Mi madre entró con un vaso de agua y una pastilla que me tragué obedientemente. Me palpitaban las sienes y sentía que me ardían los ojos. Cuando me quedé sola, llamé de nuevo a Chiara. Llamé varias veces, hasta que me quedé dormida.
Mi madre me despertó para que el doctor Riquelme nos diera su diagnóstico, que fue impreciso y desconcertante. Yo no sentía dolor alguno, ninguno que la mente científica de un médico pudiera medicar. Pero sabía exactamente lo que me estaba pasando, y sólo cuando viera a Chiara o al menos escuchara su voz, me recuperaría. ¿Podía explicarle eso a aquel hombre que se empeñaba en hurgar en mi garganta y golpear mi estómago como si fuera un tambor?
Pasé un par de días en casa, esquivando las llamadas de Lucía y Silvia, sin contestar los mensajes de Andrés, hasta una tarde en que Lucía se presentó en mi casa, entró en mi dormitorio y, después de que mi madre desapareciera, me miró muy seria.
—¿Cómo estás? ¿Has hablado con ella? Porque está claro que tú estás así por lo de su accidente.
Negué con la cabeza.
—Están en el Clínico. Su padre tardará en recuperarse y ella duerme allí con él. ¿Sabes que no tienen familia?
—¿Cómo te has enterado de todo eso? —le pregunté.
—Porque salió un reseña del incendio en el periódico y fui al hospital. Pregunté por el padre en recepción. También pregunté si habían ido familiares a verlos y me dijeron que nadie les había visitado. No parece que tengan una gran familia, ¿no?
—¿La viste a ella? — le pregunté, ansiosa.
—No, no quise molestarles. Tampoco tenía sentido que yo apareciera allí. Pero creo que tú sí deberías ir.
—La he llamado y siempre tiene el teléfono desconectado.
—Pues levántate de la cama y ve a verla.
—¿Por qué estás así conmigo? — le pregunté incorporándome.
—¿Cómo?
—Enfadada.
—¿Y tú no lo estás?
—¿Con quién?
—Contigo misma.
—No tengo la culpa de lo que le ha pasado.
—No, pero sí la tienes de lo que te está pasando a ti.
—Estoy enferma. ¿Tengo la culpa de eso?
Me miró con fijeza, como si estuviera ignorando lo que era evidente.
—Tú sabrás, pero a mí me parece que estás escondiéndote.
—Te he dicho que la he llamado.
—¡Caray, qué valiente!
—¡Qué mierda quieres que haga! —exclamé exasperada.
Entrecerró los ojos como un felino y sonrió agriamente.
—Supongo que vivir. ¿Es demasiado para ti?
Se había levantado de la cama y recogía su bolso.
—Bueno, nos veremos cuando te cures… Si es que te da la gana de dejar de fingir que estás enferma. Hasta entonces encuentra una buena excusa para seguir en esa cama, porque yo no lo entiendo.
Abrió la puerta sin darme tiempo a contestarle nada, y tuve que reprimir las ganas de arrojarle lo primero que tuviera a mano contra la puerta.
Escuché su voz y la de mi madre en el recibidor y me levanté para cerrar de un portazo la puerta de mi dormitorio, que había dejado abierta, pero un segundo más tarde la volví a abrir y me precipité hacia las escaleras.
—¡Lucía! —grité.
Estaba temblando de rabia y al mismo tiempo sabía que tenía razón. Marqué su teléfono, pero no obtuve respuesta. Mi hermano Nando salió de su dormitorio.
—¿Qué pasa?
—Nada que te importe —respondí, agresiva.
—Pues deja de dar gritos, que estoy intentado estudiar, ¿vale?
El teléfono de Lucía sonó un par de veces y luego saltó su contestador. Lo apagué furiosa. Nando me miraba entre enfadado y divertido.
—Para estar enferma, tienes una mala leche alucinante.
Entré en mi habitación y comencé a vestirme. Me di cuenta de que Nando se había acercado a mi puerta.
—¿Qué haces?
—Me largo —le corté.
—Me parece que no —dijo él con una certeza que me puso furiosa.
—Ya lo verás.
—Espera a que mamá te vea salir y me lo cuentas.
—No voy a discutir contigo, ¿sabes? Así que deja de provocarme.
—Pues no montes uno de tus numeritos porque no vives sola en esta casa y si la cabreas, me cabrearás a mí.
—A ver si resuelves tu complejo de Edipo de una puta vez, hermanito —le escupí a la cara.
Su rostro se tornó lívido y se puso rígido como una vara de hierro. No tardé ni un segundo en arrepentirme de lo que le acababa de decir.
—No quería decir eso, lo siento —tartamudeé.
Comenzaba a salir de mi furia y a darme cuenta de que mis reacciones de los últimos días estaban siendo estúpidas y cobardes. Al final Lucía tendría razón.
—Te pasas mucho, Eli. No sé cómo Andrés ha podido aguantarte tanto tiempo —dijo con frialdad, y desapareció del vano de la puerta.
Me senté en la silla junto a mi mesa. Estaba a medio vestir y ni siquiera sabía por qué. Nunca había sabido controlar mis reacciones corporales y tal vez mi enfermedad era una manera de esconderme de algo que no sabía afrontar. Vivir, había dicho Lucía. Vivir era algo complicado y doloroso de lo que llevaba años tratando de escapar. Había aprendido lo que me habían enseñado y había dado todos los pasos hacia eso. Era una buena estudiante, había salido tres años con un buen chico y casi había logrado escapar de las complicaciones que las canciones sentimentales describían sobre el amor. Pero con Chiara todo había escapado a mi control. A pesar de mi voluntad, a pesar de mi miedo. Un solo beso había despertado en mí un deseo y una inquietud que nunca había experimentado antes y una sola palabra lo había definido perfectamente: Vivir. Así que esto era la vida, me dije, y decidí rendirme a ella.

5 comentarios:

  1. ONDE ANDAM AS ESCRITORAS DA NOVELA? ESTAO DE FERIAS? SE FOR SIM. QUANDO RETORNARAM? AGUARDO A MAIS DE 10 DIAS O CAP. 40 E NADA,. FIQUEI VICIADA NA HISTORIA. MEU NOME E ISABEL. MORO EM FORTALEZA, ESTADO DO CEARA. NO BRASIL

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  2. Por qué no publicais el 40?

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  3. Mañana sale el capítulo cuarenta. ¡Seguimos con la novela, no te preocupes!
    Un saludo.
    Victoria

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  4. Dónde están los primeros capítulos... este es el primero que encuentro =(

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  5. Hola. LA primera parte de la novela está en libro digital a la venta en estos portales de descarga
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    Los demás capítulos los puedes encontrar en nuestro blog, en este que estás leyendo.
    Mil gracias por seguirnos. Necesitamos que nos echéis una mano para continuar con este proyecto con el que casi llevamos dos años ya.
    Un fuerte abrazo.
    Vic

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